Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

represa de ullun
PROYECTOS
Para darse dique

La sola mención del valle de Tulum, una fértil región enclavada al sur de San Juan, hace erizar la piel del menos sensible de los habitantes de esa región. Es que ninguno ignora, ni el menos informado, que de esa pequeña superficie (apenas un décimo de los 6.500 kilómetros cuadrados que ocupa la provincia) depende el 90 por ciento de la vida económica sanjuanina.
Tal preocupación no radica sino en que el riego del esencial prado depende exclusivamente del alicaído río San Juan; un curso de agua que sobrevive alimentado por los deshielos cordilleranos, cada vez menos generosos. Resulta, en fin, que el poco caudaloso torrente debería aportar al Tulum —entre noviembre y febrero de cada año, cuando desarrolla el grano— unos setenta metros cúbicos por segundo. El último verano ni siquiera afluyeron veintiocho. La riqueza vitivinícola, olivarera y hortícola languidece así ante los impotentes provincianos: más de medio millar de almas que entre 1968 y 1970, por ejemplo, observaron absortas cómo veinte mil hectáreas de viñedos se secaban, indefensos, bajo el implacable sol de Cuyo. Una deshidratación lenta, progresiva, trágica.
Alguna vez la administración Frondizi se interesó por el problema; después de febriles estudios los tecnócratas decidieron: "No queda más remedio que construir la represa de Horcajo". Con todo, fueron quizá demasiado teóricos: jamás pusieron un ladrillo. Con el poco eficaz dique distribuidor San Ignacio de la Roza, existente desde hace años, nada se resuelve: su capacidad es muy limitada, sus ventajas, casi inapreciables.

MANOS A LA OBRA. Así las cosas, en 1966 el gobernador Edgardo Gómez sacudió la modorra de sus comprovincianos. "Es increíble —descubrió— el desaprovechamiento del río San Juan: hay que hacer algo con él para solucionar el problema de Tulum.” De inmediato un grupo de estudiosos comenzó a preocuparse por el asunto. Después de algunas marchas y contramarchas, el actual secretario técnico de la gobernación, Bernardo Zakalik, tomó las riendas y se inclinó por la garganta de la quebrada de Ullún —al oeste de la ciudad de San Juan— como terreno propicio para concretar allí una presa de embalse.
En Buenos Aires, la semana pasada, Antonio Francisco Pastor (53), presidente de la Cámara Minera, un sanjuanino de pura cepa, se entusiasmó: "Tenemos todo listo para llamar a licitación en cualquier momento —explicó mientras se restregaba las manos—, y en 1974 tendremos el dique y seremos felices”. No exagera, siempre y cuando puedan cumplirse los plazos previstos para la tarea, que demandará apenas cinco mil quinientos millones de pesos de los antiguos. La inversión no es mala, con el factible incremento de producción que sucederá a la presa, se compensará esa cifra en breve plazo. También, como para aumentar la áspera belleza de la zona, el embalse dará lugar a un lago artificial de tres mil hectáreas y el aprovechamiento hidroeléctrico no será inferior a 30 mil kilovatios de potencia instalada.
Será ésta la única manera, además, de superar la mayor contradicción de las provincias cuyanas: mientras San Luis tiene diques y no posee infraestructuras de riego, San Juan —en donde sobran los canales para distribuir el agua— no cuenta con embalses artificiales. El dique de Ullún servirá empero a otros fines; dará mano de obra a un gremio alicaído, casi disuelto: el de la construcción. Sobre cinco mil trabajadores que lo conformaban en 1965 ahora quedan algo menos de seiscientos. Lo triste es que, todos lo saben, esa mano de obra no se empleó para otros menesteres. Ahora “el milagro del dique”, como dicen los sanjuaninos, puede ayudar a resolver la crisis.

Revista Panorama
17.08.1971

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