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crónicas del siglo pasado


fusilamientos del 9 de junio




ANIVERSARIOS
Los fusilamientos del 9 de junio
“En nombre del señor presidente provisional se comunica al pueblo de la República que a las 23 del día sábado se produjeron levantamientos militares en algunas unidades de la provincia de Buenos Aires. Inmediatamente el Ejército, la Marina y la Aeronáutica, apoyados por la Gendarmería Nacional, la Prefectura y la Policía, Iniciaron operaciones para sofocar el intento de rebelión. Se ha decretado el imperio de la Ley Marcial en todo el territorio de la República. Se recomienda a la población tener calma y confianza en la fuerza y consolidación de la Revolución Libertadora. Firmado: Isaac Rojas, contralmirante, vicepresidente provisional.’’
La voz de Radio del Estado, conectada a la cadena oficial de radiodifusión, Invadió a medianoche del sábado 9 de junio de 1956 la precaria paz conseguida en siete meses por el gobierno provisional de Pedro Eugenio Aramburu. Durante casi medio año, y tras corregir con un prolijo putsch la tendencia nacionalista que inicialmente había dominado a la llamada Revolución Libertadora, el Ejército era todavía un gigante irritado en el que peronistas y nacionalistas, revolucionarios a ultranza y conciliadores, tejían sus hilos para enroscarse en la cúspide del poder. Entre la noche del sábado y la madrugada del martes 12, el tableteo de las ametralladoras se dejó oír en Buenos Aires, La Plata, Campo de Mayo; cuando al amanecer del martes se oyó el último disparo, dos decenas de civiles y militares habían pagado con sus vidas la aventura de hacer marchar para atrás el reloj de la Revolución.
Siete meses antes, a cinco kilómetros del puerto de Buenos Aires, permanecía anclado el vapor Washington —una prisión militar— y en él, arrestados, 132 oficiales de las tres armas que se habían opuesto a los revolucionarios del 16 de septiembre de 1955. El barco-prisión era caldo de cultivo ideal para planear un contragolpe; tres generales aprovecharon la circunstancia para trenzarlo. Cuando a mediados de enero, Juan José Valle, Raúl Tanco y Enrique Lugand recuperaron la libertad, se erigieron en el nudo central de la futura revuelta. Vigilados de cerca por los servicios de inteligencia, fueron obligados a dispersarse y buscar refugio en los alrededores de Buenos Aires. El primero en abandonar ese exilio fue Valle. El 7 de marzo nació formalmente el Movimiento de Recuperación Nacional y comenzaron los preparativos. Los complotados buscaron apoyo en oficiales peronistas que seguían en actividad, dirigentes sindicales, militantes nacionalistas adictos a Eduardo Lonardi y, sobre todo, suboficiales del Ejército, que jugarían un rol clave en los sucesos de junio.
Con la excusa de una defraudación, Valle fue investigado pocas semanas después, y conservó la libertad, escabullándose de la oficina de Gendarmería en la que estaba detenido. Ganó la calle, pero de ahí en adelante pasó a vivir en la clandestinidad. Los contactos con los nacionalistas, mientras tanto, no progresaban y los gremialistas asociados al golpe los boicotearon: ningún trato con los responsables de la caída de Perón.

LAS HORAS CRITICAS. Los arrestos, al principio aislados apuraron el adelanto de la fecha elegida para el cuartelazo (27 de mayo), pero la caída de una pieza clave en el juego, el teniente coronel Carlos Ruchti, paró la máquina. Valle y Tanco discutieron las posibilidades de éxito y optaron por darse diez días más de plazo: “Mire que si fracasamos Aramburu nos fusila...", advirtió Tanco. Cuando los conjurados decidieron cruzar el Rubicón, el juego ya estaba hecho: el gobierno, en sus manos todos los hilos del operativo y el decreto que establecía el estado de emergencia ya estaba firmado, sin fecha. Los radiogramas del Comando, en
Jefe sólo llegaron, sin embargo, a última hora: para poder "limpiar" definitivamente las filas del Ejército, Aramburu necesitaba que sus enemigos mostraran sus cartas.
Obligado a cambiar de escondrijo cada día, la situación de Valle se tornó imposible; una noche (la del 29 de mayo) preguntó: "¿Y hoy dónde duermo?". Le pusieron una llave en la mano, le dieron una dirección y lo dejaron solo. Encontró la puerta, pero al intentar abrirla la llave se rompió; quedó a la deriva, con diez pesos en el bolsillo. El episodio constituye la prueba de improvisación del movimiento.
El primer manotazo de los conspiradores estaba destinado al Comando de la II Región Militar y a una emisora de radio que debería trasmitir la proclama revolucionaria. Valle había decidido instalar su base de operaciones en la Escuela Industrial Nº 9, en Avellaneda, y allí se encontró —el 8 de junio a la noche— con el teniente coronel José Albino Yrigoyen, el capitán Jorge Costales y los civiles Hipólito Lugo, Osvaldo Albedro, Norberto y Clemente Ross. La hora llegó, sin embargo, y la proclama no salía al aire. Valle adivinó enseguida lo que había pasado: el grupo destinado a tomar la radio encontró una resistencia infranqueable que lo puso en fuga; las puertas de la II Región tampoco se abrieron para los sediciosos. Así, el grupo de la Escuela Industrial fue sorprendido inerme y ante la intimación —"Ríndanse que están rodeados”—, no tuvo más remedio que entregarse. Eran los primeros prisioneros caídos en la redada represiva; fueron conducidos, junto con otros doce sospechosos, a la Regional Lanús. La orden de fusilamiento llegó por teléfono, atendido por el capitán de navío Salvador Ambroggio; los seis revolucionarios fueron conducidos uno por uno al patio trasero de la comisaría, donde el estupor de la muerte les llegó casi por sorpresa.
A la misma hora, 96 hombres encabezados por el coronel Oscar Lorenzo Cogorno se apoderaron, en La Plata, del Regimiento 7 de Infantería, la emisora LS 11 y tres centrales telefónicas. Tomando refuerzos del cuartel, se pusieron en marcha, bajo el amparo de tres tanques Sherman, para capturar la Jefatura de Policía, el comando de la II División y la Agrupación Servicios. Pero mientras un grupo al mando del sargento Juan Ferrari lograba introducirse en el arsenal de Servicios, los otros dos titubearon en el ataque y finalmente fueron rechazados. Era de madrugada cuando los heló la noticia de los primeros fusilamientos, y al saber que la Infantería de Marina de Río Santiago, la Escuela de Policía de la provincia y las unidades motorizadas del Regimiento Buenos Aires habían comenzado a cercarlos, muchos abandonaron los puestos tomados.
La supresión del golpe en la Capital Federal había sido eficiente. En el Regimiento 2 de Palermo, más de 30 suboficiales capitaneados por el sargento Isauro Costa estaban apalabrados para rebelarse. Pero los oficiales del cuerpo no permitieron que la asonada traspusiera los umbrales del cuartel. A la una de la mañana todos los sospechosos estaban cara a la pared con los brazos en alto; otro suboficial, Hugo Eladio Quiroga, logró en cambio alzarse durante un par de horas con 50 aspirantes de la Escuela de Mecánica del Ejército. Su director los redujo a punta de pistola antes que saliera el sol.

EL EPILOGO. Campo de Mayo presenció la peor derrota de los revoltosos: las unidades más nutridas se albergan en el perímetro de sus cuarteles, y sin ellas no hay golpe militar posible. El intento de sabotear la usina del campamento fracasó, abortando así la señal para iniciar el manotazo. Un sargento de la Agrupación Servicios abrió las puertas de los polvorines a los sediciosos, que se apropiaron de dos tanques, tres carriers y 5 camiones blindados. Pero no avanzaron demasiado: cayeron en una emboscada tendida por tropas de la Agrupación Escuela. Una hora antes que se promulgara la Ley Marcial, los coroneles Cortínez e Ibazeta, el mayor Pignataro, los capitanes Caro y Cano, y los tenientes Noriega y Videla, cabecillas de la insurrección en Campo de Mayo, se entregaban al general Juan Carlos Lorio. En la mañana del domingo 9, el Consejo de Guerra Especial, reunido por la Orden de Guarnición Nº 54, los declaraba eximidos de la pena de muerte.
La madrugada vio fracasar también la intentona en Santa Rosa (La Pampa), Santa Fe y Rosario. Pero la máquina de la represión ya había sido puesta en marcha y al progresar el día los servicios de inteligencia reforzaron las batidas en busca de otros comprometidos. La batalla, sin embargo, había terminado; comenzaba la caza de brujas.
En el atardecer del domingo, la policía de la provincia de Buenos Aires interrumpió un conciliábulo que se celebraba en Hipólito Yrigoyen 4519, Florida, una casa dividida en dos departamentos. En uno, los civiles Juan Torres, Nicolás Carranza, José Garibotti, Rogelio Díaz, Mario Brión, Carlos Lizaso, Norberto Gavino y Juan Carlos Livraga mataban el tiempo a la espera de noticias en una mesa de truco. La policía marchaba tras las huellas de Raúl Tanco, pero se dio por satisfecha con la “célula peronista” que había descubierto. En la confusión de la redada, Torres logró escapar saltando una tapia; pero dos vecinos —Horacio Di Chiano y Miguel Angel Giunta— y dos amigos de Torres —Julio Troxler y Reinaldo Benavídez— que asomaron más tarde, fueron a parar también a la Regional San Martín. La orden de fusilamiento llegó de La Plata a las dos de la mañana; los condenados subieron a un camión de la
policía, que en la penumbra de la madrugada buscó un descampado de José León Suárez, a unos 20 kilómetros de Buenos Aires, para cumplirla. Cuando se detuvo, un cabo ordenó: “¡Bajen ustedes seis!”. Empujados a culatazos caminaron ante la luz de los faros del coche. Alguien gritó: “¡Alto!”, y Gavino se dio vuelta. “¡Corré, Carranza, que nos van a tirar!”, exclamó. Sonaron los tiros. Livraga y Di Chiano se tiraron al suelo fingiéndose muertos. Antes que hicieran bajar a los otros seis, Troxler y Benavídez lograron huir. Livraga agonizó varias horas todavía.
A las ocho de la mañana, una escuadrilla de Gloster Meteor ametralló el cuartel del 7º Regimiento, en La Plata, y sus defensores optaron por rendirse. Cogorno y el teniente de reserva Alberto Juan Abadie —herido por una ráfaga de ametralladora— intentaron huir en un auto, pero fueron apresados. Murieron fusilados a quince minutos de comenzado el lunes, en un paredón del cuartel que habían defendido horas antes. En Campo de Mayo, la sentencia del Tribunal de Guerra —que los había eximido de la pena capital— fue revocada por una orden de la Casa de Gobierno, que transmitió el general Arturo Ossorio Arana, ministro de Ejército. Cortínez, Ibazeta, Cano, Caro, Videla y Noriega enfrentaron el pelotón de fusilamiento a las 3 de la mañana. Tres sargentos del 2º Regimiento —Isaías Rojas, Isauro Costa y Luis Pugnetti— morían esa mañana en la Penitenciaría Nacional, y tres suboficiales —Hugo Eladio Quiroga, Miguel Angel Paolini y Ernesto Garecca— en la Escuela de Mecánica del Ejército.
Sólo quedaban en libertad Tanco y Valle, que habían escapado hasta ese momento de las redadas policiales. Pero al atardecer del lunes 10, convencido de que era inútil seguir oculto y con la promesa de que nada le sucedería si se presentaba, Valle pactó a través de emisarios del gobierno. Eran las cuatro de la mañana cuando se entregó al Ejército, en un departamento de la calle Corrientes donde se había guarecido las últimas horas. A las 8 de la noche del martes 12 de junio sonó el teléfono en la casa del general Valle; atendió Susana, la hija: “Habla el capitán Nicchi, de la Presidencia de la Nación. Preséntese a la Penitenciaría Nacional que a las 10 de la noche el general Valle será fusilado". No dijo más; la sentencia se cumplió, impuntual, cinco horas después. Fue la última descarga de junio de 1956.
Tanco se había deslizado 24 horas antes en la residencia de Jean Brierre, embajador haitiano en Buenos Aires, y la mediación de diplomáticos de los Estados Unidos lo salvó de enfrentar al pelotón de fusilamiento. Una muerte más no habría modificado la situación. Todos los manantiales que podían alimentar la revuelta estaban agotados: el escarmiento alcanzó a oficiales, suboficiales y civiles. Si en el Ejército quedaba todavía alguien dispuesto a persistir en la osadía tramada a bordo del buque Washington, debió convencerse de que era descabellada. Los sediciosos se llamaron a sosiego.
PANORAMA, JUNIO 9, 1970
 

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