Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

ciudad evita
CIUDAD EVITA, 1953...
Por JORGE M. REBOREDO
FOTOGRAFÍAS DEL ARCHIVO GRÁFICO DE LA NACIÓN Y DEL MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS
El avión de la FAMA —un aparato gigantesco con motores de retropropulsión, que venía en viaje directo desde Nueva York— volaba ahora sobre la linde occidental de Buenos Aires, siguiendo la clara huella de la avenida General Paz, en procura del aeropuerto General Pistarini.
ciudad evitaEra una mañana de fines de primavera, serena y luminosa, y como la aeronave marchaba con las máquinas auxiliares que sólo se usan para alzar el vuelo o posarse en la pista, los pasajeros podían contemplar el panorama con todo solaz. A su izquierda se deslizaba con aparente lentitud el paisaje de la Capital, cuyos últimos planos perdíanse entre el humo de las fábricas y la bruma del río; y a la derecha, también entre el humo de altas chimeneas, se extendían las villas industriales, surgidas un poco al acaso en el decenio que siguió al estallido de la segunda guerra mundial.
Esos terrenos, verdaderos suburbios en su origen, habían sido saneados; ya no se divisaban esos charcos y arroyos de aguas servidas, característicos de los barrios obreros, y el verdor de algunos parques y de las calles arboladas atenuaba la fealdad de los sitios. Empero no diferían mucho de los distritos fabriles de cualquier gran ciudad moderna, por lo cual los pasajeros les prestaban una distraída atención.
Más les interesaba el aspecto que ofrecía el antiguo “bañado de Flores”, sobre cuya extensión se había formado recientemente el Gran Parque del Sur, una mancha esmeraldina que competía con la del Bosque de Palermo, en el otro extremo de la ciudad.
Antes de que los pasajeros tuvieran tiempo de comentar la sorprendente transformación de aquella zona pestilencial en un boscaje umbrío, surcado por grandes avenidas y circuido por grupos de viviendas armoniosamente distribuidas, el aparato de la FAMA enfiló la proa al Sudoeste, siguiendo la aeropista que conduce al aeródromo. Entonces apareció a los ojos de los viajeros una nueva ciudad, desconocida para la mayor parte, que bien delimitada por la avenida Campana al Norte, la aeropista al Este y el río Matanza al Sur, se diferenciaba netamente de los pueblitos residenciales que rodean a la Capital. Era, sin duda, por su extensión, por su trazado, por su independencia geográfica, una verdadera ciudad, y una ciudad aparte. Satisfaciendo la muda inquisición de algunos, la camarera de a bordo dijo entonces: ¡Ciudad Evita!
ciudad evitaA ese nombre correspondió un murmullo de entendimiento: “¡Ah!”... Que era como si hubieran dicho: “Ya sabíamos, pero no sospechábamos que fuera así... ” La realidad era superior a lo que cada uno se había imaginado después de oír hablar de esa obra del Plan Quinquenal del primer gobierno del general Perón. Y, en verdad, contemplada a vuelo de pájaro, Ciudad Evita parecía cosa de ensueño. Rodeada de bosques, amenizada al sur por la cinta de plata de un río, con sus calles y avenidas trazadas como las veredas de un jardín, más que de una ciudad viva y activa daba la impresión de un lugar de reposo para privilegiados. Y, sin embargo, era una ciudad obrera, la más extensa y poblada en el mundo entero. Porque lo que hasta entonces se había hecho en los demás países, eran simples barrios, tímidos ensayos urbanísticos, realizados como una prueba. Una ciudad-modelo como ésta, que, no obstante la vecindad de una gran urbe, se bastaba a sí misma, no se había intentado nunca. Era la primera del mundo en su género, y un anticipo de lo que serían las ciudades de trabajo en las naciones organizadas de acuerdo con la doctrina de la justicia social.
Antes de que los deslumbrados pasajeros tuvieran tiempo de recrearse en la visión de aquella ciudad ideal, surgida en pocos años, como al conjuro de una varita mágica, de unos campos abandonados, el avión la dejó atrás y comenzó a evolucionar sobre la aeroestación, preparando el descenso, que fué fácil y breve. Los pasajeros abandonaron el aparato y, tras la inspección aduanera, tomaron el camino de la Capital. Pero muchos de ellos, los que aun no conocían Ciudad Evita desde el suelo, hicieron un desvío y penetraron en la urbe obrera por la vía principal del barrio sur.
Más de uno de esos excursionistas sabía por propia experiencia cuán engañosa es la visión de una ciudad desde lo alto, sobre todo cuando en un día de límpida atmósfera el sol la ilumina generosamente. Todo es nítido, brillante, alegre; las casas parecen de juguete; los parques, más frondosos y hasta los charcos de agua pútrida adquieren la transparencia de una esmeralda. Pero una vez en tierra la ilusión se desvanece y la realidad muestra su faz, no siempre bella y confortante. Aunque en menor grado, ¿no pasaría lo mismo con Ciudad Evita? Con esta aprensión entraron los viajeros en la ciudad, pero al momento el temor se disipó para dar lugar al asombro, porque la realidad superaba esta vez a lo imaginado.
¿Qué vieron los visitantes? Dejando a un lado la vía principal y entrándose por una avenida secundaria, pudieron contemplar a cada parte una fila de casitas blancas con techos rojos, destacándose entre el verdor de la vegetación. Casas de planta baja para una familia obrera, todas con su huerta, que más parecía jardín, distribuidas al parecer caprichosamente en líneas sinuosas o cortos trayectos rectilíneos. Nada de la uniformidad aplastante de los barrios para obreros que algunos municipios socialistas empezaron a construir en Europa después de las dos guerras mundiales. Aquí cada casa se diferenciaba de la vecina por sus dimensiones o por su ubicación, y cada uno se sentía en “su” casa. Todo ello dentro de una similitud de estilo que no se pudo conseguir nunca en los barrios residenciales de la gente pudiente, cuyas fantasías arquitectónicas o cuyo lujo sin medida rompen toda armonía. Aquí se había logrado conciliar la igualdad con la variedad, es decir, con el respeto por la individualidad, desiderátum hasta entonces no logrado en la vida democrática y mucho menos en las viviendas.
Había también grupos de casas en hilera, pero su número limitado y la irregular distribución de cada conjunto, evitaban la posible impresión de monotonía.
Internándose entre un grupo de casas, por la calle más estrecha que las que hasta entonces habían seguido, se encontraron al final de ella en una especie de “cul-de-sac”, suerte de rotonda que permitía a los coches dar vuelta y regresar por donde habían venido, ahorrando así el estorbo y el peligro de maniobrar en una calzada angosta. Éste y otros detalles dieron a los visitantes una idea de la prolijidad con que, desde el comienzo de las obras, seis años atrás, se había planeado la moderna ciudad. Todo había sido previsto, todo estudiado, todo resuelto, desde la elección del lugar hasta la distribución equitativa de las ventajas que cada barrio podría ofrecer. Porque Ciudad Evita estaba distribuida en cinco barrios o distritos o comunidades, cada uno de los cuales tenía su “centro cívico” en que se hallaban las sedes de las oficinas administrativas, el correo, la sala de primeros auxilios, los comercios vecinales y los locales de esparcimiento. En su proximidad se alzaban casas colectivas de 2 a 8 pisos de elevación, que, escalonadas según su altura, cortaban gallardamente la línea del horizonte.
Los barrios estaban uniformemente poblados —cada uno albergaba unas 10.000 almas—, con sus escuelas amplias, llenas de luz y rodeadas de un parque; sus iglesias serenas y acogedoras, como una vieja iglesia aldeana, no obstante su modernidad; los parques de ejercicios físicos, que a las horas de la tarde se llenaban de una juventud bulliciosa, y los paseos, frecuentados al anochecer por gente más reposada. La inteligente distribución de los lugares canalizaba de tal modo la distribución de actividades, que la animación en el “centro” de cada barrio, ni aun en el de la
ciudad, no adquiría ese carácter de ruidoso frenesí que la vida moderna ha impuesto en todos los lugares poblados. Lo mismo ocurría con el tránsito de vehículos, debido a la razonable configuración de calles y avenidas, que desde las grandes vías hasta las últimas callejas distribuían la circulación con la exactitud con que el sistema arterial distribuye la sangre a todas las partes del cuerpo humano.
No obstante esa apariencia de ciudad de reposo, Ciudad Evita era una pequeña urbe industrial, como que su población la componían los trabajadores de la zona fabril instalada en su periferia norte, más allá de la avenida Campana. Ante todo, por la separación establecida entre el distrito industrial propiamente dicho y los cinco barrios o comunidades de la Ciudad Evita, se logró esquivar el mayor inconveniente de la vecindad de las fábricas: el toldo de hollín y la cortina de humo que en todos los grandes centros manufactureros de Europa y América del Norte atajan el sol y vician el aire. La medicina del trabajo, que sólo empezó a practicarse de verdad en la Argentina después del establecimiento de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, no consiste únicamente en vigilar las condiciones de salubridad de los talleres; también es preciso que fuera de las horas de labor el obrero y su familia puedan respirar aire puro y gozar del beneficio del mejor agente preventivo de las enfermedades: la luz del sol. Esta condición se cumplió en la nueva ciudad mediante el apartamiento de las zonas de labor de las residenciales, ya señalada, y la plantación de bosques, parques y alamedas que, envolviendo el perímetro de la pequeña urbe, rodeando cada una de las cinco comunidades y ornando las avenidas mayores y menores, así como las calles, alegraron y purificaron el ambiente.
Claro está que para llegar a ese resultado debió darse a la ciudad una extensión superior a la que, de no haber intervenido la acción protectora del Estado, habría tenido un pueblo de 50.000 habitantes, pero ¿qué vale más; ahorrar terreno o salvar vidas?
El efecto de esa política urbanística, derivada del concepto de la justicia social, pudo apreciarse muy pronto: los obreros y sus familias ostentaban una salud floreciente. Como primera consecuencia, pudo advertirse que el rendimiento de la mano de obra en los talleres había aumentado en más de un cincuenta por ciento. Las ausencias por enfermedad disminuyeron al límite más bajo hasta entonces conocido, y la desgana del trabajador desapareció como por ensalmo. También descendieron a un mínimo los accidentes del trabajo.
De igual modo pudo comprobarse que los hijos de las familias obreras se criaban sanos, vigorosos y alegres. Viéndolos a la puerta de la casa entreteniéndose con unos cachorros; en el recreo de la escuela, entregados a sus juegos; yendo de la mano de la madre de paseo o de compras, daban la impresión de esos niños de familias pudientes, bien vestidos, bien cuidados, bien educados, que veinte años atrás parecían chicos de otras razas.
Bien es verdad que ese mejoramiento de los hijos de los trabajadores había empezado a notarse en la propia capital a partir de 1947, cuando se hizo sentir la elevación del nivel de vida de la población obrera. Quienes censuraban el modo como los trabajadores empleaban su dinero, no advirtieron que una parte iba a parar al mejor sostenimiento de los hijos, y que ya no era necesario ir a los barrios del norte para ver chicos bien criados; en cualquier barrio de la ciudad se los podía encontrar, y cada vez en mayor número.
Pero aquí, en Ciudad Evita, el fenómeno era evidente que saltaba a los ojos. Y era que los niños no sólo tenían aire, luz, espacio, comida sana y vestimenta adecuada, sino que, además, tenían un hogar. Vivían en su casa, a salvo de la promiscuidad en que debieron pasar sus padres toda la existencia.
Y esta última circunstancia —la de que cada familia obrera pudiera tener su hogar, es decir, la casa propia, independiente, que permite la intimidad, el sosiego y el decoro— dió un tono especial a la población de Ciudad Evita. Como el árbol que arraiga profundamente en el suelo nutricio, cada jefe de familia se sentía firme y seguro, atado a la tierra generosa de la patria, consciente y orgulloso de sus deberes de ciudadano, sin rencores ni envidias ni recelos. De esa forma se había convertido en el más firme sostén de la paz social, paz lograda por primera vez en la Argentina, gracias a que fué anticipada por la justicia social. Y la justicia es como el alba que precede al Sol de la Paz, cuya luz y vivificante calor se reparte ecuánimemente entre todos los hijos de Dios.
Revista Argentina
01.03.1950
 
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