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Ricardo Balbín




Política
Balbín, la fuerza de un demócrata
La enfermedad que postró al jefe del radicalismo comprometió seriamente las negociaciones para lograr una salida decorosa en los últimos tres años. Nadie acumuló tanta fuerza política como Ricardo Balbín, un verdadero símbolo de la democracia argentina, cuya desaparición quita del escenario al hombre clave de la pacificación nacional.

ricardo balbínSIN que queden restos para la duda, los argentinos saben que la salud de Ricardo Balbín venía preocupando a todos: a su partido, a la sociedad política nacional y al Gobierno. Muchas cosas en este arduo momento empezaron a estar atadas a La Plata, a la cama del patriarca de la democracia convertido en el centro del sistema. A fines de agosto, cuando los temores desbordaban la prudencia de los partes médicos, un calificado observador de la realidad nacional señalaba: dos nubes se diseñan en el horizonte; una, la precaria cohesión del justicialismo; otra, la salud de Balbín. Si ella desmejora, agregaba, y si el veterano dirigente abandona las riendas del sistema de transición, habrá una segunda línea de nubarrones al acecho, una línea con tres capas, distintas pero mezcladas: la división momentánea de los radicales, la pérdida de rumbo de la Multipartidaria, el enfriamiento de las relaciones entre los militares y los políticos. Pues la salud de Balbín desmejoró, y la línea de nubes se instaló entonces sobre la realidad nacional.
Hacía meses que Balbín no salía de su casa, afectado por una lumbalgia. Un dolor en la cintura que parecía pasajero, pero después se supo que no lo era. Llegaron más datos que perfeccionaron la prudencia: una neumopatía derivada de su larga permanencia en cama; una afección renal, producto de la medicación prescripta para combatir la dolencia pulmonar. Pero desde hace por lo menos dos meses, algunos estaban notificados de que el progreso de una enfermedad más complicada convertiría al organismo de Balbín (77 años) en un campo minado. Los más optimistas se refugiaron en una vieja teoría, según la cual en la ancianidad algunas cosas suelen ser tratables o por lo menos consienten una supervivencia mayor, el tiempo mínimo para que Balbín pudiera concretar su última obra política: la asociación de los militares con los políticos para armar la entrada en la restauración democrática.

La ausencia del patriarca
Mientras se cumplía un nuevo aniversario del 6 de septiembre (el primer golpe que recibió a la cara la democracia argentina), Balbín seguía internado en una sala de terapia intensiva de La Plata y los comandantes en jefe discutían con el presidente Viola las posibilidades de llevar adelante un plan político realista, eficaz en sus alternativas finales. No se les escapaba, naturalmente, que la presencia de Balbín —aún con su enfermedad a cuestas— seguía siendo algo muy importante en estos tramos. Un simple reconocimiento del terreno político les indicaba que el veterano caudillo radical seguía manejando, por propia gravitación, los hilos de la conducción cívica enfrascada en la restauración democrática. Ya es casi un axioma que cada vez que un proceso militar comienza a curvarse en esta dirección, en función de su desgaste y de la incapacidad para generar partido propio, la conducción uniformada busca a los radicales para programar esa inevitable transición.
Cuando la escena pierde al Balbín sano y robusto y los militares ven la disipación del contacto en la pantalla de sus radares, el sector convencido de la necesidad de asociar a los civiles en la transición queda sin datos para continuar la navegación. Los grupos que creen en la posibilidad de remendar el curso histórico y retener la autocracia, se frotan las manos en actitud jubilosa. Los primeros deben recordar los consejos de Balbín a las fuerzas armadas, acerca de la necesidad —planteada años atrás y en todos los tonos— de reactivar la política y reorganizar los partidos. Los segundos se ufanarán de no haber hecho caso a las demandas de la cordura. En la Unión Cívica Radical el cimbronazo raja las paredes aunque sin poner en peligro —desde luego— la estabilidad del viejo edificio: la enfermedad de Balbín acostumbró a la segunda línea de dirigentes a la conducción colegiada, donde conviven las distintas tendencias. Es casi seguro que en el futuro próximo la colegiación del poder radical seguirá vigente, aun cuando deban consentirse las dificultades que provocará, no tanto en las relaciones con el resto de la sociedad política como en los vínculos con los militares; porque para las fuerzas armadas, Balbín siempre fue un hombre sin reservas, con el cual la UCR a la cabeza de la Multipartidaria podía mantener la iniciativa sin forzar los acontecimientos. Sin Balbín, la situación corre el riesgo de cambiar bastante. Nadie puede garantizar cuáles serían las condiciones del diálogo en caso de que asuman la conducción del viejo partido los sectores más impacientes. El patriarca no dejó herederos políticos directos y seguramente la sucesión, como ocurre en las mejores familias, será un pleito con todas las de la ley.
La transición, por ahora, ha sido privada de la posibilidad del toque final, que era la negociación Balbín-Viola. Cómo se operará la recomposición del esquema es asunto de compleja previsión. La línea de nubarrones que pasó del acecho a la cúpula del escenario no se apartará sin tormentas hasta puede presumirse que amenazará a las dos puntas de la relación. Porque la ausencia del jefe radical deja sin un ancla a Viola, cuyas posibilidades se apocarán. Con Balbín las chances de una transición eran muy altas. Sin Balbín, los riesgos de una “transformación” del proceso, de un manotazo dentro del proceso, son más altas toda vía. Un hombre que vio con claridad cómo se ponía la mano fue el canciller Oscar Camilión —político al fin—, quien antes de viajar a los Estados Unidos dijo a los periodistas: “Esta administración (la de Reagan) ha sido suma mente cautelosa y cuidadosa, sin perjuicio de que mantiene una atenta preocupación por cualquier situación que directa o indirectamente pueda significar una violación o una situación de perjuicio en este tema de los derechos humanos. Es decir, la preocupación, por ejemplo, en torno a la vigencia de las instituciones democráticas sigue siendo un tema fundamental en la diplomacia norteamericana’’.
El primero de septiembre, segundo día de su misión en Washington, Camilión dijo que el mejor aporte de la Argentina a su papel en el hemisferio se basa en “la consolidación de sus propias instituciones como factor de estabilización regional”. En una rueda de prensa que ofreció la jornada siguiente reveló que “para los Estados Unidos, el proceso político enderezado a la democratización en la Argentina constituye una premisa y una precondición de la relación bilateral entre ambos países” y al pedírsele detalles sobre el proceso político, el ministerio afirmó que debe desembocar en una salida electoral y al preguntársele si el resultado de los comicios será respetado aunque vuelva a triunfar el justicialismo, respondió: “Sin duda alguna”. Los objetores de Camilión —que no vacilaron en pedir la cabeza del ministro— denunciaron que en los Estados Unidos había jugado para la Multipartidaria. Es posible que el canciller haya sesgado un poco más de lo previsto su línea en Estados Unidos, pero debe advertirse que cuando él partió, Balbín aún no es taba en terapia intensiva. Si el ministro desniveló el marcador en sus conversaciones fue porque dedujo la gravedad que para el curso histórico tenia la enfermedad del presidente de la UCR. La ofensiva contra Camilión cesó e' viernes 4, cuando el plenario de generales aprobó su exposición sobre las gestiones diplomáticas en los Estados Unidos.

Tal vez, un plan
Las manifestaciones de Camilión en los Estados Unidos se convirtieron en datos alentadores, especialmente después del “examen de setiembre” (también aprobó Lorenzo Sigaut). Sin embargo, no pudo evitar un breve viaje al pasado, para retornar a Tandil, donde el 9 de agosto el general Albano Harguindeguy avisó que una victoria electoral del radicalismo o del justicialismo significaría automáticamente la recuperación violenta del poder por los militares. Las cosas cambiaron mucho en menos de un mes —o tal vez no variaron nada— y ambos funcionarios, (Harguindeguy y Camilión) emiten en distinta frecuencia: uno desde las cercanías del poder uniformado, por su condición de hombre de armas, y el otro desde el gabinete nacional de la Casa de Gobierno; uno desde el equipo de asesores de Viola y el otro desde el ministerio de Relaciones Exteriores.
¿Tenía acaso algo que manifestar el titular de Interior, es decir, el encargado de los asuntos políticos del Estado? Lo expresó en Córdoba, cuando previno que el único vocero autorizado del gobierno nacional en materia política, después del presidente de la Nación, era él. Sin embargo, por la época de la advertencia de Harguindeguy, el ministro Camilión se reunió con dirigentes de la Multipartidaria para defender la tesis de avanzar hacia una entrada institucional mediante el empleo de recursos que permitan, a fines de 1983, el nombramiento del sucesor de Viola por acuerdo entre los militares y los partidos políticos. El presidente sería un oficial superior retirado y su mandato coexistiría con autoridades legislativas nacionales y provincias y municipios recuperados a pleno por elecciones totalmente libres. Si esto es así, la idea contaría por lo menos con un soporte en la Multipartidaria: Salvador Busacca, democristiano, ha hecho defensa Pública de un procedimiento similar.
Antes que Balbín, Baltasar Gracián había prevenido que “es dificultoso dar entendimiento a quien no tiene voluntad, y más aún dar voluntad a quien no tiene entendimiento, porque si son sordos para oír, no abrirán los ojos para ver”. De la dificultad también se hizo cargo Pablo González Bergez, quien hacia el seis de agosto completó un documento con dos carillas y en nombre de la comisión promotora del Partido Nacional de Centro (provincia de Buenos Aires) lo llevó a una reunión con dirigentes de la Multipartidaria. La declaración comenzaba afirmando que “el país va llegando al fondo de su completa crisis” y pedía a las fuerzas armadas “una actitud patriótica de grandeza y comprensión de la realidad”, con el propósito de que encaren “un cambio de fondo en la estructura del poder”. Lo que González Bergez reclamó fue la instalación de un gobierno civil de transición, no dependiente de los mandos militares sino sostenido por ellos, que sea representativo de una verdadera unión nacional y del cual deberá ser la responsabilidad de implantar un genuino estado de derecho, restablecer la confianza interna e internacional de la República, encarar la solución justa de los problemas económicos y preparar ordenada y ágilmente el retorno a la plena vigencia del régimen democrático de la Constitución. “Inclusive —sostuvo González Bergez— con unos comicios que no involucren a las fuerzas armadas; que no sean como los de 1973, un plebiscito emocional sobre el inmediato pasado, sino un acto de razón para fundar el porvenir”. Al día siguiente, sin estar muy convencido sobre el destino de la propuesta, Julio Oyhanarte —participante de la reunión— la llevó a Olivos para entregarla durante el desayuno al presidente Viola.
La enfermedad de Balbín paralizó los escasos movimientos oficiales. Liendo, que se habría mostrado poco feliz durante la reunión con los dirigentes del sector oficial del Partido Demócrata Progresista, dijo el 4 de septiembre en privado que el eventual relevo del líder radical privaría al Gobierno del “único nexo firme para el diálogo y sus planes democratizadores”. Es que para entonces la Casa de Gobierno computaba apenas una ventaja mínima si algo se desmoronaba en La Plata: la incentivación de las fuerzas centrífugas en el justicialismo, interpretación desbordada por el riesgo de una radicalización “en las bases” tanto de ese partido como de la UCR, ahora privadas ambas de la paternalidad moderadora de Balbín. El poder, además, había declinado la concepción de una descendencia: “Yo puedo decirle con absoluta seguridad que de ninguna manera el Gobierno tiene la intención de formar ningún partido oficial”, había proclamado José Antonio Romero Feris, asesor político de Viola el 27 de agosto.
Mientras ocurría todo esto, los círculos chismosos de la política argentina daban como seguro al ingeniero Álvaro Alsogaray al frente de un consejo asesor de las fuerzas armadas para asuntos económicos. Considerando el actual esquema de poder, ese puesto resultaría más importante que el propio ministerio de Economía. Por lo menos hasta que se demuestre lo contrario.
REDACCION
09/1981

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