Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| El redactor Germán Rozenmacher y el fotógrafo Carlos
Abras ocuparon 30 días en una misión: descubrir la intimidad de una
increíble máquina del tiempo, en donde se forjan los hombres que
volarán a otros mundos. Allí, los máximos esfuerzos se concentran
ahora en el operativo Apolo 11, que depositará a Neil Armstrong en el
suelo lunar El miércoles 14 de mayo —hace tres semanas— los enormes tableros verdes que funcionan en la cabina de control de la base central de la NASA, en Houston, Texas, vibraron al | paso de complejos diagramas luminosos; simultáneamente, 300 mil técnicos, distribuidos en los restantes trece centros espaciales norteamericanos, controlaban expectantes sus relojes. A 500 kilómetros de Texas, en el gigantesco edificio de vidrio y acero del VAB (taller de montaje de las cosmonaves, instalado en Cabo Kennedy, Florida), las cuadrillas de operarios interrumpieron su trabajo: esa catedral espacial de 50 pisos de altura (dos veces y media más enorme que el Empire State Building, de Nueva York: la construcción civil más empinada del planeta) fue invadida por repentino silencio. A cinco kilómetros de allí, sobre la estructura móvil de lanzamiento, un cohete Apolo se aprestaba a iniciar su salto hacia el vacío cósmico. En los 720 monitores de televisión de la Misión de Controles de Cabo Kennedy se recibían los datos emitidos por los seis millones de piezas que integran la nave espacial. Con los auriculares puestos, el doctor Charles Berry, médico de los cosmonautas, registraba el ritmo cardíaco de los viajeros, instalados dentro de I la nave, mientras grandes relojes circulares marcaban la implacable cuenta regresiva. Cuando faltaban nueve segundos para el lanzamiento, los cronómetros se detuvieron y la cuenta cesó: otro ensayo general había terminado. Prácticamente, todas las semanas, estas minuciosas escaramuzas se repiten —total o parcialmente— con el propósito de afiatar los programas de trabajo que se cumplen en Houston y Cabo Kennedy, principales rectores del alucinante proyecto Apolo, cuyo clímax se producirá el próximo 16 de julio, cuando un ingeniero de Ohio de 39 años, Neil Armstrong (ver recuadro de página 46), inicie la aventura que puede convertirlo en el primer hombre que transite la superficie lunar. Hace poco más de un siglo, en Stones Hill, un poblado ubicado a cien millas de Cabo Kennedy, otro cohete, tripulado por Félix Toumachon, Jean Ardan y Luis Deputty, partía De la Tierra a la Luna en la frondosa imaginación del escritor francés Julio Verne. Hoy, con la fantasmagórica precisión de las computadoras y un presupuesto anual que en 1966 alcanzó un pico cercano a los seis mil millones de dólares (unos dos billones de pesos argentinos), la NASA está a punto de trasformar la fantaciencia en Historia. Para develar las claves de la más prometeica aventura humana del siglo XX, dos enviados especiales de SIETE DIAS recorrieron durante treinta días las laberínticas instalaciones de Houston y Cabo Kennedy. Lo que sigue es un informe exhaustivo de esa estremecedora maquinaria que, además de forjar a la legión de exploradores que surcarán el espacio en los próximos años, constituye la empresa de conquista cósmica más sorprendente que hayan encarado los terráqueos. CEMENTERIOS DESOLADOS En Houston, muy pocos norteamericanos medios conocen la identidad de los astronautas del proyecto Apolo. “¿Quién es Armstrong?”, requirió a SIETE DIAS John Hopker, chofer de un servicio de limousine que, por un dólar y noventa centavos, moviliza pasajeros entre el aeropuerto Hobby y el downtown o centro de Houston. Curiosamente, escasos encuestados recordaban el nombre de media docena de los últimos participantes de vuelos tripulados. Es que el Manned Spacecraft Center (Centro Espacial), ubicado a unos 90 kilómetros del núcleo de la ciudad, es prácticamente un mundo cerrado y exclusivo dentro del extendido radio de 400 kilómetros cuadrados (reticulado por infinitos barrios residenciales) que resume lo que habitualmente se conoce por Houston. Esta zona constituye no sólo el área más poblada de Texas (casi un millón y medio de habitantes), sino el quinto centro urbano del país. La región está cruzada por amplias s u pe rea r rete ras, bordeadas por letreros luminosos encendidos aun bajo el sol del mediodía. “Aquí no apagamos las luces ni los televisores cuando salimos de casa, porque hay que consumir..." parodió el profesor Romualdo García, un técnico mexicano con diez años de residencia. Los domingos por la tarde las calles céntricas de Houston se semejan a un cementerio desolado: en lugar de transeúntes sólo se observan Mustangs, Novas y Chevrolets últimos modelos, que pasan como autómatas a toda velocidad. Sólo trabajan las salas de espectáculos y la Roy Rogers Roast Beaf (una cadena de comercios dedicada únicamente a vender sandwiches de 69 centavos), que exhibe en sus carteles la sonrisa en radiante tecnicolor del vaquero cantor, dueño de ese pequeño emporio. Es casi justificable que el houstoniano común sepa poco y nada de astronautas: cuando regresa del trabajo, cruzando a veces hasta 60 kilómetros de aerodinámicos freeways (carreteras de una sola mano para tráfico rápido), se encierra en su casa para ver series de televisión en colores o, caso contrarío, visita alguno de los numerosos clubes privados que funcionan en la ciudad. En nítido contraste con Cabo Kennedy, que en los últimos diez años provocó la creación de ciudades para albergar a los empleados de la NASA, Houston tuvo vida propia desde mucho antes: creció hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y, desde entonces, constituye el legendario “país de los grandes ricos”, según lo bautizaron los norteamericanos, aludiendo a su Importancia como centro petrolero del golfo de México. La mayor parte del sulfuro de EE.UU., el 7 por ciento del petróleo, el 11 por ciento de las refinerías y muchos algodonales están alojados en la zona de Houston, que también atesora las tres cuartas partes de la potencia petroquímica norteamericana y el 28 por ciento de la riqueza arrocera del país. Por las noches, las luces de neón de las refinerías remedan a los rascacielos de Manhattan a través de centenares de kilómetros. Actualmente, la quinta parte de la población es negra y una duodécima parte está integrada por mexicanos. “No hablamos español porque tenemos vergüenza”, reconoció Luis Olmedo (34, empleado del hotel Monago) el pasado 21 de abril, mientras los texanos recordaban la batalla de San Jacinto: en 1836, esa batalla señaló la definitiva derrota mexicana y la pérdida del vastísimo territorio que, en sus orígenes, perteneció a la corona española. “Aquí los negros no tenemos problemas porque no nos rebelarnos”, aseguró Robert Forrest (42, empleado en una compañía petrolera), típico representante de la población houstoniana, integrada por profesionales y empleados de clase media. Apenas unificada por miles de autopistas, Houston es una dilatada planicie salpicada por barrios residenciales, con una veintena de rascacielos diseminados en su zona céntrica. Normalmente sus ciudadanos siguen con asombro el curso de las sensacionales operaciones que so realizan en el Texas Medical Center y en la Universidad de Baylor, emporios médicos que con una inversión de cien millones de dólares los magnates del algodón y el petróleo convirtieron (en los últimos treinta años) en los centros de investigación y práctica quirúrgica más evolucionados de! mundo. Los acontecimientos que tienen lugar detrás de las alambradas de la NASA, en cambio, no inquietan mayormente a los houstonianos; les resulta algo tan enigmático y ajeno como los sucesos que conmueven diariamente a otras regiones del mundo, como Biafra o la Argentina. De alguna manera, esa actitud podría justificarse: es bastante difícil ingresar a la base. LOS INVASORES “¿Argentina? ¿Dónde viene a quedar eso?”, vaciló en el portón número 2 de la NASA un desconcertado sargento del servicio de vigilancia de la empresa Wackenhut; esa firma suscribió un contrato con el gobierno norteamericano para cumplir funciones de policía privada, controlando las 4.050 hectáreas que ocupa la base. Unos 30 edificios, construidos a prueba de bombas, se alzan tras las alambradas, recordando la escenografía de la serie televisiva Los invasores. La apariencia de inexpugnable fortaleza que en un primer momento ofrece el centro espacial de Houston se trasforma, a poco de recorrerlo, en un laberinto kafkiano o, en todo caso, en un “high school lleno de burócratas”, según calificó John Mac Leish, jefe de prensa de la base, cruzando cinematográficamente sus largas piernas sobre el escritorio. Es que la NASA no es una institución militar y los diez mil empleados que todos los días estacionan sus coches ante cualquiera de los edificios son (apenas en un diez por ciento) empleados del gobierno; en su mayor parte, técnicos y profesionales están contratados por las 50 compañías encargadas de llevar adelante el proyecto Apolo. La NASA entrega más del 70 por ciento de su presupuesto a dos compañías privadas: la North American Rockwell Corporation, que construye los módulos de comando (y capitaliza el 33 por ciento de ese presupuesto), y la Grunman, encargada de fabricar los módulos lunares (que atesora el 37,34 por ciento). A bordo de uno de esto? últimos artefactos Armstrong descenderá en la Luna; cuando ese paso haya sido superado, gran parte del proyecto Apolo estará cumplido. Mientras tanto, los cuatro mil millones de dólares (1,4 billones de pesos) previstos para el presupuesto de 1969 se están invirtiendo, fundamentalmente, en la tarea de depositar a ese hombre en la Luna. Además de sus burócratas, la base de Houston oculta algunos de los pasos claves que se están dando para trasformar puntualmente el delirio verniano en realidad. “Aquí seleccionamos y entrenamos a los astronautas que participan de los vuelos tripulados”, informó Robert Gilruth (51, director delegado del centro de Houston): “También se ejerce control sobre las astronaves desde el momento de la partida hasta el amaraje y se efectúa todo tipo de tests científicos, médicos y mecánicos vinculados a los vuelos; junto con eso se coordina el trabajo de producción de instrumental y equipos”. También en Houston funcionan los gabinetes del Plan de Aplicación del Proyecto Apolo; quizá la más fascinante oficina de colonización espacial jamás Inventada por ningún escritor de ciencia-ficción, donde rigurosos técnicos planean la construcción de universidades en el cosmos, ómnibus interplanetarios y vehículos que dentro de 20 años se dirigirán a cualquier punto de la galaxia con la misma precisión con la cual Armstrong se prepara a pisar la Luna dentro de pocas semanas. Todos los días, en Houston, algún astronauta ingresa a una cámara donde simula las intrincadas maniobras que requerirá el alunizaje; todos los días, en una esfera que gira enloquecidamente, otros adelantados del espacio experimentan la extraña Ingravidez que se siente al entrar en órbita; también todos los días, en algún laboratorio de la base, un microbiólogo estudia cuál es la mejor manera de sobrevivir en Marte o Saturno; un sastre diseña el traje espacial que vestirán los futuros viajeros de la galaxia y algún sutil cocinero perfecciona el menú interplanetario. Allí, en esa treintena de edificios grises, miles de hombres, como monjes en reclusión, proyectan el futuro. LA MAQUINA DEL TIEMPO El lunes 12 de mayo, a las 9 de la mañana, tres astronautas penetraron al Centrifugo, una enorme esfera de acero que comenzó a girar como una extraña boleadora, describiendo amplios círculos; finalmente, rotó sobre sí misma hasta adquirir una velocidad suficiente como para que los tres hombros sintieran que sus ojos saltarían de las órbitas, sus caras se deformaban y una opresión equivalente al peso de diez personas les oprimía el pecho. Esa presión de hasta 5 fuerzas G (cada una de las cuales equivale a 9,81 kilos por centímetro cuadrado) es la que soportan todos los astronautas al partir de la Tierra y durante el reingreso a la órbita planetaria. A esa misma hora, en la vecina base aérea de Lemington, otro astronauta ascendía al LLTV, un extraño escarabajo metálico que no tiene ningún uso durante la operación de alunizaje real, pero que sirve como simulador de todos los problemas y sensaciones que atravesarán los viajeros cuando alunicen a bordo del módulo. Ese mismo lunes, a las 11, cinco hombres intentaban abrirse paso en las junglas centroamericanas, para cumplir con el test de supervivencia; una prueba de siete días que atraviesan todos los astronautas durante su entrenamiento, destinada a capacitarlos ante posibles aterrizajes de emergencia en zonas tropicales. Mientras eso ocurría en la zona del canal de Panamá, otra media docena de cosmonautas vagaba por los desiertos de Nevada para explorar, durante otra semana, todas las angustiosas experiencias que puede sufrir un astronauta en caso de aterrizar en medio de un arenal. De allí pasarían a la bahía de Galveston, cerca de Houston, para aprender a sobrevivir en el agua en caso de un amaraje accidentado. En ese momento, en el centro de la NASA, en Houston, Armstrong y Buzz Aldrin, tripulantes de la Apolo 11, desaparecían en la perpetua oscuridad del Visual Docking Simulator, un gabinete que recrea con absoluta exactitud las condiciones lumínicas que rodearán al encuentro espacial; una operación que se producirá cuando el módulo lunar se acople al módulo de comando para iniciar el regreso a la Tierra. En todos los casos, los pilotos cumplen su trabajo en aparatos que reproducen escrupulosamente las características de los vehículos reales. Así, durante la última semana de mayo, a 10 mil metros de altura, a bordo de un trasporte militar T 138, el astronauta Richard Gordon, tripulante de la Apolo 12, flotó entre acolchados para habituarse a la situación de ingravidez que experimentará dentro de la cosmonave; almorzó boca abajo, pegado al techo, mientras los objetos volaban a su alrededor. En la Cámara de Vibración y Acústica de la base se posó un módulo gemelo al de la Apolo 12: la superficie sobre la qué descendió simulaba con precisión el terreno lunar. De la cápsula emergió el astronauta Charles Conrad, quien anticipaba las sensaciones que recién se convertirán en realidad en diciembre de este año, cuando esa nave descienda en el satélite terrestre. Quizá por fuera, en sus oficinas, con secretarias que leen novelitas policiales, Houston parezca cobijar una opaca colección de burócratas. Sin embargo, en lo recóndito de sus cámaras de entrenamiento, la imagen se trasforma; allí se descubre la más extraña máquina del tiempo fabricada por el hombre, donde diariamente unos cincuenta astronautas ensayan hasta el cansancio todos los gestos que algún día reproducirán en el espacio. Desde las ventanas de sus simuladores, observan allí la misma constelación de estrellas que en el futuro van a divisar desde el cosmos; pueden ver con precisión casi mágica la silueta planetaria de la Tierra, flotando sola y azul en el vacío. ¿Quiénes son esos 50 hombres? ¿Cómo se los elige y cómo se los trasforma en conquistadores del espacio? ¿Son superhombres o robots? ¿Conejillos de Indias o computadoras? SIETE DIAS dialogó con Don Gregory, un intelectual de 38 años, que comparte la jefatura del departamento de Selección y Entrenamiento de Tripulación, virtual cerebro del insólito proceso por el cual -un hombre se trasforma en astronauta. EL D. T. DE LOS ASTRONAUTAS “En 1959, luego de analizar a los 508 voluntarios que se presentaron para integrar el primer grupo de astronautas, sólo tomamos a siete —recuerda Gregory, instalado en el cuarto piso del único edificio alto de la base. En realidad, es difícil determinar exactamente cuáles son las condiciones que deben reunir esos hombres; a veces los aspirantes fracasan en algunos tests, pero los admitimos igual. No importa que tengan pie plano o necesiten anteojos: Donald Slayton, por ejemplo, sufría de un soplo al corazón y Walter Cunningham usa lentes. Sin embargo, recuerdo que hace diez años existían algunas limitaciones que siguen en vigencia, aunque con pequeñas modificaciones. Por ejemplo, los astronautas deben ser menores de 40 años, medir por lo menos 5 pies y 11 pulgadas (cerca de 1,80 metros) haberse licenciado como bachilleres en ingeniería o su equivalente, exhibir aceptables condiciones físicas, ser piloto de jet suficientemente calificado, graduado en una escuela de pilotos experimentales y justificar no menos de 1.500 horas de vuelo”. A pesar de cierta aparente liberalidad, Gregory admitió que “es imprescindible tener imaginación para enfrentar con celeridad todo tipo de inconvenientes inesperados, analizarlos y resolverlos en vuelo. Para eso, cada astronauta es un experto en cada uno de los centenares de sistemas y subsistemas que rigen el instrumental de las naves. Además, las máquinas nunca son perfectas; si nunca es idéntico un Ford 1969 a otro Ford 1969, es de imaginar que un módulo lunar nunca es igual a otro. La rebelión de los aparatos, los desperfectos inusitados, son hechos frecuentes; de allí que la capacidad de respuesta de un astronauta deba ser rapidísima: eso constituye a veces la única alternativa para salvar su nave y también su vida.” Para Donald Slayton —astronauta del primer grupo y ahora jefe de tripulación— la mejor prueba del equilibrio mental de sus hombres “reside en el hecho de que ninguno de ellos se divorció nunca”. Frente a esta tesis, numerosos observadores sostienen que alguna vez las autoridades del staff terciaron discretamente para evitar que se deteriore esa imagen de solidez. Lo cierto es que cuando un astronauta comienza a titubear en sus convicciones, cuelga los hábitos. Eso ocurrió hace unos años con John Glenn, cuyo típico aire de baby face lo convirtió en un poderoso imán publicitario. Cuando le ofrecieron la vicepresidencia do la Royal Crown Cola, firma de bebidas gaseosas, aceptó cambiar de ramo: una fotografía suya sonriendo provocó un notable aumento en la venta del producto y también en sus ingresos particulares. Ahora, con muchos monos riesgos duplica los honorarios do sus ex compañeros. La vida de los cincuenta astronautas norteamericanos es notablemente parecida a la que llevan los integrantes de cualquier orden monástica, aunque ciertamente ganan más que el mejor monje de clausura mejor remunerado: unos 13 mil dólares anuales (más de 4,5 millones de pesos) los militares, y algo más de 20 mil dólares (siete millones de pesos) los civiles, entre los que figura Armstrong. Claro que el Dr. Wernher von Braun, verdadero cerebro de la NASA, supera esos topes: al parecer percibe unos 100 mil dólares anuales (35 millones de pesos), igual que Thomas Payne, director general de la NASA. Refiriéndose al tema sueldos, el factótum Gregory explicó que los seis grupos de astronautas seleccionados por la NASA-entre 1959 y 1966 están peor remunerados que un ejecutivo de las grandes empresas que construyen el instrumental de las naves Apolo. “No obstante, poseen un prestigio social superior al de un magnate petrolero —aclaró—; en el futuro, cuando un historiador quiera conocer los arquetipos de nuestra sociedad industrial no podrá prescindir de las historietas, y, en cierto modo, los astronautas son la corporización de un típico héroe de historieta científica.” LAS MIL HORAS El proceso —casi industrial— que convierte a un hombre en héroe de la sociedad de consumo puede llegar a ser agobiador. Durante los 7 meses que dura el entrenamiento básico los astronautas se sumergen en un mundo regido por clases teóricas y pruebas durísimas de resistencia física. Durante 12 horas diarias asisten a cursillos donde se les enseña desde mecánica celeste hasta electrónica; desde navegación hasta los problemas que pueden perturbar el funcionamiento de una cámara de televisión en colores. “Los astronautas no tienen amigos; para ellos, sólo cuentan sus compañeros de tripulación", declaró a SIETE DIAS Paul Haney, probablemente el periodista que más intimó con los viajeros espaciales. Hasta abril último, cuando fue separado de su cargo, Haney trasmitió desde la cabina de controles de Houston todos los vuelos tripulados de la NASA, convirtiéndose en una especie de astro popular en los Estados Unidos, donde lo conocen como La Voz de los Astronautas. Haney explicó que —como sucede en ciertos partidos políticos— esos hombres crean una especie de camaradería en función de trabajos comunes. Todo vuelo Apolo requiere la participación de 9 astronautas que funcionan prácticamente como una célula: la tripulación oficial (3 hombres), la suplente (3) y la auxiliar (3). Después que los 9 hombres son designados (con un año de anticipación), comienzan a participar intensamente de un plan de ejercicios; a veces, eventualmente, se unen a los integrantes de otros vuelos para tomar clases teóricas o afrontar violentos tests físicos, pero la mayor par te del tiempo la dedican a trabajar juntos. “Eso crea una fuerte relación que, sin embargo, se corta cuando alguno de los astronautas es trasladado para cumplir otras funciones” explicó Haney, quien además disipó una serie de leyendas creadas en torno de los participantes del proyecto Apolo. “Un astronauta norteamericano es, simplemente, un piloto de pruebas. Eso ocurre porque cinco de los seis grupos que ahora funcionan fueron integrados con aviadores y sólo el sexto está conformado por científicos. Probablemente en el futuro se requieran menos pilotos y más investigadores, pero lo cierto es que ahora los hombres que lanzamos a) espacio son básicamente aviadores”, agregó el locutor. También estableció las diferencias que separan a Armstrong de Cristóbal Colón, con quien se lo parangonó tantas veces. “Hay muy poca relación entre ambos -sonrió Haney- porque Colón realizó un viaje azaroso, enfrentando al misterio, en busca de las Indias; casualmente tropezó con América. Armstrong, en cambio, es un hombre clave pero reemplazable dentro de un gigantesco aparato donde cada paso está minuciosamente previsto: apenas una pieza en un tablero de ajedrez cósmico, movido por empresas privadas, estructurado por computadoras." EL MEDICO DE LOS ASTRONAUTAS El hombre común se preguntó muchas veces qué siente un ser humano al caminar por el espacio, o durante un viaje a la Luna. “En realidad, no creo que Armstrong tenga mucho tiempo para gozar sus impresiones personales— confió a SIETE DIAS Charles Berry, 39, médico personal de todos los astronautas—. La infinita complejidad de las operaciones sincronizadas que requiere un vuelo a la Luna apenas deja segundos para pensar en la trascendencia del hecho. Armstrong estará absolutamente regulado para cumplir con su misión y apenas tendrá tiempo para comunicar sus vivencias.” El doctor Berry aclaró también otras de las tantas preguntas que habitual mente se plantean en torno de los astronautas: “Efectivamente —reconoció— tienen miedo, pero a un nivel distinto que otros seres. Cada hombre debe trasponer un umbral de peligro; generalmente, tememos lo que no podemos conocer. Pero los astronautas enfrentan umbrales de peligro diferentes, ya que un vuelo a la Luna es para ellos simplemente un vuelo de prueba más largo que los habituales: sabemos casi absolutamente todo lo que encontrarán allá. Los vuelos anteriores ofrecieron suficientes datos para solucionar problemas imprevistos. Por eso los primeros astronautas sintieron más temores que los que participaron de las últimas expediciones. Como Armstrong será el primero en transitar sobre la superficie lunar, tiene preocupaciones normales, perfectamente controladas.” ¿Cómo se efectúa ese control? ¿Se regula la tensión de los hombres de la Apolo 11 con pastillas o tratamientos psicoterapéuticos? “Excepto la dexedrina, que ingieren durante el vuelo, prefiero confiar en el autocontrol subjetivo, ya que se trata de hombres previamente condicionados por durísimas pruebas que templaron su resistencia psicofísica —explicó Berry—; no dopamos a ningún tripulante, sólo le suministramos medicaciones de terapia: pastillas contra diarrea, noasia y, preferentemente, antibióticos contra dolores, que los astronautas ingieren durante el vuelo y algunas veces durante el proceso previo.” Pero el más grave de los peligros que deberá superar Armstrong será la fatiga física. Estará embutido en un traje espacial de 56 kilos y nadie sabe qué problemas enfrentará en la Luna cuando abandone el módulo. “Hemos simulado ese momento a través de 30 ejercicios —informó el médico—, pero esa fase de la experiencia plantea incógnitas inescrutables.” Durante las 22 horas que Armstrong permanecerá en la Luna se mantendrá —como durante todo el viaje— en comunicación directa con el doctor Berry, quien, desde Houston, le ordenará tomar las medicinas correspondientes, de acuerdo con los datos que trasmitirán los aparatos adosados a su traje espacial. Otro enigma (tan apasionante como la vida humana en la Luna) lo constituye la vida sexual de los astronautas. “En eso son tan metódicos como en el resto de sus actividades —respondió Berry—, aunque hay variaciones de acuerdo con cada individuo.” Con respecto al historial clínico de los tripulantes de la Apolo 11, el médico aseguró que jamás sufrieron de enfermedades importantes. “La única intervención que sufrió Buzz Aldrin, por ejemplo, fue la operación de una rodilla, hace 10 años; Mike Collins, por su parte, padece una intrascendente desviación nasal, aunque también fue intervenido hace 6 años: entonces le extrajeron una vértebra.” Berry está fascinado por un interrogante: ¿Qué tipo de problemas entrañará mayores dificultades durante el paseo lunar: los físicos o los mentales? Hasta ese momento, el enigma no podrá ser descifrado. “Lo que sí, en cambio, les aseguramos a los muchachos —bromeó Berry— es que disfrutarán de un excelente menú de grosellas, hígado, carne . . . En fin, lo que deseen.” Extrajo de su escritorio un objeto cuadrado, envuelto en polietileno: contenía una comida fría que se ingiere por tubos y que los astronautas abominan. Durante los entrenamientos, cada tripulante de un vuelo Apolo debe paladear esa mixtura en cuatro oportunidades. “Por supuesto, durante los días anteriores al viaje los eximimos de probar el manjar para no aumentar su tormento”, sonrió. No pocos dolores de cabeza tuvieron los médicos de la NASA luego de cada viaje tripulado: casi ningún astronauta olvidó criticar la comida, y es poco probable que los próximos astronautas modifiquen su opinión con respecto a la manera en que deben ingerir las 2.680 calorías diarias durante el vuelo. No menos complejos son los problemas que aquejan a Edmund Says, un angélico ingeniero con simpáticos dientes de conejo, quien a los 43 años se convirtió en sastre de los astronautas. Sus creaciones exclusivas constituyen primorosas combinaciones de cañerías, cajas, circuitos y bombas: es que el Apolo Portable Lite Support Sistem (Sistema Vital Portátil Apolo) es un complicado traje de fibra sintética dentro del cual los astronautas gozan de una temperatura primaveral cercana a los 21 grados centígrados. A diferencia de los soviéticos, que viajan con temperatura ambiente en la cápsula y sin la complicación de sucesivos y superpuestos trajes espaciales, cada astronauta norteamericano viste dentro de la cabina un envoltorio de plástico al que se le suma el publicitado overol espacial que sólo se coloca al salir al cosmos o, próximamente, al pisar la superficie lunar. Cada uno de estos trajes cuesta 100 mil dólares (35 millones de pesos); el buzo que los cubre durante el viaje —a modo de ropa interior— está tan provisto de válvulas y tuberías para refrescar el aire y el agua como el overol lunar. Uno de los problemas más arduos que debió resolver Says (y la empresa fabricante ILC) fue lograr que la ingeniería mecánica produjera bolsas de plástico para que los astronautas pudieran cumplí* sus necesidades fisiológicas con relativo confort. “En otros vuelos, los viajeros se quejaban de que todas las soluciones ofrecidas eran deficientes —recordó Says—, pero temo que hasta dentro de un tiempo no se podrá resolver a la perfección este tipo de dificultades.” Sin embargo, un sistema de bolsas de plástico prestará servicios durante el vuelo de la Apolo 11; una vez utilizadas, las bolsas serán expulsadas por una válvula, y a través de una compuerta, hacia el vacío. “Sin duda, esos pequeños problemas cotidianos indican hasta qué punto permanecemos en la prehistoria de los viajes interplanetarios”, aseguró a SIETE DIAS, parapetado tras una mesa con 4 teléfonos, Don Green, un escritor científico de 50 años, nacido en Nebraska, que parece haber escapado de un cuento de Ray Bradbury (autor al que, sin embargo, jamás leyó). Pertenece al equipo de hombres que está escribiendo una de las historias más Increíbles de este tiempo: los planes del programa de Aplicación del Proyecto Apolo. “Cuando existan los ómnibus espaciales, cualquier hombre, sin necesidad de trajes complicados ni tampoco de comidas sintéticas, tomará su cohete en la base de Cabo Kennedy y en una hora y media estará en los laboratorios interplanetarios, a un paso de la Luna o, quizá, esperando su pasaje de combinación con rumbo a Marte”, aseguró Green, entornando sus fríos ojos grises. La entonación rutinaria de su voz era estremecedora: no inventaba sino que apenas se remitía a contar —como vocero de un equipo científico— lo que en 1985 podrá ser una deslumbradora realidad. MAS ALLA DE LA LUNA “Qué lejos están ya los proyectos Mercury, reflexionó Green, recordando los seis vuelos —para un tripulante— realizados entre mayo de 1961 (con Alan Sheppard, como primer astronauta, en trayectoria suborbital de 15 minutos) y mayo de 1963; después, los 12 lanzamientos de la serie Géminis (entre abril de 1964 y noviembre de 1966) para dos tripulantes, fueron seguidos por los viajes Apolo, para tres personas, que alcanzarán su etapa decisiva en julio próximo, con la aventura de la cápsula número 11. “Pero después de eso —vaticinó Green— habrá que consumar otros nueve vuelos Apolo para completar los 20 de la serie: se realizarán entre fin de año y 1972. En los últimos 3 vuelos, grandes tractores lunares, plataformas de carga, quizá verdaderos automóviles interplanetarios, serán depositados en la superficie lunar para repetir, en el satélite, aquel precepto bíblico, ya cumplido en la Tierra, de recorrerla y habitarla.” Sin embargo, el módico entusiasmo que esporádicamente enciende los ojos de Green se deposita en los planes que se desarrollarán a partir de 1975, “cuando comiencen los preparativos para que una gran estación-laboratorio sea puesta en órbita”. El enigma aún no resuelto, tanto por las empresas privadas que mueven prácticamente el programa espacial como por los dirigentes de la NASA, reside en los próximos pasos: ¿Qué conviene más?, ¿explorar la Luna o dedicar los mayores esfuerzos —tal como hacen los rusos— a la creación de bases intermedias de reparación y lanzamiento de cohetes a ¡os otros planetas de la galaxia? Las pruebas de fuego se producirán durante la década del 70, cuando 12 hombres vivan 56 días en el espacio, con duchas, baños y salas de fumar. Utilizando el mismo sistema de acoplamiento que actualmente vincula la cápsula lunar con el resto de la astronave, se irán adosando elementos, de modo que la tercera parte de un vehículo espacial —unos 10 mil pies cúbicos— sirva como estación. Después se agregarán piezas en sucesivos encuentros en el espacio hasta completar el montaje de un habitat que permita la supervivencia a orillas del infinito. “Aspiramos a que durante seis meses un equipo de cien personas, todos científicos, puedan vivir en la estación orbital que constituirá la primera universidad del espacio. Allí trabajarán como yo aquí —concluyó Green— con trajes de calle, aparatos de televisión, bares automáticos y microcines.” Según explicó el escritor, la estación seguramente rotará a 200 millas náuticas de la Tierra y la gran autopista del espacio “abarcará desde Alaska hasta el estrecho de Magallanes”. Ajeno a las novelas de Isaac Asimov y aun a todo tipo de lecturas literarias. Green hizo hincapié en los esfuerzos que las empresas privadas, con la coordinación de la NASA, efectúan para concretar un grand tour que después de 1980 tocará Venus o, quizá. ¡os planetas exteriores: Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Mientras Green anticipa el futuro, la compañía Textron Bell, en Búfalo, Nueva York, ya recibió 250 mil dólares de la NASA para diseñar un vehículo aéreo lunar monoplaza que, adosado al módulo lunar, podrá servir, en un futuro cercano, para que los astronautas puedan trasladarse por la superficie de otros cuerpos planetarios. “Claro que todo eso depende de muchas cosas”, suspiran los jefes de la NASA con preocupación. Una disimulada nube de escepticismo empaña 'os proyectos poslunares. Es que la organización espacial está pasando por una de sus crisis más agudas, motivada por el arribo de Richard Nixon al poder. Los sueños de aventuras interplanetarias pueden desvanecerse. LA NASA EN EL PURGATORIO Paradójicamente, algunos observadores afirman que los planes de colonización espacial pueden frustrarse si el presupuesto de la próxima década no les otorga adecuado soporte financiero. “El futuro vuelo a la Luna puede ser el fin antes que el comienzo”, afirmó a SIETE DIAS un directivo de la NASA. La inquietud comenzó a cundir hace un mes. cuando una comisión de cuatro asesores del vicepresidente Spiro Agnew viajó a Houston para iniciar un estudio que será presentado al Congreso en septiembre próximo y de cuyas conclusiones depende el futuro del plan espacial. Las mayores objeciones al total de 24.000 millones de dólares devorado por el proyecto Apolo, desde 1961, las marcan las dificultades económicas de los Estados Unidos y, sobre todo, los gastos que demanda la guerra de Vietnam. Además, los 450 mil trabajadores con que contaba la NASA en 1965 se han reducido a 300 mil y se espera que para 1972 estén vinculadas al proyecto espacial sólo 50 mil personas. Estos cálculos estaban previstos, pero también se admitía como segura la posibilidad de contratar a otros centenares de miles de personas para los planes de exploración interplanetaria. Las únicas partidas de dinero confirmadas llegan escasamente hasta 1972 y aunque el vuelo de Armstrong en julio es apenas una etapa del proceso, el director Thomas Paine confesó que “en el próximo mes de julio se jugará nuestra última chance para conquistar la confianza necesaria y asegurar la continuidad de nuestro trabajo”. El más temido —e influyente— de los cuatro asesores gubernamentales que deberán decidir virtualmente el destino de la NASA es un consejero científico de Nixon: el inescrutable Lee DuBridge, quien consiguió poner nervioso al sumo sacerdote Wernher von Braun, habitualmente recluido en sus laboratorios de la base Huntsville, en Alabama, desde donde dirige personalmente la fabricación de cohetes. Verdadero lobo estepario y eminencia gris inapelable, von Braun sale de su reducto pocas veces y sólo para inspeccionar el trabajo de su discípulo predilecto, el doctor Richard Debus, cerebro de Cabo Kennedy junto al italiano Raco Petrone y a un equipo de técnicos alemanes. También suele viajar a Houston, pero en los últimos meses sus visitas al cuartel general de la NASA en Washington delataron el estado de crisis que se vive en las altas esferas de la organización espacial. Cuando en abril pasado el locutor Haney fue degradado por Julius Scherr, jefe de relaciones públicas de la NASA, los observadores políticos indicaron que el ubicuo Scherr quería congraciarse con la nueva administración republicana, ya que Haney está muy identificado con el partido Demócrata. Curiosamente, SIETE DIAS fue la última revista que reporteó a Haney antes de su expulsión. En esa ocasión, y con ira disfrazada de buen humor, La Voz de los Astronautas comentó: “Scherr está loco de celos y no puede tolerar mi popularidad”. Sin embargo, la defenestración de Haney quizá preludie algún otro cambio que consolidará las buenas relaciones entre la NASA y el presidente Nixon; la cabeza de Haney fue el presente ofrecido para aplacar al olimpo republicano. Pese a la angustia que últimamente suele abordar a los ejecutivos de la NASA, es probable prever que von Braun ganará la partida: durante su último viaje a Washington, un asesor económico de Nixon le objetó que “el mero esfuerzo bruto que implica lanzar a un hombre a la Luna en un vuelo de ¡da y vuelta sin escalas no sólo es una locura delirante sino una peligrosa maniobra que distrae millones de dólares de un presupuesto que debe solucionar infinitos problemas diarios en California o Detroit”. Pero von Braun se limitó a recordar que en febrero último salió de su encierro, después de un año, el grupo de astronautas soviéticos que participará de un viaje a Marte, cuya duración aproximada es de 12 meses. También preguntó, exasperado, si era necesaria otra guerra nuclear para incrementar la competencia tecnológica con la URSS. A pesar de que todo el proyecto espacial norteamericano, prohijado por John Kennedy y continuado por Lyndon Johnson, está en plena revisión, razones políticas permiten sospechar que tanto von Braun como las grandes empresas complicadas en el proceso ejercerán sus poderosas influencias para que los planes de la NASA arriben a su objetivo final. SOBRE COHETES Y TUMBAS El tercer domingo de mayo, bajo una suave lluvia de primavera, una pequeña caravana cruzó los arbolados caminos del cementerio de Arlington. Nadie reparó en ella. La integraban un hombre, dos mujeres —una con velo negro— y dos niños. Se detuvieron frente a una tumba y permanecieron unos minutos en silencio; después, sin hablar, recorrieron otras siete tumbas. El hombre era Armstrong y las tumbas pertenecían a los 8 astronautas muertos entre 1963 y 1967. La mujer del velo negro era la esposa de Edward White, íntimo amigo y vecino de Armstrong, que murió durante una simulación de alunizaje en la base de Lemington, junto a las instalaciones de la NASA. White viajaba a bordo de un simulador igual al que, tripulado por Armstrong, en mayo de 1968, se incendió en pleno vuelo. Esta fue una de las cuatro veces que Armstrong toreó a la muerte. Las otras ocurrieron a bordo de un avión de pruebas X-15, durante un amaraje trabado por un paracaídas que no se abrió hasta último momento, y en el vuelo de la Géminis 8, en marzo de 1966. Dentro de unas semanas, cuando Armstrong complete sus 22 horas en la Luna, y esté de vuelta, su sonrisa monopolizará la portada de todos los diarios del mundo, vibrará en millones de televisores, será una imagen gloriosa. Pero todavía esa hora está angustiosamente lejos y, según su médico, el doctor Berry, a veces Armstrong sueña con accidentes y con la cara de su amigo Ed White. “Gracias, pero no me gustan las flores”, se excusó Janet Shearon (38, licenciada en economía doméstica). Así de cortésmente rechazó un emperifollado bouquet remitido desde Europa. La Shearon no se ha hecho famosa por esta florida aversión sino por estar casada con Neil Armstrong, el primer ser humano que depositará sus plantas sobre la superficie lunar; este rol conyugal acarrea a Janet infinitos inconvenientes. Aunque los funcionarios de la NASA se esfuerzan por ocultar el domicilio de los Armstrong, incesantes peregrinaciones desfilan por el 1003 de la calle Woodland, en la pequeña ciudad jardín El Lago (de unos mil habitantes), donde viven algunos astronautas y numerosos empleados del programa espacial norteamericano. El Lago está a 60 kilómetros de la base de Houston y, desde hace cinco años, Janet y Neil habitan el modesto chalet de la calle Woodland. “La pareja adquirió esa mansión por 19.500 dólares” (más de seis millones y medio de pesos), informó Pay Nugent, dueña de una oficina inmobiliaria y activa militante en la agrupación derechista John Rirch. Junto a la casa de los Armstrong se alza la de Scott Burner, un empleado de la empresa de televisión NBC, quien vigila la actividad de sus vecinos desde principios de este año. “Como Neil desaparece desde muy temprano, y a veces está recluido por los entrenamientos, Janet tiene que oficiar, simultáneamente, de padre y madre”, observó Donald Scoon, un operario de la división de Trajes Espaciales de la NASA, domiciliado cerca del chalet de Armstrong. Todos los días a las 7.35 Janet, montada en su bicicleta, lleva a Erik (12) y Mark (6) a la escuela Seabrook y los pasa a buscar a primeras horas de la tarde. El trío suele frecuentar, los sábados, la liga de béisbol del barrio o la barbecue, una especie de pic-nic comunal que nuclea a los vecinos. Cuando Neil está en casa, lleva a los niños a alguna exhibición de volovelismo, su gran hobby. Hace tres semanas, cuando estaba a punto de dirigirse hacia una laguna cercana, para pasear en lancha, Armstrong decidió responder el siguiente cuestionario que revela cómo es el primer hombre que pisará la Luna, por qué llegó a cumplir esa función y qué hará cuando llegue al satélite terrestre. —¿Cuándo decidió ser astronauta? —Nací en un pequeño pueblo de Ohio (Wakaponeta), el 5 de agosto de 1930. Muy cerca de casa funcionaba el museo de los hermanos Wright, un templo repleto de antiquísimos aeroplanos que yo analizaba con reverencia. Allí empezó todo. —A los 39 años, ¿no se considera demasiado maduro para ir a la Luna? —Al contrario; parece ser la mejor edad. Los astronautas soviéticos también fluctúan en torno a los 40 años. El equilibrio físico y mental, durante esta edad, es el más completo. —¿Qué sintió cuando lo designaron para descender en la Luna? —Mi reacción hubiera sido la misma si se hubiera tratado de cualquier vuelo en avión. —Pero, ¿qué emociones experimentó en ese instante? —Reflexioné: desde mi punto de vista es como jugar a las cartas; esta vez me tocó ganar a mí. Desde el punto de vista de mis jefes, creo que tomaron en cuenta mis características y se decidieron por razones que no estoy totalmente en condiciones de saber. —¿No le preocupa ignorarlo? —Esta empresa es —y siempre debe ser así considerada— un trabajo de grupo. No tiene importancia el hecho de haber sido nombrado para bajar en la Luna. Por supuesto que me alegra, pero podrían haberme elegido para tripular la Apolo 10, o la 12, sin que la diferencia de misiones me hubiera afectado. —¿Qué efecto subjetivo le produce saber que será el primer ser humano que camine por la Luna? —Soy piloto de pruebas y tengo 4 mil horas de vuelo. Cada vez que tripulaba una nueva máquina decía: “Dios mío, estoy volando”. En la Apolo 11 supongo que diré: “Dios mío, voy a la Luna”. —Sus compañeros de tripulación, Mike Collins y Buzz Aldrin, son miembros de las iglesias episcopal y presbiteriana, respectivamente. ¿Cuál os su religión? —No tengo preferencia religiosa. —¿Cómo reaccionó su esposa ante su designación? ¿Usted se la comunicó de inmediato? —Cuando me lo comunicaron no la llamé por teléfono en seguida porque estaba en pleno trabajo; preferí esperar hasta la noche. Al volver a casa, cuando le confesé la novedad, me respondió: “Está bien, ya que estás de acuerdo”. Al día siguiente fue a la iglesia. —¿Irá su familia a Cabo Kennedy el día del lanzamiento? —Si ellos me pidieran una opinión les diría que no me parece recomendable. —Hasta hace unos meses, el primer hombre designado para descender en la Luna era su compañero, el coronel de la fuerza aérea Buzz Aldrin. ¿Por qué se inclinaron por usted; acaso porque es civil? —Lo ignoro, pero, efectivamente, soy civil, uno de los pocos astronautas civiles. —Hace un tiempo, cuando aún usted no había sido designado, Aldrin aseguró que quienes lo habían elegido a él “habían elegido bien”. ¿Cómo repercutió la contraorden en sus relaciones personales con Aldrin? —Nosotros, naturalmente, nos limitamos a cumplir órdenes, pero además somos buenos amigos. —Se rumorea acerca de una sorda lucha entre factores de poder, militares y civiles, que tratarían de imponerlo a Aldrin o a usted, respectivamente. —Desconozco las influencias que podrían haber mediado; sólo sé que la decisión se tomó después de un entrenamiento. —Su estadía en la Luna durará unas 22 horas, de las cuales el paseo lunar insumirá de 4 a 6 horas. ¿Cuáles serán los peligros más graves que lo esperan y cuáles los objetivos que cubrirá? —Una fase difícil es el último tramo del alunizaje, los 300 metros finales do la maniobra descendente. Puede ocurrir que nuestra reserva do combustible se reduzca muchísimo. El instante crítico llegará cuando pasemos del control automático al manual. Habrá que comprobar si el módulo lunar responde a los comandos. Tenemos ciertas seguridades, brindadas por la Apolo 9r sobre todo. Lo que más nos preocupaba, hasta que esa nave cumplió su vuelo, era saber si el sistema de comunicaciones funcionaba bien y si el instrumental de a bordo respondía. Muchos sostuvieron que los cálculos efectuados con el sextante y la computadora de a bordo no podían ser exactos. La Apolo 9 demostró que todo eso marcha. —Sin embargo, un módulo lunar es muy diferente de otro. Maniobrar en el espacio es distinto de operar dentro de un simulador. —Es cierto. Hay cosas que experimentaremos por primera vez. Sobre todo en materia de orientación. ¿Quién puede asegurarnos que lograremos orientamos con toda precisión durante el día? Porque sucede que durante la noche lunar podremos distinguir las estrellas, establecer a qué distancia nos encontramos de ellas, como también ver el horizonte. Eso será utilísimo para poder alunizar alineando correctamente la plataforma del módulo. Pero durante el día habrá grandes problemas para esa orientación, ya que no nos guiaremos por las estrellas; aquí, en la Tierra, podemos hacer todo tipo de pruebas, pero habrá que ver qué pasa durante el instante en que debamos alinear el módulo en horas diurnas sobre la Luna. —Cuando alunice en el sector sudoccidental del mar de la Tranquilidad, ¿qué tareas cumplirá? —Primero sacaré fotografías y filmaré el alunizaje desde dentro del módulo; después tomaré un pequeño recipiente para cargar material selenítico y saldré a la superficie, bajando por la escalerilla. Allí empezarán a develarse las incógnitas, porque no sé si caminaré con los movimientos desgarbados de Groucho Marx o si daré saltos de canguro. Dentro de la cápsula lunar hay cero G (ausencia de gravedad) mientras en la Luna hay 1/6 G (el sexto de la gravedad terrestre). Luego sacaré más fotos y films (para la televisión, en colores) de la zona del alunizaje, vista desde la superficie lunar. A unos 15 metros del módulo —a lo sumo 30— se abrirá mi aparato recolector. Simplemente tiraré de una cuerda y se desplegará una especie de mano con varios segmentos que recogerán muestras superficiales del terreno. —¿Qué es lo que más teme de toda la experiencia? —Durante la estadía en el espacio, nuestro mayor enemigo será el agotamiento. Al final de cada entrenamiento teníamos las manos traspiradas; nuestra resistencia soportaba las pruebas más difíciles. Tal vez las condiciones ambientales de la Luna varíen todos nuestros esquemas terráqueos sobre la fatiga. —¿Qué otras acciones están previstas? —Al pie de la escalerilla se abrirá un compartimiento de cámaras de televisión y accesorios, que enfocará a Buzz Aldrin cuando éste salga del módulo, exactamente 40 minutos después de mí. Luego, montaré una antena giratoria y en ese instante Aldrin se acercará para cooperar conmigo. Recogeremos más material selenita y concluiremos nuestra misión cuando Mike Collins, en su módulo de comando, aparezca en órbita sobre nuestras cabezas. Nuestra tarea es la de dejar algún instrumento en el satélite y recoger experiencia para que nuestros colegas de los siguientes nueve vuelos Apolo puedan ajustar su entrenamiento. Estudiaremos con Buzz el viento solar valiéndonos de un medidor; orientaremos una antena giratoria hacia la Tierra y también pondremos en funcionamiento un sismógrafo y un reflector Láser, que calculará a cada instante la posición Tierra-Luna. Haremos una sola salida y no dos, como en un primer momento se había anunciado; probablemente durmamos algunas horas antes de salir a la superficie lunar. —¿Cómo resolverán el problema del traslado de instrumental desde el módulo a la Luna? —No sé si dejaremos caer el instrumental desde la escalerilla a la superficie o lo trasladaremos a pulso. —¿Cuánto tardarán en colocarse los overoles lunares antes de salir del módulo? —No lo sabemos, pero la situación será bastante divertida. Todo volará dentro de la cápsula y en medio de ese pequeño maremagnum flotaremos bastante apretados uno contra otro hasta colocarnos el traje. En los primeros entrenamientos me costaba un poco acostumbrarme al traje y también a sujetar los objetos con los enormes guantes. Pero ahora eso resulta muy sencillo. —Algunos sociólogos norteamericanos, como Marshall MacLuhan, por ejemplo, afirman que, paradójicamente, todo el programa de vuelos a la Luna, más que un triunfo psicológico o logístico, más que una aventura de exploración cósmica, podría interpretarse como el show televisivo más espectacular de todos los tiempos, programado y financiado por las empresas privadas y los medios de difusión masivos. ¿Qué opina del considerable tiempo que, durante su viaje, dedicará a televisar sus experiencias? —La importancia del vuelo de la Apolo 11 debe ser documentada, no sólo para los archivos o la difusión mundial de ese hecho histórico, sino a fin de adquirir adecuadas experiencias para el futuro de la astronáutica. —¿Qué sucederá después del vuelo, cuando vuelva a la Tierra? —Trato de imaginarme cómo será mi vida después. Ya es muy distinta a la de un par de meses atrás. Me llegan muchas cartas y trato de contestarlas. Pero, de algún modo, siento que me separaron del resto del género humano. Ya soy “un hombre de la Luna”, signado por características únicas, diferenciales. Y eso me crea una sensación muy extraña, de júbilo y también de fatalidad. Revista Siete Días Ilustrados 2/6/1969 |
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