Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado


MUSIC-HALL
Gozo y riesgo de la marginada


nacha guevaraTras un corto, sutilísimo monólogo de Alberto Favero, vestida de jersey rojo, con una boa de plumas en el cuello, aros y la peluca más desaforada que nunca, Nacha Guevara se instala en un banco alto, de espaldas a una escalera.
De lo nuestro lo peor, su show en el Auditorio Kraft, reconoce tres épocas y estilos. En la primera parte, una revisión de los más antiguos temas de su repertorio se inicia con No hay que robar zapatos, de Peralta y Schussheim, recuerda El colmillo y La doble cero, de Schóó y Rodríguez, y actualiza El vuelo de los generales, una deliciosa premonición de Jorge Schussheim. En la segunda parte señorean Brassens, Brel y Tom Lehrer. Regocijante en El tiempo no tiene nada que ver, aviesa en Las damas de beneficencia, autocrítica en El ejército de la nueva canción, la “mezzosoprano” Guevara afila notablemente sus armas.
Más quieta y recatada que nunca, le basta un vuelo de la boa, un gesto de la mano, un pestañeo, la incitación de una cadera para confirmar, realzar o desmentir las líneas que entona. Valorizando mejor sus textos, Nacha accede a un Olimpo en que es difícil no sólo compararla (Susana Rinaldi, en otro género y con armas diversas, es la única que logra tales recreaciones del texto cantado), sino también imaginar su destino, en un medio tan desierto de sentido del humor, tan paupérrimo de sofisticación.
Como “apéndice” del espectáculo —y después de que Favero vierte una disparatada traducción de Mi chica—, la cantatrice entrega el anticipo de cinco canciones destinadas a su próximo show. Comienza con La chose, una enumeración (que en Francia hizo suya Patachou) de las formas y estilos con que distinta gente se entrega a “la cosa”, y termina escandalizada por la “depravación de una época inmoral, en que algunos la hacen sólo porque les da placer”.
Después se turnan: una reflexión sobre La bomba y sus sucesivos poseedores; una agorera visión del otoño de un romance; una satírica invitación a los frecuentes marines y, por fin, la deliciosa condena de Brassens a una sociedad que la obliga a ser “la pornográfica de la fonográfica”.
Mezcla de modelo y actriz, de mimo y cantante, Nacha Guevara es fiel a su propia imagen, la nutre y enriquece, de recital en recital, con recursos siempre más sutiles y exigentes. Sin embargo, es posible que un grave peligro de incomunicación la aceche si sigue condenándose a limitar sus relaciones con el mundo del espectáculo. La tentación de marginarse sienta muy mal a las pretensiones de un mensaje desprejuiciado de verdad, hasta sus últimas consecuencias, y no sólo para conformar a una élite.
A R

Revista Panorama
28/7/1970

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