Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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PEQUEÑA HISTORIA de la VIDA de ROBERTO FIRPO El boliche de Caseros, cerca de la calle Arenas, ahí nomás, casi golpeándole el hombro al Mataderos, expendía la mejor caña de ruda. Era famoso entonces. Reunía en su abigarrado interior de vieja pulpería criolla a troperos de recia estampa varonil ya peones de fornido físico; quienes además de la “chiquita”, especialidad de la casa, se empinaban su buen tinto grueso, para luego salir haciendo eses y provocar la pendencia por cualquier bagatela, hasta por una mirada de reojo del inadvertido parroquiano que estaba acodado en el mostrador. —¡A ver, don Nicolás, sírvale una “chiquita” al mozo! O sino, encarándose con el forastero, el beodo, al que ya el alcohol le había “calentado la sangre”, barbotaba insolencias salmodiando el reto: —Dicen que usted le anda buscando tres pelos al gato... ¡Quién lo diría!... ¿no?... ¡Y con esa traza!... Y como la gresca apuntaba segura, intervenía el patrón de la casa. Don Nicolás, un genovés acriollado, hecho al “baile” del palabrerío y los hechos, conjuraba la trifulca en ciernes con un dicho de buen humor o con un sacudón violento, que culminaba siempre con los huesos del impertinente sobre la vereda de Caseros. Otras veces, con menos fortuna para don Nicolás, volaban los bancos, se hacían añicos algunas copas y hasta salían a relucir los “instrumentos” de hoja que cortaban un pelo en el aire. El "botija" en el mostrador Eso solía ocurrir en horas de la madrugada o en lo ya avanzado de la noche. En cambio, en la tardecita, el boliche de don Nicolás, genovés buenazo como él solo, era lugar de esparcimiento juguetón o de jarana adecentada. Emperifollados, algunos parroquianos sobaban hábilmente la baraja del truco para restarle horas al reloj. O, simplemente, para darse un atracón fiestero de picardías chisporroteando en un refrán: Dicen que estaba linda la mañanita con sol, pero a mí se me hace cuento la mañana sin mi... ¡flor! —A ver, don Nicolás, arrime al mazo una ruda... Don Nicolás, sonriente, atendía solícito, con abierta franqueza y cordial comedimiento, al cliente florido que le alhajaba el boliche con dichos de payador. Era entonces cuando llamaba a su muchacho, de 10 años, asomados apenas en los hombros, que andaba distraído detrás del mostrador buscando silbos extraños que se le sumaban en los labios con pegajosa insistencia. —¿Y ese “botija”, don Nicolás?... —inquiría alguien de la rueda. —Este es mi muchacho, don... Le da por el “chifuleo”... Tiene algunas ideas en la cabeza, ¡qué sé yo!. . . Se la pasa todo el día mirando la calle... Lo traje chiquito de Las Flores, tenía dos años... Ahora sabe leer y escribir muy bien, pero el trabajo no le gusta mucho... No es malo, no, al contrario, Roberto es un buen chico... Pero —y don Nicolás encogía los hombros esbozando una sonrisa inocente y repetía: —Me dice que nació para otra cosa y no para atender el negocio... En efecto, el “botija” de los Corrales Viejos fué con el tiempo lo que quiso ser; mejor, lo que soñaba ser cuando su padre, ese genovés buenazo que hacía la mejor caña de ruda en ese arrabal sudoeste, intentaba acollararlo a su gris destino de comerciante- de barrio. Fué Roberto Firpo. Pormenorizando una vida No apuremos los trazos biográficos, porque para que Firpo llegara a ser lo que hoy todos sabemos quien es, tuvo que hacer un largo camino por las encrucijadas de la vida. Nada le fué fácil a este músico popular. Nacido en Las Flores, provincia de Buenos Aires, en 1884, un 10 de mayo, fué traído por sus padres a la ciudad cuando cumplía exactamente los 2 años de edad. La ciudad entonces fué para él ese pedazo de arrabal sinuoso, volcado ahí mismo sobre esa lonja de tierra sudoeste que se conocía por el nombre de los Corrales Viejos, sitio de mala fama entonces, de gente trabajadora y guapos a filo de cuchillo, que despanzurraban ánimas como quien pita un cigarrillo. En ese ambiente, donde la vida de un hombre casi no contaba, entre dichos floridos y porfiadora pendencia de extramuros, adquirió las primeras experiencias vitales. Por ese lado le fué generosa la vida. Sus costurones agresivos, esos amagos de la mala suerte, le dieron fuerzas, enriquecieron su vocación, iluminaron sus sueños. ¿Sueños? Claro, sueños, de niño que se acostumbra a verle “la otra cara” a la vida, la más brutal, despiadada y terrible; esa que ahoga, aplasta y destruye, o que afirma definitivamente. La vecindad con la miseria, el grito que aturde, la amenaza que se cumple con un tajo en la mejilla y el dicharacho florido, lo van haciendo hombre de a poco. Su hombría anticipada le va despertando una pasión. Don Nicolás lo quiere hacer “botija” de mostrador. Pero él, sin rebelarse, rechaza en su interior las proposiciones paternas. —Mirá, muchacho, todo esto será tuyo... —le decía don Nicolás señalándole con un amplio ademán las instalaciones del boliche. El niño no respondía; solía levantar los hombros. Y para endulzar las esperanzas del padre, se ponía a lavar las copitas o barría el despacho de bebidas, con la imaginación perdida entre sus sueños. Fingía quehaceres, amontonaba tiempo, para darse después a su propio tiempo. Ese fué su primer sueño Tiene ahora 10 años. Gatea en las primeras lecturas coordinadas. Y le va sintiendo gusto al silbo. Por eso el padre suele decirle a algún cliente: —Le da por el “chifuleo”... Pero cuando alguien le preguntaba: —¿Qué vas a ser, “botija”, cuando seas grande?.. . El purrete, agrandado por el coraje vivido en la rueda del boliche, hecho hombre a los golpes de la vida ruda, respondía: —¿Yo?... No sé... Pero me gustaría ser torero... Sí, Roberto Firpo, a los 10 años quería ser torero. ¿De dónde le nacía esa vocación toreril? Resulta difícil querer explicarlo ahora. Tal vez entre los parroquianos que frecuentaban al boliche de don Nicolás, algún andaluz de los viejos más viejos de Monserrat, que hacia hasta allí su recorrida de recalada, le había entusiasmado el alma con sus cuentos de toros bravos y capas rojas. Quién sabe. Lo cierto es que, a los 10 años, Roberto Firpo quería ser torero. Ese fué su primer sueño de niño que ya silbaba malamente una milonga de comité... Firpo, pintor de letras Los 10 años de Roberto Firpo se fueron enredando en las diabluras callejeras. La vereda de Caseros le conoció sus escapadas muchas veces y le vió subir la edad acomodándole experiencias. Se hizo amigo de mayores. Compartía ratos de ocio, curioseando ávidamente las mentas de tal o cual guapo de las esquinas del barrio, que ya amontonaba casas en el arrabal de su crianza. El boliche de don Nicolás se fué agrandando mientras tanto. El local de Caseros no le alcanzaba para contener su fama. Y así fué que un día se decidió la mudanza. Al filo de 1900, las instalaciones del bodegón que expendía la mejor caña de ruda en Corrales Viejos, fueron trasladadas a la arteria vistosa del arrabal: Rioja, entre Caseros y Rondeau. Ya lo tenemos al viejo don Nicolás en su nuevo negocio, patrón de restaurante y peluquería. Y dueño de una fortunita considerable, hecha de a peso sobre peso, trabajando fiero desde la mañana hasta la noche. Estaba contento el viejo. Pero su alegría se empañaba de golpe cuando veía a su hijo Roberto medio desamorado de las cosas de la casa. —¡Lástima de muchacho! —solía comentar, tragando saliva. El comentario de don Nicolás tenía sus razones bien apuntadas. Roberto Firpo, muchachón de 16 años entonces, le disparaba a los quehaceres inmediatos del fondín. Sus arranques de querer ser torero se habían adormecido. El sueño del toro bravo y la capa colorada no lo estimulaba con su fiesta de banderines, sus luces y colores violentos volcados sobre el ruedo. Ahora era otra esperanza la que animaba su adolescencia. Al negocio del padre frecuentaban diversas clases de personas. Las había buenas y malas. Gente de, trabajo e individuos con una historia turbia sobre los hombros. El muchacho, que no era preguntón, hizo sus amistades, sin embargo. Y fué un pintor de letras quien un día viéndolo sumido en hondas tristezas, le aclaró un porvenir: —Te enseño el oficio, “botija”... ¿querés?... Sobre papeles, primero, y luego sobre cartones y chapas de cinc, fué Roberto Firpo garabateando su destino. No le gustaba el oficio. Pero le servía, en cambio, para eludir las obligaciones caseras. Y darse además a sus aficiones favoritas. Sin quererlo se estaba preparando su mundo... Los organitos "Rinaldi" ¿Cómo se descubrió a sí mismo Roberto Firpo? Sencillamente, escuchando los viejos organitos “Rinaldi” que hacían su recorrida del atardecer en los arrabales porteños. El tango ya maduraba su presencia en los extramuros. Su nombre empero era de pecado. Pero la musiquita atropelladora le encendió la sangre al muchacho. Su afición al silbo le. procuró una guitarra. Y cuando un “Rinaldi” molía el aire musical amasado en los “galpones” del Sur o de su propio arrabal, Roberto Firpo se pasaba las horas queriéndole arrancar el mismo sonido a su encordado. Le tomó gusto a la cosa, porque la melodía se le pegaba en los dedos dócilmente, después de amoldarse al oído y ser interpretada con fervor por el silbo. Un día, juntando coraje, venciendo escrúpulos, le dijo al padre: —Mirá, papá, yo no sirvo para el negocio ni para esto de pintar letras... —¿Y para qué servís, entonces, vos?... Dudó un segundo antes de dar una respuesta. Miró fijamente a los ojos de don Nicolás. Y luego, atropelladamente, mordiendo las palabras y retorciéndose las manos, largó el pedido que le atenaceaba la garganta: —Me gustaría que me hiciera estudiar música... —¿Música?... Pero..., ¿estás loco, muchacho?... Eso no es para nosotros. Mírame a mí las manos... ¿ves?... —dijo don Nicolás extendiendo los brazos—, con estas dos manos levanté esta casa, hice un hogar y te estoy haciendo hombre a vos. Y don Nicolás abandonó la charla dejándole al muchacho dos lagrimones encendidos en los ojos. La noche se le vino encima al “botija” con su muro de sombras que le golpeaba las sienes. En la esquina de Rioja y Rondeau un organito “Rinaldi” regalaba un armonioso vals de Waldteufel Un grillo, payador de la barriada, arrimaba sueños al corazón de Firpo... Pie de fotos -El tango maduraba su presencia en extramuros y ardía en los cortes y quebradas de los bailarines que se empeñaban lo mismo que si juera un rito. -Así lo vió el pago en 1905 a Juan de Dios Filiberlo, otro grande del tango. -FIRPO con los integrantes de su primera orquesta: un clarinete y un violín. -"Los tres bemoles" se llamaba la institución musical que dirigían los hermanos De Bassi, destinada a modernizar los ritmos populares de nuestra ciudad. -El “Pibe” Ernesto, otra popular figura del “ambiente” siempre recordada. Revista Esto Es 9/3/1954 |
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