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GRETA GARBO LAS LEYENDAS MUEREN DE PIE
El reciente, asombroso anuncio del retorno de la diva -después de 30
años de voluntario alejamiento- para filmar bajo las órdenes de
Lucchino Visconti, devuelve a un primer plano la inquietante
personalidad de la actriz a quien algunos creyeron la mujer de todos
los tiempos: detrás de ese mito, sin embargo, se escondió una historia
de frustraciones, de miedos mal disimulados, de una espantosa soledad
Nadie sabe qué culpa está purgando, qué secreta vergüenza la aparta de
la gente, qué miedo altivo la hizo forjarse una prisión para sí misma.
Fue, durante más de quince años, la imagen menos discutida en el mundo
del espectáculo, la heroína que daba forma y estilo a una época, a una
manera de vivir; en contraposición con la ligereza de las estrellitas
sexys, o la ñoñería de las cándidas de moda, supo ser europea hasta
doblegar a los Estados Unidos, sobria hasta derrotar a las más
dotadas, tan desdeñosa que su antipatiza terminó por volcar encima
suyo el beneficio de un misterio. Se llama Greta Garbo, tiene ya 65
años, y algunos indicios dignos de crédito parecen anunciar su
inminente retorno al cine, un hecho que —de confirmarse— sacudiría
hasta las raíces a dos generaciones de espectadores: los que la vieron
aseguran que no pueden olvidarla, y quienes no llegaron a conocerla
confiesan que no la pueden imaginar.
Un cable, originado en las oficinas romanas de la agencia United
Press, es el motivo del alboroto: asegura que el director Lucchino
Visconti anunció estar en tratativas con la Garbo para que vuelva a la
pantalla bajo sus órdenes; su papel sería el de la reina Sofía de
Nápoles, y el film —sugestivamente se llamaría En busca del tiempo
perdido— reuniría, en torno de GG, a sir Laurence Olivier, Marlon
Brando y Alain Delon. Casi nada: hace treinta años ya que la Garbo
renunció voluntariamente a actuar en cine, sin dar explicaciones, y
desde entonces no hubo director encumbrado que no intentara
convencerla. De todos modos, la capacidad discursiva y el poder de
convicción de Visconti son indiscutibles,
hasta el punto de que el retorno de GG parece una esperanza y no un
delirio; quizás convenga recordar que Visconti fue el único que logró
autorización de la familia Camus para filmar El extranjero (con
resultados desastrosos, pero ése es otro tema).
El proyecto de resucitar fílmicamente a La Divina tiene algunos
precedentes cercanos: dos circuitos estatales de televisión —la BBC
inglesa y la RAI italiana— consiguieron el año pasado los derechos
para exhibir sendos ciclos de viejos films de la estrella, después de
casi cinco años de negociaciones con la Metro-Goldwin-Mayer,
productora bajo cuyo patrocinio la Garbo filmó 24 películas. Los
cómputos de audiencia de la RAI desconcertaron incluso a los más
fieles admiradores de la diva: revelaron que la teleplatea juvenil
tenía tantas ganas de conocer a la Garbo como los nostálgicos
contemporáneos de la actriz. El rating —hay que aclarar que en Italia
hay solamente dos cadenas de canales, ambas pertenecientes a la RAI
pero con, distinta programación— alcanzó en la ocasión al índice 80;
un 90 por ciento de los que ya habían visto sus films respondió a la
encuesta diciendo que volver a verlos había sido un placer (contra un
5 por ciento de desilusionados), y entre los que la veían por primera
vez un 89 por ciento opinó que estaba a la altura de su fama. Con la
sola excepción de los festivales de San Remo, ningún programa había
alcanzado hasta entonces en Italia semejante aceptación.
EL NACIMIENTO DE UN MITO
Pocas cosas se saben de la vida de GG, salvo las que dejó conocer sin
entusiasmo y a pesar suyo. Recién en 1941 el hermetismo se hizo total:
hasta entonces, algunos datos pudieron ser acopiados por los cazadores
de información. Así, se sabe que Greta Lovisa Gustafsson nació el 18
de septiembre de 1905 en un barrio obrero de Estocolmo, Suecia, y que
su padre —un ex marino venido a menos— vegetaba con un mísero sueldito
de empleado municipal. Cuando murió, sus dos hijas debieron salir a
trabajar; nadie sabe qué hizo Alva, la mayor, pero Greta —tenía 14
años— fue a parar a la peluquería para hombres del señor Ekengren: era
costumbre en la época que los maestros barberos se limitaran a afeitar
a sus clientes, dejando el trabajo de enjabonarlos a sus ayudantes, en
algún caso muchachas.
Regordeta, vulgarmente rubia para un país como Suecia, GG no consigue
otro trabajo mejor hasta que uno de los clientes de la barbería —el
comerciante Paul U. Bergstrom, dueño de la cadena de grandes tiendas
que llevan por nombre sus iniciales— le ofrece un puesto de vendedora
en uno de sus negocios. Seguramente no era su meta, pero necesitaba el
sueldo demasiado como para andar eligiendo, y allí fue. Las empleadas
que fueron sus compañeras en la tienda solían recordar, más tarde, que
Greta no tenía otro pensamiento que el de llegar a trabajar en cine;
de todas maneras, ¿cuántas sueñan lo mismo, cuántas llegan?
En el caso de GG, la primera oportunidad se le presentó en 1922, a los
17 años, cuando la tienda PUB decidió editar un catálogo de los
sombreros que ofrecía a la venta en esa temporada, y no la dejó pasar:
consiguió que el fotógrafo encargado del trabajo la eligiera como
modelo. Poco después, y con aquel modesto antecedente en su haber,
consigue su primer trabajo fílmico: la cadena PUB ha decidido filmar
un corto publicitario —sí, ya existían en aquella época— y Greta es la
“estrella” del mismo.
Terca y obstinada, insiste en su determinación: en una ocasión el
director de cine sueco Eric Petscher va de compras a PUB con una
amiga, y GG le pide a ella que interceda para convencer a Petscher de
que le tome una prueba. Se ese atrevimiento —y no es difícil imaginar
el esfuerzo que le debe haber costado a Greta atreverse a tanto, dada
su irreparable timidez— nace su primer trabajo en largometraje, como
una de las muchachas bonitas de la comedia bucólica Pedro el
vagabundo, un film que nadie recordaría si no fuera por la Garbo.
Convencida de su vocación tanto como de sus limitaciones GG lee sin
conmoverse las dispares críticas de la prensa sueca a propósito del
film. Le pide a Petscher un nuevo trabajo, pero el director no tiene
ningún papel para ofrecerle. Greta intenta entonces el paso más
difícil y más consciente de su vida: se presenta al Real Teatro
Dramático —donde cuatro muchachas son aceptadas como alumnas y
figurantes al mismo tiempo— y postula su ingreso. De allí salen las
grandes actrices, los grandes actores de teatro; cualquiera que quiera
ser alguien debe pasar por allí, y las postulantes son muchas. Pero
Greta lo logra: aún no ha terminado 1922, y han pasado menos de 10
meses desde que posara para el catálogo de sombreros de la tienda.
LA LEYENDA DE PIGMALION
De la dura disciplina del Real Teatro—cuidadoso filtro destinado a
retener sólo a los mejores— GG extrae una formación profesional sólida
y severa. Al mismo tiempo, las que habrían de ser sus características
personales más notables empiezan a llamar la atención de compañeros y
profesores: solitaria, callada, seria, exhibe fuera de la escena un
rostro distante que inspira más respeto que amistad. Nadie le conoce
amoríos, y si los tuvo es seguro que fueron juegos eróticos antes que
verdaderos enredos pasionales; se sabe, también, que lastimó con su
desdén y su altivez a más de un enamoradizo. Fue entonces cuando
apareció Stiller en su vida.
Hijo de rusos emigrados a Finlandia y luego a Suecia, Mauritz Stiller
era en esa época un personaje clave en el mundo del cine. No tanto por
sus dotes de director —que le valieron un lugar en todas las historias
del séptimo arte, sin embargo— como por su1 personalidad desbordante,
digna de un playboy autoritario y wagneriano, capaz de perder un
contrato para irse de parranda en su rimbombante auto color amarillo
patito. Stiller necesitaba una figura femenina para su proyectada Saga
de Gosta Berling, y le pidió a su amigo Gustav Molander —director del
Real Teatro— echar un vistazo a las jóvenes estudiantes del instituto.
Una de las dos preseleccionadas fue Greta: Stiller la humilló e
insultó, exigiéndole interpretar una agonía hasta casi hacerla
desvanecer de agotamiento; finalmente la echó, pero al día siguiente
le hizo saber por carta que estaba contratada.
Ese primer encuentro es muy representativo de lo que fue la tormentosa
relación entre ambos en los años que siguieron: el artista no tuvo
límites en hacer de ella su obra maestra, no le evitó sufrimientos n¡
exigencias; ella se tragó su miedo y aguantó a pie firme ese doloroso
aprendizaje. En última instancia, GG triunfó por sobre su creador:
como la estatua de Galatea en la leyenda de Pigmalión, llegó a ser una
creación tan perfecta que su autor se enamoró perdidamente de ella.
Más allá de la tempestuosa relación afectivo-profesional que los unió,
hay que reconocerle a Stiller dotes de manager de primera. Ante todo
la dotó de un seudónimo atractivo y pegadizo —Garbo es el nombre de
una ninfa de las leyendas nórdicas—, después la incitó a crearse una
imagen propia, rompiendo la moda de la época (Greta empieza entonces a
pasearse con pulóveres lisos, mal peinada, con gruesos zapatones de
taco bajo y polleras ascéticas, sin joyas ni tules ni volados de
ningún tipo). La saga de Gosta Berling no causa mucha impresión en
Suecia, pero la versión doblada al alemán es un éxito en Berlín y
Stiller entra en tratativas con la productora Trianón, para la cual
Greta interpreta, bajo la dirección del excelente G. W. Pabst, el que
habría de ser su primer film de real importancia: La calle sin alegría
(Die freudlose gasse, 1925), un clásico del cine germano.
Stiller la presenta a Pabst, Stiller la aloja en los mejores hoteles
de Berlín, Stiller arregla contratos con la Trianón, Stiller la lleva
a Constantinopla, Turquía, para filmar algunas escenas de Kofossaf: en
toda esa época Mauritz es quien jinetea y GG quien cabalga. La Trianón
quiebra, y Stiller decide formar una gigantesca cadena de salas de
exhibición a lo largo y ancho de Europa; se habla de unas mil salas
incorporadas al circuito. Si el proyecto se concreta, el cine
norteamericano, en plena expansión, se vería seriamente amenazado en
sus intereses: la industria de Hollywood, por supuesto, no puede
permitirlo.
Es entonces cuando Louis B. Mayer, presidente de la Metro, tiene la
gran idea: en vez de luchar con la cadena europea, decide decapitarla,
llevándose consigo al cerebro del plan. Le ofrece a Stiller un
importante contrato, y después de interminables discusiones acepta la
principal de las condiciones del irascible director: también irá a
Estados Unidos la actriz preferida de Stiller, que por supuesto no es
otra que la Garbo. Sin saberlo, Mayer acaba de hacer uno de los
mejores negocios de su vida, y no por lo que hace a Stiller
precisamente. (El primer contrato con la Metro fija para GG un sueldo
semanal de 350 dólares de los de antes, una cifra enorme para una
actriz desconocida en América; años después cobrará 5 mil semanales.)
En cuanto llegan a Nueva York, la verdadera intención de Mayer empieza
a quedar al descubierto: no le interesa tanto trabajar con
Stiller-Garbo como mantenerlos lejos de Europa. La antesala
neoyorquina dura semanas, meses. Un día, y tanto como para matar el
tiempo, los agentes de la Metro llevan a GG a tomarse fotos con uno de
'los mejores retratistas del momento, Arnold Genthe; cuando revela sus
placas de vidrio, el fotógrafo casi sufre un soponcio. Es que nunca ha
visto tal versatilidad, hasta tal punto que a él mismo le cuesta creer
que todas las vistas muestren a la misma modelo, por momentos
tormentosa, o dulce, o desfalleciente, o de otras veinte maneras.
Cuando Mayer vuelve de uno de sus viajes y pega un vistazo a las fotos
empieza a mirar a la actriz de otra manera: dejando de lado a Stiller,
le da a ella el papel principal en El torrente, con dirección de Monta
Bell. Ahora sí que está sola; en Alemania, con Pabst, era distinto:
Stiller tenía bastante confianza con el director y estaba todo el
tiempo al lado de su amiga, aconsejándola y sobre todo acompañándola,
pero ahora debe limitarse a ver la filmación desde lejos.
La carrera de Greta empieza a cobrar esa dimensión que un mito sólo
alcanza en Estados Unidos; poco a poco los productores van aumentando
la publicidad, los diarios comienzan a hablar de ella, el nombre de
Stiller pasa irremisiblemente a un segundo plano. Un día, el jefe de
Publicidad de la MGM, Howard Dietz, pretende ponerle un redactor al
lado, ya que ella no se muestra muy locuaz con los periodistas; como
Greta se niega, optan por recomendarle que evite todo tipo de
entrevistas: sin saberlo, echan así más leña a la leyenda de la
esfinge inescrutable.
Cuando el actor John Gilbert empieza a aparecer en público acompañando
a GG, con quien está filmando El demonio y la. carne, Stiller decide
que eso es más de lo que puede soportar y se vuelve a Suecia,
anímicamente destrozado. Greta trata de retenerlo, pero no lo logra:
tres años después de su llegada a Estados Unidos, y cuando está en el
set en pleno rodaje de Orquídea salvaje, Greta recibe la noticia del
suicidio de Mauritz Stiller, el único hombre al que realmente amó.
LA GLORIA SIN ALEGRIA
Durante los años que siguieron a la muerte de Stiller la vida de Greta
Garbo se desdobla prodigiosamente en dos áreas nítidamente
diferenciadas: su vida en la pantalla y fuera de ella. La trayectoria
profesional es fulminante, no reconoce precedentes y nunca fue
superada después de ella, ni siquiera por Marilyn Monroe: desde 1923
hasta su alejamiento, en 1941, filma en total 24 películas, casi todas
de enorme aceptación por parte del público. Hace Ana Karenina,
dirigida por Clarence Brown y acompañada por Fredric March, Mata Hari
(George Fitzmaurice; con Ramón Novarro y Lionel Barrymore), Reina
Cristina (Rouben Mamoulian; John Gilbert), Margarita Gauthier (George
Cukor; Robert Taylor), María Walewska (C. Brown; Charles Boyer),
Ninoshka (Ernst Lubitsch; Melvyn Douglas): directores y galanes de
mérito y fama son eclipsados por la fascinación de la Garbo.
Ni siquiera la prueba de fuego consigue mellar su imagen: la
introducción del cine sonoro, en el 30, manda al altillo a más de una
celebridad, incluso al propio John Gilbert, de hermosa figura pero
vocecita afeminada. (A propósito, Greta nunca correspondió al amor
evidente de Gilbert, pero en nombre de la lealtad de amiga hizo lo
indecible por salvarlo del ocaso, llegando a exigir su presencia en
algunos films. Fue en vano: ya estaba acabado). La primera aparición
de Greta en la pantalla con sonido, en cambio, fue temerariamente
promocionada por la MGM con el slogan “la Greta habla”: de pronto,
después de trascurridos unos cuantos minutos de proyección durante el
estreno de Anna Christie, apareció en la pantalla diciendo con voz
grave y áspera “Servime un whisky y un vaso de soda aparte, querido,
no seas amarrete”.
Fuera de la pantalla, en cambio, Greta casi no existe. No llega a
casarse, no tiene relaciones afectivas duraderas, no vuelve a
enamorarse —dicen sus íntimos—, no se deja ver por los periodistas, ni
les concede entrevistas, ni aparece casi nunca en público. Algunos
affaires permiten al mundillo del chisme fabricar uno que otro
escandalete: sus amigos se llaman príncipe Sigvard, Rouben Mamoulian,
Leopoldo Stokowski, Gayelord Hauser (el célebre dietólogo).
El tiempo, la soledad, la dificultad de afrontar la fama, son para
ella cargas agobiantes; su paso por el cine también ha provocado un
lógico desgaste de su imagen. Es así que hacia fines de la década del
30 propone una modificación de contrato tendiente a filmar menos, y la
Metro, a su vez, empieza a pensar en cambiar la imagen trágica de la
diva por una más sonriente. El fracaso de dos comedias —Ninoshka y
Otra vez mío (Two faced woman)— y la presión ejercida por la censura
contra este último film terminan de decidirla: en 1941 anuncia
abruptamente su retiro definitivo de la pantalla.
Una sombra, un fantasma: así la definen, furiosos, los cazadores de
chismes, impotentes ante el rígido retraimiento de GG. Vive en un
departamento de la calle 52 número 450, en Nueva York, no atiende el
teléfono, no abandona ese 5? piso con vista al East River más que un
rato a la mañana, a veces por la tarde y dos veces por año cuando toma
breves vacaciones en Niza o en Estocolmo. Desde que murió su amigo
Georges Schlee —en 1964; era el esposo de su modista Valentina, y los
tres formaban un triángulo extrañamente amistoso— no se la W visto
acompañada más que por algún familiar. Un avezado equipo de
periodistas franceses, que el año pasado trataron de fisgonear en la
intimidad de la estrella, se llevaron un chasco: lograron diseñar una
suerte de agenda diaria de GG, pero descubrieron que hasta en
Nochebuena permanece sola en su casa, viendo televisión.
No es tan vieja, sin embargo. Si realmente acepta filmar con Visconti,
si decide arriesgar un retorno a la celebridad tan temida, no puede
perder: quizás su rostro ajado le permita un suicidio estelar, le
facilite volverle la espalda definitivamente a la fama, lograr la paz.
Pero si alguien llega a ver en ella algo de lo qué- fue, si algún
brillo en los ojos la traiciona, habrá de resignarse al resplandor de
los flashes, al acoso renovado de los fotógrafos. No está tan mal,
después de todo, para una mujer que en septiembre cumplirá 66 años: al
fin y al cabo nunca tuvo otra cosa, en su vida, más que una fría
gloria sin alegría. ■
Revista Siete Días Ilustrados
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