Mágicas Ruinas
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Biología: ¿La Luna, el mar o Marte?
El viaje de Apolo 8 sirvió, entre otras cosas, para reactualizar las polémicas en torno de la vida en otros planetas. La Luna, Marte, son los centros de atención. Mientras los módulos lunares esperan la fecha para abordar el satélite, el siguiente informe intenta elucidar lo que encontrarán los hombres al descender allí; qué puede esperarse, en fin, del viaje al planeta Marte.
Hasta hace dos años, los selenólogos formaban un amplio frente escéptico: según ellos, el país que desembarcara hombres en la Luna iba a encontrarse sólo con un astro muerto. Muerto desde siempre. El análisis de las fotos tomadas en mayo y agosto de 1967 por los Lunar Orbiter tiende a desmoronar tanta desconfianza.
Sinuosos valles (réplica de los cañones terrestres, excavados por los ríos) aparecen con demasiada claridad en las fotos. La pregunta es obvia: ¿Hubo, en otro tiempo, agua en la Luna? Pierre Guerín, jefe de investigaciones en el Instituto de Astrofísica de París, se planteó el problema en una de las últimas ediciones de la revista Science et Avenir, y Harold Urey (norteamericano, Premio Nobel) se valió de un medio similar (revista Nature) para lanzar una teoría revolucionaria.
Allí donde sus colegas se obstinaban en descubrir fisuras él vio valles; esas llanuras bautizadas mares le sirvieron, justamente, como testimonio de verdaderos mares desaparecidos. A pesar de su utilidad, las fotos de los Orbiter no introdujeron información nueva; la única novedad es la forma en que Urey analizó esas fotos. “Después que él vio valles —se extasía Guerín— éstos saltan a la vista. Y si nadie los descubrió antes es porque los astrónomos han descartado, inconscientemente, una
idea que aportaba tantas dificultades, que imponía una visión totalmente nueva de la Luna y de su pasado.”
En efecto: admitir que en otro tiempo hubo ríos en la Luna —y tal vez mares— trastorna al más abierto de los selenólogos; ¿desde dónde llegó el agua? Según teorías, estuvo contenida —en forma de hielo— en el corazón de los cometas que bombardearon la Luna. Guerín prefiere una explicación más simple: “Los materiales constitutivos del globo lunar —arriesga— contenían agua, como los que formaron el globo terrestre”.
Resulta delicado —empero— explicar cómo esta agua pudo permanecer en la superficie; eso supone una atmósfera que la retuviera durante largo tiempo —millones de años— para que pudiera socavar esos valles descubiertos por Urey. Es este punto, especialmente, el que exige revisar todas las ideas adquiridas sobre la Luna, su historia, su ausencia de atmósfera.
Al mismo tiempo, la proximidad de la conquista suscita un nuevo interés. Ya no sería posible explicar todo el relieve lunar por la acción conjunta de los bombardeos meteoríticos y de las actividades volcánicas. Si se admite la presencia de agua se acepta, también, que una tercera fuerza modeló la cara limar: una erosión, en el sentido terrestre del término.
Así, la historia de la Luna sería infinitamente más complicada, y todo lo imaginado por los selenólogos apenas un prólogo para el verdadero estudio en profundidad que demanda el satélite; la tarea de quienes alunicen se ha complicado bruscamente: tal vez deban hurgar en busca de terrenos sedimentarios y hasta de rastros fósiles de evolución prebiológica.
Y es muy posible que haya vida en el viejo Marte.
Desde 1877', cuando Giovanni Schiaparelli curioseó en su telescopio y creyó ver canales en la superficie marciana, a los terráqueos les ha fascinado la posibilidad de que el planeta rojo esté habitado. Y cualquiera sea la forma en que se lo contemple, lo evidente es que Marte puede alojar vida: los cascos polares del planeta indicaron que el agua está presente en la atmósfera marciana y que la temperatura (de los 150 bajo cero a los 85 grados Farenheit) es hospitalaria.
El año pasado el caso pareció resuelto. Las fotografías tomadas por el Mariner IV mientras volaba junto al planeta, en 1965, revelaban un paisaje poblado de cráteres, y los cálculos de algunos científicos indicaban que estos cráteres pueden ser tan viejos como el mismo planeta. En otras palabras: los cráteres nunca han sido desgastados por la erosión a causa de una atmósfera más densa, o por el agua, los dos ingredientes que originaron la vida en la Tierra. Al mismo tiempo, otros científicos ofrecieron una impresionante evidencia de que los cascos polares están formados, casi seguramente, por dióxido de carbono y no por agua.
Pero la semana pasada, en medio de un largo y frío invierno, los investigadores fueron reanimados por una cálida ola de optimismo. En una reunión conjunta de la American Chemical Society y de la Optical Society of América, en San Francisco, un equipo de dos astrónomos franceses y un físico atmosférico del Jet Propulsión Laboratory dijeron que habían detectado la huella espectral del metano, o gas de los pantanos, en la rala atmósfera de Marte.
El metano es un producto biológico originado (en la Tierra, por supuesto) por bacterias vivientes, y el equipo (los astrónomos Janine y Pierre Connes, del Observatorio de Meudon, cerca de París, y el físico atmosférico Lewis D. Kaplan, del Jet Propulsión Laboratory) piensa que el metano indica que alguna forma de vida puede haber ganado terreno.
Los investigadores admiten —sin embargo— que tanto el metano como los hidrocarburos pueden ser producidos, también, por procesos no biológicos. La respuesta final, de cualquier modo, tendría que aguardar hasta que USA o la URSS desembarquen sus instrumentos en Marte.
No es extraño, claro, que los conocimientos sean difusos: la semana pasada los astrónomos discutieron su tema más viejo, la edad del universo, y otra vez terminaron en un rotundo desacuerdo. Los. ortodoxos siguieron aferrados a la antigua teoría, según la cual contaría unos 25 billones de años; Allan Sandage (del observatorio de Monte Palomar, en usa) exhibió bases más racionales al explicar sus impresiones.
Según Sandage, el alargamiento de las ondas de luz que llegan desde galaxias distantes, la brillantez de los antiguos grupos de estrellas globulares y los promedios —en relativa decadencia— de U-235 y 238 indicarían que el universo está entre sus 7 y 13 billones de años de edad. Un tiempo que debería haber bastado para que sus habitantes se conocieran mejor.
21 de enero de 1969 - Nº 317
PRIMERA PLANA
 
 

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