Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado


obelisco

VIDA MODERNA
Los dueños del Obelisco
—Fíjese en el plano; el lote suyo es el 135, sobre la calle principal que desemboca en Cerrito y se conecta con Carlos Pellegrini.
Después de abonar 70 mil pesos por un espacio de 27 metros cuadrados, el hombre se alejó eufórico, con la cabeza aturdida de proyectos. Había comprado un lote en la Plaza de la República, pegado al Obelisco. Esto ocurrió hace algo más de cuatro meses, cuando insólitamente se comenzó a lotear la plazoleta de Corrientes y Avenida 9 de Julio, el lugar más céntrico de Buenos Aires. Los adquirentes, que pagaren a razón de 3 mil pesos el metro cuadrado, tenían derecho a instalar allí un stand publicitario para anunciar o vender mercancías; pero su ilusión se evaporó a los pocos días, cuando la Municipalidad inició un intempestivo desalojo y demolió toda la construcción iniciada alrededor del Obelisco.
Quienes habían comprado su derecho se resignaron a iniciar los reclamos. El Obelisco quedó, en cambio, aprisionado entre montañas de hierros y chapas y su plazoleta completamente destruida, como si un arado la hubiese rasgado. A los pocos días, una vez alisada, volvieron a levantarse allí estructuras y esqueletos metálicos, que darían lugar a la actual muestra del Ministerio de Obras y Servicios Públicos.
Ahora, mientras los damnificados amontonan deudas y rencores, las autoridades municipales acumulan en sus archivos los antecedentes de una maniobra dolosa y la sospecha de que no fueren ajenos algunos de sus funcionarios. La historia del loteo arrancó cuando el Ejército donó a la Comuna el pabellón circular en donde funcionó su Exposición, hace más de un año. Allí surgió la primera confusión: la Secretaría de Guerra había cedido, anteriormente, parte de las instalaciones a entidades benéficas particulares, para su explotación temporaria.
Una manera de aprovechar ese pabellón consistió en organizar la Feria del Hospital de Niños. Tómbolas, sorteos y rifas sirvieron para engrosar las arcas de una entidad de juegos que había comprado la autorización de usar el nombre del Hospital. Simultáneamente, clubes y sociedades comerciales gestionaron ante la Municipalidad el permiso para usufructuar el resto de la plazoleta. El resultado fue sorprendente: el propio Concejo Deliberante aprobó una ordenanza autorizándolos.

Caños y lonas
“Pensamos que una exposición sería un complemento adecuado de un Congreso —el primero en' el mundo— de enseñanza publicitaria y, además, allegaría fondos para un evento de tal magnitud y de tantas exigencias económicas’’, dice Carlos Ibos, Presidente de la Asociación Argentina de la Propaganda, entidad que ocupó la Plaza de la República entre el 15 de noviembre y el 14 de diciembre, el año pasado. Como en la organización del Congreso trabajaban seis comisiones que reunían treinta personas, parecía imposible realizar la obra por el sistema de administración. Se recurrió, entonces, a firmas especializadas. Allí comenzó el calvario. “Rechazamos algunas por carecer de buenos antecedentes, y llegamos a un acuerdo con otra firma que nos proporcionó buenos informes. Pero era tan mala como las primeras, según, desgraciadamente, supimos después.”
Eso no fue todo. Para hacer la Exposición publicitaria era necesario cerrar el ámbito de la plaza, y se licitó privadamente el trabajo en canje de carteleras publicitarias. La firma que hizo la mejor oferta, y que por algo fue aceptada, gozaba de buenos antecedentes publicitarios, pero no los tenía en otros ámbitos, y originó el retiro de muchísimos expositores. Con todo, la Exposición pudo inaugurarse quince días después de lo previsto, pero cuando ya el Primer Congreso Mundial de Enseñanza Publicitaria había sido clausurado. “Los problemas que originó la muestra no empañaron, sin embargo, el éxito de un Congreso que, honrando a la publicidad argentina, honró también a nuestro país”, concluye el Presidente de la AAF.
Mientras tanto, el Ministerio de Obras y Servicios Públicos, que planeaba levantar en ese sitio una gran muestra sobre su funcionamiento, insistía ante la Municipalidad para que ordenara desalojar el lugar. Prevenido contra todo tipo de intermediarios, el Ministro Miguel Ángel Ferrando, que había solicitado la plaza para el mes de enero, inauguró un mes después la exposición propuesta por las Secretarías de Estado de Obras Públicas, Transportes y Comunicaciones. Ningún anuncio publicitario fue autorizado, y sólo se concedió a ACIR la explotación del pabellón heredado del Ejército. El diseño de la nueva estructura (un esqueleto de caños revestidos de lonas de distintos colores) fue encomendado a un equipo de arquitectos especializados en stands, que la agencia publicitaria Agens puso a disposición del Ministerio. El objetivo es, ahora, muy distinto: mostrar el funcionamiento de los servicios públicos y sorprender a los visitantes con una nueva sensación, la televisión en colores. Problemas técnicos impidieron concretar este último y ambicioso proyecto, tal vez el único realmente interesante para el público.
Sucesivas rampas y escaleras transportaban, ahora, al asombrado visitante entre variadas muestras de la artesanía industrial argentina. Vagones de subterráneos, anclas de barcos, señales camineras y grandes tractores alternan en el bien aprovechado espacio, despertando una tímida curiosidad entre quienes se arriesgan a atravesar la barrera del sonido; una música funcional compuesta por Francisco Krópfl en base a silbatos de barcos, ruidos de trenes, o de agua hendida por una pesada hélice, que logra erizar los cabellos del más audaz.
La idea de encerrar al Obelisco en una selva de microcines y tómbolas, quioscos y calesitas, parece difícil de desarraigar. La discutida solemnidad de esa vertiginosa mole inaugurada en
1936 para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires, ha terminado por perder su significado. Los edificios crecen a su alrededor y empequeñecen ese insípido mastodonte de 67 metros de altura diseñado por el luego arrepentido arquitecto Alberto Prebisch, a semejanza del Washington Memorial. Muy pocos recuerdan que su base cuadrangular, de siete metros de lado, está asentada sobre las bóvedas de dos subterráneos. Ahora, el semioculto Obelisco es, apenas, un punto de referencia en el corazón de Buenos Aires, y los taxistas se complacen en hacerles chistes a los pasajeros a su costa. Nadie puede prever cuántas nuevas exposiciones, ferias, verbenas o simples aglomeraciones de público, le están reservadas.
Revista Primera Plana
22.03.1966
 

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