Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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Estoy cargada de muerte y otros borradores de Roberto Arlt "El 26 de julio de 1942 moría de un ataque cardíaco Roberto Arlt. Sus restos fueron velados en el Círculo de la Prensa y sus cenizas esparcidas por el río Paraná en la zona de Tigre. Muchos diarios y revistas olvidaron incluir la noticia de la muerte del escritor atareados en el desagravio a Jorge Luis Borges, que no había sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura." Así se cierra el excelente prólogo que Omar Borré dedica a la reciente edición que Torres Agüero hace de Estoy cargada de muerte y otros borradores. Los cuentos que integran esta colección fueron recopilados de los semanarios Mundo Argentino y El Hogar (1926-1939). Algunos de estos relatos son semilla de cuentos posteriores de Arlt. Y en total, las catorce narraciones demuestran paso a paso que la vigencia de Roberto Arlt se encuentra intacta, tiene la fuerza de los nobles metales que no se herrumbran, que no pierden brillo. Muchas veces la inteligencia argentina se preguntó indignaba cómo un hombre tan poco culto podía ser tan respetado (difícilmente se lo catalogaba como un escritor importante). Quizá se pueda pensar que esto es una exageración, y que Arlt ocupa un lugar estratégico en cualquier biblioteca de un lector que se precie de conocedor de la literatura nacional. Pero a todos estos conceptos congelados estamos muy acostumbrados, diría más bien, estamos confortablemente atrapados en ellos. Volver sanamente a este trayecto heterogéneo, donde el escritor renace en el amor por sus propias palabras y no por aquellas que les gusta leer a los demás, es un acto de oportuna reivindicación. Justamente estos cuentos que están armados locos (1929) pueden considerarse lo más terminado de la narrativa arltiana, no menos importantes son las historias cortas de La fuga, Una clase de gimnasia o El gran Guillermito que componen este libro. Las criaturas que habitan estos cuentos hacen suya aquella frase contundente de Scott Fitzgerald: “Yo hablo con la autoridad que me da el fracaso’’. La vida se les ha dado vuelta, les ha jugado una mala pasada. Pierden porque apostaron a perder: sólo en eso ganaron. Por eso la rebelión aparece como motor de salvación. Por ejemplo en Ruptura de compromiso (casi hermano gemelo de Noche terrible) donde el protagonista cierra su testimonio de esta manera:"recogiendo el antebrazo sobre el tórax lo descargué violentamente hacia el vacío yendo a estallar la copa en un muro de la habitación. Los pedacitos de cristal cayeron en la alfombra. Luego, en medio de un silencio de rostros tensos y desfigurados en conjeturas horribles, salí para siempre de esa casa hacia la calle." ¿La huida? ¿Un nuevo comienzo? Es difícil saberlo: a Arlt no le gustaban demasiado las conjeturas gratuitas, prefería que cada uno respirara su propia atmósfera. Todos los que ocupan algún lugar en las páginas de estos cuentos están sobre la línea oscura de la desesperación y alentados al crimen o al suicidio, hasta pueden confesarse en forma plural como en El silencio: “Estamos tristes. Estamos tristes aunque no queremos. Aunque seamos asesinos o ladrones. Nuestra angustia no se disuelve en el silencio, ni en las historias, ni en los recuerdos”. ¿Periodista? ¿Inventor? ¿Dramaturgo? ¿Escritor? ¿Anarquista? ¿Qué de todas estas cosas y en qué orden fue Roberto Arlt? La verdad: no tiene importancia, es una pesquisa inútil, él mismo se reiría aparatosamente de ella. Porque su definición estaba en la mezcla dinámica y explosiva de su genio puesto a la tarea de hacer volar por los aires las estúpidas convicciones de una sociedad que en 1930 empezaba a derrumbarse tocando una diabólica partitura que le hacía creer lo contrario. Todo cambiaba y Arlt escribía tan rápido como el cambio. Y convengamos que a nadie le agrada tener testigos de una vergonzosa agonía. Nada de arqueología objetiva: directamente trapitos al sol. Roberto Arlt, un hombre difícil, que no caía bien ni en los cocteles literarios (todavía se recuerda que durante la presentación de un libro cierta exitosa escritora, al ver el habitual desaliño de Arlt, exclamó en voz alta: “¡Cómo dejan entrar a semejante sujeto!”, mientras que el autor aludido, con rápida y clara respuesta agregó: “Y también a p. . .de cuatro pesos”). No se plegó a las claves ni a los ritos de las buenas formas. Buscaba ganar ““por prepotencia de trabajo”. Estoy cargada de muerte es un buen test para saber qué peso tiene el disfraz que llevamos adentro. El carnaval no ha dejado de pasar debajo de la ventana y la murga obscena y auténtica se aleja por la noche para regresar cada madrugada, cuando sale el sol. (Torres Agüero Editor). Diego Mileo Somos 15.03.1985 |
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