Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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OSCAR CASCO
SEGUN PASAN LOS AÑOS

El veterano galán de folletines radiales confiesa 45 años y una insospechada virtud: “Yo no envejecí, soy como Dorian Gray”

Para las generaciones más recientes es apenas un galán meloso, venido a menos, aferrado a vetustas grandezas. Otros, sin embargo, lo recuerdan ahuecando la voz, encarnando a árabes fogosos o médicos seductores que hundían en el éxtasis al auditorio femenino de los radioteatros. Lo cierto es que Oscar Casco, un salteño nacido en Cafayate hace 45 años, el menor de los cinco hijos de un empleado bancario, conoció su apogeo entre 1945 y 1955, un momento en el que la radio misma se puso a la cabeza de los medios de difusión. Los últimos años de la década del 50 ahogaron ese boom, relegando a segundo plano a la mayoría de actores y actrices surgidos al amparo de los micrófonos de las once emisoras porteñas. No fue casual: el medio radiofónico rindió sus armas ante el nacimiento de la televisión, una advenediza que traía sus exigencias; además de una voz meliflua, la TV reclamaba rostros expresivos, dominio del cuerpo, buena memoria, capacidad de adaptación. Algunos pocos resistieron el cambio: la mayoría sucumbió y aún permanece eclipsada. Para Casco, el ostracismo perduró diez años, exactamente hasta enero último, cuando debutó frente a los orthicones de Canal 13 en el exitoso ciclo Matrimonios y algo más. Allí, a costa de burlarse de su propia imagen, institucionalizó un nuevo personaje, elaborando una sutil parodia de sí mismo. Y paradójicamente, desmistificándose, se perfiló aún más como el representante de una época que batallones de mujeres recuerdan con melancolía.
La semana pasada, en un departamento de Callao y Guido —prestado para la ocasión—, SIETE DIAS lo sometió a un intenso interrogatorio: durante casi cuatro horas O. C. luchó a brazo partido por demostrar la vigencia de un pasado que todavía no se decide a sepultar.
—¿Cómo empezó su carrera radial?
—A mí siempre se me dio por eso. Mis hermanos me decían que estaba loco, que era el loco de la familia porque me interesaba el arte. A los dieciséis años estudiaba y vivía en Caballito. Allí había una sociedad de fomento y cultura en la que hacíamos teatro con un grupo de amigos. Dábamos una obra cada
tres meses. Claro que, por entonces, también me gustaba el fútbol y llegué a jugar como profesional en la reserva de Ferro Carril Oeste. Un día, de caradura no más, me presenté en radio El Mundo, donde me probaron para el elenco estable. Los que lo formaban eran unas fieras: Manolita Poli, Hilda Bernard, Celia Juárez, Eduardo Rudy, Martín Zabalúa. Me aceptaron, me dijeron que me iban a pagar 150 pesos mensuales y que volviera esa noche porque me iban a dar dos bocadillos en Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Me fui muy contento y sin saber con quién festejarlo. Mi personaje era el poeta Mario. Cuando volví, vi que todos ponían su papel en el atril. Yo hice lo mismo pero se me arrugaron los papeles y se me cayeron al suelo. No pude decir nada. Fue un debut sin debut.
oscar casco—¿Cómo se produce el salto del elenco estable a cabeza de compañía?
—Bueno, nosotros hacíamos cuatro o cinco audiciones diarias. Con Tita Merello hacía un programa que se llamaba Gladiola. Yo era el novio de Gladiola. Un buen día me llamó Julia de Alba y me dio el segundo o tercer papel. Después me invitó Nené Cascallar a trabajar en un programa que se llamaba Hogar de mujeres. Era el único hombre de la audición y tenía romance con todas las mujeres. Hacía de médico, un rol inolvidable para mí: era el del doctor Lezama. Allí empecé a recibir las primeras cartas de admiradoras. A raíz de eso me ofrecieron, en radio Splendid, un microprograma que se llamaba Un poco de amor. Armando Discépolo, director del elenco estable de El Mundo, me aconsejó que aceptara. Después pasé definitivamente al radioteatro de Nené Cascallar. Lo encabezaba con Hilda Bernard, Nidia Reynal y Celia Juárez.
—¿Cuáles fueron tos mayores éxitos en esa época?
—El Rebelde, un tema con árabes del que mucha gente todavía se acuerda, El esclavo, Fuego sagrado. Corría 1947 y hacíamos sensación. Trabajábamos por la tarde. Después pasé, ya con mi propia compañía —trabajaba con Iris Láinez—, a las ocho de la noche. Tuvimos mucha aceptación porque elegíamos obras de gran calidad. Siempre me preocupó ese aspecto; por eso tenía autores como Josephine Bernard, Clara Giol Bressan, Fernanda Guerrero, Amadeo Salazar, Carmen Martínez Paiva.
—¿A partir de qué momento se erigió en el boom del radioteatro?
—Debo reconocer, a pesar mío, que marqué una época en el radioteatro. Y el éxito comenzó junto a Nené Cascallar. Era algo así como lo que ocurre ahora con Sandro, Palito Ortega o Leonardo Favio. No me dejaban en ningún lado, se amontonaba la gente. Era cosa de no creer.
—¿Cuál cree usted que fue la razón de ese impacto?
—Yo creo que Nené Cascallar; es muy conocedora y entendía bien el espíritu femenino, sabía qué debía dar a la mujer, que es la que manda y la que escucha. La mujer se enamoraba de los personajes masculinos. Yo, además, prefería no mostrarme demasiado: era una manera de mantener un poco el misterio. Tuve, es cierto, mucho éxito y lo desaproveché. Dejé pasar el gran momento.
—Usted alcanza prestigio en radio exactamente cuando se produce lo que algunos llaman “la época de oro del cine argentino”. ¿Por qué no logró el mismo triunfo en el cine?
—En cine hice solamente cinco películas. La última no llegó a estrenarse en el país porque el director no había cumplido con todos los requisitos gremiales. No hice más porque me preocupé muy poco y porque, en verdad, tampoco me hicieron demasiados ofrecimientos. Pude haber ganado dinero. En esos años mi cache! era el más alto. Repito que no supe aprovecharlo.
—¿Qué hace actualmente?
—Tengo un radioteatro, grabo un programa que se llama Casco y la poesía en el que llevo hechos alrededor de setecientos poemas y se distribuye en exterior e interior. Aunque lo más importante, y al mismo tiempo extraño, es que yo, que he trabajado toda mi vida como galán romántico, tenga que actuar en televisión haciendo roles cómicos.
—¿No es doloroso reconquistar al público a costa de un personaje que es su propia caricatura?
—Creo que “el langa” no tiene nada que ver conmigo. Es un tipo fanfarrón que le cuenta a su mujer que es un extraordinario actor al que llaman de todos lados y que, en definitiva, no es más que un, fracasado. Es un triunfador de otra época al que ya nadie recuerda. Claro que yo al principio no me veía haciéndome el loquito, con la camiseta rota, recibiendo visitas y terminando en una cosa dramática. Porque ese personaje no era cómico sino grotesco. Hugo Moser ha estado muy inspirado con él.
—¿Por qué no hizo teleteatros, por ejemplo?
—He pasado mucho tiempo alejado de la televisión porque me daba mucha rabia, me sentía defraudado por ciertas cosas. Siempre terminaba diciéndome: “Y bueno, al diablo con todo”.
—¿Qué cosas lo defraudaron?
—Injusticias, cosas tremendas. Uno cree que ha llegado a valorizarse y de pronto comprende que no se le da una oportunidad. Tampoco yo he pedido nada porque entiendo que cuando se logra tener una posición es lógico esperar que lo llamen para algo importante. El solo hecho de que no me llamen me saca de quicio. Considero que estoy capacitado, que tengo público y que debo volver a tener mi programa. No me gusta eso de aparecer como actor invitado.
—¿Cree que podría seguir actuando como galán después de mostrarse como comediante?
—Sí, claro. El público ha cambiado. Yo no puedo estar toda la vida haciendo lo mismo.
—¿Piensa que el público lo sigue tanto como antes?
—Todo artista tiene un gran momento. Después hay que mantenerse.
—¿Cómo se sentía el galán Oscar Casco cuando lo ridiculizaban en los programas cómicos?
—Halagado. En La revista dislocada, en Telecómicos me imitaban y eso es importante. Si en una escena de amor dije “mamarrachito mío” y en otra “pulguita mía” o “amadísima mía” me alegra que aun con bromas lo hayan grabado en el público. Cuando actuaba en el interior me pedían, por ejemplo, que diga “mamarrachito mío”. Y yo contestaba que no, porque me daba mucha vergüenza.
—¿Nunca, pensó que era demodé?
—Sí y no. Hay que tener en cuenta que la vida de un actor es efímera aunque uno trate de estirar el cuarto de hora. Yo lo estoy estirando con bastante buena fortuna.
—¿Cuántos años tiene?
—Cuarenta y cinco, pero no quisiera que lo dijese. Siempre he considerado que es mejor que cada cual piense lo que quiera. Si ponen que tengo cuarenta y cinco no va a faltar quien diga que tengo diez más. Es preferible no decirlo.
—Usted parece tenerle mucho miedo al tiempo...
—Sí, es cierto, le tengo terror.
—¿Cree que 45 años es una edad para seguir haciendo de galán?
—¿Y por qué no? Además, de hecho, sigo trabajando en eso. No he hecho todavía de actor característico. No creo que sea momento de tener que hacer de padre de nadie.
—¿Usted está casado?
—Sí, desde hace veinte años. Tengo una hija de dieciocho y un hijo de diecisiete. Pero mi mujer es poco conocida en el ambiente. He tratado de ocultar un poco mi estado civil porque consideraba que perjudicaría mi carrera. Mi mujer lo entendió y no hemos aparecido jamás juntos en notas periodísticas. Pero no veo qué importancia puede tener toda esa parte de la historia. Aunque ya no la oculte.
—¿Cuánto tiempo hace que reconoció públicamente su matrimonio?
—No recuerdo con exactitud, pero no hace mucho.
—Es decir que admite su matrimonio cuando ya no es el galán joven y romántico...
—Yo sigo siendo romántico aunque no sé si todavía joven y galán. Lo que hacía en 1950 considero que puedo seguir haciéndolo.
—Pero hace un rato explicó que no volvería a decir “mamarrachito mío” ...
—Sí, claro, pero puedo decir otras diez frases románticas que no sean ésa. Estoy dando obras románticas. Yo soy un romántico. No he renunciado a serlo.
—¿En qué se expresa su romanticismo, al margen de su profesión?
—A mí me gusta hacer novelas de amor. Escribo poemas de amor. Eso puede dar una pauta. Soy un romántico, repito, soy un enamorado del amor. Creo en el amor.
—Pero oculta su matrimonio en favor de una imagen y eso no suena demasiado romántico . ..
—Sí, es cierto. Oculté mi matrimonio.
—¿Para poder seguir siendo un seductor ... ?
—Yo no me considero un seductor. He llegado al corazón de las mujeres a través de mis novelas y a través de mis versos. Eso no quiere decir que yo sea un seductor.
—¿Qué le hizo creer que las mujeres necesitaban pensarlo soltero?
—Porque entonces a uno, a través de la radio, lo sentían un poco su novio. No casado y con hijos sino muy para ellas. De todas maneras, antes que nada, siempre fui un actor.
—Pero los actores envejecen . ..
—Los actores envejecen, sí. Pero yo no he envejecido.
—¿Es como Dorian Grey?
—Sí.
—¿Y de qué manera explica su declinación, entonces?
—No sé por qué se habla de declinación, de los años, del pasado. Yo no quiero hablar del, pasado porque para mí esas cosas no han pasado. La gente que me escuchaba me sigue escuchando. Es el mismo público que entonces tenía quince años y al que se le han agregado las jovencitas de hoy.
—¿Usted supone que las jovencitas lo escuchan?
—Sí, escuchan todos mis programas.
—¿Le parece que con el reflorecimiento de la radio pueden volver los mismos nombres a hacer las mismas cosas, como si el tiempo no hubiera pasado?
—Yo lo estoy haciendo. No he dejado nunca de hacerlo. Y si tengo un avisador es porque todavía doy ganancias.
—Usted propone algo así como un traslado en el tiempo. Trascurren veinte años y se vuelve como si nada hubiera ocurrido ...
—Seguir. No volver. Yo jamás me fui. Insisto: si tengo un avisador es porque no he pasado, porque me escuchan.
—¿Lo espera la misma cantidad de mujeres que hace 20 años a la entrada o la salida de la radio?
—¿Sería muy jactancioso contestar que sí? Yo me asombro, pero es así. Invito a quienquiera a que me acompañe a la puerta de la radio para ver si es cierto o no. Además no vale la pena hablar de estas cosas y de la edad. Menos de la edad. La edad, los años perjudican aunque uno sea el payaso del circo de Marrone. Cuando me dé cuenta que no intereso más me voy a borrar yo solo. Por eso no quería que publicaran mi edad. Ni ,la de mis hijos, porque es lo mismo que decir la mía.
Revista Siete Días Ilustrados
20.07.1970

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