La sucesión presidencial
 

Alejandro Lanusse y Juan Perón: Los rivales de un mismo partido
El acuerdismo, síntesis política, que se ofrece al país como epílogo de la emergencia militar soportará en las próximas semanas las pruebas más duras. Ya casi nadie duda de que en un lapso que no podrá extenderse más allá de los 60 -días, el gobierno, Juan Perón, los partidos políticos, y el poder militar tendrán que ampliar el "frente de la tregua" para llegar a un entendimiento mínimo; de lo contrario, ese frente se transformará en un campo de batalla.
Es explicable que a un año de las elecciones se manifieste una opción tan riesgosa: cada uno de los cuatro factores de decisión, en medio de un cuadro político sumergido por las contradicciones, se presenta dividido. Dentro del gobierno, por ejemplo, Alejandro Lanusse equilibró durante más de diez meses el poder de los representantes del establishment con el espejismo populista que vislumbraba un grupo de sus asesores. A partir de la protesta de Cuyo, el equilibrio se tornó en vaivén y por eso el presidente está obligado a rever la política salarial y el programa financiero que elaboró el ministro Cayetano Licciardo.
Lanusse, un hombre acostumbrado a la réplica, sabe que no puede dejar la ofensiva a sus enemigos; pero sucede que el mismo proceso de deterioro económico acorrala al gobierno entre la pared de los grandes intereses y las exigencias populares, verdaderas barreras para el acuerdo político.
Desde que asumió el poder en representación de las Fuerzas Armadas, Lanusse no pudo quebrar esas barreras. Con más resolución y habilidad que sus predecesores, pero con menos tiempo por delante, el presidente eligió los caminos intermedios; es decir que se constituyó en mediador entre Perón y los altos mandos, en árbitro entre la derecha y el populismo y en vértice de un eventual pacto entre los militares y los políticos, preocupados por los estallidos sociales. Lanusse desechó la perspectiva de la dictadura autoritaria, agotada con el derrumbe de Juan Carlos Onganía, y la tentación de la "profundización revolucionaria" para superar al peronismo; pero como los problemas se han agudizado, está claro que esos caminos intermedios orillan el precipicio.
También Perón está frente a una encrucijada. Antes de la caída de Roberto Levingston, y como aporte esencial al acuerdismo, el caudillo desterrado convalidó las gestiones de su ex delegado personal —Jorge Paladino— encaminadas a fortalecer la tercera etapa del poder militar. A partir de entonces, por medios directos o laterales, mantuvo relaciones con el gobierno; éste, en visible táctica para definirlo, le entregó los restos de Eva Duarte, le extendió el pasaporte, consintió la absolución judicial en las causas penales y le comunicó oficiosamente que podía regresar cuando quisiera.
Quizá sin la cuña guerrillera que tienta a la juventud disconforme, y de no mediar la ola de protesta con epicentro en el interior, Perón hubiese resuelto el rompecabezas con más facilidad. Cabe recordar que el Líder apoyó la salida con Arturo Frondizi, luego celebró el triunfo del azulismo, más tarde toleró a Arturo Illia y no hace mucho aprobó a Onganía y después a Lanusse, porque él —sencillamente— nunca dejó de ser "socio" del poder en la Argentina, la llave maestra para mantener la paz social, aunque los sectores más intemperantes de la derecha lo califiquen de izquierdista.
Por esos motivos hoy Perón no quiere comprometerse demasiado con la salida que le proponen Lanusse y los altos mandos; pero como no desea y tampoco puede romper todos los puentes, ya que de lo contrario quedaría a merced de los marxistas o en el mejor de los casos la realidad lo llevaría a pactar con ellos, aguarda que el gobierno amortigüe la tempestad. En esa espera se explica y justifica su actitud, aparentemente dual, revelada por Héctor Cámpora y Elías Sapag: el primero mostró la cara arisca, el enojo de Perón, que se resumió en las presuntas vacilaciones del embajador Jorge Rojas Silveyra; Sapag presentó la cara de la esperanza, y por algo regresó a Madrid tras conversar en los más altos niveles del gobierno (ver página 16).

LOS EQUIVOCOS. Cuando los enemigos de Lanusse lanzaron a rodar su candidatura, en abierto desafío al poder militar, Perón se vio obligado a insinuar la suya porque sabe que la de Lanusse es improbable. Es que ni Jorge Paladino, Rogelio Coria, Raúl Matera o Rodolfo Tecera del Franco podrían defender —antes o después de un presunto colegio electoral— la nominación de Lanusse.
Perón, que "las sabe todas", está persuadido de que su retorno al poder también es improbable mientras se mantenga la relación de fuerzas en el sector militar; aparte, como no puede regresar para apagar los fuegos sino como revolucionario, ¿qué revolución podría acaudillar? ¿Haría lo que hace Salvador Allende en Chile? Por el momento, el ex presidente sólo piensa en mantener la disciplina en las filas peronistas.
Justamente, quien no puede mantener la homogeneidad partidaria tampoco puede aspirar a gobernar a las tres cuartas partes de los argentinos. El sábado 23, cuando regresó Cámpora de Madrid, resultó evidente que en el peronismo progresan las escisiones. Al margen de los aplausos que saludaron la vuelta del delegado, los núcleos juveniles manifestaron un agresivo antagonismo; por si fuese poco, en la noche de ese mismo sábado, Sapag enjuició severamente a Cámpora.
Algo semejante sucede en los demás partidos políticos. Los radicales no quieren comprometerse con el gobierno, los socialistas populares acaban de irse de La Hora del Pueblo (ver páginas 20-21), la derecha no termina de agruparse en torno de Álvaro Alsogaray, el desarrollismo sigue desconfiando de la salida electoral mientras la izquierda marxista procura un frente imposible con el peronismo. Básicamente, el país político sufre un agudo proceso de dispersión, tal vez porque nadie acierta frente a la mayoría del pueblo. Entonces, ¿cuáles son las bases del acuerdo?
Los militares, entre tanto, observan el cuadro. En las reuniones de los últimos días, los mandos del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea ratificaron la decisión de llevar adelante el programa normalizador, pero resultó evidente que los generales, almirantes y brigadieres se preocuparon por la salud del acuerdismo en la medida en que éste depende de las relaciones entre el gobierno y Perón.
Lo que preocupa a los mandos empieza y termina en lo que sucederá si Perón patea la mesa, porque todos saben que las elecciones serán limpias, sin condiciones, o de lo contrario las Fuerzas Armadas se verán frente a la cuarta emergencia de gobierno. En un análisis del poder militar se perfilan dos posiciones. Una de ellas, sostenida por los jefes de regimientos de la Primera Brigada Blindada —coroneles Arturo Amador Corbetta, Jorge Sosa Molina y Luciano Jáuregui, del C-10, C-2 y C-8—, se infiere que el Ejército mantendrá a pie firme la promesa del presidente; con esos jefes coincidiría el comandante de la Décima Brigada de Infantería, general Manuel Haroldo Pomar.
La posición presuntamente antagónica, cuyos sostenedores aún no se pronunciaron contra la salida electoral en las reuniones informativas de los mandos, reclamaría un reaseguro contra el posible triunfo del frente popular —fuese acaudillado por el peronismo o la izquierda—, que debería instrumentarse mediante la candidatura de un político potable a los militares o bien la de un jefe de prestigio. Esa postura, en caso de fracasar "las condiciones", admitiría como lógica la dictadura preventiva en antecedentes de que en los cuadros intermedios de la Fuerza Aérea y la Armada abundan los oficiales antiperonistas.
Las Fuerzas Armadas, a pesar de las penurias que sobrellevaron en los seis últimos años, siguen constituyendo el esqueleto político del país. El sábado 22, al conmemorarse el Día de la Caballería, los generales se reunieron en Campo de Mayo; tras honrar a Juan Carlos Sánchez escucharon la Marcha de la Libertad. Pudo haber sido un día símbolo, lo que no quiere decir que Lanusse desista de la meta política, porque es necesario reiterar que el acuerdismo no es un capricho del presidente sino un programa de los altos mandos.
Por el momento, el trámite para la conciliación nacional se asemeja a una cinchada singular, en la que cada uno de los protagonistas principales hace fuerza para mantener su posición, pero cuidando que la cuerda no se rompa. La actitud demuestra moderación, pero resultaría imprudente que si los objetivos finales del acuerdo son la vigencia de la libertad y la democracia, la cuerda pase por las manos de los que no creen en esos objetivos.
Jorge Lozana
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Madrid: Una candidatura imposible para acosar al gobierno
Armando Puente, corresponsal de Panorama en Madrid, cablegrafió el martes 25 el siguiente informe:
Las escasas personas que lograron ser admitidas la semana pasada en Puerta de Hierro encontraron a un Perón endurecido, intransigente, decidido a ser candidato y seguro de ser elegido presidente. Hace nada más que dos meses, cuando algunos fervientes partidarios le decían que sólo él podía ser el candidato del Justicialismo, Perón eludía la respuesta o guardaba silencio. A mediados de marzo hubo un cambio significativo. Por primera vez Perón empezó a anunciar a los visitantes, entre ellos al embajador Jorge Rojas Silveyra y a Enrique Gilardi Novara, su decidido propósito de regresar al país "en el caso de que pudiera ser útil a los intereses de la Nación".
Más tarde, el 6 de abril, expresó al embajador Rojas Silveyra su deseo de ser inscripto en el padrón electoral, y desde el lunes 17 repite que se propone ser candidato, pero no un candidato que renuncia en "el último minuto", sino para lograr su tercera presidencia. "Lástima no tener veinte años menos —se lamentó Perón ante Rodolfo José Tecera del Franco y Ruperto Godoy—. Pero lo que me falta de juventud me sobra de experiencia."
Desde entonces, a medida que los días pasan, su lenguaje se ha vuelto cada vez más desafiante y acerado. Guido Di Tella, el economista y antiguo militante demo-cristiano de visita en Madrid, enmudeció de asombro cuando, al comentar las versiones llegadas de Buenos Aires en el sentido de la proscripción mutua de Lanusse y de su propia persona, Perón le señaló: "Que Lanusse se proscriba como candidato a la presidencia es como si yo me proscribiera al trono de Inglaterra".
En la misma charla Perón volvió a interpretar la situación argentina con sus peculiares metáforas: "Lanusse —señaló el ex presidente— tiene un tigre agarrado de la cola, y no lo suelta porque sabe que entonces se lo come". Más adelante, Perón le comentó a Di Tella: "Nuestro pueblo es como una gallina. Se lo puede desplumar, se lo puede asar, se lo puede hasta comer. Lo que no se puede es obligarlo a poner huevos".
¿Qué pretende Perón con este lenguaje? ¿Qué busca con la amenaza de no recibir más a Rojas Silveyra? ¿Por qué se niega a condenar la violencia?
A pesar de sus frases desafiantes, a pesar de su negativa a dialogar con el embajador, Perón no va a cortar las vías de negociación con las Fuerzas Armadas. Puede ser que se mantenga firme en no recibir al embajador Rojas Silveyra —de quien nunca solicitó fuese relevado—, pero sabe que existen otras vías paralelas para el posible diálogo y la negociación. Durante las últimas semanas una de esas vías ha estado permanentemente abierta en Madrid a través de Héctor Villalón y Díaz Vialet, que han tenido contactos, no sólo con el embajador, sino con un general y un oficial de Marina, que hablaron en nombre de las Fuerzas Armadas uno, y del gobierno el otro.
Otra vía se abrió con la misión de Elias Sapag, que el viernes 14 presentó en Puerta de Hierro las propuestas del presidente Lanusse. Perón, después de escucharlo atentamente, le pidió que las expusiera en un memorándum, que debía firmar Sapag al pie y al margen. Así lo hizo el ex senador neuquino. Perón, entonces, contestó en otro memorándum que firmó al pie.
Con su lenguaje cargado de amenazas Perón aspira a encontrar un interlocutor válido con el cual iniciar de verdad una negociación de la que mucho se viene hablando desde hace un año, pero que hasta ahora no ha pasado del terreno de los tanteos, y un diálogo que hasta el momento no ha sido sino un balbuceo.
El ex presidente ha señalado un plazo —el 30 de junio— y ha comunicado, a través de sus visitantes, algunas de sus condiciones para que lleguen a oídos de Lanusse: 1) Elecciones en el año 1972; 2) Inamovilidad de la Constitución; 3) Ninguna limitación ni proscripción en el acto comicial. Su negativa a condenar la violencia y el anuncio de su candidatura a la Presidencia son dos de los instrumentos de que dispone para forzar la negociación antes de la fecha señalada.
Para esa fecha deberán estar organizados y dispuestos sus hombres. El dirigente Jorge Lago ha llevado una grabación de dos horas a Buenos Aires con precisas instrucciones a los diversos grupos de juventud para abolir las siglas e integrarse en una nueva estructura orgánica que será dada a conocer, probablemente esta semana, por el Consejo Superior. La Juventud Peronista deberá prestar su apoyo total al Frente Cívico para la Liberación Nacional, mediante la creación de millares de mesas de trabajo.
En los primeros días de mayo el Frente comenzará por fin a tomar cuerpo con las normas dadas por Perón a su delegado Héctor Cámpora en las conversaciones tenidas durante la última semana. Se asentará sobre cuatro pilares: un órgano político del que la Hora del Pueblo será el núcleo inicial y al que se incorporarán los otros partidos que se han manifestado de acuerdo con el llamamiento y el programa mínimo formulados por Perón a fines de febrero; una rama empresarial y profesional en la que tendrán cabida la CGE y los Institutos Tecnológicos, y, por último, una rama juvenil.
Los cuatro pilares estarán representados en el Comité Nacional de Coordinación, órgano supremo del Frente. Los gremialistas, los profesionales y los jóvenes serán los motores —a escala local— de las mesas de trabajo en las que se elaborará un programa que, de este modo, no será impuesto por ningún partido. Para el caso de que el 30 de junio sus condiciones no hayan sido aceptadas, Perón desenterrará el hacha de guerra. En ese sentido, las previsiones han sido ya adoptadas en todos los escalones, incluido el de las Formaciones Especiales.
A medida que el plazo se acerca, el lenguaje del Líder se endurece. Así, al recibir al cineasta Juan Schroder, director de la prohibida película Una mujer, un pueblo y bendecir su nueva producción Historia de la resistencia peronista, Perón le manifestó: "Métale. Hay que desenmascarar a todos los traidores y enanos que se aprovecharon de que nuestra revolución duró un solo día. Las nuevas generaciones han sido forjadas en la lucha y con ellas ya no incurriremos en los errores de entonces. Cuando tomemos el poder —prometió con una voz incendiaria, como alguna vez fue escuchada en Plaza de Mayo— implantaremos el socialismo nacional."
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Marcha en zig-zag hacia el comicio
Desde el 17 de septiembre de 1971 cuando Alejandro Agustín Lanusse sorprendió al país con el anuncio del cronograma electoral, los analistas políticos de Panorama han seguido paso a paso el proceso que culminará con el cambio de gobierno, adelantando a menudo cuáles serían el sentido y los obstáculos de ese sendero hacia la institucionalización.
Ese día, el presidente prometió que las elecciones "sin proscripciones" se realizarían el 25 de marzo de 1973 y que el nuevo gobierno —faltaban cinco meses para que él mismo lo definiera como "de transición y consolidación"— asumiría el poder el 25 de mayo.
En gran medida, esa conquista de los políticos beneficiaba más que a nadie al jefe del justicialismo: Juan Perón había empujado a su por entonces virrey en la Argentina, Jorge Daniel Paladino, para que conquistara una fecha electoral. Lógicamente, cuando de votar se trata, el peronismo puede mover una formidable masa de ciudadanos y esa perspectiva amplía las posibilidades de negociación del exiliado. El anuncio tendía, además, desde la perspectiva del gobierno, a debilitar el frente golpista que por esos días velaba las armas.
Sin duda, la estrategia de Lanusse fue propicia: el 8 de octubre, mientras Perón festejaba su cumpleaños, en Azul y Olavarría los tanquistas, inspirados por ideologías -contradictorias —desarrollismo, nacionalismo de diversos matices, onganismo— se rebelaban contra el Gran Acuerdo Nacional. La victoria política del gobierno no fue menor que la derrota militar de los conspiradores: un coro casi unánime se alzó desde los comités para declarar "fascistas" y "totalitarios" a los insurgentes. Coincidían así con la caracterización que de ellos había hecho la Casa Rosada. Vencidos los militares nacio-anticacuerdistas, el GAN pareció tener el camino despejado hacia marzo de 1973.
A fines de ese mes (número 235), Panorama comenzó a alertar sobre los cambios en el juego de Perón: consolidado el frente interno de Lanusse, el jefe justicialista debía hacer lo propio. Paladino, intermediario entre el presidente y Perón, debía dejar el lugar a alguien más incondicional. Sólo un mes después se confirmó el anuncio y Héctor Cámpora lo reemplazó como delegado personal del Líder. Pero también debía empezarse a armar un juego al margen de La Hora del Pueblo, un ámbito acuerdista en el que la influencia de Perón se veía compensada por la de los partidos aliados, cercanos al comandante en jefe del Ejército. "Ha llegado —decía Panorama— el momento de construir el Movimiento Nacional, un nuevo nombre para el frente que Perón y Frondizi impulsaron durante el interregno de José María Guido." También se anunciaba de dónde saldrían las fuerzas de apoyo del que luego tomaría el nombre de Frente Cívico de Liberación Nacional: Vicente Solano Lima, Arturo Frondizi, los líderes gremiales y el neoperonismo provinciano. Ese anticipo de Panorama se adelantó en ciento veinte días a su concreción: hizo falta que Rogelio Frigerio viajara en febrero de este año a Madrid, que Perón diera a conocer su artículo La única verdad es la realidad, y que comenzaran a arreciar los pedidos de pasajes rumbo a Puerta de Hierro, para que otros observadores menos atentos descubrieran esa realidad política.
En verdad, los dos máximos participantes de este juego —Perón y el Ejército, representado por Lanusse— han debido competir al mismo tiempo que se ponían de acuerdo en dar límites al field. Perón, en su lenguaje de hechos, dio muestras inequívocas de aceptar y desear el marco electoral. Pero, dentro de él, no renunció a obtener las mejores condiciones. Por eso hostilizó con cautela a su oponente: bombardeó el proyecto de estructurar una federación oficialista de partidos provinciales (en las tres últimas semanas lo visitaron dos jefes de ese grupo: Carlos Imbaud y Elias Sapag), envió a su esposa Isabelita a homogeneizar su movimiento, rechazó pronunciarse adversamente en relación a las llamadas formaciones especiales y atrajo a políticos de tendencias disímiles: el coronel lonardista Francisco Guevara, Enrique Gilardi Novaro (un asesor de Roberto Levingston), Arturo Frondizi, el democristiano José Antonio Allende, el empresario José Gelbard, Jesús Porto —del Encuentro de los Argentinos— y un memorándum de Álvaro Alsogaray llegaron hasta la casa de Perón. Entonces, cuando ya corría el mes de marzo, comenzó a discutirse sobre candidaturas y autoproscripciones.
Ese tema ya había sido analizado por Panorama meses atrás. "A nadie se le escapa —se señalaba en el número 243— que para que el presidente cumpla con su promesa de no proscribir a nadie, debe contar con que Juan Perón renuncie a postularse." En ese mismo número, aparecido el 21 de diciembre, se apuntaba otro rasgo del proceso que, inevitablemente se combinaba con el anterior: la elevación de la temperatura social, como consecuencia de los aumentos en precios y tarifas de los servicios públicos. No fue casual esta metáfora: "Los cócteles molotov de mayo de 1969 estaban cargados con nafta encarecida. El cordobazo sobrevino pocos días después que Krieger Vasena anunciara el aumento de los combustibles". El mendozazo y los alzamientos provinciales contra el alza de las tarifas eléctricas habían sido, pues, vaticinadas por el análisis de Panorama. ¿Cómo se combinan el problema de la renuncia de Perón a la candidatura y la caliente movilización social? Muy sencillo: tales movilizaciones aumentan la capacidad de juego de Perón y no fue casual que después de esos hechos el General comenzara a hablar de presentarse por tercera vez como aspirante a la presidencia de la Argentina.
"¿Quiere Perón ser presidente? En todo caso el peronismo partidario no hace nada para que ello suceda (Panorama, 15 de febrero). No parece casual esa inmovilidad del partido Justicialista: todos los peronistas recuerdan el 17 de octubre y saben que si desean ver al Líder de nuevo en la plaza de Mayo deben conquistar ese derecho. Parece, pues, que —en verdad— el anuncio extraoficial de Perón y la amenaza de su postulación es sólo otro paso en la pulseada por conseguir libertad de juego. El responde con ese exabrupto a las presiones de Rojas Silveyra para que se defina contra los guerrilleros.
La sucesión, entonces, en la medida de lo previsible anuncia un candidato acuerdista: Perón no va a patear el tablero porque no le conviene; a lo sumo reclamará un candidato decoroso y condiciones dignas. Lo imprevisible marcha por cuerda separada; pero en la Argentina actual todo puede suceder. Las puebladas, las movilizaciones colectivas, fortalecen a las masas y, simultáneamente, convencen al Ejército de que en Madrid habita un posible salvador. El quietismo, el terrorismo, las meras negociaciones por arriba no descartan la posibilidad de un golpe de derecha que termine con el Acuerdo en nombre de la eficiencia y los buenos negocios. Como en todas las épocas, para que llegue a haber democracia hace falta que el pueblo vele por ella y no sólo las minorías.
J. R.
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Elías Sapag: Los líderes dialogan
La familia Sapag domina el panorama político de Neuquén, ese páramo que testimonia la necesidad de un desarrollo integral del país. Últimamente, sin embargo, la influencia de la familia Sapag ha llegado al máximo nivel de la política argentina: uno de sus miembros, Elias —hermano del gobernador neuquino y patriarca ideológico del partido provincial en que ambos militan— ofició de intermediario entre Juan Domingo Perón y Alejandro Agustín Lanusse. Antes de que Elias Sapag viajara nuevamente a Madrid, tras un corto retorno a Buenos Aires, Panorama conversó con él en su residencia de la calle Acassuso, La Lucila.
Entre whiskies, café y cigarrillos, el ex senador peronista habló de la situación, institucional. Con bonhomía eludió el terreno más escabroso; cuando las palabras no convenían, él supo esbozar una sonrisa en la que podía leerse: "No digo que sí, pero tampoco desmiento". Con esa clave deben registrarse los siguientes tramos de una conversación que duró más de una hora y que sólo fue interrumpida una vez, por la presencia de Chani, la bella hija del político.
—¿Qué siente una persona convertida, de pronto, en el centro de un acuerdo (político trascendental?
—Siente que la pacificación del país reclama de todos los argentinos el esfuerzo más denodado para arribar a una conciliación definitiva.
—¿Usted está convencido de que Perón aspira a ese resultado?
—Lo he encontrado sereno, absolutamente dispuesto a agotar todos los medios necesarios para que el país vuelva al cauce institucional de donde nunca debió haber salido, según su criterio.
—Y Lanusse, ¿opinará lo mismo?
—En el presidente he observado un gran patriotismo y la voluntad de no
ceder ante ningún inconveniente para que esa institucionalización del país, que levantó como estandarte del reencuentro de la ciudadanía, se cumpla de manera inexorable.
—De sus observaciones parece desprenderse que el diálogo entre el gobierno de Lanusse y Perón no se ha roto.
—No es el gobierno quien mantiene el diálogo, sino dos líderes que tienen conciencia de la gran responsabilidad que significa 'la unión del pueblo y las Fuerzas Armadas en un programa que lleve al país al destino que merece: la grandeza y la paz de sus ciudadanos.
—¿Eso significa que el entredicho entre Perón y el embajador Rojas Silveyra no deteriora las relaciones?
—Indiscutiblemente la falta de trato diplomático y la consideración al hombre que fue por dos veces presidente de la República y es el jefe del movimiento popular de mayor gravitación en la opinión pública merece cierta consideración que el señor embajador ha omitido.
—Se ha insistido en que Perón cuestiona la permanencia del brigadier Rojas Silveyra al frente dé la embajada en España y reclama "un delegado al nivel del debate".
(El interlocutor sonríe. Las palabras que van entre comillas le advierten que el periodista conoce algunos aspecto reservados de su gestión.)
—Es correcto que el general Perón ante diferencias surgidas con el señor embajador, considere necesario seguir manteniendo los contactos para encontrar todas las soluciones indispensable con un representante de alta jerarquía y de completa confianza del señor presidente de la República ...
—Hasta que se concrete el encuentro personal entre Lanusse y Perón ...
—Sería ideal que el líder de las Fuerzas Armadas y el conductor de la mayor fuerza popular se vieran personalmente; no es imposible si observamos que Nixon y Mao han acortado distancias en beneficio de sus respectivos países. Pero en este caso, como una de la partes es el señor presidente de la Re pública y el otro interlocutor se encuentra a 15 mil kilómetros de la patria, siguen siendo necesarios los oficios de lo argentinos que aspiran a contribuir a l superación de este problema, para que se llegue a soluciones reales y constructivas.
—Hasta que se concrete el encuentro. ¿qué diría usted si ese histórico encuentro se produjera et su provincia?
—Para Neuquén sería un gran honor. Mi provincia brindaría el clima propicio; sus bellezas naturales, su hospitalidad y su calor de patria se ofrecería en plenitud para unir en un gran abrazo a dos hombres que el destino puso al frente de la más alta responsabilidad de este momento argentino. No dudo que ellos han de agotar todas las instancias para que nuestra patria vuelva a reencontrarse en el progreso, el orden y la democracia. Es mi deseo y lo que me compromete en este empeño.
—Sin duda en sus respuestas campea un acentuado optimismo sobre el final feliz de este proceso.
—Siendo amigo de estos dos ilustres generales, conociendo su abnegado patriotismo y la capacidad de sacrificio en favor de la grandeza de la patria, estoy seguro de que serán superadas todas las dificultades y se llegará a un feliz entendimiento.

Revista Panorama
27/04/1972

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Por el momento, el trámite para la conciliación nacional se asemeja a una cinchada singular, en la que cada uno de los protagonistas principales hace fuerza para mantener su posición, pero cuidando que la cuerda no se rompa. La actitud demuestra moderación, pero resultaría imprudente que si los objetivos finales del acuerdo son la vigencia de la libertad y la democracia, la cuerda pase por las manos de los que no creen en esos objetivos.

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