Argentina y el F.M.I.
1963

Argentina y el FMI
FMI (I)
Una oportunidad desperdiciada para iniciar el diálogo con el Fondo

A fines de este mes viajará a Washington una misión oficial encabezada por el presidente del Banco Central, a quien acompañarán el vicepresidente de la entidad y el secretario de Hacienda, para participar en la Asamblea Anual de Gobernadores del Fondo Monetario Internacional. Los miembros pudieron haber sido cuatro o cinco si las futuras autoridades hubieran aceptado la invitación del ministro de Economía actual de llevar representantes del gobierno electo para ser presentados a los miembros del FMI y establecer allí un contacto que, de todas maneras, deben tomar en algún momento; pero trascendió que el propio doctor Illía desechó la invitación formulada a sus colaboradores porque, según dijo, "no es momento para andar haciendo visitas sociales".
La apreciación de Illía, sin embargo, no sería el equívoco más flagrante de la historia de las relaciones del gobierno argentino con el Fondo. Ahora mismo se menciona el caso de una de las principales figuras del futuro partido oficialista que en vísperas de la entrevista Illía-Klein daba por aceptado que el FMI era un banco dependiente de la administración norteamericana y no, como es en realidad, un organismo internacional creado en la órbita de las Naciones Unidas.
Los equívocos eran anteriores, incluso, al ingreso de la Argentina en el organismo, que se produjo recién por decreto-ley de agosto de 1956, una década después de su creación. En ese lapso, la Argentina había sido una de las escasísimas naciones del mundo no comunista y la única de América que se mantuvo alejada; la administración peronista había rechazado en bloque las ventajas del multilateralismo y de la cooperación internacional y no se detuvo a hacer excepciones con este caso.
Cuando hacia fines de 1958 el doctor del Carril negoció con el FMI el primer acuerdo de stand by, no pasaban de una docena de iniciados los que conocían las características de las responsabilidades que se asumían, pero fueron muchos los que entraron rápidamente en conocimiento de un hecho espectacular: por primera vez en décadas se abrían las compuertas de las inversiones y créditos internacionales a la Argentina, al conjuro del documento suscripto. Por de pronto, inmediatamente se tuvo acceso a créditos globales por unos 300 millones de dólares suministrados por el propio Fondo, el Eximbank, dependencias de los Estados Unidos y consorcios bancarios de ese país y de Europa.
Sin embargo, los sectores izquierdistas de la vida nacional no tardaron en señalar que las condiciones para la obtención de esos recursos eran excesivas y que el país había renunciado a la autodeterminación económica. La verdad o el error contenido en esa apreciación no pueden ser descubiertos sin el conocimiento previo de las funciones que cumple el FMI y de la modalidad de la negociación con los países miembros.
• El FMI es uno de los organismos internacionales creados (junto con el Banco Mundial y el Acuerdo General de Tarifas-GATT) para la recuperación económica del mundo de posguerra mediante el aprovechamiento de las ventajas del comercio multilateral; su objetivo no es otro que el de arbitrar recursos monetarios para mantener, en lo posible, la fluidez del intercambio internacional.
• Aunque también puede poner en juego otras medidas excepcionales, la función natural del FMI es la de facilitar recursos en divisas a los países miembros que sufren ocasionales problemas de balanza de pagos; se supone que un préstamo de divisas del FMI podrá ser devuelto por el país que lo recibe, en cuanto resuelva su emergencia.
• Los países miembros del FMI pueden necesitar o no sus préstamos; mientras no los soliciten, sus obligaciones frente al organismo son mínimas: mantener algún margen de convertibilidad de sus monedas y notificar sobre las paridades que se dictan respecto de las divisas internacionales.
• Cuando un país miembro solicita un préstamo del FMI asume otros compromisos complementarios, pero todos dirigidos a una sola finalidad: que la situación financiera y cambiaría del país se restablezca para que sus problemas de balanza de pagos se resuelvan y pueda devolver el préstamo; por lo tanto, el FMI combate todas las situaciones inflacionarias, entendiendo que éstas elevan las cotizaciones del cambio extranjero y acrecientan la penuria de divisas que padece el país deudor.
• Las autoridades del Fondo no son ni hurañas ni bondadosas ni mezquinas ni dadivosas; simplemente, no tienen psicología propia porque obran como mandatarias de un consorcio de nada menos que cincuenta naciones, cuyos representantes tienen un objetivo común: evitar que se dilapiden los fondos para préstamos.
• Cada país de los que reciben ayuda financiera del FMI es, a la vez, miembro y contribuyente de la organización (Argentina aportó 150 millones de dólares) y por lo tanto su interés es tanto el de conseguir las condiciones más liberales para el uso de los créditos que le han sido concedidos, como el de evitar que los otros países obtengan para sí las mismas condiciones liberales; es tal la tensión de las fuerzas políticas en juego en el seno del FMI, que impide que la balanza se incline demasiado para un solo lado.
Por lo que se ha visto en la vida de la institución, el Fondo no tiene problemas con los países desarrollados, pero sí con aquellos que están en un proceso incipiente o intermedio de evolución económica y, en particular, los latinoamericanos. ¿A qué se debe esto?
En muchos países latinoamericanos predomina la idea de que el desarrollo económico debe ser financiado mediante la inflación (en otros, como en la Argentina, este es más bien un tema de discusión) y, en este caso, se produce una clara colisión con los principios del Fondo, favorables a la búsqueda de la estabilidad monetaria.
Pero algunos autores han puntualizado oportunamente que no se puede esperar del FMI una ayuda tendiente a acelerar el desarrollo económico de los países miembros, porque ése no es su objetivo. Para esos fines están otros organismos como, fundamentalmente el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF o Banco Mundial) y el Banco Interamericano de Desarrollo. Y los países que recurren al Fondo saben qué tipo de ayuda puede y no puede prestar.
Ahora bien: si la ayuda del FMI no sirve directamente a la finalidad del desarrollo, ¿habrá que deducir que lo dificulta? Este es un punto controvertido, aunque el pontífice del estructuralismo, Raúl Prebisch, sostiene en su trabajo capital sobre el problema de la estabilidad y el desarrollo que estos objetivos no están en pugna y que no hay desarrollo sin estabilidad monetaria. Los gobernantes brasileños no lo creyeron así y rompieron con el FMI, aunque ahora es evidente que buscan un acercamiento.
Con respecto a la experiencia argentina cabe mencionar los siguientes hechos:
• La Argentina pidió en 1958 su primer paquete de créditos y, mediante la influencia del FMI obtuvo no sólo fondos de esa institución, sino de diverso origen, que se obtienen por lo general sólo con el visto bueno del Fondo; también le sirvió este aval para la renegociación de la deuda antigua, principalmente frente a los acreedores del Club de París.
• Los créditos del FMI no fueron devueltos porque se consideró que la emergencia en la balanza de pagos no estaba superada y, efectivamente, ésta se agudizó en 1962, cuando hubo que pedir un refuerzo del crédito anterior; este hecho contribuyó a confundir a la opinión pública, que se acostumbró a pensar que el FMI se había transformado en una fuente regular y continuada de créditos, cuando la verdad es que amplió su ayuda de emergencia, prorrogándola.
• Los compromisos contraídos por el país fueron de un doble carácter, pasivos (no superar determinados límites de expansión crediticia y emisión monetaria) y activos (reducir el déficit del presupuesto mediante el saneamiento de las empresas estatales, reducir gradualmente los gravámenes extraordinarios a las importaciones, etc.); puede afirmarse sin temor a errar que mientras los compromisos pasivos se cumplieron durante la mayor parte de la vigencia del acuerdo, no sucedió lo mismo con los activos.
• Hacia febrero-marzo de 1962 se transgredieron también los límites de expansión monetaria pactados con el FMI, pero la inminente crisis que parecía desencadenarse fue rápidamente conjurada con el cambio de gobierno y hubo renovación del stand by, primero por seis meses y luego por otro período igual, que vence una semana antes de la asunción del gobierno de Illía.
• El aspecto más polemizado del acuerdo en vigencia fue el tope de emisión monetaria admisible, que se fijó en unos 2.500 millones de pesos mensuales; desde muchos sectores —fundamentalmente los industriales— se ha insistido en que la asfixiante iliquidez de plaza requiere un emisionismo mayor; prácticamente este punto se ha convertido en el "quid" del problema con el FMI.
• Se estima que ese punto puede ser el que determinó la inserción en la
plataforma del radicalismo del Pueblo del "propósito de denunciar los compromisos contraídos con el FMI".
Por lo que se sabe, no es clara todavía la determinación del futuro gobierno acerca de la actitud que habrá de tomarse frente al FMI, aunque los más conspicuos asesores económicos se empeñan en sostener que la expresión "ruptura" es incorrecta. En realidad caben tres opciones: la renovación de los acuerdos, que permitiría probablemente renovar los créditos; la interrupción de los acuerdos, con el compromiso de satisfacer sin posibilidad de prórrogas ni renovaciones los compromisos pendientes, las amortizaciones tal como están previstas; la ruptura total, con el riesgo de afrontar de una vez la deuda con el FMI y de los organismos que se guían por sus determinaciones (Banco Mundial, Eximbank, Club de París, banca privada).
En realidad, la ruptura entrañaría una verdadera catástrofe financiera porque el país necesita no sólo que se mantengan las prórrogas actuales de sus vencimientos, sino que éstos se renegocien permanentemente, año tras año: el conjunto de vencimientos para 1964 está calculado en cerca de 400 millones de dólares y es obvio que no puede ser pagado con los recursos normales que se obtienen a través de la balanza comercial, a menos que se mantenga artificialmente la disminución de importaciones mediante la prolongación de la actual retracción económica.
La interrupción de relaciones pondría al país en una situación parecida frente al mundo exterior; el matiz dependerá de la actitud que adopte el FMI en consecuencia. La estrategia de esta operación habría sido trazada por algunos teóricos del futuro oficialismo de la manera siguiente: vence el stand by y no se renueva; el gobierno aprovecha para expandir los medios de pago poniendo al día a empleados, jubilados, proveedores y contratistas del Estado, aumentando algo el crédito para los sectores productivos y autorizando algunos aumentos salariales; luego de estos hechos consumados, se vuelven a realizar negociaciones con el Fondo. Esta estrategia fue realizada en su primera parte por Brasil, pero no pudo conseguir el "borrón y cuenta nueva" de la segunda: el problema, por otra parte, es ¿hasta qué punto deben expandirse la circulación y el crédito para no caer en una inflación incontrolable?
Para algunos observadores hay una cuarta opción, que uniría términos de las anteriores; se trataría de renovar los acuerdos, pero negociando márgenes de expansión más generosos; a esto se le ha dado en llamar "negociar términos más realistas". Pero, ¿es esta variante posible o solamente teórica?
Uno de los ex ministros más entrenados en negociar con el Fondo, el ingeniero Álvaro Alsogaray, explicaba a PRIMERA PLANA la semana pasada, que en este punto el organismo no tiene patrones fijos y que analiza empíricamente la situación de cada país en cada momento; pero estimaba que los márgenes de expansión previstos en el acuerdo vigente son tal vez demasiado generosos, y difícilmente las autoridades del Fondo accedan a ampliarlos.
Alsogaray cree que el nivel del dólar en el mercado cambiario pudo mantenerse en los últimos meses por circunstancias relativamente favorables de la balanza comercial: la retracción del mercado interno y la existencia de stocks de mercaderías disminuyeron el ritmo de las importaciones, mientras que las exportaciones alcanzaron un nivel auspicioso. Esto creó una oferta momentánea de divisas que permitió compensar el impacto de la emisión monetaria que, de otra manera, hubiera hecho subir más la cotización del dólar. Ahora esa tendencia comienza a modificarse, los stocks se han acabado y hay que volver a importar, y ya no es tan fácil que la oferta de divisas presione. En el futuro puede resultar imprudente mantener un emisionismo tan crecido como el de estos meses.
El ex ministro cree que el Fondo Monetario no podrá dejar de ver esta realidad y que se opondrá a niveles de emisión más crecidos; "el FMI sabe que por ese camino el alza del dólar lleva al control de cambios y éste al mercado negro de las divisas. No puede desentenderse con un encogimiento de hombros".

FMI (II)
Una fórmula para la negociación
En conversaciones mantenidas por redactores de PRIMERA PLANA con los miembros del actual equipo económico se pudo comprobar que los mismos, tratando de adaptarse al espíritu de las promesas electorales de la UCRP, consideran posible una fórmula de negociación con el Fondo Monetario Internacional. En síntesis, esa fórmula sería la siguiente:
No debe transformarse en ruptura o negociación totalmente excepcional a los futuros contactos de la Argentina con el FMI. La actual situación de nuestra balanza de pagos permite que el país tenga en esta materia una política firme, como para imponer que en la mesa de discusión se traten simultáneamente los problemas financieros de corto y de largo plazo. Para esto último se requiere un programa de inversiones, donde puedan apreciarse las prioridades básicas para un sano y armónico desarrollo económico.
Esa condición permitiría que el FMI asumiera su papel específico, que es el de actuar como organismo de cooperación internacional para resolver problemas circunstanciales de la balanza de pagos, y no convertirse en un ente capaz de decidir en toda la política económica.
El nuevo gobierno tendrá que enfrentar estas negociaciones, y su éxito dependerá de la aptitud de presentar un programa de mediano y de largo plazo, consistente, y en función con la necesidad ineludible de mejorar rápidamente la adversa situación económica prevaleciente, que presenta síntomas agudos de índole coyuntural.
Sostener una ruptura total con el FMI, aunque la situación de la balanza de pagos esté mejorando temporariamente este año al alto costo de la caída del nivel de ocupación interna, resulta poco realista, porque el conjunto de obligaciones en deudas y servicios que hay que pagar en los próximos años al exterior, las exigencias financieras naturales al proceso expansivo, que es la meta fijada por las nuevas autoridades, las fluctuaciones que son peculiares al comercio internacional y el nexo del FMI con fuentes internacionales de financiamiento, forman un conjunto de elementos interdependientes que realzan el papel de una política más comprensiva de parte de las autoridades argentinas.
Uno de los elementos de controversia es el margen de emisión. La situación más adecuada para el país sería que el margen no se convierta en un paliativo para acompañar el alza de los precios internos, sino que tuviera una mayor relación con el incremento planeado del producto nacional.
Para que la expansión financiera no se traduzca en inflación pura es necesario que el sistema económico funcione con mayor elasticidad de oferta; que los empresarios no promuevan aumentos de precios en relación directa con el aumento de la demanda y que exista un proceso de intermediación más competitivo. Por otra parte, la autoridad monetaria puede adoptar políticas de absorción que eviten la tendencia inflacionaria, en el supuesto de que el comportamiento de la oferta pueda incrementarla. Para esto se requiere también el funcionamiento dinámico del sistema bancario y un análisis financiero y monetario sumamente eficaz.
Revista Primera Plana
17.11.1963

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