Obispo Angelelli: Censura a la Iglesia
 

Sin embargo, hasta el presente, la tijera oficial no había cercenado la prédica de los obispos argentinos que, además de ser cabezas de la religión del Estado, son funcionarios nacionales por acuerdo con la Santa Sede. Hubo, sí, una salvedad en 1969, cuando monseñor Alberto Devoto, diocesano de Goya, "renunció voluntariamente" a un programa radial al requerírsele que sus sermones fueran previamente leídos por directivos de la emisora.
El 13 de diciembre último, la dirección de LV 14 de La Rioja, que integra la red Splendid, levantó sin previo aviso ni mención de causas el espacio de una hora en el que el obispo Enrique Angelelli trasmitía cada domingo la misa y la predicación a los 150 mil fieles de su provincia. De inmediato se movilizaron las comunidades católicas para repudiar la medida. "La prohibición —se dijo— toca muy a fondo las relaciones entre gobierno e Iglesia."
Desde la Capital Federal se intentó neutralizar la trascendencia del episodio con el envío de Jorge Oesterheld, gerente general de Emisoras del Interior, pero el emisario reconoció, al regresar, que "mi trabajo era recoger información". Declaró que desconocía, además, "de dónde habría partido la orden de impedir la irradiación". Según el director de la emisora, esa orden fue trasmitida telefónicamente desde Buenos Aires.
Sin querer, Oesterheld exasperó aún más a empleados, obreros, amas de casa, docentes, representantes de barrios y pueblos, quienes, nucleados en una Jornada de Pastoral, proclamaron que "de esta violencia son también responsables aquellos que se escudan tras la pantalla de una orden superior, especialmente si esa orden no tiene firma ni cara".
Por su parte, el censurado Angelelli no se resigna porque "se me sigue diciendo que la superioridad decidió levantar la misa, pero aún no conseguí saber quién es esa superioridad". Sus sacerdotes también se indignaron solidariamente ante una actitud "que no pasa de ser una forma hipócrita de tirar la piedra y esconder la mano". En todo caso, a quince días del ultimátum, se desconocen las causas y se ocultan los responsables de la medida. "Eso es lo que más indigna", se quejan los feligreses riojanos.

NO LEVANTAR LA VOZ. Entretanto el obispo, acostumbrado al juego limpio, queda descolocado ante el enemigo invisible. Se conforma, entonces, con ironías: "A esta altura de la vida, no se nos puede convencer fácilmente de los Reyes Magos". Según sus explicaciones —refrendadas por el clero de la provincia y los fieles—, los sermones radiales se limitaban a "iluminar desde la fe la vida concreta de los cristianos". No disimula, sin embargo, que la emisión de LV 14 le significó durante años "la mejor comunicación con todo mi pueblo". Por cierto no es la única, atestiguan los feligreses: "Casi siempre recorre los pueblos de la montaña y el desierto, moviéndose en ómnibus, jeep o caballo", según la emergencia. De esas visitas —se asegura— extrae Angelelli el contenido social que vuelca sin tapujos en sus prédicas de los domingos.
El veto de los censores se apoyaría, al parecer, en el hecho de que la audición facilitaba "las disolventes arengas de un obispo tercermundista, dirigidas a los marginados de La Rioja". Por otra parte, en medios allegados a Angelelli, se descuenta que el contenido y metodología de los sermones colmaron la irritación de sus adversarios, incluidos algunos miembros del actual gobierno provincial, que consideran al obispo un crítico destructivo del régimen.
Más allá de la individualización de los responsables que motivaron la escaramuza, se generaliza entre los católicos de avanzada la convicción de que "ni los obispos podrán hablar con libertad si se refieren con realismo a la situación socio-económica del país".

LOS RAYOS DE LA TORMENTA. Alberto Devoto y Enrique Angelelli —únicos diocesanos censurados por el poder civil, en lo que va del siglo— pregonan ante el pueblo y gobierno los postulados de Medellín y reclaman, con énfasis, "más justicia e igualdad, puesto que todos somos igualmente hijos de Dios". En 1969, Devoto se quejó ante sus feligreses de Goya de que "en los países llamados democráticos como el nuestro, frecuentemente se elude el cumplimiento de las leyes cuando éstas perjudican los intereses de los más fuertes, mientras son aplicadas con rigor cuando defienden los intereses de los poderosos en perjuicio de los débiles". Dos años más tarde, en septiembre, su colega de La Rioja empuñó la misma espada: "Existen muchos hermanos argentinos que están padeciendo toda clase de atropellos a su dignidad de persona humana y de hijos de Dios. No se construye una nueva sociedad con torturas, delación y calumnias". Y agregó: "Oramos por quienes tienen la responsabilidad de gobernar, para que vean la real situación de nuestro pueblo". Los aludidos no interpretaron la frase como un ruego, sino como una bofetada. Poco después, el subsecretario de Interior, doctor Guillermo Belgrano Rawson, desafió al obispo Angelelli a "reeditar el milagro de la multiplicación de los panes" en vez de hablar sobre cuestiones sociales. Sin pelos en la lengua, Angelelli manifestó que "a 1.200 kilómetros de distancia, ese
señor no puede advertir ni apreciar que, en nuestra provincia, lo que afirmamos es la cruda realidad y no ocurrencias de adolescentes".
De acuerdo con la tradición, la Conferencia Episcopal Argentina se ha desentendido del caso —lleva dos semanas de silencio— y parece abandonar al colega de La Rioja. Algunos observadores eclesiásticos interpretaron que "la falta de pronunciamiento de los obispos respalda —por omisión— la política represiva de la radio y no condice con la defensa de la libertad de expresión proclamada por el Concilio Vaticano II". No en vano el mismo monseñor Angelelli reconoció en estos días que "los obispos argentinos no respondemos ya como cuerpo al Concilio". No especificó a qué otras directivas responden, en cambio.
J. J. R. (Nota: probablemente se trate de Juan José Rossi)
PANORAMA, DICIEMBRE 28, 1971

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Es frecuente el ejercicio de la censura cuando están en juego presuntas manifestaciones sexuales o subversivas. En los últimos años, hasta el clero —tradicionalmente intocable— se vio sometido a un estricto control ideológico a través de presiones del gobierno sobre la Conferencia Episcopal o sobre algunos de los obispos a cargo de los curas cuestionados. Fue una clara excepción, en ese sentido, el caso del tercermundista Alberto Carbone, quien en julio de 1970 pasó directamente a disposición del Poder Judicial por supuesta participación en el secuestro del general Pedro E. Aramburu.

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