Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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JANE FONDA
ARMAS AL HOMBRO

En un reportaje exclusivo, la imprevisible actriz norteamericana revela pormenores de su sorpresiva militancia política y descubre los lazos que la vinculan a los grupos más rebeldes de la sociedad estadounidense

“Yo pensaba que si se destruían las ciudades de Vietnam era porque había razones valederas para hacerlo. Cuando me radiqué en Francia vi por televisión a los aviones norteamericanos bombardear poblados, incendiar aldeas . . . Fue un choque terrible.” Seis meses atrás, la burbujeante Jane Fonda (33) se expresaba en términos diametralmente opuestos. Hasta entonces había sido una mujer frívola y caprichosa que apelaba a sus estudias de música y pintura en París para protagonizar escándalos en los cabarets menos recomendables de la ribera izquierda del Sena. Pero la jovencita desprejuiciada que se hizo modelo cuando se le antojó, se convirtió en actriz de comedias en un teatro de Broadway, fue alumna del legendario director Lee Strasberg en el Actor's Studio, consiguió que Rene Clement la contratara para actuar junto a Alain Delon y, como broche de oro, sedujo al mayor fabricante de mitos femeninos del cine (el francés Roger Vadim, quien la catapultó a la fama en su film Barbarella (foto de la izquierda), imprimió a su demoníaca carrera un giro inesperado. Después de cuatro años, puso fin a su matrimonio con el director francés y comenzó a tutearse con la acción política. El pasado 9 de marzo fue detenida al intentar, junto a unos cien compatriotas pieles rojas, la ocupación de una base militar norteamericana; poco días después, los diarios de todo el mundo se hicieron eco de su demanda al Ejército de los Estados Unidos por haberla expulsado de Fuerte Lewis, cuando se presentó a la guarnición para discutir sobre la guerra de Vietnam. Huelgas de hambre, nuevas visitas a unidades militares, manifestaciones callejeras en estrecho contacto con los Panteras Negras (derecha) y la organización de un movimiento en el Sindicato de Actores Cinematográficos para oponerse a la inversión de fondos en actividades vinculadas a la guerra, fueron los siguientes pasos de su insólita escalada militante. Intentando reconstruir el proceso y explicar las razones de esta radicalización, dos redactores del semanario francés L’Express conversaron la semana pasada con Jane Fonda, entrevista que SIETE DIAS publica en exclusividad.
—Usted vino a París a doblar un film. ¿Tiene entonces la intención de conciliar la acción política y el cine?
—No quiero abandonar el cine. Hace un año que no filmo pero es porque no lo deseo. Dentro de dos semanas comienzo a rodar un nuevo film en Nueva York (Klute) bajo la dirección de Alan Dekula, un. desconocido. Siempre me proponen nuevas películas. Los que no lo hacen son personas con las que no trabajaría de todos modos.
—¿Sólo pretende hacer films comprometidos?
—Si para filmar tuviera que esperan que me propusieran temas políticos, no trabajaría jamás. Es necesario ser más flexible. Trato de elegir lo que hago. Por ejemplo, También matan a los caballos no tiene el aspecto de una obra política. Pero para mí lo es. Y el film que voy a hacer este verano, en cierto modo, también puede pasar por político. Adoraría rodar una película contra la guerra de Vietnam, pero no puedo personificar a un soldado. Es difícil encontrar un rol de acuerdo con mis ideas. Pero me resultaría más difícil aún personificar a otra Barbarella.
—¿Desde cuándo data su compromiso político?
—En cierto modo, siempre fui comprometida, liberal. Mi padre es un demócrata; mi hermano Peter, “un agitador cultural”. Cuando estaba en América trabajaba con el S.N. C.C., una gran organización negra que lucha por los derechos civiles y defiende numerosas peticiones antirracistas. Pero no era un compromiso cuerpo a cuerpo. Extrañamente, lo que ha cristalizado en mí es el problema de los indios. Digo extrañamente porque la causa india es casi apolítica.
—¿Algún suceso, en especial, determinó su toma de conciencia?
—No, no lo creo. Durante mucho tiempo ignoré la situación de América. Era cándida, como lo son la mayor parte de los norteamericanos. Como lo eran, sin duda, muchos alemanes bajo el nazismo. Yo pensaba que si se destruían las ciudades de Vietnam era porque había razones valederas para hacerlo. Cuando me radiqué en Francia, vi por televisión a los aviones norteamericanos bombardear poblados, incendiar aldeas... Fue un choque terrible. A partir de ese momento comencé a informarme sobre la guerra, a leer los informes del Tribunal Russell. El año pasado partí hacia la India. Por razones personales, metafísicas. Huía, quería aislarme en un medio que me resultara absolutamente extraño. Trataba de confrontar mis ideas con la soledad. Ese viaje me politizó. Quedé enormemente impresionada al ver a los hippies norteamericanos viviendo en Nepal, en Delhi, en Katmandú; rodeados por una pobreza increíble y sumergidos en una inconsciencia total. Su marginación ante los problemas de EE.UU. me asqueó. Y después, un día, pensé: “Si quiero hacer algo, debo hacerlo en América”'. Volví casi en el momento en que los indios ocupaban Alcatraz.
—¿Cómo interpreta el problema indio?
—Los indios suman casi un millón. Representan el 0,50 por ciento de la población norteamericana. No tienen ningún poder electoral ni económico. Sus relaciones con el gobierno son como las de los prisioneros de guerra.
—¿Qué hizo en Alcatraz?
—Fui para hablar con los indios y, en lo posible, ayudarlos. En ese momento no se hacía tanta publicidad sobre el asunto. Creía encontrarme en plena revolución, con afiches en todas las paredes. Me recibió una india gorda y gentil que me hizo recorrer Alcatraz como una burguesa que muestra su casa. Cada vez que trataba de encarar temas políticos, ella los evitaba. Lo más deprimente de1 los indios es su pasividad. La mayoría dice: “No importa que no tengamos tierras con tal de que nos dejen nuestra religión”.
—¿Cómo piensa ayudarlos?
—Encontrando dinero para pagar a los abogados que defienden sus derechos. Eso es absolutamente esencial. Lo único que protege todavía a los indios son acuerdos de antigua data. La única lucha que pueden emprender es jurídica. A causa del proceso que se ganó, en la reserva de los navajos ha comenzado a funcionar, por primera vez, una escuela para niños dirigida por los propios indios. Es un progreso enorme.
—¿No puede planear una ayuda más directa?
—No, porque soy una mujer. Los indios son muy hostiles a las mujeres. Están compenetrados de su superioridad viril. A veces creo que lo mejor que se puede hacer por ellos es no cambiar el sistema norteamericano. Por eso trabajo con los Panteras Negras, con los soldados.
—¿Cómo ve la causa de los Panteras?
—El problema de los Panteras Negras no es totalmente diferente del de los indios. Lo que resulta muy diferente es su manera de actuar. En mi opinión, mucho más eficaz. Por eso la represión es cada vez más fuerte. Los Panteras Negras forman el único grupo minoritario norteamericano no racista. Es un núcleo vanguardista verdaderamente revolucionario que quiere cambiar las cosas por la base, haciendo un llamamiento a todos.
—¿Cómo se contactó con ellos?
—Conocía a una mujer que trabajaba con los Panteras: ella me conectó con el grupo. Así fue como me vinculé a algunos de sus jefes. Son extraordinarios. Era la época del proceso de Chicago, en el que se juzgaba a Bobby Seale y a siete estudiantes activistas. Más tarde me visitaron. Mi padre no se mosto muy contento.
—¿Por qué?
—Algunos amigos decían que si yo( veía a los Panteras habría chantajes, me atacarían, no podría trabajar, el FBI me haría seguir. En un principio tuve miedo. Después decidí que debía tomar posición, públicamente, y lo hice. Estoy viva y trabajo como siempre.
—¿Cómo los ayuda?
—Organizando cocktails en Hollywood para recaudar fondos. Los Panteras no comprenden por qué no los realizo con más frecuencia, pero es verdaderamente duro. Hay que encontrar una casa, hacer venir gente. Pero la gente tiene miedo. Si alguien da dinero es siempre al contado, nunca hay cheques, para evitar reconocimientos peligrosos.
—¿Qué piensa del movimiento de liberación de las mujeres?
—Durante largo tiempo no comprendí nada del Women’s Liberation. Un día, en Texas, ante los soldados, divisé a una socialista que venía de Houston para hablar de la liberación de las mujeres. Por primera vez comencé a entrever el aspecto revolucionario del movimiento. Si algún día hay revolución en América, la harán las mujeres. Ellas son el único grupo oprimido que no es minoría.
—¿Piensa que las militantes del Women’s Liberation tienen razones para estar contra el desnudo en el cine?
—No me gusta hablar de eso.
—¿Rehusaría filmar desnuda ahora?
—¡Oh, no! En Klute personifico a un call-girl y hay una escena en que debo desvestirme. No deseo una vuelta al cine puritano. Sería ridículo. Es necesario abolir las opresiones sexuales.
—¿Qué siente cuando hablan público?
—Se es actriz cuando se siente necesidad de esconderse tras una máscara. Antes de hacer política, yo, Jane Fonda, era absolutamente incapaz de presentarme ante una multitud y hablar. Cuando se habla de algo que no es uno mismo resulta mucho más fácil. Pero no basta tener convicciones. Para ser eficaz, hay que saber hablar.
—¿Cómo llegó a tener reuniones en las, bases militares con los soldados?
—Para mí, los únicos soldados interesantes eran los desertores, Una vez que respetaban el uniforme se trasformaban en enemigos. Yo no sabía que entre los militares había organizaciones pacifistas, ni que existían sesenta diarios clandestinos en el Ejército. Justamente, antes de comenzar mi viaje a través de los Estados Unidos, encontré un tipo que me habló sobre los cafés donde se reúnen los soldados. Me informé, conversé con abogados militares que son tipos extraordinarios. Comprendí la importancia de esta acción interior. Entonces comencé a recorrer las bases.
—La prensa norteamericana sigue de cerca sus movimientos?
—¡Oh!, usted sabe cómo son ellos. Cuando hablo en favor de los indios, los cronistas abundan, pero desaparecen cuando hablo de los Panteras Negras.
—¿Su posición política tuvo algo que ver en su separación de Vadim?
—De ninguna manera. Estamos siempre casados. Somos muy amigos, mucho más que la mayoría de los casados que conozco. No vivimos juntos. Pero nos vemos siempre. Vadim está muy politizado. Tuvo mucha influencia sobre mí. En verdad, él fue el detonador del proceso. Creo solamente que está un poco asombrado al ver cómo he cambiado.
—¿Qué hará mañana?
—Voy a San Francisco a hablar con el abogado de los Panteras Negras. Hay dos procesos en trámite, y hay que ganarlos.
Revista Siete Días Ilustrados
20.07.1970
 
 

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