Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

arturo frondizi
UN FRONDIZI DISTINTO
UNA ENTREVISTA DE INÉS DARI

Un Frondizi distinto. Un Frondizi que escapa a esa casilla que parecía encuadrarlo plenamente bajo el signo de asceta-teórico-alquimista, en la que muchos lo encuadraron, nos devolvió una Córdoba a la que fue a buscar su recuperación física, menoscabada cuando su conversada operación.
Tostado y con más kilos. Pero el cambio no es sólo físico. Juvenil y animoso, ¡hasta coqueteó con su señora! “Me han contado que ayer dijiste que te gusta una mujer si sólo se parece a mí”. Él asintió sonriendo y dijo: “Es verdad; es verdad”. El cambio parece, y no, claro está, por esto, ser total. Porque si siempre se lo consideró como un hombre nacido para la política, él nos asombra con una salida inesperada: “A mí no me gusta la política. Es así. No me gusta nada. Me gusta lo humano, conversar con la gente, preguntarle por lo suyo...”
—¿Desea volver a ser presidente?
—No. No quiero el poder. Quiero ser mucho más que el presidente. Yo aspiro a ser Arturo Frondizi. Que en la Argentina decir Frondizi sea sinónimo de todo lo que se anhela para el país, un todo que espero inevitablemente que se realice.
Pero no vaya creerse que el tema político fue sacado a relucir por él. Que él fue quien habló de sus aspiraciones, de su futuro político, de esa vida de política activa que dice querer soslayar, encarar tan sólo cuando la impostergable necesidad lo obligue a ello como único medio de concretar sus ideas.
Todo comenzó en la casa donde él preparó la campaña que lo llevó al poder, en la de Luis María Campos. La charla terminó en su domicilio particular. En ambas estuvo presente su señora, que tomó parte activa en un diálogo que dejó de ser tal para convertirse en una conversación. Eran las 10 y reinaba en Luis María Campos mucha actividad. Paredes cubiertas de estantes en los que rebasaban biblioratos. En sus lomos escuetamente esta guía: Arturo Frondizi, archivo personal. Bajo ese signo, infinidad de temas: trigo, caminos, petróleo, revolución de Mayo, papa, etcétera. Y para ayudar más fácilmente su ubicación una representación gráfica común: en cada uno de ellos una figurita recortada de la revista Billiken que hacía referencia a los temas.
Gran movimiento de gente. Dos secretarias en plena actividad. Tazas de café (de esas que sirven para abreviar esperas o hacer más meditada, más pausada una conversación) repartidas hacia todos los ángulos. Y teléfonos que no dejaban de llamar y de ser utilizados. Ex embajadores y ex gobernadores hacían proyectos para lo futuro. Y la esposa de Frondizi, que nos había recibido, ¡intervenía activamente en las conversaciones!

UNA FRIALDAD QUE ES TIMIDEZ
Elegante, pulcro, sonriente y afable nos recibió. “Ven —le dijo a su esposa—. No te retires. Contrariamente a lo que se dijo, Elena es y ha sido mi secretaria, además de mi mujer. Por sus manos pasó todo lo que he escrito. Ahora seguirá siendo mi secretaria en este Centro de Estudios, desde las 9 hasta las 13. Durante 5 años no tuvimos hijos. Nos acostumbramos a estar siempre juntos. Hasta los edecanes se asombraban de vemos tan inseparables”.
Y así, mientras nos contaba que todos sus discursos siempre se los pasó ella a máquina, y que el primer libro con el cual hizo tal cosa se concretó cuando estaban de novios, todo se hizo llano y familiar.
“La frialdad que muchos achacan a Arturo es timidez. Cuando algo lo conmueve es tan sensible como un arpa... ”, dijo su señora. “Creo no ser frío. Lo que pasa es que nunca tuve tiempo para conversar. Trabajo desde los 17 años de edad. Si tenía un momento libre prefería aprovecharlo estudiando, leyendo, aprendiendo algo nuevo, que me interesara. Son lo que yo llamo mis prioridades. A mucha gente le molesta mi falta de vida social. Nunca tuve tiempo para e 11 o”, agregó Frondizi.
Tal vez continúe sin tiempo para dedicarse plenamente a ello. Se ha puesto a trabajar en su Centro de Estudios Nacionales, al cual donó su biblioteca y archivos. Cinco o seis horas diarias le dedica, pero ahora también se hace de tiempo para ver gente, para conversar con sus amigos, hacerse de nuevos.
“Nunca hablás de vos, de lo que vos sos con los demás”, le dice su esposa. “Es porque ya se sabe todo sobre mí. ¡Para qué lo voy a repetir!” Sí, se conocen sus datos biográficos, las consecuencias de sus pensamientos llevados a la práctica. No se conocen, en cambio, sus sentimientos.
“¿Y a quién le importa eso de mí?”, nos dijo.
No se lo aceptamos. Frondizi estaba equivocado. Y de a poco, al principio como si le costara, luego más abiertamente, nos fue contando. . .
Cinco años esperando un hijo que no nacía. Luego Elenita, una gran felicidad. Le habría gustado tener varios. Claro está que también varones. Después no los hubo más, pero reconoce que educó a Elenita como a un varón, en cuanto a disciplina de estudios se refiere. Y siempre, como un incansable sonsonete que se repite hasta el infinito, su queja de la falta de tiempo.
“Trabajé mucho. ¡Qué poco tiempo tuve para los amigos! No me interesaba al final de las jomadas quedarme conversando. Quería leer y leer. Y lo hice. Me gustan las biografías, sean de un picapedrero o de un hombre importante, como Lincoln, por ejemplo. Leyéndolas aprendo más de la gente.”
Le decimos que nos parece que, por el contrario, así se aleja más de la gente, que así se pone más distancia entre las cosas. La realidad es muy distinta, en muchas ocasiones, de la literatura, tantas veces fría, escueta, descarnada.. .
Doña Elena nos da la razón con un gesto de asentimiento. Frondizi escapó por la tangente: “Mucha gente no me conoce. ¡Ni aun mis amigos! De pronto me encuentro en una reunión, ven que, como los demás, converso y me río. ¡Y les sorprende!”

LO QUE PASO EN MARZO
Su casa. Su escritorio. Sólo detrás de él. Pasó un día de la anterior charla, pero nos parece más joven, aún más abierto. ¿Estará realmente quebrada la barrera? Queríamos saber más. Habló más. Se acompañó, como siempre, con sus dedos, finos y expresivos; dedos que no se detienen, aun cuando toman un objeto. Moldean en el espacio, juguetean con su anillo de casamiento. Dibujan figuras: ¿castillos en el aire...?
—¿Cuándo encaneció?
—Hace tiempo que empecé, pero el pelo se me puso blanco en Martín García y en Bariloche.
—¿Usted se imagina todo lo que nos hace suponer su respuesta?
—Sí.. .
—¿Se siente responsable de lo que sucedió en marzo de 1962?
—No (no hubo vacilación alguna). Era una consecuencia inevitable de mi política. Mucha gente me dice que si hubiera hecho esto o lo otro no habría pasado lo que pasó. ¡Como si todo dependiera de pequeñas cosas y de personas! Mi política atacó a determinados intereses que inevitablemente se movieron para derrocarme. No tuve ninguna decepción en los últimos años. Sabía, sin ilusiones, cómo se desarrollaría el proceso que signaba mi gobierno. Tengo un sentido muy realista de las cosas. No pongo demasiada fantasía en mis pensamientos, en
mis cosas. Me ato siempre a la realidad. Puede alguna vez fallarnos una persona que creíamos apta para una cosa y resulta que no lo es. Pero eso no es demasiado importante.
Con un vestido rosa, muy juvenil, doña Elena se suma a la charla, portadora de infaltables tazas de café. La conversación vuelve a hacerse familiar, tras destacar Frondizi una vez más la importancia que tiene su esposa en su vida. “No sólo me pasaba a máquina mis discursos, como ya le conté, sino que muchas veces se los leía y pedía que me los corrigiera”. Ella se sonríe... Recuerda. .. ¿Añorará ese pasado.. .?
La conversación, ya encaminada, hace que este tema se nos escape. Tal vez sea mejor así. Preferimos seguir con el otro Frondizi, éste que nos dice:
“¿Sabe que el mayor deseo de mi madre era que yo me casara con Elena? Mis padres eran de Gubbio, Italia. Siento que me parezco a mi madre, pero tengo que luchar conmigo mismo para retener sus “rasgos’’; para escapar de los de mi padre, que era un hombre autoritario. Mi madre era suave, pero sabía lo que quería. Y para conseguirlo iba hasta el final. Suavemente, pero con una decisión total. En Martín García empecé a escribir algo sobre ella. . . Es la única persona que conozco que murió naturalmente cuando se decidió, que lo fue cuando sintió que todos sus deseos estaban cumplidos. Cuando yo tenía 12 años de edad estuvo al borde de la muerte. Pero no podía dejarme sin haber visto realizado en mí lo que tanto deseaba: mi casamiento con Elena, tener un nieto mío. Luchó terriblemente con la muerte y se curó. Cuando ya casi no lo esperaba, nació Elenita. Mi madre murió un par de años después, exactamente el día del cumpleaños de Elenita”. Nos lo contó con voz tierna, casi apagada, como con vergüenza y rubor de recordar, de hablar de su tan oculta y celosamente guardada vida afectiva.

“NO CAMBIARE”
Pasa de un tema al otro, aunque no tengan nada que ver. Hay que penetrar en lo impenetrable...
—¿Se siente capaz de despertar confianza?
—Sí. Ya la desperté, y no veo por qué algo va a cambiar. Yo no cambié. Soy siempre el mismo. Hay mucha gente que me planteó la disyuntiva de variar la imagen que existe sobre mi persona. Son los mismos que me acusan de ser un razonador. Eso seria ser puro cálculo, elegir una faceta determinada, tal vez irreal, y no ser mi verdadero yo, vital e instintivo. Pude gustar o no, pero no puedo entrar en un debate sobre la persona de Frondizi, que es sólo una. Si no les gusta como soy, no me importa. No voy a cambiar, ni aceptaré que se me presente en una forma distinta, en una forma inexistente. Saque usted las conclusiones, pero el rasgo típico de mi carácter es un rasgo de humildad. Lo puedo afirmar con jactancia: no contestar jamás un ataque personal. Me dijeron tantas veces: “doctor, de usted se dice tal cosa, o tal otra", y yo siempre he contestado: “Si usted lo cree así, no tiene por qué hablar conmigo. Y si no lo cree, ¿para qué viene a molestarme diciéndomelo?”. En mi casa no se hace nunca un comentario malévolo sobre ninguna persona. Yo estoy seguro de mí. Y no pienso cambiar.
—¿Usted qué piensa del futuro del país?
—Estoy optimista. Las fuerzas del mal se unen para voltear un gobierno pero no saben gobernar. Inevitablemente este gobierno tendrá que modificar la mala línea que lleva para poder gobernar. Por eso estoy optimista. Lo que hicimos no se puede detener. Si reconozco un error es el no haber hecho más rápidamente las cosas que debí hacer. La autenticidad es como el coraje: si no se lo tiene, de nada sirve la guardia. Cuando salía a la calle siendo presidente acompañado por un solo oficial de custodia no tenía miedo, porque si lo hubiera tenido de nada habría valido la guardia. Cuando me tuvieron que operar y se planteó la duda sobre si lo que tenía era cáncer, no tuve miedo. Eran tres posibilidades: morirme, quedar paralítico o curarme. Acepté las tres con tranquilidad. Sólo quería saber qué tenía para dejar las cosas solucionadas para mi familia. Mi hija Elenita dice que para sacarme una muela hago una montaña, pero que frente a un pelotón de fusilamiento estaría tan tranquilo como en casa...

SIEMPRE FUI “EL FLACO”
Volvió al comité. Hacía seis años que no iba. La gente se sorprendió al verlo. “El trabajo del comité es hablar con la gente que va a verlo a uno, repartir el trabajo, dar directivas.” Dedicará dos horas diarias a su profesión de abogado y el resto de su día al Centro de Altos Estudios. Insiste en que la política no le gusta: “Soy en el fondo un místico. Mi mejor amigo es un médico. Nos conocimos en el colegio nacional. Cuando era presidente salíamos los domingos a pasear con él, o caminábamos horas por el parque. Nunca hablábamos
de política. Sí, en cambio, de religión, historia y medicina. Me habría gustado ser médico. . .”
—Y hubiera sido un buen médico. Casi siempre nos diagnostica nuestras enfermedades. Cuando me sube la presión, él se da cuenta antes que yo. Llamo al médico y él tenía razón.
—Eso depende de una larga convivencia; me doy cuenta por signos imperceptibles, que sólo se advierten cuando se vive juntos por años y años.
—¿Cree usted que por diversas circunstancias su partido quedará en el futuro a la derecha del país?
Las nociones de derecha e izquierda son fluctuantes, pero donde inevitablemente estarán mi partido y mis ideas es en la vanguardia, delante del país. Y no le quiero poner nombres a ese partido. Será la conciencia de todos los argentinos que desean estar en la vanguardia del avance. Y esa fuerza es imposible detenerla.
Pidió un té. Lo tomó con galletitas y topos de maíz. Pidió una tregua a los fotógrafos, ante cuyos “disparos”, que se sucedieron como tiros de una enloquecida ametralladora cuyos estampidos resonaron desde todos los ángulos, se mantuvo imperturbable, conversando, hasta el momento, sin sentirlos o verlos.
“Tengo que cuidarme. Siempre fui “El flaco” para todos. Con ese nombre me identifican. No puedo de pronto a pasar a ser “El gordo. . ”, dice socarronamente.
Hacía más de una hora que estábamos con él y sólo eran las 9. “Me despierto siempre temprano, aunque me acueste tarde. Leo los diarios, casi todos, y ello me lleva mucho tiempo”. Su día de trabajo había comenzado. Estaba preparado para recibirlo con alegría y empeño, sobriamente vestido con traje gris, camisa blanca y corbata azul. Y, está dicho, un renovado espíritu juvenil.
Nos despedimos. Y nos fuimos convencidos de que este hombre del cual emanaba una impresión de fuerza, de una decisión total, casi diríamos que fanática, trabajará sobre su idea con una voluntad tal que le hace excluir cualquiera otra. Pero, también, y pese a todo, con una rara sensación de que a pesar de su llaneza no pudimos penetrar totalmente en su intimidad, en los pensamientos de esta tan discutida “esfinge”. “Es que la intimidad es también su idea”, la convicción de que adentro y afuera las cosas son iguales y coinciden en que el futuro del país, su porvenir económico y sociológico está trazado desde hace años, desde hace muchos años. Y que nadie ni nada podrá variarlos.

Revista Atlántida
02/1964
arturo frondizi

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