Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

la guerra de los planetas
LA GUERRA DE LOS PLANETAS
"Hemos alcanzado la región más trasparente del aire’’. Con esta frase se asomó Hernán Cortés al Pacífico, documentó asombro, puso pórtico a su proeza de primer europeo que cruzaba el extenso continente americano. Nada semejante parece haber ocurrido con los astronautas estadounidenses Borman, Lovell y Anders, al menos a nivel de las palabras. Superaron la frontera gravitacional del planeta Tierra con su satélite Luna para ver —apenas— un territorio como “talco de color gris’’. Contemplaron —primeros hombres— la cara oculta de la Luna —con sus propios ojos— y sólo alcanzaron a balbucear “la pudimos’’, como oscuros boxeadores en un ring del Lejano Oeste. Tanto desapego asombra, a falta del asombro de los descubridores. Tuvo su correlato en Norteamérica, donde la televisión registró más de dos mil llamados de espectadores. Pedían algo muy simple: “Suspendan la trasmisión espacial. Pongan el partido de rugby’’.
El viaje selenita —ida y vuelta, tripulado— ¿es hazaña o no es hazaña? Las opiniones difieren. El informado diario francés Le Monde tituló: "La URSS, alcanzada y superada”. Su colega inglés —hebdomadario— The Economist satirizó: "El esfuerzo resulta injustificable desde el punto de vista científico. La decisión de poner un hombre en la Luna ya es anacrónica. La garra técnica de los norteamericanos supera el alcance de su imaginación”.
Razones del aplauso: en 1957 Rusia ponía en órbita su Sputnik I e iniciaba la carrera espacial. Jruschov sacaba abusiva consecuencia teórica: “demuestra la superioridad del socialismo sobre el capitalismo”. La URSS recuperaba prestigio, disimulando hechos deteriorantes como la invasión a Hungría. Demostraba, simultáneamente, el alcance de sus cohetes intercontinentales. Estados Unidos dejaba de ser “el intocable santuario de Occidente”. Tras una pelea de 12 años, Norteamérica ha invertido los términos de la ecuación: sus cohetes han ganado en potencia, sus naves en comodidad, sus disparos en precisión. Tras la expedición a la Luna, “sin tocar", se prepara para un descenso tripulado al satélite, en los próximos meses. Para ello ha montado una gigantesca infraestructura técnico-industrial, modelo de ajuste y complejidad. Como gran potencia que es, se propone un objetivo y lo cumple, impecablemente. El objetivo, formulado por John Fitzgerald Kennedy, avalado por Johnson, es: “Poner un hombre en la Luna en 1969”.
Razones de la crítica: El disparo tripulado a la Luna es un alarde inútil. Estados Unidos se ha trazado un programa espacial de 32.000 millones de dólares, del cual lleva gastados ya el 70 por ciento, pero no tienen pensado qué harán cuando efectivamente tengan un hombreen el satélite. Durante 10 años, la NASA ha estado absorbiendo el 0,5 por ciento del producto bruto norteamericano en exploración del espacio. Esto significa que el 40 por ciento de los fondos totales dedicados a la investigación científica, en ámbitos civiles o militares, han estado imputados a sus programas. Como los costos de los disparos tripulados son altos, la operación “hombre en la Luna” ha significado un recorte de otros lanzamientos (satélites científicos o de comunicaciones). Se cumplió un esfuerzo excesivo, en olvido de acuciantes problemas técnicos y sociales terráqueos.

Saltos
Con sus pro y sus contra, la actividad de la NASA muestra una "ideología de la exploración espacial”. Se propuso un objetivo simple: alcanzar la Luna. El satélite está prácticamente al alcance de la mano. Constituye una prueba piloto para la alucinante experiencia que vendrá después: la de colonizar los planetas. Mundo de roca y polvo, inhóspito, sin atmósfera, sin agua, sin oxígeno, sin vida, con todo propone problemas menos ásperos que los inmediatos vecinos solares de la Tierra, Venus y Marte.
Venus es un astro gemelo de nuestro planeta, con relieve disimulado por nubes (¿de polvo?) agitadas por continuas tormentas, con temperaturas que lo convierten en un irremisible horno, con misterios de formación y estructura que llevará años develar. Marte presenta un territorio salpicado por cráteres, con atmósfera escasamente densa (sin oxígeno) e intensa lluvia de radiaciones. Es posible que abunde en óxidos metálicos (especialmente de hierro). Si esto fuera así, según el astrónomo Arthur Clarke, “Marte es un planeta que se ha convertido literalmente en orín”. Las observaciones con sondas no corroboraron la presencia de hidrógeno y carbono revelada por investigaciones espectroscópicas. Esto quiere decir: ninguna vida observada hasta ahora.
Para llegar a estos inquietantes vecinos se necesitará un salto cualitativo semejante al trascurrido entre el lanzamiento del primer satélite y el viaje tripulado a la Luna. Es cosa, por consiguiente, ardua y distante. Por otra parte el satélite selenita es trampolín cómodo y quizá obligado para asomarse al sistema solar. La sola presencia del hombre en él revolucionará innúmeras disciplinas: la astronomía (ver cielos límpidos, sin cortina de atmósfera), la medicina (un ideal para cardíacos, la falta de gravedad), la industria (procedimientos al vacío, a bajo costo), la minería (todo un astro para explotar). Ante este panorama, la inversión necesaria para instalar una colonia lunar, un sistema de aprovisionamiento (o recuperación) de oxígeno (para respirar) y agua (para beber), y una línea regular de navegación con la Tierra no parece excesiva ni (a largo plazo) irrecuperable. La cuestión está en saber si los Estados Unidos, librados a su propio esfuerzo, podrán afrontarla.
Por de pronto, el Senado norteamericano viene recortando los presupuestos de la NASA. De 400 millones de dólares en 1960 se fueron elevando hasta 6.000 millones en 1966. Luego sufrieron brusca economía de 1.500 millones. Los legisladores parecían hacerse eco de una opinión violentamente expuesta por el senador y luego vicepresidente Humphrey, en 1963: “Al volver de la Luna, encontraremos una nación económicamente deprimida, incapaz de sostener conjuntamente su potencia militar y su prestigio espacial, porque afectaremos a esos proyectos una parte desproporcionada de nuestros recursos naturales”.
El logro del Apolo VIII —victoria de prestigio, liderazgo en la carrera espacial con la Unión Soviética— será la carta que la NASA utilice ahora para disolver estas prevenciones, frente a una administración Nixon que sólo se ha expedido ambiguamente en la materia.

Astucias
Comentario soviético: Estados Unidos está en condiciones de enviar un hombre a la Luna en mayo próximo. Es una empresa difícil pero, evidentemente, posee conocimientos y tecnología para realizarla, En cuanto a la URSS, no se ha propuesto programa equivalente. Según el académico Sedov (padre del primer Sputnik, vocero habitual en cuestiones espaciales) “en un futuro inmediato no enviaremos expediciones tripuladas a la Luna. Partimos de la base de que ciertos problemas pueden ser resueltos por medio de sondas automáticas”.
Como para corroborarlo, Moscú lanzó dos naves hacia Venus. Allí se posaran
con abundante instrumental, en el mes de mayo. Un viaje de 320 millones de kilómetros, para hacer blanco en un planeta sólo un 4 por ciento menos voluminoso que la Tierra. Con fabulosa precisión.
Entre tanto, los expertos anotan: es probable que la URSS esté preparando el lanzamiento de una estación orbital. Es un proyecto vasto que necesita varios años de dedicación. La decisión política de realizarlo puede haber sido adoptada por la misma época en que los norteamericanos concibieron el programa Apolo. Las Sondas automáticas preparan entonces el camino hacia los planetas interiores del sistema solar (los que están situados entre el Sol y la Tierra). Desde la estación espacial pueden ser despachadas (con menor fuerza propulsora pues no tienen que vencer la gravedad terrestre) naves voluminosas, capaces de albergar tripulación numerosa, así como maquinarias y materiales para armar cúpulas protectoras en los astros visitados. La expedición —en tal caso— sería colonizadora.

Entra la medicina
Entre tanto, se trata de evaluar con precisión los efectos físicos y psicológicos de expediciones espaciales prolongadas. La carencia de información exacta ha creado paulatinamente una verdadera mitología al respecto. Algunos astronautas habrían sufrido, después del regreso, trastornos permanentes que afectarían al equilibrio y provocarían caídas, dolores de oído, dificultades en la visión, sensación de vacío en el cerebro. Durante el vuelo: desmineralización, dificultades para coordinar los movimientos, pérdida de peso. Los “peatones espaciales” habrían incorporado otro elemento de malestar: alucinaciones. En viajes prolongados pueden generarse situaciones dé angustia propensas a desembocar en peligrosas psicosis.
La Incipiente “medicina espacial" combate con eficacia estos síntomas. Un gramo de calcio por astronauta y por día contrarresta el agravio al sistema óseo. Los problemas circulatorios, ligados a la ausencia de peso, podrán ser evitados mediante cabinas rotatorias, que creen una gravedad artificial. Dos litros y medio de agua diarios combaten la deshidratación. Un aparato especial aplicado a las piernas de los astronautas provoca un aflujo de sangre hacia esa región, impidiendo que se concentre en el cerebro. Y así sucesivamente. Quizá la mayor incógnita sea el efecto de las radiaciones. La expedición norteamericana a la Luna constituye, al respecto, una experiencia importante; sus integrantes debieron atravesar franjas de radiación que ningún hombre antes había conocido. Si resultan excesivamente nocivas, nuevas técnicas (trajes espaciales protectores) deberán ser añadidas al equipaje. En cuanto a los soviéticos, eligen por ahora realizar esas pruebas con animales.

Destino
La experiencia demuestra que las dificultades son casi siempre vencidas a medida que se presentan. La naturaleza del hombre no parece hasta ahora incompatible con su supervivencia en el espacio externo. Otros frenos podrían presentarse: serían de índole económica y política. El costo de la exploración es demasiado elevado incluso para una superpotencia. Lo que ahora se presenta como "una guerra para colonizar los planetas” deberá convertirse, a poco andar, en formas cooperativas que eviten la duplicación de esfuerzos.
Las objeciones económicas al programa espacial hacen hincapié en el hecho de que existen grandes regiones deprimidas, que requieren inversiones cuantiosas para incorporarse a razonables condiciones de vida y de consumo. Esto ocurre incluso en el interior de las naciones fuertemente industrializadas. Los fondos de la NASA podrían haber sido aplicados a construir “la Gran Sociedad” con que soñaba Johnson. El argumento es contundente pero debe conciliarse con el hecho de que el devenir de la historia no se detiene. Las razones de prestigio o competencia que hace una década pusieron en movimiento a la URSS y a los Estados Unidos encubren otro hecho menos estridente: s¡ el hombre está en condiciones de salir del planeta Tierra, es difícil que las mentalidades conservadoras logren disuadirlo y detenerlo.
En un futuro más o menos próximo, la colonización del sistema solar tendrá, asimismo, consecuencias políticas. Para algunos analistas, liquidará los nacionalismos: es tarea para una humanidad unida, con formas institucionales adecuadas. Para otros, la cooperación sólo tendrá sentido en los mundos distantes. Allí sí las expediciones deberán auxiliarse y olvidar sus litigios de origen. Entonces serían las colonias exteriores las que propondrían un nuevo modelo, no conflictivo, de organización social. ♦
PANORAMA, ENERO 14, 1969
 

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