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Susana Rinaldi: Tango y teatro, dos cauces de una misma pasión
Hace tres semanas, en el teatro SHA, un recital de Susana Rinaldi testimoniaba el rango que ha alcanzado su dualidad de actriz-cantante, su lenguaje de intérprete total. Desde la semana próxima, un nuevo café-concert porteño estrenará su último repertorio.
Durante 35 años, Susana Rinaldi y su ciudad crecieron, enriqueciendo sus estilos. En el perfume de nostalgias pervertidas y la crueldad de identidades escamoteadas, en calles fechadas por árboles añosos y rumorosas de prejuicios, en tardes de radios ahítas de tangos que se filtraban, por balcones y zaguanes, hasta la vereda, Susana —con una geografía familiar que entreteje criollos y napolitanos— construyó su propio, contradictorio y apasionante universo.
Después el teatro significó una escuela total. Desde la ropa hasta la filosofía, el mundo de Rinaldi se dilató propagando, con el elemento de una pasión voraz, los fuegos de un oficio infinito: la interpretación. Ahora, que como actriz y cantante se ha convertido en un personaje único y controvertido del espectáculo nativo, su biografía, entrelazada con climas, tiempos y culturas de Buenos Aires, es un testimonio que la desborda.


La cara alegre, el aspecto rozagante, los ojos fijos en mamá mientras posa sin miedo para su primera fotografía. Ella es buena y todos la quieren. No llora nunca, pero no hace falta: siempre hay alguien pendiente de sus necesidades. Tiene los ojos de papá (Rosario Rinaldi) pero no verdes sino muy oscuros, no tristes sino expectantes. En la casa hay una madre muy joven (Ángela Leguizamón), un abuelo que cuenta cuentos sin cansarse, una abuela muy activa de ojos italianos y pómulos indígenas. El padre es parco, no da besos, no juega, no hace mimos y está poco porque trabaja mucho.
Viven en Caballito; la casa es grande, hay un patio para jugar y muchas plantas. Susana es saludable y feliz.

4 AÑOS. Fue a Palermo con su abuelo Eduardo, paseó callada, sin pedir cosas, sin ensuciarse el vestido blanco. El abuelo le cuenta historias de los animales que están encerrados, historias de cuando eran libres. Susana no tiene miedo. El abuelo le dice que van a sacarse una foto. Susana se para con su gesto característico y espera.
Tiene las manos juntas, una agarrando a la otra. Con el aire de quien se sostiene a sí mismo. El pelo oscuro partido al medio enmarca la cara absorta, casi solemne. “Susana sola —dice mirándose—; todavía hago ese gesto, a veces, cuando me siento distinta, separada del mundo.”
La cosa empezó con su nacimiento, un 25 de diciembre. "Papá no estaba, nadie había pensado un nombre femenino; la enfermera hizo una sugerencia y me bautizaron Susana Natividad. Pero la hija de papá tenía que llamarse Isabel, como su madre. Y todos me llamaron Isabel.”
Más tarde descubrió algunas cosas. Que cuando se casaron, papá tenía 40 años, era viudo y padre de 4 hijos. Había nacido en Nápoles y llegó a la Argentina a los 13 años: “Hablaba sin ningún acento; era un hombre taciturno y casi extraño. Mamá tenía 19 años, era alegre y simple.
“Las diferencias no terminaban con la edad. En la familia de mi madre las mujeres eran sólidas y maternales. Mi abuela, una tucumana indígena, hasta los 80 años adoptaba chicos y los criaba con amor. En la familia de mi padre se daba importancia al pasado hasta lograr que asfixiara al presente.”
Entonces no sabía por qué, pero era una "nena triste”. Se mudaron a la calle Paso entre Cangallo y Sarmiento. A una “pensión familiar” administrada por doña Rosa. “Papá sufría una crisis económica —los altibajos fueron frecuentes durante toda su vida— y mamá decidió aprender Un oficio. Trabajaba todo el día en una peluquería; yo me quedaba entonces con la familia de doña Rosa, y les cantaba. Mi repertorio incluía una canzonetta napolitana (que me enseñó papá y ya no recuerdo) y un tango que me enseñó mamá: La Morocha.

6 AÑOS. Se había probado el disfraz muchas veces, pero cuando, finalmente, llegó el día y se lo puso, le tiñeron las uñas de las manos y de los pies, le dieron una canastita y se miró al espejo; la trasformación la asustó un poco. En la foto, la pose un tanto rígida, la boca pintada y tensa, los ojos inseguros bajo el flequillo espeso, la hacen conmovedoramente frágil.
Lo había cosido doña Rosa, la única que no la llamaba Isabel. A veces, parada en el banquito, Susi procedía a maquillar pacientemente a su anfitriona. Le hacía rulos inverosímiles y le
embadurnaba la cara sin piedad. Después, acercaba un espejo optimista. “Mírese —decía embelesada—, parece un ángel.’’
Cuando terminó ese verano, Susana, que leía La Prensa desde los 5 años, y devoraba libros de cuentos, ingresó al colegio.
"Allí comenzó la tragedia con el nombre. Mis documentos cobraron validez; para la maestra, para las compañeras, para el mundo del colegio, yo era Susana Natividad Rinaldi, pero en mi casa seguía siendo Isabel. Sufría la dualidad como un castigo. Algo había hecho yo para tener dos nombres irreconciliables. Era un esfuerzo generoso de parte de mi padre aceptarme como si yo fuera su hija Isabel, cuando la verdad era otra. Sin embargo, yo no podía dejar de ser Susana.”

8 AÑOS. Se mudaron a un chalet en Longchamps. Susana iba al colegio y pasaba las tardes en la quinta de al lado. El dueño de casa, un ingeniero paralítico, vivía en una camilla llena de espejos y daba clases a sus hijos, los hijos de los vecinos y su ama de llaves francesa.
"Era un cuarto inmenso lleno de pupitres; hacíamos ejercicios de álgebra, juegos aritméticos que me apasionaban. El ingeniero había fabricado un tren eléctrico con el que yo solía soñar”.
Entonces, cuando tenía 9 años, nació su hermana y la bautizaron Isabel. "Y yo perdí de golpe unas cuantas cosas: la identidad familiar, el unicato, el precario equilibrio entre mis dos nombres. De pronto, era Susana para todos y esa recién venida sí era, de verdad y para siempre, Isabel.”

12 AÑOS. El vestido un poco demasiado largo, un poco demasiado grande, los ojos bajos, las manos, otra vez, juntas. Vivían en un departamento en la calle Valentín Gómez. Isabel, la definitiva, era una nenita quizás encantadora, en todo caso, totalmente ajena a su hermana mayor.
Una mañana, Rosario Rinaldi le dijo a Susana que la llevaría, por fin, a conocer a sus tíos paternos. “La casa me pareció terrible. Largos pasillos, inmensas galerías con retratos de familia, un silencio opresivo.”
Tenía 14 años cuando se mudaron a Caballito, a una casa con 25 metros de patio y una glorieta con glicinas blancas. Susana estudiaba en La Providencia, una escuela de monjas vicentinas. Desde las 8 hasta las 5 de la tarde, "el clima del colegio, su calma, la inteligencia comprensiva de las hermanas me hacía mucho bien”. Era muy piadosa, pertenecía a las Hijas de María y al Círculo de la Acción Católica. Hacía retiros espirituales y no faltaba jamás a la primera misa de los domingos. "Un día le dije a mi padre que quería profesar como religiosa. Tuvimos una escena terrible.” Al poco tiempo, aunque no querían dejarla entrar porque la edad mínima para los cursos era 16 años y Susana no tenía más que 14, ingresó al Conservatorio Nacional de Música. Al año siguiente murió su padre. Ya había hecho una experiencia teatral. Un año antes, en el convento del Buen Pastor, en la capilla que divide la Cárcel de Mujeres del convento de las Carmelitas, las monjas ofrecieron a esa niña tímida, seria y callada, representar un entremés en una función en la que se mezclaban novicias y reclusas. Susana interpretó su primer papel dramático a los 13 años: hizo una perversa diosa pagana, de gestos amplios y ojos dilatados por la perfidia.

17 AÑOS. Es idéntica a sí misma, con un uniforme severo y boca adolescente, las manos juntas sobre la falda larguísima. Ya había ganado su primer sueldo cantando con el coro de la Asociación Wagneriana y comenzaron sus recitales en la entonces Radio del Estado. La anunciaban como “la soprano Susana Rinaldi”, y gorjeaba, muy seria, heder de Schumann, Brahms y Liszt. Un año más tarde, después de afanosas clases con sus tíos, fue por primera vez a bailar con amigos y amigas del barrio al club Ferrocarril Oeste. "Me recuerdo mirándome críticamente a un espejo, sintiendo la necesidad de probar las armas, sabiendo que de mí dependía que me sacaran, o no, a bailar.”
Después hay novios de barrio, con los que va de la mano, en noches cálidas, paseando bajo los plátanos y los paraísos que techan las calles de Caballito. De día, en cambio, la vida en el conservatorio comenzaba a las 8 de la mañana cuando entraba por Callao (y se cruzaba con los alumnos de la escuela de teatro que entraban por Las Heras) y se sumergía en un mundo de marginalidad peligrosa. Buenos Aires tiene un solo teatro lírico y Susana recuerda el clima de las clases como una tensión inacabable. Obviamente, todos no podían imaginarse como estrellas del Colón. ¿Quiénes serían los elegidos? ¿Qué
elogio, de qué profesor, qué oportunidad sería significativa?
Susana tenía 18 años cuando Giorgio della Chiesa, a quien saludaba maquinalmente cuando se cruzaban en el edificio "me propuso que yo lo preparara para el examen de ingreso a canto, mientras él haría lo mismo conmigo, pero para el Conservatorio de Arte Escénico. Me reí mucho hasta que comenzó a venir todas las noches a casa, hasta que comencé a entusiasmarme”.
Prepararon fragmentos de Gas, de Kaiser. El 1° de marzo, cuando llegó el examen, se daba ánimo pensando que no la aceptarían, pero que la cosa no le importaba. La sala estaba en penumbras, eran las últimas horas de la tarde y a nadie se le ocurría encender las luces. Detrás de una mesa los examinadores cuchicheaban. Sobre todo un mal educado que habló todo el tiempo mientras le lanzaba rápidas miradas de soslayo, midiéndola a distancia. Después supo que se llamaba Antonio Cunill Cabanellas. Le pidieron una improvisación, el encargado de explicarle en qué consistiría fue el otro profesor de la mesa: Osvaldo Bonet. Entretanto, la tercera y callada testigo de su trabajo, Dora Corti, le lanzaba elocuentes y alentadoras sonrisas.
Su ingreso significó un año demencial en el que entraba a las 8 de la mañana por Callao y salía a las 10 de la noche por Las Heras. Su maestro de canto, Emiliano Aguirre, no le dirigía la palabra, ultrajado por ese amor dividido que "le impediría para siempre llegar a donde él había previsto: a ser otra Elizabeth Schumman”.

20 AÑOS. La cabeza casi rapada, la ropa cómoda, el aire absorto. Susana estudia en la plaza, un mediodía de otoño, antes de entrar a clase. Entonces, en esos años, comenzó a adquirir la cara, el cuerpo, los gestos que nutrirían su estilo definitivo.
“Hasta que comenzaron las clases de teatro nunca fui consciente de mi cuerpo ni de mi ropa. Usaba cualquier cosa que mi madre me quisiera comprar, me cortaba el pelo como los hombres cuando estaba demasiado largo; elegía los zapatos más cómodos, los colores más sobrios, las carteras más grandes. No se me ocurría maquillarme, ni hacer nada por cambiar o mejorar mi aspecto.” Un día descubrió que estaba mal vestida. Otro, que existía la posibilidad de cortarse el pelo de maneras diferentes. Más adelante hizo gimnasia para reducir las caderas. "Al principio era muy tímida. Mis primeros amigos en el curso fueron hombres y me solté como hago todo, de golpe. Aprendí todas las malas palabras, sucumbí a todas las impaciencias. Si frenaban uno solo de mis impulsos, me moría. No era atractiva, ni lo pretendía. Siempre me sentí un poco como el patito feo, sin desolación, sin angustia, sin frustración. Me parecía natural que halagos y coqueterías, romances fáciles y pasiones frecuentes tuvieran poco que ver conmigo. Yo no era hermosa, ahí estaba todo.”
Y eso también vino con el teatro. El día del examen final, Susana interpretó a Amanda Paine en El tiempo y los Conway, dirigida por Cunill Cabanellas. "Es un papel de seducción amasadora, escrito especialmente para una mujer excepcional: Gertrude Lawrence. No sé cuándo ni cómo el personaje comenzó a resultarme natural y cómodo, ni en qué momento el coqueteo de Amanda se filtró en mi piel. Pero cuando terminó la obra, alguien inventó el elogio preciso para mi trabajo; me dijo: "Has estado hermosa”.
Cuando las clases terminaron hizo su primer trabajo en televisión, Locos de verano, dirigida por Cunill Cabanellas. De allí al teatro, con Osvaldo Bonet, en El farsante más grande del mundo. Después, los llamados se encadenaron y Susana trabajaba todo el día, ensayando el Teleteatro para la hora, del té, con Fernando Heredia, que salía en vivo todas las tardes por Canal 7. A la noche, después del teatro, “volvía sola a Caballito, con miedo a las calles oscuras y sabiéndome criticada por las vecinas que no entendían cómo se podía llegar tan tarde todas las noches".
Hacía años, desde que comenzara con los compañeros del Conservatorio a "ver todo lo que daban en el Lorraine y todos los espectáculos de teatro que tuvieran algún interés” que Susana ya no salía con amigos y amigas del barrio. Con la actitud de un jefe de' familia, atendía a los deberes de su casa, trabajaba disciplinadamente y cargaba con todas las responsabilidades masculinas de un hogar donde los demás papeles estaban cubiertos por su madre y su hermana.
Por eso, en 1959, cuando de pronto se acabó el trabajo, “por no pedir, por no saber hacerlo, me fui a casa y empecé a coser para afuera. Siempre había sido independiente, mandona y discutidora, pero con respecto al trabajo el problema era otro. Para los actores, y sigo creyendo lo mismo, las oportunidades son consecuencia de una necesidad mutua. Cuando te necesitan sos indispensable, cuando no, es inútil pedir, o hacerse ver. Además, nunca supe hacerlo, ni siquiera ahora”.
Al año siguiente comenzó a trabajar en Canal 7 y pasó al 13 cuando lo inauguraron, el 2 de octubre de 1960. En esa temporada, haciendo el ciclo de Teatro Universal, interpretó Pájaro de barro, de Eichelbaum, por lo que la Asociación de Cronistas le otorgó el Martín Fierro. "Yo estaba, como siempre, vestida poco menos que de sport. Tanto no esperaba el premio que, cuando lo anunciaron, aplaudí junto con todo el mundo. Tuvieron que gritármelo en el oído y empujarme hacia el escenario para que entendiera."
Pepe Soriano le vaticinó entonces: "Ahora, o te contrata el canal, o no trabajás más”. Nadie volvió a llamarla durante 5 meses. Comenzó 1961 entregada otra vez a la costura.

27 AÑOS. Una peluca platinada, pestañas inmensas, el gesto vagamente lascivo, Carol Cutler acosa al único hombre distinto que ha llegado al pueblo. "Cuando Osvaldo Bonet me preguntó si quería trabajar en Orfeo desciende, de Tennessee Williams, contesté que sí antes de saber qué me ofrecería; cuando me habló de Carol estuve a punto de desmayarme. Sólo el día del estreno, cuando le agradecí la oportunidad que me había dado supe que había sido Alfredo Alcón el que insistió en llamarme para el papel.”
En 1962 Luis Mottura la llamó para hacer Los físicos, de Dürrenmatt, con Pedro López Lagar,
En 1965 Celia Alcántara pidió en Canal 7 que Susana Rinaldi fuera la protagonista de su telenovela. Tres años después, en el mismo canal, y en la otra punta del ovillo, Juan Carlos Chiappe hizo el mismo pedido. En 1966 "los doce meses más productivos de mi carrera” hizo televisión, teatro, radio y cine (Noche terrible, con Rodolfo Kuhn) y grabó su primer disco, Mi voz y mi ciudad. "Salió para las fiestas, lo mandé a mis amigos y pensé que allí terminaba la cosa.” Y aquí comienza el presente.
"En 1967, cuando estaba sin trabajo, Eduardo Bergara Leumann me propuso cantar en su Botica. Le costó convencerme, pero, finalmente, elaboramos juntos la experiencia que cambió mi carrera y mi vida.” Desde entonces no ha dejado de cantar: "Es actuar, interpretar claro, pero también más que eso. Con una canción y frente al público la responsabilidad es toda mía. Yo he elegido, yo tengo que convencerlos”.
“Tengo en contra a los que están con el chán-chán, con el esquema fijo de un pasado irreal. Y también a los que piensan que si canto no soy actriz o viceversa. Los ejemplos, históricos y foráneos, son tantos y tan contundentes, que eso bastaría para darme paciencia, para esperar a que las confusiones se disipen. Pero realmente me basta mi propia alegría, el saber que soy mejor actriz desde que canto, el sentir que canto mejor porque soy actriz.”
Hace tres años, cuando se dio cuenta de que "Osvaldo Piro me gustaba mucho”, comenzó a recorrer el tramo final de un camino que la convertiría en la definitiva Susana Rinaldi. "En nuestros primeros paseos yo tomaba las decisiones, abría y cerraba las puertas, daba direcciones a los taxistas, seguía cumpliendo el papel de autoprotección por el autoabastecimiento. Pero cuando me di cuenta de que ya podía renunciar al papel masculino porque tenía reemplazante, cuando supe que podía dejar de pelear sola contra el mundo entero, el alivio y el relajamiento fueron instantáneos.” La historia contada desde adentro es igualmente visible desde la platea. Más hermosa y más tierna, menos agresiva, con un sentido del humor y una inteligencia implacables, a los 35 años Susana Rinaldi está preparada para interpretarlo todo.
Aída Bortnik
PANORAMA, SEPTIEMBRE 7, 1971
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