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ZELDA FITZGERALD: DE LA VICTIMA Y EL VERDUGO
“Y, sin embargo, este escritor se vuelve a contemplarla con nostalgia. Lo levantó, lo aduló, le dio más dinero del que había soñado, sólo por contarle a la gente que sentía lo mismo que ellos, que algo debía hacerse con toda esa energía nerviosa almacenada y no gastada en la guerra." Así veía a la “era del jazz”, a los "rugientes años 20", su representante más famoso (quizá su padre más que su hijo), sólo dos años después de su repentino final. En Echoes of the Jazz Age, Scott Fitzgerald también recuerda que esa década, "reacia a morir pasada de moda, en la cama, se arrojó a una muerte espectacular en octubre de 1929". Y la muerte imprevista y violenta (ya sea la del colapso de Wall Street para esos años locos, o la de Gardel en Medellín, o la de Hitler entre las llamas del bunker) es el requisito exigido por la leyenda para afirmar, definitivamente, su identidad.
Que la década del 20 en los Estados Unidos tenía porvenir de paraíso perdido es algo que lo supieron sus mismos actores al día siguiente de despertarse en plena depresión económica y antes aún de que el New Deal impusiera su moralina pública. Lo sorprendente es que la leyenda conserve su capacidad de cautivar, por lo menos a un público que, aunque no haya podido tocarla, no es el más joven (el paralelo surge, inmediato: ¿acaso los años de rebeldía y liberación sexual, de conciencia política culpable y demolición de reglas, vividos en USA a partir de 1965, no aparecerían como un afiebrado paraíso experimental si los cancelara una reacción conservadora o la severidad de una revolución dogmática?). Varios libros recientes trazan biografías de los "hermosos y condenados" de aquella Arcadia. Más que su variable calidad de protagonistas, importa advertir en esas vidas el hiato, parecido al final de la juventud, que escindió su experiencia en una embriaguez y un despertar: prolongado, incierto como el aplazamiento de una condena.

LA PRIMERA FLAPPER. El número de mayo de 1923 de Hearst’s International mostraba en la cubierta a Scott y Zelda Fitzgerald. El epígrafe anunciaba que la revista publicaría todos los relatos nuevos del autor (cuyo curriculum estaba resumido en clave ya mitológica: obras "que son para los jóvenes de esta generación lo que O. Henry fue para la pasada"). De la cónyuge podía leerse que había “iniciado el movimiento flapper en el país”. En las biografías del escritor (las más serias: The Far Side of Paradise de Arthur Mizener, Scott Fitzgerald de Andrew Turnbull), Zelda es una figura marginal, víctima y verdugo, por turnos, de su famoso marido.
Nancy Milford, una estudiante de literatura de la Universidad de Columbia cuyo nombre solía confundirse con el de la escritora inglesa Nancy Mitford, acaba de publicar Zelda. A Biography, un volumen de 424 páginas cuya escrupulosidad impone respeto aun a los críticos más desconfiados. Los siete años dedicados por la autora a su tarea han descubierto a una criatura trágica, cuyo interés no es solamente el de haber servido de modelo a la Rosalind de This Side of Paradise y a la Nicole de Tender is the Night, o a la Aille Calhoun del cuento The Last of the Belles.
Hija de dos familias sureñas distinguidas, Zelda tuvo, por madre, a una actriz frustrada (que la bautizó con el nombre de una reina gitana de novela) y por padre a un caballero propenso al colapso nervioso. Su adolescencia rebelde y caprichosa culminó cuando soldados y aviadores cubrieron los campos de adiestramiento próximos a Montgomery, Alabama, apenas declarada la Primera Guerra Mundial. Uno de los oficiales jóvenes se enamoró de ella, y tras un noviazgo de veintidós meses se casaron en Nueva York. Así se consagró la pareja más loca y popular de lo que aún no se llamaba café society.
Scott y Zelda cruzaban Nueva York sobre el techo de un taxi, o se bañaban en champagne, o reñían en las fiestas de sus amigos, o ponían en escena suicidios frustrados. Además, él aspiraba a ser un escritor serio, a no reposar sobre la fama de los libros tempranos que lo hicieron el portavoz de una sensibilidad. Y nada podía ofender a una muchacha rica, malcriada y psicópata, como esa actividad solitaria, austera, que ocupaba (o debía ocupar) una buena mitad, la más lúcida y enérgica, de la vida de su cómplice en juergas y exhibicionismos. Hemingway, a quien Scott Fitzgerald presentaba y recomendaba a sus editores norteamericanos, advirtió inmediatamente que Zelda estaba celosa de la obra de su marido. En 1929, un año antes de su primer colapso —una coincidencia histórica perfecta—, Zelda acusaba histéricamente a Scott de tener un affair con Hemingway.

UN HISTORIAL CLINICO. Dieciocho años de la vida de la flapper más célebre de los roaring twenties trascurrieron casi íntegramente en clínicas y asilos, hasta que en marzo de 1948 un incendio la consumió junto con otras seis pacientes en el piso superior de un sanatorio de Asheville, North Carolina. En Suiza, en la Costa Azul, en la patria irreconocible de Roosevelt, Zelda intentó reiteradamente oponerse al trabajo de su marido: a fines de los años 20, retomando su abandonada carrera en el ballet —un esfuerzo inútil, que apresuró, según varios psiquiatras consultados por la Milford, su primer colapso nervioso—; luego, escribiendo cuentos y una novela —Save Me the Waltz, 1932— que aspiraban a recoger los resplandores laterales de una fama conyugal.
Si Scott fue su víctima o su verdugo es una disquisición ociosa. Puede suponerse que ambos se necesitaban como instrumentos fieles de autodestrucción: un modelo de vida matrimonial frecuente, aun entre parejas menos célebres. El escritor se ofendió por las intimidades proclamadas en la novela de su mujer, como si en Tender is the Night (la novela que escribía en ese momento, publicada en 1934) no usara generosamente el historial clínico de Zelda. La novela inconclusa de Mrs. Fitzgerald —Caesar's Things— fue empezada un año después del día de 1940 en que Scott moría en Hollywood, a los 44 años de edad; pero el rencor o los celos retrospectivos no fueron suficientemente fuertes como para alentar a la viuda, que sólo dejó un borrador informe.
Nancy Milford ha puesto el foco en esa mitad oscura pero dominante que otros biógrafos de Scott Fitzgerald habían liquidado en un capítulo. Su investigación, desde luego, no tiene nada que ver con la crítica literaria, pero mucho con esa crónica de costumbres que da, mejor que los ensayos sociológicos, la textura de la experiencia, el tono dé una época irrepetible. "Hacia 1927 una neurosis ubicua empezó a hacerse evidente, levemente señalada, como un golpeteo nervioso de los pies, por la popularidad de las palabras cruzadas. Recuerdo a un compañero de exilio, leyendo la carta de un amigo común, quien lo urgía a volver a la patria para que lo revitalizaran las recias cualidades de la tierra nativa. Era una carta fuerte y nos impresionó profundamente, hasta que advertimos el encabezamiento: estaba enviada desde un sanatorio nervioso de Pennsylvania” (Echoes of the Jazz Age). ♦
E. C.
revista Panorama, 3/11/1970

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