Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

norman mailer
NORMAN MAILER
LAS MUJERES DAN QUE HABLAR
Irascible, violento, arbitrario, muchas veces insoportablemente gritón, pero siempre apasionado, veraz y revulsivo; nunca previsible o convencional. Así es Norman Mailer; así se muestra ante los ojos de sus contemporáneos el mayor escritor norteamericano surgido en las últimas décadas. Así es, exactamente, desde que en 1948 disparó Los desnudos y los muertos, una monumental novela escrita a los veinticinco años: iracunda requisitoria contra la guerra y el sistema militar que la engendrara, a la vez que indudable obra maestra, heredera de la gran tradición literaria de Ernest Hemingway y John Dos Passos.
Mailer publicó luego Costa bárbara (1951) y El parque de los ciervos (1955), donde el sexo, los lastres de la guerra y el vértigo de la droga se funden en un testimonio fascinante de la sociedad norteamericana actual. Tras un relativo silencio, desata el estremecedor torbellino de Un sueño americano (1959), Crónicas presidenciales (1966), sus Cuentos (1967), Por qué estamos en Vietnam (1968), Miami y el sitio de Chicago (1968), Los ejércitos de la noche (1968), Un disparo a la Luna (1970) y su reciente El prisionero del sexo, que este mes lanzará Emecé Editores en Buenos Aires (con su autorización se anticipan aquí algunos tramos del libro, traducido por Ramiro de Casasbellas). En ésta, como en otras de sus últimas obras, Mailer incide en el universo femenino y se introduce como protagonista, observador y narrador a la vez, logrando un texto que participa del relato, la crónica y el ensayo.

Aquel día, el Director [de la revista Time] tenía una oferta. Deseaba enviar a Maine uno de sus mejores periodistas para que escribiese una nota de fondo sobre las reacciones del Autor [N. M.] acerca del más prominente fenómeno de la temporada estival: el enorme interés causado por el Movimiento de Liberación Femenina.
El ambiente, como es natural, se puso tenso. Ninguno de los dos rebosaba de entusiasmo. El Director, un cigarro sofisticado si el hombre no hiciese otra cosa que fumar, fue el primero en admitir que el artículo de fondo podría ser el beso de la muerte. Y el Autor, tan cortés como para insistir en que esa nota de Time sólo molestaría a los inocentes y los ambiciosos —al aparecer extraña a los movimientos de sus carreras—, se vio forzado a confesar que, con el debido respeto, no quería que la foto de su cara saliese en una portada. Esta negativa le costó un ojo, porque estaba por lanzar un film, Maidstone. Entendámonos, iba a lanzarlo no bien encontrase un distribuidor que: 1) le gustase la película; 2) pagara por ella, y 3) no lo estafase. Dado que las tres condiciones son triangularmente exclusivas, como lo sabe cualquier conocedor de la industria cinematográfica (un distribuidor a quien le gusta un film no puede soñar con pagarlo, ¿acaso no es bastante que le guste?, y un distribuidor que paga es porque ya calculó la manera de quitarle a uno ese dinero), él pudo detectar en el ruido de sus tripas una inclinación a aceptar el artículo de fondo y utilizarlo en parte para hablar de su film, al que adoraba y juzgaba superior a todas las películas que había visto. Pero la imagen de sus niños, esas cinco beldades, capturados en sus juegos por la cámara de Time, no lo hacía feliz. Nadie puede saber qué daño les causaría. Además, estaba sin esposa y su amante se hallaba en la cocina. Ella era demasiado formal para que la fotografiasen, y demasiado orgullosa para pasarla por alto.
Una vez semideclaradas, indicadas o meramente insinuadas las objeciones, el director fue al grano. No intentaba realizar un estudio sobre el Autor en su casa, sobre su familia, su vida privada. No, sólo pretendía recoger sus opiniones acerca de la Liberación Femenina. El Autor era, como él mismo no lo ignoraba, quizá el blanco primario de sus ataques.
Entonces, se sintió tentado. Ser el centro de cualquier situación, solía decirse a sí mismo, era su verdadera ambición. Mejor morir en el infierno como un demonio, que como un ángel en el cielo. Su genio se movilizó de inmediato. Ocho brillantes y afiladas observaciones le saltaron a los labios con sólo imaginar lo que podría decir acerca de las damas de la Liberación, pero el fatigado caballero literario que había en él frenó el caballo de este súbito impulso. Sólo un imbécil echaría observaciones serias en el horno del Time. El tema era demasiado vasto como para expedir declaraciones apresuradas; la necesidad del lector de contar con una frase digna de repetir en la sobremesa nocturna era satisfecha con más calidad por escritores del tipo Gore Vidal; además, se trataba de una cosa imprevista. El Autor entregaría sustancia —lo que equivale a decir que no ganaría dinero—, sólo a cambio de la posible promoción de su film. Sin embargo, él conocía lo bastante a los Altos Medios de Comunicación como para reconocer que desde el preciso momento en que aceptara el artículo de fondo, se iniciaría un proceso capaz de depositarlo en un recuadro de citas condensadas, en la mitad de una página de una nota más extensa dedicada a cualquier otro. Atacar y obtener un artículo de fondo, sin duda corroería la espina de su aguada integridad, pero, ¡atacar y perder! El diálogo terminó tan cortésmente como había comenzado.
El Prisionero del Galanteo [N. M.] no caviló acerca de la conversación. Por una vez parecía haber tomado la decisión sensata. Era tal la comunión establecida entre los niños y él, que resultaba atrayente que la mayor pena de esas semanas en Maine fuese la rapidez con que pasaban. Sólo una vez tuvo tiempo de recordar que la cárcel de Nueva York rebosaba de negros y puertorriqueños, que hay ghettos cociéndose en la hornalla norteamericana, un mundo de drogadictos, hippies, freaks (Los Jesus-Freaks son uno de los movimientos de disidentes norteamericanos. N. del T.), de freaks que hacen el amor abiertamente en la calle, en los conciertos y los happening, y en el escenario de teatritos ante espectadores invitados; más un mundo de pasajeros de subterráneo, duro como el pedernal y el guijarro, temeroso como un pantano en la amplia axila de los vagones mal iluminados. Y estaban también las legiones de la Liberación Femenina. Tuvo la visión de espigadas señoritas de colegio con lentes, rasgos híbridos, bocas finas como tajadas de salame, un niño en un brazo, un hacha en la otra mano, y ojos grises que brillan como luminarias. Le era difícil verse como uno de sus principales enemigos. Vencido cuatro veces en el frente matrimonial, era tanto su respeto por el poder femenino que su mente imaginaba que ellas iban a acometerlo como los tanques alemanes de los noticieros de la guerra, aplastando las chozas de paja al cruzar una frontera. Era un devoto creyente en la teoría —desarrollada por él mismo y que formaba su credo más honroso— de que un Mapa del mundo social, similar en complejidad a una gran novela, existía dentro del inconsciente de cada uno, en mayor o menor detalle; por lo tanto, cada ser no hacía sino poner al día su Mapa. En el suyo, como es obvio, había algunos grandes aunque recientes errores. De acuerdo con la; lógica de la supervivencia, el Director del Time tenía que ser un hombre cuyo olfato para las tendencias nuevas fuera tan agudo que éstas pudiesen alimentar computadores, más allá de su propio juicio. Así, la moda de la Liberación Femenina —ya durase un verano, un año, una era, o el tiempo en que la rueda de la historia diese una de sus grandes vueltas— era un fenómeno tal que merecía ser anotado en el Mapa, aun cuando no hubiese recibido indicio alguno ese verano en Maine.
Hubo, sin duda, intimaciones, durante el último año o más, pero decidió ignorarlas. Sentado a una mesa de hotel Algonquin, cuando almorzó con la ¡lustrada, responsable y atractiva manifestación de los derechos femeninos, encarnada en la informante de política del semanario New York; cuando Gloria Steinem le pidió que se postulara a la Alcaldía (deslizando así el gusano
de la ambición política en su plato), debió haber descubierto una clave. Porque en respuesta a su tercera protesta en el sentido de que no postularía la Intendencia, ella sonrió y dijo: “Al menos, no tendré que explicarles nada sobre usted a mis amigas de la Liberación Femenina”.
—¿Qué pueden tener contra mí?
—Podría ponerse a leer sus propios libros algún día.
Cierta vez, en una entrevista, él dijo: “Las mujeres, en la peor de las circunstancias, son pobres bestias inmundas.” Ahora, después de referirse a esta frase, agregó: “Pensé que la pregunta siguiente sería: ¿Qué son las mujeres en la mejor de las circunstancias? Pero esta pregunta nunca llegó.” Orgulloso de sus estratagemas, regaló a Gloria Steinem una sonrisa presidencial y concluyó: “Hubiera contestado que las mujeres, en el mejor de los casos, son diosas.”
—He aquí, precisamente, donde usted se equivoca.
—¿Y qué es entonces lo correcto? —preguntó él, la boca llena de comida y regusto por la polémica.
Pero el tema, obviamente,. era demasiado vasto para el almuerzo y, por otra parte, la señorita Steinem quería que él considerase la posibilidad de aspirar a la Alcaldía. Por lo tanto, no tuvo oportunidad de explayarse en delicadezas de pensamiento, ni acerca de cómo cada tema que él hubiera analizado estaba en condiciones de pasar con provecho a través de la cuestión de las mujeres, su carácter, su destino, su vida como clase, su tiranía, su esclavitud, su liberación, su sumisión a la rueda de la naturaleza, sus raíces en la eternidad.

***
En esa época, los hombres dirigían las revistas femeninas, y con vivacidad —aunque no demasiado conscientemente—, en busca de un objetivo totalitario, jamás del todo alcanzado: el Siglo Norteamericano. Puesto que la fe ideológica depende de mantenernos dentro del sistema —la única manera de lidiar con él caos exterior—, era un período en que se consideraba neurótica a la mujer rebelada contra sus tareas hogareñas. El hombre ganaba su sueldo en la tranquilidad de las equitativas relaciones laboral-empresarias, y la mujer le ofrecía un hogar feliz para cuando retornaba de su día de trabajo. Había un psiquiatra en cada suburbio. En cuanto una mujer demostraba pánico indebido ante una futura histeroctomía, el cirujano de la psiquis —esto es, el doctor de la palabra— estaba allí para explicar a la paciente que su miedo provenía de una asociación inconsciente: su historia anterior iba a serle extirpada, y ése era el origen del miedo. Además, las Fuerzas Armadas norteamericanas cuidarían al mundo. Fue un período increíble. ¡Honor a la mujer norteamericana, que “graciosamente cede a los hombres el ejercicio de los puestos importantes. Esta maravillosa criatura se casa más joven que en otros tiempos, tiene más hijos y luce y actúa con mayor femineidad que la muchacha ‘emancipada’ de los años 20 o 30" (Look, octubre 16 de 1966).
Desde luego, el Prisionero no siente nostalgia por esa aurora boreal de la granja y el horizonte de material plástico, esa inserción de la mujer en un papel que Betty Friedan ha llamado con acierto “la mística femenina”. Por supuesto, su entusiasmo ante el misterio del útero no significa desear que la mujer vuelva a verse oprimida con tan insano zapato. Sin duda, él no piensa que aquella vida consistente en leer Política, un mundo sólo para hombres o lo que las mujeres pueden aprender de la madre Eva sea preferible a una generación de jóvenes mujeres cuya adolescencia pasó a través del camp, el pop, las drogas heroicas, el ácido lisérgico, la velocidad y la minifalda. Está dispuesto, inclusive, a explicar que la mística femenina fué la herramienta de tecnólogos y totalitarios norteamericanos aún no sofisticados, cuya concepción de la sociedad era higiénica y antisexual. El odiaba los años 50 como nadie, porque si una era es capaz de quebrar a un hombre, la década del 50 casi lo quiebra a él. Sin embargo, estos pensamientos no lo absolvían; le resultaba imposible ignorar esta declaración:
El hombre defiende a la nación como la mujer defiende la familia. Los derechos de igualdad de la mujer estriban en el hecho de que, dentro del dominio que le asignó la Naturaleza, experimenta la alta estima que le es debida. Mujeres y hombres representan dos diferenciados tipos de seres humanos [. ..] A uno pertenece el poder de sentir, el poder del alma [...], al otro pertenece la pujanza de la visión, la pujanza del rigor. [. . .] La razón domina al hombre. Investiga, analiza, y a menudo abre nuevos e inmensurables horizontes. Pero todo aquello que él enfoca con la razón está sujeto al cambio. Por contraste, el sentimiento es mucho más sutil que la razón; la mujer es el sentimiento y, por ello, el elemento estable.
Obviamente, no tenía por qué aceptar que el hombre ha nacido para defender a la nación. Su propio hombre está dispuesto tanto a defender la nación como a intentar derrocarla, lo cual dependía de su elección y de las circunstancias; en cuanto a la mujer, idealmente le brindaría fortaleza, pero para el resto. Además, el lenguaje de la declaración le sonaba a pomposo. Con todo, no podía afirmar que estaba en contra de cada frase. Precisamente había tratado de alegar que el hombre y la mujer son “diferenciados tipos de seres humanos”; y con la tolerancia y la nueva sofisticación de estos meses vividos junto a la posibilidad de la Liberación Femenina, sentía cierto acuerdo con un equilibrio que otorgaba la visión al hombre y “el poder del alma” a la mujer.
Fue desagradable para él reconocer que la declaración no correspondía al editorial de una revista de los años 50, ni a un mensaje del general Eisenhower, ni a la filosofía de Lyndon Johnson o Hubert Humphrey, ni a los discursos de banquete de Spiro Agnew. La declaración figura en un periódico o revista llamada Frauenbuch, que aparecía en Munich en 1934, y su autor fue Adolf Hitler, Kate Millett trascribió
la cita como prueba de que los escritores Miller, Lawrence y Mailer eran reaccionarios sexuales. Pero él había llegado a la conclusión de que el pensamiento humano no cesó con Hitler; que si una idea resultaba paralela a los argumentos nazis, no por ello era obligatorio cerrar los libros, clausurar la encuesta, y dejar de pensar en la misma dirección. Ello equivaldría a permitirle al finado Hitler colocar vallas en todos los caminos intelectuales aún interesantes, lo cual sería una curiosa venganza para el nazismo, que no sólo fue una monstruosidad y una pesadilla sino' que durante unos años conquistó a Europa desde dentro: la conquistó antes de la guerra, psicológicamente. Su poder para alzarse por encima del caos y la desmoralización, en un momento en que otras naciones decaían, nos ha dejado un residuo de misterio político.

***
Todos los mundos se reunirían en la ciudad, pero sus leyes estarían fundadas sobre el sexo.
Tal sería, juzgaba el Prisionero, el racionalista fin de la violencia que antaño existió entre hombres y mujeres, por el cruzado potencial de su amor, violencia que tal vez integraba la fuerza de vencer y la fuerza de castigar. Esa violencia penetró la irracionalidad del amor, “el desarraigo de la vieja vergüenza corporal” de que hablaba Lawrence, y el desarraigo del miedo¡ de las mujeres a ser más violentas que sus hombres y traicionarlos o destruirlos en la trascendencia del sexo. El drama de la violencia fue el drama del amor entre el hombre y la mujer; si pequeña, eran amigos a quienes nunca absorbía cualquier atracción capaz de alejarlos; si grande, terminaban arruinados, o el amor terminaba arruinado, o ambos descendían al papel de victimario y víctima, se trasformaban en una especie de correa de trasmisión que volcaba la violencia e injusticia del mundo exterior, para envenenar la cobardía de su hogar. Pero la violencia de los amantes estaba ya desapareciendo en las muertes de las actitudes primitivas que denotaban el pasaje del ser humano a la unidad humana. La violencia, como el brumo, habrá de retirarse a otros ámbitos desde donde podrá retornar para suprimir a los individuos lenta y equitativamente.
Sin embargo, el Prisionero había decidido, al comenzar su libro, que apenas escribiría sobre sexo y violencia, ya que lo contrario lo hubiese obligado a concluir en la poco natural posición de explicar sus intenciones en otra obra? Abandonaba el tema, entonces, señalando que sexo y violencia son el territorio apropiado para una novela y que allí probará suerte. Dicho lo cual haría una última reflexión acerca de su frase: “La primera responsabilidad de una mujer probablemente sea permanecer en la Tierra el tiempo suficiente para encontrar el mejor compañero y concebir hijos que mejoren la especie”. Acaso no sea demasiado tarde para sugerir que en la búsqueda del mejor compañero subyace la valentía de la mujer; pues encontrar al mejor compañero —no obstante lo feo, brutal, tiránico, desequilibrado o frío de alma que parezca— no es cosa sencilla sino una búsqueda, profunda y artística, de
ese misterioso hombre de cualidades ocultas que eventualmente se presentará en los 23 especialísimos cromosomas capaces de superar la moda, la tradición, la clase social.
Ahora comprendía por qué reaccionaban las mujeres ante la idea de “encontrar el mejor compañero y concebir hijos que mejoren la especie”. Era una idea cargada de fatalismo, si se tiene en cuenta el número de hombres y mujeres que, sin sentir atracción el uno por el otro, se deslizaron por los corredores del matrimonio. De ahí su agradecimiento a Emily James Putnam, autora de The Lady (La dama), un libro de 1910. Emily era una escritora con toques del más atrayente ingenio; le concedía la última cita, porque ella avizoró un camino.
Aparte la grave cuestión económica, aquellas cosas a que las mujeres aluden cuando hablan de “felicidad" —el amor, los niños y la pequeña república del hogar— dependen del favor del hombre, y las cualidades con que se gana este favor no son,, en general, las más útiles para otrosí propósitos. Una muchacha no debe ser demasiado inteligente, ni demasiado buena, ni demasiado diversa de las demás. Como un vestido de confección, debe adecuarse al hombre medio. Debe ser tan religiosa “como lo desea mi Guillermo”. El cumplimiento de esta norma —según la cual las mujeres menos individualistas cuentan con mayor oportunidad de trasmitir sus cualidades— le ha dado el aspecto de una ley natural (“The Lady", por Emily James Putnam; University of Chicago Press, Chicago, 1970, pág. 70).
Es obvio. Las mujeres deben tener su derecho a una vida que les permita buscar un compañero; y no habrá búsqueda libre hasta que ellas se liberen. Dejemos entonces que las mujeres sean lo que quieren y lo que pueden. Que cohabiten con elefantes, si así lo desean, o hagan el amor con mastines. Démosles la libertad y dejemos que la quemen, la vuelen, que hagan de ella el triunfo o la derrota. Dejémoslas concebir sus hijos y matarlos en el útero, si así lo creen necesario, viajar a la Luna, escribir la gran novela norteamericana. Y que sus maridos las envíen a trabajar con una cesta de comida y un cigarro. Podrán legislar, encarcelar y vestir uniforme; morir de cualquier enfermedad masculina: la primera de ellas, los años; de agobio; así aprenderán que las mujeres realizan tareas onerosas, mientras los hombres trabajan para sus yo, que son no sólo onerosos sino, a veces, insanos. De este modo, las mujeres tendrán derecho a morir de enfermedades masculinas, y podrán intentar vivir con yo masculinos dentro de su propio cráneo: los hombres las aplaudirán al pasar, ¿no es cierto?
Finalmente, se avendría a todo cuanto las mujeres pidiesen, menos a suprimir el útero. Porque llegará el día en que las mujeres hagan añicos la perla de su amor hacia la voluntad femenina y encuentren al hombre; ese hombre entre millones que dará a la Naturaleza un óvulo fecundado para que la mujer tenga un niño proveniente de la raíz del deseo de Dios: llegar hasta el fin del camino, sea éste cual fuere. ¿No es Dios, acaso, el más grande de los amantes? La idiotez consiste en dar por sentado que la ostra y la almeja saben más que los árboles y la hierba. ■
Revista Siete Días Ilustrados
15.05.1972

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