Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

liza minelli
El nacimiento de una estrella: Liza Minnelli
Nace una estrella, y de inmediato se convierte en alimento y fantasía para esa bestia múltiple y voraz, el público. Quienes logran domesticarla, sobreviven para vestir el manto de la adulación y de la aplastante expectativa. Hace dos semanas, en Nueva York, ese manto caía sobre los hombros —envueltos en visón— de Liza Minnelli (25), hija de la legendaria Judy Garland. A través de multitudes ululantes y de súbitos paparazzi, una obviamente conmovida y riente Liza —enormes ojos castaños sombreados de verde-azul, envasada en un ceñido vestido blanco seductoramente escotada en la espalda— llegó a la premiere mundial de Cabaret, el film en el cual interpreta a una corista famélica de gloria, a la deriva en la Alemania de comienzos de los años 30.
Una vez, Liza se ufanó de no visitar sino dos restaurantes pobres, vestida con sweaters deformados y blue jeans. Hoy, con un guardarropas exclusivo creado por el chic modista Halston, figura en la lista de las diez mujeres mejor vestidas del mundo y es promovida por Vogue y el Women’s Wear Daily, tanto por sus recientes andanzas parisienses con amigos blasonados del jet-set internacional, cuanto por su provocativa nueva apariencia de madurez. Aunque devolvió las olas de admiración de sus fans con la misma efervescencia del pasado, la nueva relación de Liza con el público, y su propio papel en Cabaret como la hedonista Sally Bowles, demuestran que está tratando de dejar atrás la imagen de muchachita díscola. Aquella hija de Judy que parecía una potranquita, con el pelo cortado a lo varón y las uñas roídas, es otra ahora.
Los espectadores que la recuerdan como la humilde, sufrida Pookie Adams de Los años verdes, se sorprenderán al ver cómo una voluptuosa Liza se contonea en los sensuales números de canto y baile como Sally, la inmortal protagonista de la novela de Christopher Isherwood Adiós a Berlín: botas negras, hot-pants con escote hasta el ombligo, es la figura sexy del Kit Kat Club, toda uñas "divinamente decadentes” pintadas de verde y pestañas postizas absurdamente largas, entre los porcinos clientes a los que ronronea, a la manera de Marlene Dietrich, un himno nacional de las vampiresas.
Es bastante irónico que Liza atravesara catorce pruebas para el papel de Sally en la versión musical de Broadway de Adiós a Berlín —que fue, precisamente, Cabaret (hay otra versión, en prosa, que Buenos Aires conoció por un elenco norteamericano, hace un década, titulada I am a Camera, ("Soy una cámara”)—, y que finalmente lo perdiera en favor de Jill Haworth. Los años transcurridos le han dado la madurez que hace la diferencia. "Sally era realmente una vagabunda y no tan sólo otra adorable ramerita —explica Liza—. No quería ser una buena vedette, quería ser una estrella”. Esto permite observar que la Minnelli ha llegado a un punto que pocos intérpretes alcanzan: se encuentra a sí misma en sus papeles, y encuentra a sus papeles en sí misma. "La forma en que Sally canta la canción principal, Cabaret, por última vez, significa que la está escuchando por vez primera y entendiendo lo que quiere decir. Se le produce una iluminación, lo mismo que a Pookie Adams: se le ilumina el camino hacia una nueva comprensión. Esa clase de gente me conmueve, y yo la admiro mucho. Están resolviendo sus propios problemas y me encanta verlos avanzar sin tenerse autocompasión”.

CAZADORA DE LA VIDA. Quizá porque en esos personajes hay mucho de Liza misma: una inocencia sabia, una vulnerable solidez, una melancólica alegría. El trémulo labio inferior de la Minnelli, las manos que vuelan como pájaros asustados al primer golpe, los ojos llenos de miedo infantil: todo traiciona la imagen de Sally como la cortesana. ambiciosa y sin escrúpulos. Este choque de opuestos produce chispas y fatalidad, y eso es lo que hace andar a Cabaret. "'Pienso que elijo mis papeles porque creo que, no importa cuán embrollada sea una situación, hay gente que puede salir de ella. Lo interesante es cuando tropiezan pero se levantan”, informa Liza, que tiene los ojos puestos ahora en otras dos mujeres batalladoras, Juana de Arco y Zelda Fitzgerald, la mujer de Scott Fitzgerald, el novelista de los años locos. Acerca de esta última, que murió quemada en el incendio del manicomio donde residía, dice: "No quiero hablar de la locura de Zelda, porque eso no es lo que había en ella de mejor. Ella era una cazadora de la vida. No renunciaba”.
Tampoco Liza renuncia. Casi desde el comienzo de su carrera ha luchado para perfeccionar su talento. Desde su primera aparición, en la maternidad del hospital Cedros del Líbano, en 1946, Liza tuvo que esperar dos años y medio para debutar en cine: un fugaz paseo en uno de los films de su madre. A los 7 años, Judy la tenía a su lado en el escenario del Palace Theatre, en Nueva York, "y bailé con toda mi alma, mientras mamá cantaba Swanee. Recuerdo las oleadas de aplausos que caían sobre nosotros. También recuerdo que pensaba si se me verían las bombachas al bailar”. A los 14, era la protagonista de una producción escolar de El diario de Anna Frank, que hizo una gira por Israel, Grecia e Italia mediante una donación particular. A los 16 años estaba en la Sorbona (en total, estuvo en unas 20 escuelas distintas), pero abandonó al cabo de unos meses y volvió a Nueva York para hacerse un camino en la farándula. En 1963, a los 17, tenía el tercer papel femenino en una reedición off-Broadway de Best Foot Forward.
Para Liza, ésa. fue su primera gran oportunidad. En vano buscó a Judy Garland entre el público, en la noche del estreno, aunque su padre, el brillante director cinematográfico Vincente Minnelli, estaba allí. “En el intervalo, llamé a mamá a su hotel —recuerda Liza— y me hizo toda una historia acerca de que alguien le había dicho que el estreno era al día siguiente. Pero yo sé que la verdadera, razón por la que no asistió, fue que no quería robarme la atención del público”. A la noche siguiente, allí estaba Judy. "¡Oh, cuánto lloré! —contó Judy a los periodistas—. Lloré, lloré y lloré. Me sentía tan orgullosa de mi nena”. Más tarde, Liza hizo giras con su madre, quien estaba haciendo otro de sus famosos "retornos", y cantó y bailó con ella en el London Palladium. Se dice que Judy miraba con fiereza —algunos dicen que envidiosamente— mientras Liza cantaba (el primer long-play de ésta, del sello Capítol, Liza, Liza, vendió medio millón de discos). "Creo que decidió dedicarse al show-business cuando ya estaba en embrión, de tanto como pateaba”, solía bromear Judy.
A los 19, Liza fue la actriz más joven de Broadway que ganó un premio Tony (el equivalente teatral del Oscar cinematográfico) como la mejor del año por Flora, the Red Me nace, dirigida por George Abbott, quien al principio no la había querido para esa parte y terminó por admitir, tiempo después, que "nunca he visto a nadie, desde Helen Hayes, entender tan rápido las indicaciones del director". La obra se dio sólo 87 veces, y Liza obtuvo las únicas buenas críticas. En el mismo año, debutó en night club, en el hotel Shoreham, de Washington, y unos meses más tarde en él Plaza neoyorquino. Cuando un amigo le mostró la novela de John Nichols The Sterile Cuckoo (Los años verdes, en su versión cinematográfica), Liza supo de inmediato que el papel de la protagonista era para ella. Lo esperó durante tres años, pero en el interin apareció por 20 minutos en Charlie Bubbles (La máscara y el rostro), de Albert Finney, como la secretaria de éste, quien le dio a Liza un insólito consejo: "Tu cara lo registra todo —le dijo—, no está lo suficientemente velada. Hacé la mitad de lo que estás haciendo”.
Alan Pakula, que dirigió Los años verdes, también sentía que Liza tenía tendencia a "dar demasiado", y su clave en el set para ella, era: "Muy bien, ahora cubrilo un poco". Pakula, uno de los hombres más inteligentes del métier, recuerda Los años “como uno de los mejores momentos de mi vida, en gran medida a causa de ella. Nunca he visto a nadie que extraiga mayor alegría del trabajo, es contagioso”. Pakula halló en Liza esa mezcla única de inteligencia e instinto, lo infantil y lo sofisticado. Siempre puntual, siempre preparada, conociéndose el libreto de atrás para adelante, Liza aún podía, sin embargo, acercarse al director durante una escena y decirle: "Oiga, patrón, repítame la historia". El se la repetía, "como a un chico, en el lenguaje más simple, y eso la ayudaba; algo surgía en ella en el ínterin, algo que le juntaba las distintas piezas". Esta interpretación le valió a Liza una candidatura al premio de la Academia y, quizá, una infortunada etiqueta como Miss Trauma Feliz; su film siguiente, Dime que me amas (Tell Me That You Love Me, Junie Moon), de Otto Preminger, en el cual hacía de una chica con la cara deformada por ácido, que convive con dos muchachos interiorizados, no fue un éxito, aunque Liza "dio" con su habitual intensidad.

VIVIR CON MAMA. Porque rara vez hace nada a medias. En la semana anterior al estreno de Cabaret, Liza seguía actuando en el hotel Edén Roe, de Miami Beach, por 20 mil dólares semanales. Pero es un show como para noquear a cualquiera. Ella salta, juega y se balancea bajo los reflectores como una olla a presión a punto de explotar. El sudor le empapa el vestido de color ciruela y corre en arroyitos por su escote, mucho antes de encontrarse en mitad de su actuación de una hora. Después de una canción titulada Mejor que se sienten, chicos, donde una madre explica su divorcio a sus hijos, Liza enfila hacia bambalinas; su vestidora (que tiene a mano un tanque de oxígeno y un frasco de sales) la frota con una toalla, como si fuera un boxeador, y la introduce en un trapito minúsculo de color lavanda, lleno de lentejuelas. Un rápido trago de agua helada, una pitada de un cigarrillo, y la actriz vuelve a escena para desovillar una serie de números rock con su nuevo cuarteto acompañante, los American Sunshine.
A esta altura de las cosas, casi todo él público, sobre todo las señoras maduras, han empezado a compararla con Judy Garland, inevitablemente. Y es que allí están, además de un parecido físico que puede ser alucinante por momentos, el oportuno tremolo, las hambrientas manos que tiemblan en la luz, la súplica, casi sollozada, mientras el cuerpo se arquea hacia atrás en busca del crescendo final. "La gente siempre piensa que mi madre me lo dio tocio —dice Liza—, pero no fue así. Tuve que trabajar duramente". Pero el mito de Judy Garland, la perseguidora del arco iris, con sus cinco matrimonios fracasados y su leyenda de intentos de suicidio, borracheras y excesivas dosis de somníferos, no morirá jamás. Uno de los problemas más difíciles de Liza es explicarle a la prensa cómo fueron su infancia y su adolescencia: "Fue duro ser la hija de Judy Garland. La diferencia entre otros chicos y yo, es que cuando mis padres se peleaban, o mi madre iba a un sanatorio de reposo, eso se convertía en un acontecimiento público".
Sin embargo, lo que le gusta recordar de Judy es su sentido teatral y su buen humor en malas circunstancias. Se muere de risa al acordarse de aquella vez en que ella y Judy fueron acorraladas, en un baño de señoras, por una admiradora ebria que no cesaba de recordarle: "Judy, pase lo que pasare, no te olvides del arco iris, nunca te olvides del arco iris, Judy”. Y Judy, revoleando dramáticamente su boa de plumas negras, le contestó: "¿Cómo podría, señora, olvidarme del arco iris? ¡Tengo arco iris hasta en el trasero!” O cuando el escritor Gerald Frank fue a entrevistar a Judy en Londres. “Sé que él cree que me emborracho y tomo píldoras”, advirtió Judy a sus hijas, Liza y Lorna Luft, mientras arrojaba tubos de aspirina semivacíos sobre los muebles y desparramaba, con ayuda de las chicas, vodka en cortinas y alfombras. Frank tocó el timbre y Judy, con un vestido desgarrado, los pelos revueltos y voz aguardentosa, le abrió la puerta exclamando: “¡Aquí tiene su reportaje!”. Y hasta en el día de los funerales de su madre pudo reírse evocando una salida de la Garland, cuya, masa de admiradores estaba formada por homosexuales: "Cuando me muera, ya me veo a los chicos cantando Sobre el arco iris y la bandera a media asta en Fire Island [un lugar predilecto de homosexuales, cerca de Nueva York]”. "Saben —confía un amigo de la familia—, al final Liza se convirtió en la madre de su madre, y estuvo estupenda durante el entierro.”
Pese a todos los problemas, Liza insiste en que vivir con mamá era más arco iris que aquelarre. Pero admite que Judy podía ser imposible. Una vez no quería que Liza interviniera en una producción veraniega de Carnival, y telefoneó a la prensa que su hija dejaba la compañía, cuando Liza se negó a romper el contrato. Liza, al día siguiente, telefoneó a su vez para decir que todo era un error. Judy la amenazó entonces con sacarla del escenario a los empujones, en la noche del estreno, si insistía. "Esa noche la esperé —cuenta la Minnelli—, pero lo único que me esperaba era un cajón de champaña mandado por mamá, con una nota que decía: Sos una muchachita admirable, pero me exasperás".
Y también hubo aquella vez en que Liza protestó: "No mamá, no puedo, no puedo absolutamente ir a tu casamiento, pero no faltaré para el próximo". Y asimismo los momentos histéricos, tristes: las amenazas de suicidio; irse de los hoteles a la noche, tapizados de ropas puestas unas sobre otras, porque Judy no tenía un centavo; detectives en la cocina, porque la Garland temía que su marido más recientemente separado, Sid Luft, le robara los hijos (Loma y Joey); y una Judy vencida, murmurando: "He trabajado toda mi vida y no tengo pilata. No tengo nada para dejarte". "Me dejó sus agallas y su integridad —afirma Liza— Cuando mamá estaba muy caída, yo le decía: Vamos, mami, vamos al parque a andar en la montaña rusa”.
El cariño de Liza por su padre, quien dirigió, entre otros films, Gigi, Un americano en París, La rueda de la fortuna, El padre de la novia, es integral y absoluto. "Papá me influyó tanto —musita—. Es tan encantador, un caballero. ¡Lo que ha tenido que soportar en sus tres matrimonios! Ha mimado a cada mujer con la que se casó, y ellas lo dejaron. Y yo vi cómo ocurría, vi cómo las mujeres se aprovechaban de él. Es increíblemente gentil, habla muy vagamente, pero es quizá el hombre más fuerte que he conocido. Cuando le dije algo acerca de sus mujeres, me contestó que no me entendía. Bueno —le insistí—, vos les das todo lo que ellas quieren. Y él me respondió: Siempre pensé que para eso eran las mujeres.

PARIS ERA UNA FIESTA. Liza recuerda los cuentos que le contaba su padre a la hora de acostarse: "Toda clase de cosas, acerca de Colette, H. G. Wells, la vieja Nueva York, el Bois de Boulogne y los coches y la gente, historias muy reales y muy detalladas. Mi papá me regaló París, y no me sentí contrariada.
Me hizo sentir que estaba haciendo algo muy interesante all estar viva. Mamá lo mismo, pero era más dura. Papá era etéreo". ¿La mimó mucho Minnelli? "Me echó a perder, pero con amor. Recuerdo que una vez fuimos a ver Fiesta en el hielo, yo tendría 4 años y llevaba un vestidito blanco muy paquete. Miré a los otros chicos y le dije: Papá, no estoy vestida adecuadamente, no quiero entrar, no me siento bien. Nuestra casa estaba muy lejos y, sin embargo, me llevó de vuelta para que me cambiara de ropa y volvimos al teatro.” Vincente recuerda que su hija solía mirarlo y decirte: Papá, vos me comprendes realmente. Liza evoca cómo su padre la trataba "en un nivel tan femenino, como si yo fuera una dama; es lo mejor que puede pasarle a una nena”.
De él también ha heredado, acaso, el sentido del espectáculo total: "Se puede trasformar a un público de night club en un público de concierto, pero no cuando están con el cuchillo en el aire atacando un bife —opina Liza, cuyo objetivo es seguro—: yo no apelo a la mente, no apelo a la entrepierna; apelo al corazón. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no ansío estar por encima del público. Quiero ser un reflejo de los corazones y las mentes de los espectadores, cuando actúo. Aspiré a ser una intocable, como Barbra Streisand o Lena Horne, pero yo me preocupo por mi público, yo les digo: Vengan conmigo”.
Tampoco es una intocable en su vida privada. Su casamiento con el cantante australiano Peter Allen terminó amistosamente, y Peter está autorizado a visitar semanalmente a Ocho, el perro vagabundo que ambos recogieron en Puerto Rico y que vive con Liza. Esta tuvo después una borrascosa relación con el arreglador musical Rex Kramer, que la acompañó durante la filmación de Cabaret en Alemania; en estos momentos, la Minnelli enfrenta un pleito por medio millón de dólares, entablado por la ex mujer de Kramer que la acusa de "robo de afecto”. Ahora vive con Desi Arnaz (h.), de 19 años, el apuesto hijo de Lucile Ball y Desi Arnaz, y fue con él al baile que le ofreció en París, en el maravilloso hotel Lambert de la isla Saint Louis, di barón Alexis de Redé, donde se hizo amiga del barón Guy de Rothsohild y su mujer, a quienes conoció a través de Marisa Berenson (la esposa de Dirk Bogarde en Muerte en Ve-necia, modelo y nieta del último de los estetas, el historiador del arte Bernard Berenson), y también de Jean-Pierre Cassel y Jean-Claude Brialy, y de Charles Aznavour. El empresario del Olympia, Bruno Coquatrix, que presentó hace poco a Liza en un show que tuvo colosal éxito, le ha advertido: "Una nueva estrella no puede evitar sentirse mareada por títulos y riquezas. Pero no te engañes: hay gente buena y de la otra en el tout Paris”.
Copyright Newsweek y Panorama, 07/03/1972
 

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba