Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Julie Christie
Julie Christie
Retrato de la artista bohemia

Sobre el codo peligroso de los 30 años —los cumple el 14 de abril— Julio Christie retorna a los sets. Íntimamente convencida de que “no hay nada peor que realizar malos films”, cedió a la presión de dos nombres célebres: el del director norteamericano Joseph Losey (62, trabaja en Londres desde que el maccarthysmo lo incluyó en sus listas negras; célebre por El sirviente, Eva, El coleccionista) y el del dramaturgo británico Harold Pinter (41), en cuyo tema se basa el guión que L. P. Hartley escribió para The go-between, film que marcará la rentrée de J. C., consagrada por ahora full time al incandescente romance que la ata a Warren Beatty.
“Cuando leí el argumento tuve ganas de gritar", elogió la Christie, quien continúa cultivando esa imagen de muchachita beat —entre disconforme y abúlica— que hacia mediados de la década se difundió en Darling, el film de John Schlesinger que le reportó lo que, en opinión de muchos críticos, fue “el único Oscar correctamente discernido en toda la historia de la Academia". Ya en ese acto, la Christie adoptaría ciertos tics que algunos suelen confundir con la independencia de carácter: contra todas las normas de etiqueta establecidas, la estrellita se presentó a recibir el trofeo enfundada en unos pantalones de lamé dorado. Pero no sólo por esa mímica de la rebelión algunos la compararon a la Garbo. Su breve, intensa biografía es una metáfora de la libertad.
Nació y creció en la India, donde su padre manejaba una plantación de té. A los 8 años, como su inglés era bastante deficiente, la enviaron a un convento en Sussex. No duró mucho: la expulsaron por contar a las monjas historias sexuales. En Londres, ya adolescente, toma clases de arte dramático e intima con la bohemia beat: con su bolsa de dormir, deambula de casa en casa; con su cara y su cuerpo no le es difícil encontrar amigos hospitalarios. Aún estaban lejos, lejísimos, los 700 mil dólares que ahora cobra por film —cuatro veces lo que obtuvo por animar el papel de Lafa en Doctor Zhivago y cien veces más de su cachet en Darling—. A los 16 años huye a París: en las numerosas caves de Saint Germain des Prés abandona los últimos vestigios de la moral victoriana impuesta por sólidas institutrices británicas. A su regreso en Londres, concluye los estudios de arte dramático: en la fiesta de graduados anima el papel de Ana Frank en una teatralización del célebre Diario. Una revista publicó su hermoso rostro en la portada. Sería, claro, su pasaporte a la fama. Al día siguiente, el productor Joe Janni vio la revista en un quiosco de Victoria Station: “El tren estaba por salir —refirió después Janni—. Me bajé y alcancé a gritarle a un amigo que me acompañaba que si perdía el tren tomaría el siguiente. Cuando tuve la revista entre mis manos la reconocí. Era la Ana Frank de la fiesta. Claro que entonces no me había gustado demasiado porque hay que convenir que como actriz de teatro Julie no es muy buena”.
El entusiasmado Janni la presentó a Schlesinger, quien le dio un pequeño papel de ocho minutos en Algo de verdad, con Tom Courtenay en el rol protagónico. El papelito le valió el premio de la crítica londinense y llovieron sobre ella las ofertas de contrato. Pero la personal J.C. no se deslumbró: decidió que necesitaba madurar como actriz y como mujer y se enroló —con un sueldo modestísimo— en las filas del Royal Shakespeare: con la Comedia de los Errores recorrió gran parte de Europa occidental, Rusia y Estados Unidos con un éxito tal que, a su regreso, repitieron la obra ante la familia real y sus invitados en el castillo de Windsor.
Más tarde, John Ford la llevó a los Estados Unidos para filmar Young Cassidy (El soñador rebelde), una realización de Jack Cardiff. Curiosamente, el papel que le valió el Oscar es uno de los que menos le gustaron: Diana, la heroína de Darling, es una muchacha temperamental, vanidosa, amiga de depravados, un modelo del que J.C. lucha por alejarse. Desde entonces, conocidos directores la reclamaron para sus repartos: David Lean la dirigió en Doctor Zhivago, François Truffaut en Farenheit 451, John Schlesinger, nuevamente, en Lejos del mundanal ruido; en 1968 rodó Petulia, bajo la batuta de Richard Lester y En busca de Gregory, comandada por Peter Wood y junto al italiano Rodolfo Celli, el “malo” que enfrenta a James Bond en Operación Trueno.
Humanamente, J.C. tiene los modales y las costumbres de una adolescente cualquiera: es decir, colecciona objetos inútiles, muestra una marcada predisposición por sentarse en el suelo, integra manifestaciones contra las bombas nucleares, no tiene coche, adora la bicicleta y se viste con la ropa que le cosen las amigas. También, como muchas adolescentes, está disconforme con sus piernas, a las que juzga demasiado delgadas, circunstancia que no le impide exhibirlas generosamente mediante osadas y breves minifaldas. Por otra parte, se muerde las uñas, adora los pajaritos y los girasoles, lee biografías o poemas de Wordworst, le encanta ir de compras y ver films idiotas en la televisión. Cierta vez le preguntaron si tenía una filosofía de la vida. Sin dudar un instante, contestó: “Pienso que es importante hacer lo que se desea y no pensar demasiado en lo que dice la gente”. Claro que para que semejante ideario resulte exitoso es imprescindible haber nacido con la cara y el cuerpo de J.C. (“Boca llena, dos pómulos puestos como por equivocación, dos piernas como para mover el mundo y una cara como para ganarlo”, la definió Truffaut). Queda otra posibilidad con tan desprejuiciado ideario: haber nacido sufragista inglesa.
Revista Siete Días Ilustrados
29.03.1971
 

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