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La ley de gravedad es un mito
Una semana antes del último 17 de octubre, el dirigente peronista Francisco Campano volaba de Madrid rumbo a Buenos Aires. Minutos antes de la partida, Campano —un médico de Tres Arroyos, cuya lealtad adicionó siete días madrileños a sus vacaciones europeas— rozó el santuario de la Puerta de Hierro para despedirse de Perón. “Espéreme, y lo acompaño hasta Barajas”, le sugirió éste a Campano, que ya tenía despachado todo su equipaje, menos un valijín; al momento tornó vestido con un abrigo oscuro y un sombrero Mike Hammer del mismo tono.
Ya salían de la residencia y, prestamente, Perón se adelantó a recoger el maletín que un criado alcanzaba a Campano. “Sígame, sígame”, le espetó al visitante que no acertaba con el motivo de tan inusitado lavatorio de pies. Entonces, desde la limousine verde y a través de la ruta, Campano contempló un espectáculo alucinante: de una foresta vecina saltó al cielo un helicóptero, cuatro autos policiales siguieron al de Perón ululando las sirenas, desde las esquinas adyacentes surgieren otros vehículos con reporteros y algunos de la legación argentina. “¡Ja, ja! —exultó complacido el ex presidente, con el maletín aún en la mano—. Fíjese, Campano: ¡Cuántos sustos de éstos les vamos a dar antes de fin de año!”
Casi en el vértice de 1964, el tiempo de la cachada parece haberse desvanecido: Perón no consiguió despistar a sus enemigos como lo hizo con aquel alud de corchetes y periodistas; la estrategia del retorno, para obligar al gobierno a negociar, primero, y, más tarde, para derribarlo provocando un enfrentamiento de sus pilares fundamentales (aprovechable luego por el peronismo), no ha dado resultados aparentes.
¿Y ahora qué: revolución o elecciones?, demandó PRIMERA PLANA a los integrantes de la Comisión pro Retorno (Vandor, Framini, Iturbe, Parodi y Lascano) inmediatamente luego de su descenso en Ezeiza, el lunes 21. “Ahora, prepararse para recibir a Perón”, respondieron casi al unísono dos de ellos.
El arribo de la Comisión llenó toda la primera parte de la semana peronista. Los Cinco volvieron —ellos sí— sobre alas paraguayas, en el Convair Mariscal López que los transportó desde Asunción. Junto con el anuncio de un inexorable retorno de Perón antes de fin de año, vibró la convicción de que “oficiales norteamericanos dirigieron el atraco de Perón el 2 de diciembre, en El Galeao”. Con una escolta más desagradable que la de Campano: tres motos policiales y un carro de asalto, Andrés Framini fue sustraído en Ezeiza a la euforia de sus amigos, trasladado al Departamento Central de Policía y puesto a disposición del juez Tiburcio Alvarez Prado; debía responder en el juicio por lesiones que se le sigue a causa de un incidente acaecido en la empresa Algodonera Argentina, meses atrás. Hasta el jueves 24 no cesaron las penurias de Framini: el juez lo mantenía en la Alcaidía de los Tribunales, la “leonera” que consagró en un libro de cuentos su correligionario José Gobello, que vivió allí. “Es la venganza de Solá”, rechinó, violento, un directivo de las 62 Organizaciones adicto a Framini: en los medios sindicales se vinculan los problemas judiciales del jefe textil con la voluntad adversa del ministro de Trabajo, derrotado por él en los comicios de Buenos Aires, en 1962. El jueves, por fin, Framini salió en libertad bajo fianza.
¿Perturbación o comicios?; más allá de las fracasadas presiones, estos dos caminos podrían ser recorridos por el peronismo, de la mano de su líder. El martes se supo que Los Cinco habían traído una carta de Perón, a manera de salutación de fin de año, dónde se bosquejaba la nueva táctica, “perón saluda a sus partidarios y los felicita, acusa al imperialismo por el fracaso de su viaje y aconseja que vuelquen todo su vigor en la solución electoral”, resumió la epístola a PRIMERA PLANA un dirigente neo-peronista, en los corredores del Congreso Nacional.
Las conjeturas abarcaron otras intenciones: las de Vandor, a quien se atribuyeron conversaciones de recién llegado con Rodolfo Tecera del Franco, instrumentador de la Unión Popular, único partido legalista y fiel, a la vez, a los ortodoxos secuaces de Perón. “Es la pequeña mesa de negociaciones —retrucaron las neoperonistas—; los sindicatos utilizarán a la Unión Popular, pero no jugarán en marzo una sola carta.”
Pretendían que, para prevenir una posible proscripción de UP, las 62 tratarían de llenar las siglas vacías (partidos neoperonistas con reconocimiento electoral pero sin caudal efectivo) comprando sus denominaciones con el apoyo a algunos prominentes rebeldes a Perón, que se incluirían en las boletas.
Para entonces, las cartas del general Rauch granizaban sobre Buenos Aires. Muchos peronistas vacilaban en dar una explicación al hecho de que la erupción rauchista contó con apoyo peronista; admitían que un sector se encaramó sobre el pronunciamiento del ex ministro del Interior, aunque negaron la participación de la mayoría, exhibiendo para probarlo (o para justificarse) la debilidad de la huelga del 17 y el 18 que, así, habría sido intencional. “Nunca hubiéramos conspirado contra Onganía”, se excusó un dirigente de los obreros molineros; dudaba ante la comprobación de que la acción de Rauch más bien se encaminó a profundizar la hoya mortuoria del peronismo, antes que a favorecerlo. Otros esperaban ansiosamente un contragolpe de Onganía encabezado, visiblemente, por el general Cándido López, a quien consideran adicto.
Sobre la fiesta de Navidad, el verdadero texto de las instrucciones de Perón fue divulgado en el seno de una reunión conjunta de las 62 Organizaciones, las Comisiones pro Retorno y el Partido Justicialista. Encendido, vehemente, Perón —un fanático de la serie policial Los intocables— promueve la solución de la violencia. “Hay que forzarles la mano, ahora”, indicó al mensajero, refiriéndose al antiperonismo. Una imagen chinoísta (Villalón viajó a China en el último mes; Cooke mantiene sus intensos contactos con Cuba) se insinuaba en el peronismo, aunque el viejo general confirmó rotundamente a la transaccional y acuerdista Comisión en el comando partidario. El retorno, ley de gravedad del peronismo, acaba de falsearse, y en Madrid una explosión nacional era esperada para recomponer el esquema. En Buenos Aires, tras la puerta, los dirigentes vislumbraban, en cambio, la salida electoral.
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Alendismo
Puente entre dos vidas

Se sabe de Napoleón I que solía dictar el despacho del Imperio sumido en las caliginosas vaharadas de su baño, y de María Teresa de Austria que iniciaba la consideración de los temas oficiales en el cuarto de vestir de sus hijos; el sábado 19 de diciembre, un líder autóctono, Oscar Alende, descubría un nuevo ámbito para hacer política: la cama de su habitación en el Gran Hotel, de Paraná, donde se había recluido mientras duraban las instancias previas a las sesiones simultáneas que llevaron a cabo la Convención y el Comité Nacional de la UCRI.
Básicamente, la capital de Entre Ríos fue el escenario buscado por Alende para un gigantesco golpe de efecto que aseguró, todavía más, su predominio en el comando del partido; en la mañana del sábado, y hacia la tarde, sus personeros Horacio Domingorena y Lucio Racedo maniobraron entre los delegados para componer la mesa directiva que gobernará a la UCRI hasta 1966.
Por la noche, llevaron la nómina hasta el Gran Hotel; arrebujado en las sábanas, el sagaz Alende fingió no aceptar la presidencia del Comité Nacional, que se le ofrecía. “Si no quiere continuar, que se vaya y nos deje trabajar tranquilos”, gruñó Racedo en un aparte, ávido quizá por ocupar el lugar que el médico de Banfield estaba dejando libre. Entonces, rápido como una centella, su adversario Rómulo Vinciguerra, el surgente amo del distrito de la Capital Federal, reunió a los convencionales y les obligó a declarar que las deliberaciones de la Convención Nacional no comenzarían si, previamente, Alende no era ungido presidente de la UCRI.
Otra vez los neurotizados caudillos volvieron a rodar por los pasillos del Gran Hotel; al cabo, Oscar Alende aceptó continuar en la timonera del partido, siempre que todos se comprometieran a evitar las eternas rencillas por dignidades y candidaturas. “¡Basta de chantajes políticos!”, impuso Alende; además, se hizo entregar la conducción de las relaciones exteriores de la UCRI: será el único en negociar o discutir con los factores de poder u otras agrupaciones.
De igual manera dio por sentado que la Mesa Directiva allí electa congelaría sus facultades hasta marzo de 1965, cuando una nueva reunión incorporase al seno del Comité los últimos siete distritos que aún restan por organizar; hasta entonces, la UCRI estará conducida por una Comisión de Acción Política que encabezará Alende, como ya parece lógico.
Pero la convocatoria en Paraná tenía un objetivo más estruendoso: por vez primera la nueva UCRI, totalmente reorganizada, estaba sesionando y lo hacía, expresamente, en el feudo del frondicista Raúl Uranga. Los comicios de marzo de 1965 serán también el último puente: una suerte de cotejo interno entre la UCRI y el MID, y Alende, provocativo, esgrimía a Horacio Domingorena, su discípulo en Entre Ríos. Las nóminas de autoridades electas mostraron, al fin, muchos nombres de militantes jóvenes, entre ellos el de Nicéforo Castellano, lugarteniente de Alende, que en el futuro ocupará la secretaría de la Convención.
En cambio, quedó consagrada la devaluación del cacique tucumano Celestino Gelsi: pasó de la vicepresidencia primera a una secretaría del Comité Nacional. Aparentemente, se le acusa de negligencia y poco orden en el trabajo político; en lo profundo se condenaron sus vinculaciones con el ucerrepeísta sabattinismo de Mario Roberto y el peronismo. También, por su búsqueda de la piedra filosofal que amalgame a la UCRI con aquellos dos movimientos. “A este gobierno no le interesa el país —interpretó Alende, contrariamente, en su discurso central—; sólo le importa ganar las elecciones en una actitud dual y maquiavélica.”
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UCRP
Donde las bancas se reparten

Tres días antes de Navidad, Francisco Rabanal disco en su teléfono privado el 77-6400.
—Julián —dijo a la persona que atendía—, tenemos que hablar de Pamela.
—Esté tranquilo, Francisco —le respondieron—; hablaremos de eso a principios del año nuevo.
El intendente cortó, contrariado. De su larga actividad conspirativa, anterior a 1955, el actual Lord Mayor de Buenos Aires conserva una ciega desconfianza hacia el teléfono y la costumbre de disfrazar los asuntos de importancia con un nombre convencional; más aún cuando se trata de ocultar ante sus comiteriles ayudantes ti acuerdo electoral con su adversario, Julián Sancerni Giménez, una posibilidad que mantiene sobre ascuas a la UCRP de la Capital Federal.
Rabanal capitanea el sector de Intransigencia Popular (30 mil votos) y Sancerni Giménez, a los renovados unionistas (20 mil votos); mientras tanto, la formación de un nuevo movimiento independiente (10 mil votos), estimulado a la sordina por el ministerio del Interior, obliga a los dos caudillos a revisar las tácticas tradicionales.
El último rozamiento serio entre Sancerni Giménez y Rabanal se produjo luego de los comicios internos, en julio pasado, cuando fue necesario designar las autoridades del Comité Metropolitano; entonces, el 4 de julio, falleció el diputado Julio Longhi, y los 35 delegados unionistas abandonaron t el recinto para asistir al duelo, confiados en que los demás harían lo mismo. En cambio, los 20 rabanalistas y los independientes (15 en total) prosiguieron la reunión “in absentia” del unionismo y consagraron presidente del comité al rabanalista Manuel Jaroslavsky.
Los acólitos de Sancerni Giménez recurrieron, en sus protestas, hasta a Ricardo Balbín, y más .allá: radicaron un pedido de nulidad en la justicia electoral. Realmente, Francisco Rabanal había ganado la elección, pero como su fuerza se concentra predominantemente en la sección 1ª (16 mil votos), obtuvo menos delegados. Los unionistas, más repartidos en el concierto de las veinte secciones, cosecharon un número mayor de escaños en el organismo directivo. Luego del incidente, los unionistas comenzaron a hostigar a Rabanal desde las bancas que tienen en el Concejo Deliberante.
Más tarde, numerosos indicios permitieron suponer que la tensión estaba decreciendo entre ambos caídes radicales; los observadores descubrían sus reuniones privadas y vaticinaban un acuerdo para la confección de la futura lista de diputados y concejales, que eludiese la desangrante lucha interna. Hacia fines de agosto, los unionistas aceptaron no intervenir en la pugna por la presidencia de la Convención de la Capital: un rabanalista, Hernán Zubiri, fue designado.
En forma sorpresiva, los antes inconexos independientes decidieron constituir un estable movimiento interior; hace ocho días elegían sus autoridades, que encabezan el publicitado Juan Trilla y los jóvenes Aníbal Diez y Juan Gauna (h), y proclamaban su voluntad de concurrir a los comicios internos fijados para el 17 de enero próximo. De esta manera, la confrontación en la urna resulta inevitable; los caminos para llegar hasta ella son varios:
• El intendente Rabanal tiene un grave problema: cinco de sus ediles adictos, surgidos el 7 de julio de 1963, terminan sus funciones; pero otros cinco unionistas electos en aquella ocasión continúan, por sorteo, hasta 1967. De esta manera, si Rabanal acuerda la lista única con el unionismo, sobre la base tradicional de intercalar un candidato de cada tendencia, su sector quedará en apabullante minoría en el Concejo Deliberante: busca, por lo tanto, que el unionismo le ceda cuatro de los seis lugares de segura consagración en la boleta municipal. A cambio entregaría el primer lugar en la. lista de candidatos a diputados nacionales.
Hasta el momento, esta operación no es aceptada por Sancerni Giménez, y la situación permitiría prever un enfrentamiento general, donde unionistas e intransigentes se arriesgasen a competir por la mayoría y la minoría de la nómina: el sendero no parece fácil porque ambos núcleos tienden a postular la reelección de los legisladores que finalizan ahora sus mandatos. Según la ley partidaria, ello exige obtener los dos tercios de los votos emitidos, y acercaría en forma peligrosa a los bisoños independientes junto al plato de lentejas de las candidaturas. Por otra parte, nadie olvida que la de enero de 1965 no es, precisamente, una elección interna general: es posible que muchos dirigentes rabanalistas pierdan interés por la contienda, ahora, cuando no se juegan sus situaciones personales de dominio seccional: inversamente, los humillados unionistas y las huestes independientes se lanzarán a la lucha con multiplicado vigor.
• Situado en el nirvana del gobierno, el jefe del rabanalismo necesita ante todo tranquilidad; ciertos amigos suyos auguran que se someterá a las exigencias del unionismo en la solución transaccional. Ambos núcleos enfrentarían, así, con mayor tranquilidad la amenaza del sector independiente, que deberá multiplicarse para obtener un tercio de la lista. De todas maneras, la estrategia independiente está construida para recorrer un largo plazo: el jefe del movimiento, Juan Trilla, anunció que no postulará su nombre en estas elecciones internas.
Notoriamente, se trataba de introducir una punta de lanza en la UCRP de la Capital para imposibilitar los reposados negocios del unionismo y de los rabanalistas y reunir en el tercer núcleo a los desilusionados de ambas tendencias. Quizá, para explicar tan alta política, quepa aventurar que Roberto Cabiche, el asesor político del ministro Palmero, encabezaría la nómina independiente de diputados: pero la estrategia culminaría sólo en 1969, cuando el sabattinismo precise de estos núcleos que sus ideólogos vienen formando para servir a los requerimientos de la sucesión presidencial.
• Mientras las versiones corren a raudales, Rabanal y Sancerni Giménez reservan los nombres de quienes serán agraciados con una candidatura. Los más serios indican que el intendente propondrá, para diputados, a José B. Casas, Manuel Soto, Reinaldo Elena, Raúl Riva y quizás Alfredo Macris; para concejales, a Vicente Bello, Liborio Pupillo, Julio Roca y Elías Meilij. Otros creen que sólo defenderá una banca: la que quiere destinar a su hijo Rubén. En cambio, Sancerni Giménez llevará al tope a Francisco Romano, Eduardo Vacarezza, Aarón Zadoff y Eduardo D’Angelo, en colocaciones de diputados, y a Atilio Buffone, Enrique López, Carlos Angió, José B. Rivero y Alberto di Paolo, como concejales.

PRIMERA PLANA
29 de diciembre de 1964
 
 

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