Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Enrique Lihn
Enrique Lihn: Chile en busca de una política cultural
Desde que Salvador Allende asumió el poder en Chile, luego del triunfo de la Unidad Popular, Enrique Lihn (nacido en 1929), el más grande de los poetas de su generación, ya había lanzado sus opiniones sobre una política cultural chilena desde el Documento del Taller de Escritores de la Unidad Popular. Meses después, luego del caso Padilla, Lihn revió su posición, la depuró, en un texto —cuyos tramos principales se publican a continuación— todavía inédito, donde se opone a una Declaración Chilena que pretende injertar mecánicamente el desenlace del proceso cubano en el confuso panorama chileno.

Espero que este ejercicio sea el último que yo escriba, para cancelar, en lo que a mí respecta, una polémica solipsista, en la que muchos parecen haber cultivado un irritante silencio bajo algunos miles, centenares o decenas de palabras.
Verdaderamente, yo no desearía prolongar esa polémica, agudizando aún más las divergencias que se pueden registrar entre una minoría atomizada y una mayoría insuficientemente integrada —me atrevo a sospecharlo— a pesar, o más bien, debido al énfasis de sus declaraciones. También, entre sus componentes, creo divisar a quienes habrían podido abordar un problema en lugar de canceladlo, planteándolo mal, en los términos de una profesión de fe ideológica abrazada por encima de toda base teórica, y la cual —abreviando drásticamente la discusión que prométese limita a proclamar su envidiable optimismo: “Nosotros nos definimos como revolucionarios”.
Inesperadamente entramos en un período heroico y el intelectual chileno, hasta ahora una suerte de patético antihéroe cuya módica aventura consistió, generalmente, en trabajar y sobrevivir en la oscuridad, sin pactar, en muchos casos, con las fuerzas del mal que ahora denuncia, emerge a la superficie como a un campo de batalla en una actitud de Patria o Muerte.
Inesperadamente, mientras en nuestro país el tránsito de un paracapitalismo a la sociedad comunista es todavía la utopía a la que se trata de acceder, preparando simplemente el terreno para la construcción del socialismo, el intelectual chileno prefiere adelantarse a la historia asumiendo como suyos los discutibles planteamientos del máximo líder de otro país, históricamente remoto al nuestro en la medida en que allí no sólo se construye, en muchos aspectos, el socialismo sino que se lo hace con las dificultades del caso y hasta en medio de las contradicciones que genera un proceso semejante. “Estamos convencidos —se nos advierte— que ha llegado el momento de las definiciones y no hay ni habrá lugar para las posiciones intermedias.”
Así, tan pronto, de golpe y porrazo, la adhesión razonada y, por qué no, crítica llegada el caso, a un fenómeno como el de la revolución cubana que siempre ha tendido a cegar a sus admiradores con su deslumbrante apariencia; esa adhesión que se permitía reflexionar sobre su objeto, guardando ante él la distancia que aconseja incluso la modestia, se trueca en boca de nuestros compatriotas —hombres de pluma, pincel o partitura— en posición intermedia, en el espacio de la ambigüedad y, si se los apura un poco, de la traición.
Gente como ellos, que han contribuido, modestamente, a la liberación cultural de nuestros pueblos desde las “posiciones intermedias” fatalmente reservadas a 'los intelectuales y artistas “mientras no se alcance el grado superior de la sociedad comunista”, se convierten en virtuales o en efectivos tránsfugas de la Revolución, con mayúsculas, que ya se da, en cierto modo, por constituida en nuestro país; como si las palabras pudieran fundarla en su ser con tan mínimo costo social como el que significa hacerse eco de algunos insultos lanzados en otro contexto, desde otra situación y por razones que aquí nadie conoce a fondo, contra los allí llamados “intelectuales burgueses, libelistas burgueses y agentes de la CIA”, "ratas intelectuales” entre las que se cuentan algunas que han sido y aún lo son ominosamente admiradas por sus acusadores de hoy.
Como bien lo dijo J. P. Sartre, defendiéndose de sí mismo después de auto-impugnarse en Las Palabras, “no hay razón para arrastrar a un infeliz en el barro por el solo hecho de que escriba”.
La utopía razonable del marxismo según E. Fischer, “fue esbozada en la obra juvenil de Marx y conservada en su obra de madurez”. El Reino de la Libertad, más allá de la producción propiamente material, como verdadero reino del hombre, de su desenvolvimiento en el arte y la ciencia, la amistad y el calor, la comunidad y la personalidad, sería inaccesible si sólo se intentara acceder a él por el camino de un pecado original que nos haría virtualmente culpables a todos de cualquier cosa, en el grado requerido por los jueces de turno.
Nuestra polarización en este instante —la de los intelectuales chilenos— entre quienes asumen la siempre legítima defensa de la revolución cubana, pero como si ella estuviera amenazada por las repercusiones del affaire Padilla, llevado desacertadamente hasta sus últimas consecuencias, y quienes nos hemos permitido ponerlas en tela de juicio, sobre todo en lo que respecta a las últimas repercusiones de dicho affaire o quizá, sí, a sus antecedentes innumerables —significa la constitución de una nueva política cultural cubana que no quisiéramos ver duplicada en Chile— trasportada, mecánicamente, de uno a otro contexto; este fenómeno a que me refiero de larvado fraccionamiento de un frente cultural nuestro el cual no ha llegado, por lo demás a consolidarse, suma el riesgo de una nueva pérdida a una situación deficitaria.
Desde el barro, el señor Sartre nos recuerda que "una ideología es un sistema de ideas teóricas y prácticas cuyo conjunto debe, a un tiempo, fundarse en la experiencia, interpretarla y superarla en las proyecciones racionales y técnicas” y "la ideología comporta una versión práctica de las circunstancias objetivas".
El postulado excluyente de una cultura proletaria (¿qué otra cosa debemos entender por la responsabilidad del intelectual de expresar las luchas del proletariado?) desecha, actualmente, el trabajo político que de hecho realiza el gobierno y el que efectúan algunos intelectuales por captar a las capas medias, a la pequeña burguesía o a la burguesía misma o a sus cuadros no comprometidos con el capital extranjero, para una forma de comunidad que acceda, gradualmente, al socialismo, a la idea de una democracia socialista.
En lo material, este tránsito electoral y aun pacífico, gradual y persuasivo hacia una sociedad socialista presupone una economía en que coexisten y empiezan a competir las fuerzas estatales, mixtas y privadas. No digo que el éxito esté garantizado por esta vía, como quiera que ella no incluye la socialización de todos los medios de producción; tampoco afirmo que la estatización parcial de la economía, en una de estas tres áreas, conjure por sí misma el peligro de un totalitarismo de Estado, de no mediar una real y auténtica participación de los trabajadores en nuestra economía. En cuanto a las ventajas y desventajas políticas de una situación así, me asaltan dudas, y cedo la palabra a los teóricos en la materia.
Esta es, en cualquier caso, la experiencia chilena, y la "ideología comporta una versión práctica de los acontecimientos de las circunstancias" o bien se configura, también dentro del socialismo, como una falsa conciencia.
Creo que nuestra política cultural debe adaptarse prácticamente a dichas circunstancias, sin adelantarse, por completo, a las etapas intermedias seguramente largas, penosas y dolorosas que supone el camino elegido por Chile para llegar a un socialismo propio y cumplir con él una aspiración inalcanzada hasta ahora, históricamente, en otros países.
Pero una superestructura —la auténtica y genuina cultura socialista— o una nueva cultura sin clases que en cuanto tal no será ni la cultura de la lucha de clases ni la proletarización cultural, el producto último y más complejo del "reino de la libertad"; y, salvo error o excepción ha resultado posible promulgarlo pero imposible configurarlo de hecho.
La falsa disyuntiva, inclusive, de pronunciarse a favor o en contra de Cuba —como si hubiera llegado entre nosotros "La hora de los chacales"— ha motivado el texto que bajo ese título escribió penosamente Julio Cortázar, obligándose a un equilibrio entre dos bloques, como un sonámbulo en la cuerda floja.
Nuestra política cultural no puede empezar desde esa superestructura improvisada y voluntarista a que me refiero, izando por toda bandera La Declaración de Chile de apoyo a Cuba, pues "si en última instancia —como escribió uno de los firmantes de la misma, y la Declaración no comparte estos términos— estamos descalificados para opinar en profundidad sobre el proceso cubano revolucionario cubano", "también es bueno tener el privilegio de hacer un país como nosotros lo queramos".
Una buena sociología de la vida literaria tendría que dar cuenta de esta proclividad masoquista de los intelectuales a adoptar posiciones extremas, particularmente cuando éstas los desacreditan.
El antiintelectualismo es una pasión que los intelectuales compartes con otros para los cuales, en realidad, se trata de un vicio o de un resentimiento maligno que lucha por hacerse contagioso y establecer las condiciones de su institucionalización.
Siempre es el Pueblo —tierra culturalmente incógnita, en tan gran medida inexpresado—, ausente de esta disputa o enajenado a ella por el populismo —el juez que los reaccionarios halagan en forma paternalista y que los “revolucionarios" invocan cuando se trata de meter en cintura o arrastrar por el barro a los despreciables intelectuales fácilmente sindicados —por una u otra razón— de contrariar con sus opiniones o con su existencia misma a las grandes mayorías populares.
Las mayorías populares aprenden en los periódicos a prejuzgar acerca de esos pájaros de cuenta. Los ve por primera vez inscriptos en el marco de un prontuario o bajo la especie de inesperados cuadros revolucionarios que abjuran su condición pequeñoburguesa y se apresuran a declararse expositores de las luchas del proletariado, es siempre en el trance de una culpabilidad que se los achaca, asumen o de la que aspiran a purificarse, ejerciendo sobre sí mismos una violencia ejemplar.
Se los ayuda generosamente a situarse en dicho trance. Contraen fácilmente el vicio que es en ellos una pasión, siempre enfermiza como cualquier otra, lista para entrar en crisis.
Esto tiene algo de infantilismo, masoquismo, narcisismo y exhibicionismo, todo mezclado; y quienes ganan con ello son, ciertamente, los otros, los que dicen encontrarse en el centro mismo de la acción política, que trabajan (o no) codo a codo con el pueblo, pero que, además, se sienten los portavoces del mismo, sus intérpretes fieles.
A estos estereotipos se les escapa siempre la complejidad humana de la que supuestamente surgen por obra y gracia de quienes los hacen hablar, desde la izquierda, en un lenguaje militante y amenazador para los que no lo comparten.
En cuanto a los intelectuales chilenos parece que tienden, en general, al rigor extremo en materia de autoeducación política-partidista; quizá militan como un modo de recibir su merecido por su falta de claridad en lo que respecta a su función social. No hemos madurado en este sentido como ese viejo filósofo derrotista y decadente quien, luego de excederse en su desafección por su obra literaria, concluye, sin embargo, sabiamente: "Uno no se salva más por la política que por la literatura”.
Puede creerse que mi punto de vista es meramente negativo: me parece mal la tan mentada Declaración Chilena; sugiero que la política cultural en Cuba, centrada en la unidad monolítica e ideológica del pueblo, en la identificación de educación y cultura, y en la consolidación de un amplio movimiento de aficionados, además de inadecuada a la realidad chilena es, en sí misma o para cualquier otro contexto, un lastre en lo que se refiere a la genuina creación cultural; registro la tendencia populista de nuestra prensa a inculcarle al pueblo un prejuicio antiintelectual, con la complicidad, premeditada o no, de la propia inteligencia, y empleo esta palabra que colmará de vergüenza a quienes alude: me remito a la diferencia entre "Una Revolución que alcanzó el poder con las armas en las manos y una Revolución que vamos a hacer por los cauces legales, de acuerdo con los compromisos del pueblo” (Salvador Allende), para inferir de esta diferencia determinada la acción cultural apropiada a una etapa de transición, etapa que apuntaría a la democracia socialista; y, si no he sido lo suficientemente explícito, entiendo que el objetivo último de un proceso así sería el de acceder al reino de la libertad y de la desalienación del hombre respecto a la economía y al trabajo; utopía de la que debe hacerse cargo el marxismo, incluso en medio del subdesarrollo.
"En cuanto a la preocupación —escribimos en el Documento del Taller de Escritores de la Unidad Popular— de nuestros intelectuales por integrarse en el nuevo proceso como profesionales de la cultura, se hace necesario denunciar aquí, en primer término, la actitud paternalista, como la suposición de que habría una cultura lista para ser envasada, etiquetada y distribuida, y que sólo faltaría ponerla al alcance de las masas.”
PANORAMA, SEPTIEMBRE 21, 1971
 

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba