Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Roberto Grabois
DUROS
Perón no se va a jubilar

En julio de 1966, a escasas jornadas de la noche de los bastones largos, durante la cual la Revolución Argentina entró a las universidades nacionales, nacía el Frente Estudiantil Nacional. Templado en casi cinco años de movilización agitativa, el FEN sirvió de vehículo para el proceso de peronización —sus propios ideólogos prefieren hablar de nacionalización— del estudiantado universitario. En la cúspide de su estructura se ubicó como conductor entonces, y hasta poco tiempo atrás, Roberto Grabois, sociólogo de 29 años. Bajo su dirección, el FEN integró orgánicamente la CGT de los Argentinos en su momento de mayor desarrollo y compartió algunos de sus pesares: entre julio y noviembre de 1969 residió en la cárcel de Villa Devoto. Cuando la CGT ongarista comenzó a perder contacto con el conjunto del peronismo, muchos buscaron nuevos cauces a su militancia; el FEN para entonces había crecido y en agosto de 1970 (al calor de la huelga en la Fábrica Argentina de Engranajes, de Wilde, participaba en la generación del Movimiento de Bases Peronistas (MBP). Grabois pasó a integrar su directiva, y entonces la línea motorizada en la universidad por el FEN comenzó a tener perspectivas más concretas de inserción en el peronismo combatiente. Así, en el pasado mes de junio, Grabois visitó Puerta de Hierro: tres entrevistas con Perón respaldaron al dirigente y al flamante movimiento. Al retorno, Grabois guardó prudente silencio y se dedicó a reforzar las buenas relaciones del MBP con otros sectores duros: Guardia de Hierro (Alejandro Alvarez), OP-17 (Miguel Sosa), MR-17 (Gustavo Rearte y Bernardo Alberte). La semana pasada aceptó dialogar con Panorama sobre las perspectivas peronistas y de su militancia dura:

—¿Qué piensa Perón de lo que ocurre en la Argentina?
—Nos encontramos con el Perón que habíamos imaginado a través de nuestra vinculación con el pueblo. O sea, no con un político, en el sentido tradicional, sino con el líder de las masas argentinas, cuya preocupación está más en el futuro del proceso revolucionario que en los elementos inmediatos de la política coyuntural. Perón apunta, en la dimensión estratégica de la segunda etapa de la revolución peronista, a la relación con el proceso revolucionario latinoamericano. Pone un énfasis muy especial en la visión continental del desarrollo revolucionario y la relación del proceso argentino con el que viven en este momento Chile, Perú, Bolivia y Cuba. La posibilidad de un avance revolucionario continental en América latina en dirección al socialismo tiene que significar la profundización de la programática que realizó el peronismo en su etapa de poder. Esa es otra de las grandes preocupaciones de Perón: ¿cómo redimensionar las propuestas peronistas en términos de liberación latinoamericano? Él piensa en la juventud del movimiento para desarrollar una política de estas dimensiones. Ahora bien, existe por otra parte el problema de cómo afrontar la coyuntura. Una circunstancia en la que el sistema pega un viraje muy grande, buscando la domesticación peronista a través de su institucionalización formal. Es absolutamente ridículo pensar en un Perón que negocia la perspectiva revolucionaria. Las Fuerzas Armadas que sustentan la dictadura vienen a la mesa de negociaciones a tratar con el movimiento que encabezó las luchas que voltearon a dos de sus presidentes. Todo lo que pueda resultar beneficioso para el movimiento popular de ese retroceso, pues bien venido sea. Pero el futuro, o sea la revolución, no se negocia. Perón no se va a jubilar.

—¿Por qué se presenta tan fragmentada la línea dura o combatiente del peronismo?
—La fracturación aparente del sector se explica porque era una forma operativa válida para enfrentar un sistema abiertamente represivo y negador de la política, como era el régimen de la Revolución Argentina, hasta Lanusse. La propuesta de éste reinstala una fachada liberal, manteniendo la represión virulenta frente a todo lo que no se encuadra dentro de esta legalidad. Esa fracturación, que era operativa para aquella etapa, deja de serlo para enfrentar a esta política. Creemos que se va a dar un reagrupamiento de las auténticas fuerzas revolucionarias del peronismo, ortodoxas y leales a la estrategia y táctica de Perón. Nuestro esfuerzo fundamental está puesto en este proceso. Pero atención: no concebimos un peronismo revolucionario marginado del conjunto del movimiento.

—¿Y qué pasa con los blandos?
—El enfrentamiento con los sectores claudicantes del movimiento no está ubicado en el terreno del electoralismo o el antielectoralismo. Se plantea la interpretación correcta de la táctica y la estrategia. Algunos igualan la primera con la segunda y absolutizan un proceso coyuntural, como puede ser el electoral. El peronismo, por otra parte, es un movimiento. La estructura partidaria es una de las formas que puede adoptar, pero los encuadramientos de base barrial y sindical, y las formaciones especiales, existen y existirán en el movimiento, les guste o no a los cultores de la táctica.

—¿El peronismo revolucionario se afilia o no se afilia?
—A ninguno de los sectores revolucionarios del movimiento le interesa la reorganización en cuanto posibilidad de obtener cargos o candidaturas. Pero muy distinto es marginarse de este proceso en cuanto el pueblo peronista lo utilice como formas de expresión política. En la medida que las estructuras de base de la reorganización partidaria convoquen al pueblo peronista, las fuerzas revolucionarias del movimiento tienen que estar ligadas a las masas. Hay que utilizar estos canales semilegales que ofrece el sistema para movilizarlas. Perón me dijo: "Posiblemente en las épocas normales de la humanidad puedan decidir las élites, pero en las anormales siempre han decidido los pueblos”. Hay que apoyar por todos los medios esta movilización. El pueblo no quiere ser el jugador número 12 del partido. Le interesa jugar de centrodelantero y hacerle un gol definitivo al sistema. Y creo que ya está en buena posición para tirar al arco. ♦

PANORAMA, AGOSTO 17, 1971
 

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