Crítica de libros
RICARDO NOSEDA: "Tema para una revolución"
ROBERT McCLINTOCK: "Reflexiones sobre la diplomacia"
JULIO ARDILES GRAY: "El inocente"

Un nuevo intento por interpretar al país
RICARDO NOSEDA: "Tema para una revolución", Editorial Prospectiva, Buenos Aires, 1964; 180 páginas, 180 pesos.
En los últimos años, la Argentina acumuló una serie de difíciles experiencias, a cuya luz ha ingresado en la compleja edad moderna. En el campo de la economía, de los factores sociales, políticos, militares, religiosos, surgieron una serie de apetencias, necesidades y angustias, que prácticamente replantearon la tradicional concepción de la solución armoniosa, simple y patriótica.
En todas las plataformas de los partidos políticos existen infinitas variaciones para resolver los problemas del país: para tecnificar el agro o para producir la reforma agraria; para construir las instalaciones que resuelvan las necesidades energéticas; para alcanzar una mejor distribución de la riqueza; para encontrar un equilibrio adecuado, dentro de la convivencia nacional, de los sectores obreros, militares, eclesiásticos, etcétera; para defender la soberanía; para incrementar el desarrollo, para, renovar la cultura. Sin embargo, el país sigue, después de varios gobiernos de las más disímiles orientaciones, debatiéndose en un marasmo de problemas sin solución a la vista.
Ricardo Noseda reelabora la calidad y cantidad de esos problemas, a los que considera en su conjunto temas para realizar una revolución, y a la que define así: "La revolución de que se trata consiste en sustituir la organización y el comando político social bajo el cual declinó la comunidad argentina, por otra organización y otro comando a la altura de las posibilidades técnicas y de las exigencias espirituales de la época". Y, para aclarar más, agrega: La revolución argentina no será, pues, para resolver un problema de clases, sino para detener el proceso regresivo. Ante todo, es una revolución ética".
Noseda (52 años, casado, dos hijos, abogado) es asesor de numerosas
empresas y vocal en el Consejo Nacional de Educación Técnica. Pero con su libro demuestra algo más: una clara vocación de humanista, y si bien antes bastaba ubicar a alguien diciendo que era del siglo XX, las dinámicas actuales son más exigentes: Noseda es un humanista del año 1964. "La manifestación más alarmante de la crisis argentina —escribe— es el bajo índice de honestidad individual y de solidaridad social. La clave de la crisis argentina está en que el país no cumple con el objeto social de la Nación." Y, efectivamente, a través de los últimos años, ¡cuántas veces se dudó de que la Argentina constituyera realmente una Nación organizada! Aún hoy, mientras existe la tendencia de destruir todo lo anterior, para recién comenzar a construir, ¿no estamos demostrando que la falta de honradez y solidaridad nos impide incluso absorber nuestro pasado?
Buscando temas para una revolución, Noseda incursiona en todos los ámbitos de la realidad nacional: no lo asustan los factores de poder; no lo asustan los temas tradicionalmente reservados; no le preocupan los compromisos políticos. Comprende que el país vive una aparente bonanza, y por eso es categórico: "El nuevo riesgo que hoy afronta la Argentina es que la mejoría o la distracción que le traerá el cambio de aire, haga pensar que todo lo que el país necesitaba era volver al orden anterior, al gran desorden, y con eso vuelva a congelarse el proceso evolutivo que los nuevos tiempos reclaman".
Al publicar este libro, Noseda asume un claro compromiso con la realidad argentina, y con su actualidad. A medida que mayor número de argentinos asuman este compromiso, es posible que las soluciones que necesita la Argentina surjan de una concepción moderna de la historia y no de la plataforma del partido político de turno.

Ensayos
Reflexiones de un diplomático de USA
ROBERT McCLINTOCK: "Reflexiones sobre la diplomacia"; Emecé Editores, Buenos Aires, 1961; 70 páginas, 90 pesos.
La diplomacia ha sido objeto de más intentos de definición que casi ningún otro arte o profesión. En su libro, Robert McClintock recuerda algunas de ellas, desde la más cínica ("Un embajador es un hombre honrado enviado al extranjero a mentir por el bien de su patria", de sir Henry Wotton) hasta la suya propia: "Es la expresión de la fuerza nacional en términos de una plática entre caballeros".
McClintock no pretendió escribir un libro. Su trabajo es un ensayo, síntesis de su pensamiento sobre el tema, elaborado durante treinta años de carrera diplomática al servicio de los Estados Unidos y destinado originalmente al Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado.
En forma apretada, la obra resume principios aceptados universalmente y opiniones personales del autor. McClintock recuerda, no sin cierto humor, lo que era la diplomacia antaño: "Las únicas instrucciones que se daban al Jefe de la Misión recién nombrado en los Estados Unidos—dice—eran éstas: «Lleve la camisa limpia y siéntese de espaldas a la luz»". Pero ahora las cosas han cambiado, y el todavía embajador ante la Argentina afirma que ganar "una victoria diplomática" no es diplomático.
McClintock compara, en pocas palabras, la diplomacia de las "grandes potencias"; la de Rusia, que actúa en todos los niveles, con pocos miramientos por la verdad y con un solo objetivo: la victoria total; la francesa, que ostenta un alto nivel intelectual y se muestra efectiva en la utilización de su "indispensabilidad geográfica" y su cultura sin igual; la británica, que opera con dignidad y urbanidad; y la de los Estados Unidos, que exhibe todas las características nacionales norteamericanas. Una de ellas es la de imponer a sus diplomáticos, y a su misma política exterior, una serie de limitaciones que McClintock señala con certeza y describe con lógico conocimiento.
Según McClintock, "la impaciencia nacional por obtener rápidos y palpables resultados mal se aviene con una diplomacia de «conflicto prolongado», aunque todas las autoridades concuerdan en que tal es la situación que los Estados Unidos deberán seguir afrontando, al menos por lo que resta del siglo XX. Lo que es más: hay en el temperamento norteamericano un ansia de novedad, un deseo de cambiar de modelo todos los años, ya se trate de televisores, automóviles o estilo diplomático".
La última parte del libro resulta, quizá, la más atrayente; en ella traza el autor un balance del servicio exterior de los Estados Unidos y fustiga sus defectos: la tendencia a publicitar datos ociosos, a enviar expertos calificados "a fisgonear por sobre los hombros del embajador", la "falsa idea popular de que el objetivo de la diplomacia es tratar directamente con los pueblos". Pero el balance, para McClintock, es positivo, pues cree que el cuerpo diplomático de su país reúne ciertas condiciones de que carecen otras cancillerías: en especial, excelente información y espíritu de trabajo.

Novela
Los lacerantes mitos del norte argentino
JULIO ARDILES GRAY: "El inocente"; ediciones Goyanarte y Seijas, Buenos Aires, 196U; páginas, 120 pesos.
En 1951, a los 29 años, el tucumano Julio Ardiles Gray inició con La grieta un extenso ciclo novelístico que se movía sobre un único tema obsesivo: el mito como alienación, como fuerza capaz de devorar y transformar la conducta de los hombres. 'El inocente' es la quinta obra de esa saga, y está también referida a un elemento vegetal, como Los amigos lejanos (1956), cuyos protagonistas podían oír voces dentro de un árbol, o Los médanos ciegos (1958), donde un algarrobo es el nudo de una interminable sequía. El tema ha invadido también la obra lírica de Ardiles (Cánticos terrenales, 1952) y lo mejor de su dramaturgia (El auto de Martin González, 1948; una versión teatral de Los amigos lejanos, 1955).
El árbol de 'El inocente' es un viejo chañar santiagueño en cuyo tronco instala su alma el bracero Camilo, alentado por su madrina bruja: la vida de Camilo estará liberada de riesgos mientras el chañar subsista. A partir de ese dato poético, Ardiles Gray elabora la más alucinante y espléndida de sus novelas, quizá porque la fábula está integrada esta vez dentro de un contexto histórico vivo. Camilo se une a un carro de peladores de caña, que sale del desierto santiagueño rumbo a las plantaciones azucareras, hacia el fin del otoño de 1930. Ni él ni sus acompañantes —Méndez, su mujer, dos hijos chicos— pueden llegar a destino, porque ha estallado en Tucumán una huelga de cañeros para protestar contra el feudalismo de los industriales azucareros, y Camilo se ve envuelto en ella, con todo el brío que le insufla la protección de su chañar.
La huelga y su represión por las fuerzas policiales de la provincia, los tejemanejes políticos del gobernador —el bandera blanca Juan Luis Nougués, a quien Ardiles evita nombrar— y la derrota del líder agrario Salustia-no Nariño (un nombre que apenas encubre al Salustiano Coitiño que acaudilló a los cañeros al comenzar la década del 30) componen la lanzadera dramática más apasionante que Ardiles haya escrito: la respiración de El inocente crece entonces, sobre todo en el capítulo en que un pobre idiota camina al frente de los huelguistas con su corneta y cae fulminado por las ametralladoras policiales.
No hay ese subido nivel en el resto de la obra, porque Ardiles complica el fenómeno político con una anécdota de thriller: transforma a Camilo en casual dueño de una valija con 200.000 pesos, y lo arrastra luego hacia un prostíbulo, donde la policía tucumana acabará por tenderle un cerco. Aunque el contexto de esa historia es la formación de los mitos (un periodista describe a Camilo en su diario, quizá el incipiente La Gaceta de aquellos años, como a un benefactor de los pobres), la estructura novelística corre entonces el riesgo de desarmarse. La tensión y la vitalidad estilística con que esos nuevos hechos están contados impiden el desmoronamiento.
Ardiles (42 años, soltero), que fundó junto a Raúl Galán, Víctor Massuh y Manuel Castilla el grupo La Carpa, en 1942, para violentar el enquista-miento literario del norte argentino, ejerce desde hace más de una década la crítica teatral y cinematográfica en el diario La Gaceta de Tucumán. En El inocente, después de seis años de silencio, parece por fin dar lo mejor de sí: un estilo despojado y apasionado a la vez, una voluntad de narrar lo esencial, de definir a sus personajes a través de lo que hacen y, sobre todo, un coraje para desnudar la realidad de su provincia que carece —al menos allí— de precedentes. Lo que es mucho decir, pero no todo: porque la fábula de 'El inocente' está otra vez —como el resto de la saga— sostenida por la poesía.
14 de abril de 1964
PRIMERA PLANA

 

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