Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

helen keller
La magnífica lección de Helen Keller
por Delfina bunge de Gálvez
SÉ que mucho se ha escrito sobre el prodigio de Helen Keller, la sorda, muda y ciega que llega a graduarse en Filosofía y Letras y a ser una excelente escritora. Pero ignoro en qué forma se la haya comentado ya que, de cuanto a ella se refiera, sólo dos libros de que es autora me han llegado. Así, pregúntome si no habrá sido Helen, como lo mereciera, el objeto de profundos estudios filosóficos y psicológicos. Y me extraña no verla propuesta en todas las escuelas como el ejemplo más aleccionador. Nadie debería dejar de leer sus libros autobiográficos; y difícilmente habrá quien, leyéndola, no encuentre algún motivo para avergonzarse de sí mismo.
A los siete años se emprende su educación; y Helen tiene entonces que aprenderlo todo. Infinidad de nociones que todos adquirimos con sólo ver y oír, representan para ella una suma de esfuerzos inauditos. Y sin embargo —con un insólito despliegue de energía y de perseverancia— alcanza una altura intelectual, una cultura general como pocos alcanzan entre aquellos a quienes ningún sentido les falta.
Helen sabe el inglés —su idioma, diríamos, si algún idioma pudiera ser suyo—, el francés, el alemán y el griego. Además de obtener su título en Filosofía, escribe, con fino temperamento literario y poético, para las revistas, y produce varios volúmenes. Es a su vez, profesora de ciegos. Nunca cesa su afán de conocerlo y saberlo todo ni se agota su actividad. Realiza obras de beneficencia en favor de otros ciegos y sordos, aprende a jugar al ajedrez, practica diversos deportes: sabe nadar, remar; anda en bicicleta (en tándem), y a caballo. Sus conocimientos literarios son vastos; es gran conocedora de las obras escultóricas, visita las exposiciones, va al teatro, viaja. Nada escapa a su interés.
La Psicología podría indagar en Helen la extensión extrema de los sentidos. En ella pueden estudiarse, por separado, los tres únicos que posee; el alcance insospechado del gusto, del olfato, y especialmente del tacto, sobre el que tiene páginas insuperables y de cuya superioridad sobre la vista está convencida. Entre la posesión exclusiva de uno u otro sentido, quedaríase con el tacto, dice. Sus amigos corroboran la afirmación, diciendo: “Ve más Helen con sus dedos que nosotros con los ojos”. Y sobre todo, revélasenos en Helen el poder de la inteligencia en si. Privada de sus dos más fuertes estimulantes y servidores, la inteligencia de Helen se hace camino a través del doble muro de tinieblas y silencio que quieren separarla inexorablemente del resto de la humanidad y del mundo. La inteligencia suple en ella a los sentidos.
La persona ciega y sorda —escribe— se sumerge como un buzo en los mares de lo desconocido “y vuelve victoriosa, aferrándose a esta verdad inapreciable: que su mente no está lisiada ni limitada . . . Estudia sin miedo la luz y el color, de los cuales no tiene ninguna experiencia táctil, creyendo que toda la humana y conoscible verdad se despliega ante ella”. Cree, pues, Helen que ni la ceguera ni la sordera
pueden vedarle o volverle inaccesible ninguna verdad humana posible de conocer.
Helen Keller es además un ejemplo admirable de optimismo, de gratitud, de buena voluntad para la vida. Cada nuevo conocimiento la llena de alegría. Exceptuando el color, no hay nada, ni el claro de la luna, de lo que no aprenda a gozar, y de lo que no alcance alguna percepción. Desde chica repite a menudo que se siente feliz, y más tarde no desmiente esta profesión de fe. Recordando lo que fueron y son para ella los libros, habla de “lo bendecida que ha sido su existencia”. “Soy ahora más feliz que nunca —dice a los doce años—, por que puedo apreciar mi felicidad”. A los diez años escribía ya: “Ahora soy tan feliz como los pajaritos, porque puedo hablar; y tal vez llegue también a cantar”. Pregunta a la profesora de fonética que enseña a los sordo-mudos: “¿Es usted muy, muy feliz porque puede dar la felicidad a tantas personas?” Y aquí se ven ya las disposiciones bondadosas y altruistas de su corazón: Helen no concibe mayor felicidad que la de hacer felices a los otros. Cuando le preguntan qué entiende por amor, contesta: “¡Qué pregunta! Es lo que cada uno siente respecto a los demás”.
No sé lo que al leerla sentirán los que gozando del “maravilloso don de la vista”, según la expresión de Helen, viven con el corazón amargado: ni sé lo que sentiría Helen ante los que se quejan de aburrimiento, se quejan de la vida, disponiendo de sus cinco sentidos para explorar este mundo que ella, sordo muda y ciega, encuentra también “maravilloso” y en el que “desearía vivir seiscientos años”.
A este optimismo contribuye ciertamente el hecho de que Helen no conoce la maldad sino por el relato de los otros. Ella es extremadamente querida y mimada. Todos, a su alrededor, tratan de prevenir sus deseos, de procurarle cuanto puede serle una alegría, un placer. Comenzando por su maestra y amiga que se le consagra en cuerpo y alma. Los grandes personajes, los mejores poetas y escritores, la reciben con afecto e interés; el verla les conmueve, y sienten por ella profunda simpatía.
Helen Keller es norteamericana; nació en 1880 y, según creo, vive aún. A los diecinueve meses de vida, a consecuencia de una enfermedad, queda privada en absoluto de la vista y del oído. Hasta entonces, no sólo oía y veía, sino que precozmente hablaba. Según las teorías de los modernos psicólogos, infinitas reminiscencias debieron quedar en ella de esta época normal, por corta y temprana que fuera. Pero, según lo escribe la propia Helen, después de la terrible enfermedad, no tarda en recaer “en la inconsciencia del recién nacido”. Toda reminiscencia anterior ha quedado sepultada en el sótano para ella inescrutable de la subconciencia. Y así es hasta los siete años, cuando su admirable maestra, miss Sullivan, viene a sacarla del marasmo.
“Todo aquel período —escribe Helen—, me parece oscuro e irreal como una pesadilla. Me acostumbré poco a poco al silencio y a la oscuridad en que estaba sumergida, y acabé por olvidar que antes hubiera sido de otro modo, hasta el día en que vino a instalarse junto a mí la que debía libertar mi espíritu”. Y nos es difícil, entretanto, ponernos en el interior de esta criatura menos dotada que un perrito con ojos y oídos, el cual tiene asociaciones múltiples de sonidos, de formas y colores, de objetos visibles y de distancias; que entiende un cierto lenguaje, órdenes o invitaciones. Ni siquiera distingue bien, por entonces, Helen, la vigilia del sueño. Al despertar, pasa, del silencio y la oscuridad, al silencio y la oscuridad. Hablando de esta confusión, nada más elocuente que la frase en que dice no recordar que hubiera en aquel tiempo para ella “interrupciones en sus impresiones táctiles”, las únicas que tiene. Se comprende: tal vez en sueños continuaba Helen “sintiendo con los pies” el movimiento diurno de la casa; no había para ella cómo diferenciar sus impresiones oníricas de las de la vigilia. “Vegetaba”, dice, acurrucada en las faldas de su madre, y casi siempre tocándole la cara, pues le divertía el movimiento de los labios. Llegó a sospechar que por ese movimiento las gentes se comunicaban entre sí, y trató de imitarlo. Pero caía en una rabieta infantil al verificar que a ese gesticular suyo, nada se seguía.
Lo que mayor luz nos da sobre aquella oscura existencia es cuando Helen nos cuenta su júbilo al descubrir que “las cosas tienen un nombre”. A sus siete años, ha llegado miss Sullivan; ella le escribe incesantemente, en la mano, algunas palabras; pero la pequeña sorda-ciega, aunque repite esos signos, como un juego, en las manos ajenas, a nada los asocia todavía. Hasta el día en que, mientras un chorro de agua le es vertido en una mano, en la otra, deletréale la maestra, quizá por milésima vez, la palabra “agua”. Y Helen comprende por fin: “las cosas tienen un nombre”.
Su deleite crece al comprobar que, sirviéndose del alfabeto manual, obtiene en seguida lo que desea. Imagina únicamente objetos y únicamente objetos reclama. ¿Cómo se efectuó el paso de esa simple designación de objetos materiales a lo que realmente constituye un pensamiento? Ella trata de explicarlo; pero aunque ningún sentido le faltara, tal explicación resultaríale difícil, si no imposible. Explica que, como “carecía de la facultad de pensar”, no le era posible, en aquellos tiempos, hacer comparaciones, ver diferencias entre su estado mental anterior y el siguiente. Y escribe: “Cuando aprendí el significado del yo y del mi, me enteré de que yo era algo y comencé a pensar. También mi conciencia comenzó entonces a existir para mí”. Y añade estas importantísimas palabras: “De modo que yo no obtuve mi raciocinio a través del tacto. Fué el despertar de mi alma el que por primera vez dió a mis sentidos su verdadero valor, su amplia noción de los objetos, de sus nombres correspondientes y de sus cualidades o propiedades distintas. El recuerdo y la meditación hicieron que mi conciencia despertara al amor, a la alegría, y a todas las demás emociones”.
¿Cómo pensaba Helen? Se piensa con palabras. Pero ¿qué son las palabras para ella? ¿Qué es una palabra privada de su sonido, ya que hasta al recordarla en el silencio, es su sonido lo que recordamos? Helen pensaba con su mano. Parecía tener el cerebro en la mano. Las palabras para ella son imágenes táctiles; son las saliencias de sus libros en escritura de Braille, o son el deletreo de los otros sobre su piel, o el de sus propios dedos. Así, los dedos de la sordo-ciega están en continuo movimiento. Se habla a sí misma. Y hablaba a sus perros, pues tiene curiosas ignorancias. Durante bastante tiempo creyó que el perro entendía su alfabeto manual, y hirviéndose de él, le pedía disculpas cuando con él tropezaba. Cuando aprenda a hablar, se sirve de la palabra articulada para pensar (la palabra para ella sigue careciendo de sonido; es ahora un simple movimiento de labios, una emisión de aire); pero nunca abandona Helen del todo su sistema de los dedos.
Helen tiene una inteligencia asombrosa. Asombrosa es la rapidez de sus progresos. A los tres meses de haber descubierto que “las cosas tienen un nombre”, hállase ya en posesión de un lenguaje. Además del alfabeto manual de que se sirve, sabe leer y escribir. A los ocho años, sus cartas son muy superiores a las que, por lo general, escriben los chicos normales de su edad. Para la escritura corriente, con lápiz, se
sirve de una plancha de metal puesta debajo del papel, cuyas ranuras hacen las veces de líneas. Luego sírvese también de la máquina. Y no sólo aprende a “hablar con los labios”, sino también a “leer en los labios” ajenos; suele conversar acercando dos dedos a los labios de su interlocutor.
Miss Sullivan evita hablarle de cosas espirituales o religiosas; del alma, de Dios. Teme confundirla, desconcertarla. Pero su precaución de nada le vale. El espíritu de Helen está ya despierto. Y a los ocho años comienza una serie de interesantísimas preguntas: “¿Quién me ha hecho? ¿Quién ha hecho el mundo? ¿Cómo nací? ¿Adonde iré cuando me muera?” Cuando ha habido que hablarle de Dios, cree que si ella no lo ve ni lo oye, es a causa de su invalidez personal. Pregunta a los demás' si ellos ven a Dios, como les ha preguntado antes si han estado en alguna estrella.
Cuando Helen Keller comienza a escribir para el público, los editores la acosan. Ella se queja de que sólo de sí misma quieren que hable y, muy especialmente, de que no le permitan conjugar los verbos ver y oír cuando a sí misma se refiere. Ciertamente que lo último que buscaríamos en la ciega es la descripción de un paisaje; y nos impacienta como a su editores el empeño que a los veinte años pone en su primer libro, “Historia de mi vida”, por hablar como todo el mundo. Mientras mejor comprobemos su ceguera, su sordera y su mudez, más nos interesará; y esto es lo que sucede en otro notabilísimo libro suyo: “El mundo en que yo vivo”. Pero, aunque algo mezclados y sin orden. Helen tiene excelentes argumentos, de diversísima índole, para abogar por sus derechos a hablar de cuanto existe como si viera y oyera.
Invoca en primer término, las reminiscencias de sus primeros diecinueve meses de vida, despertadas en ella después de su educación y, seguramente a través de la literatura y hasta de sus sueños, ya que en ellos comienza a ver “luces que la deslumbran” y a oír “los ruidos producidos por las muchas aguas”. Escribe entonces: “Imagino que cada individuo tiene una memoria subconsciente del verde de los campos, y del murmullo de las aguas, y ni la ceguera ni la sordera pueden, a lo que creo, privarlo de esta herencia que le han transmitido las generaciones del pasado. Esta capacidad atávica forma una especie de sexto sentido que permite ver, oír y sentir a un tiempo”. Y en otro lugar: “Cuando un hombre pierde una pierna, su cerebro sigue incitándole a usar el miembro que ya no tiene y que todavía le parece estar en su sitio. ¿Estará el cerebro constituido de tal manera que continúe exitando las actividades del oído y de la vista aún después que ambos sentidos desaparecieron?”
Los demás argumentos esparcidos en su obra podrían traducirse y resumirse así: A todo el mundo se le permite hablar de lo no experimentado personalmente, y hasta de lo inexperimentable. ¿Por qué se le ha de negar a ella el mismo derecho? Que su campo de experiencias se halle reducido a unos límites casi inconcebibles para los que vemos y oímos, no le parece una razón suficiente. Dice que ella “lo imagina” todo . . . (Aunque nos preguntaremos, por cierto, en qué pueden consistir “las imágenes’’ de lo visible y lo audible en quien puede decirse que nunca vió ni oyó nada, puesto que no lo recuerda).
Señala Helen las muchas cosas de que todo el mundo se permite hablar, a pesar de ser para todos invisibles (por invisibilidad propia, o por abstractas; por ausentes, por lejanas, por pasadas). Y todo aquello que, estando más allá de la percepción de los sentidos, es, sin embargo, el acervo de la literatura mundial. Recuerda los grandes músicos y poetas que, “en sus momentos culminantes de creación, dejan de usar esos instrumentos imperfectos que son los oídos y la vista ... y ascienden en alas del espíritu’’.
Se refiere también Helen a las metáforas corrientes y a nadie vedadas, cuyo sentido literal entra en lo inexperimentable: “¿Qué oído ha escuchado la música de las esferas celestes, las pisadas del tiempo, los golpes del azar y de la muerte?”. Y apela así igualmente a lo que en otra parte analiza: a “las concordancias de los sentidos entre sí”, lo mismo que a las existentes entre lo visible y lo invisible, lo material y lo inmaterial, los objetos y los afectos. Estas concordancias son para ella de gran ilustración. Ayudada por las comparaciones usuales y la literatura, puede ella inferir de lo que en su alma siente, algo más del mundo exterior que aquello que sus tres únicos sentidos le revelan.
Y aparecen los argumentos de índole espiritual. “Los hombres —dice— no han oído, con su sentido físico, el tumulto de las dulces voces que se remontaban sobre las colinas de Judea; ni han contemplado nunca la visión celestial; pero millones de ellos han escuchado, a través de muchas épocas, ese mensaje espiritual y han creído en él”. Y luego habla directamente de sí misma, demostrando cómo también a ella le ha llegado el divino “mensaje”, comunicándole la fe: “La sordera y la ceguera —dice— no existen en el mundo inmaterial, el cual, desde el punto de vista filosófico, es el mundo real... La realidad, de la cual los objetos visibles son el símbolo, brilla ante mi mente. Cuando camino por mi habitación con pasos inseguros, mi espíritu avanza majestuosamente en su marcha impetuosa hacia el cielo, como sobre las alas del águila, mientras dirige su mirada imperecedera hacia el mundo de la belleza inextinguible”.
Así, viene aquí la más importante y magnífica lección de Helen Keller. Ella es un argumento viviente de la existencia del alma espiritual. Un argumento apologético de primer orden. Queriéndolo o sin quererlo, ella nos ha dado, en el trayecto luminoso de su vida, a través del silencio y las tinieblas, una revelación amplísima del alma humana. Destaco, para terminar, dos frases de su poema titulado “Canto a la oscuridad”. Dice allí: “Toda visión pertenece al alma”. Y dice también: “Mi conciencia me ha revelado el Cielo”.
Revista Argentina
1/10/1949
 

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