Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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VIDA MODERNA
SKYLAB: CON LAS MANOS EN LA NASA
El 1º de mayo de 1973, Charles 'Pete' Conrad, Joseph Kerwin y Paul Weitz ascenderán hasta alcanzar 435 kilómetros de altura: el Skylab Workshop (Taller y Laboratorio Espacial) los estará aguardando para que los astronautas, comandados por el veterano Conrad, vivan y trabajen en él durante veintiocho días. La tripulación de relevo, a cargo de Alan Bean y tripulada por Owen Garriott y Jack Lousma, pasará cincuenta y seis jornadas en la estación espacial. El tercer equipo también permanecerá cincuenta y seis días orbitando: Gerald Carr, comandante, Edward Gibson y William Pogue, integran su terna.
El Skylab forma parte del Earth Resources Survey (Inventario de Recursos Terrestres), plan ideado en las entrañas de la nasa. Con anterioridad al lanzamiento de la aeroestación, un satélite llamado ERTS-A comenzará a girar en órbita casi polar, sincrónica con respecto al sol, transportando un sistema fotográfico de alta resolución: desde 900 kilómetros de altura, el planeta Tierra será estudiado al detalle, como si fuera un soberano desconocido.
El programa de la NASA, apoyado por el ERTS-A y el Skylab, identificará zonas con peligro inminente de huracanes; advertirá sobre factibles contaminaciones de aguas; posibilitará la planificación agrícola, observando las capacidades del terreno; localizará los bancos de peces; vigilará glaciares y volcanes: informará la presencia de nuevos yacimientos petrolíferos. “Por primera vez. el pueblo de mi país se ha conmocionado siguiendo de cerca al proyecto; hasta los más jóvenes se preocupan por los pasos previos a la puesta en órbita del Skylab”, se conmovió Myron Bernard Kratzer, 47, casado, dos hijos, agregado científico de la Embajada norteamericana en la Argentina. “Esta etapa favorecerá el conocimiento humano acerca del planeta que habitamos. Norteamérica ha invitado a todos los países del mundo a participar del proyecto —recordó Kratzer—, pero, aunque no encontrara repercusión, el Gobierno ya se ha comprometido formalmente, frente a las Naciones Unidas, a entregar los datos a los de Estados adheridos”.
El laboratorio en órbita, cuyo peso alcanza los 85.275 kilos, posee 350 metros cúbicos de espacio habitable, comparándoselo, dimensionalmente, a una casa de seis habitaciones pequeñas. Su sección principal, el Taller Orbitante, se construyó recurriendo a una modificación del tanque de hidrógeno del Saturno V; los otros compartimientos se ocuparán como depósito de aire, cabina de telescopios, sala de Adaptador de Acoplamientos Múltiples (por medio del que se unirán las cápsulas Apolo a la estación), comedores y dormitorios confortables. Aparatos que generan haces de electrones, hornos eléctricos y un taller expuesto al vacío espacial, permitirán el procesamiento de los materiales de investigación. En tanto llegue el día marcado con una cruz roja en el calendario de los astronautas, Conrad, Kerwin y Weitz se sumergen, cotidianamente, en un inmenso tanque de agua, simulando la ingravidez que condicionará sus movimientos en el otoño del ’73.
“Nuestro enfoque del espacio tiene que continuar siendo audaz, pero, al mismo tiempo, debe conservar equilibrio”, conjeturó el Presidente Nixon. apoyando el programa que los funcionarios de la National Aeronautics and Space Administration proponen para esta década. Quince años después del comienzo de una alocada carrera por posar un hombre en el natural satélite terráqueo, Norteamérica gira sus intenciones, ya satisfecha, hacia propósitos noblemente espectaculares: astronautas y astronaves abarrotadas de instrumentos envolverán al planeta con mi-
radas inquisidoras, con implacables estudios sobre recursos y carencias.
“No se debe olvidar que el Skylab será el primer satélite de carácter civil puesto en órbita —puntualizó el ingeniero aeronáutico Juan José Tasso, 49, dos hijos, vicepresidente de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales, dependiente del Comando en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina—. Este tipo de experimentos tiene inmenso valor económico y político. Estados Unidos nos dará las fotografías sin cargo alguno, siempre y cuando los resultados de sus investigaciones sean publicados en una revista científica de tono internacional. Además, el país que las reciba deberá interpretar los procesamientos de acuerdo a su anterior experiencia en placas aéreas”. Con fiel sumisión a los requisitos exigidos por la nasa, la Argentina envió seis proyectos de trabajos experimentales, para ser cumplidos por los tripulantes del Skylab: Yacimientos Petrolíferos Fiscales, INTA, la Secretaría de Agricultura y Minería, y la Dirección General de Fabricaciones Militares, fueron los organismos que pergeñaron sesudos cuestionarios.
La particular opinión de Tasso no concluye, sin embargo, con rasgos de admiración desmesurada: para el funcionario, habrá que tener en cuenta el punto de vista jurídico que el espinoso asunto acarrearía a un país política y económicamente subdesarrollado. Con respecto a la posibilidad de planificaciones agrícolas consecuentes a los estudios del Skylab, Tasso, escéptico, se mantuvo nuevamente inflexible: “Creo que es bastante dudoso, por ejemplo, establecer un censo de cosechas: todo dependerá de las condiciones atmosféricas, el grado de nitidez fotográfica, la cobertura de nubes. Es de esperar —concluyó— que las legislaciones nacionales tengan en cuenta esta nueva situación de dependencia, y obren defendiendo sus propiedades y recursos”.

LAS LLAVES DEL REINO
Dos tripulantes experimentados, conocedores de la superficie lunar, dos científicos, un médico y cuatro aviadores novatos (en lo referido a incursiones cósmicas) integran el poder humano del laboratorio celeste. Adiestrados hasta el hastío, los nueve elegidos intentarán determinar, sobre sus propios físicos, el habitat ideal del hombre en el espacio, su capacidad de- trabajo, las mejores condiciones para realizarlo.
Hasta que comience esa aventura, ningún astronauta norteamericano habrá superado el record de los tripulantes de la Soyuz 9: dieciocho días ininterrumpidos en órbita. La Soyuz 11, posterior nave soviética, cumplió veinticuatro días girando en el espacio, pero los pilotos no disfrutarían el clamor de sus compatriotas: ingresaron muertos a la atmósfera.
Cuando el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong hollaba por primera vez la superficie de la Luna, un escalofrío recorrió millones de espinas dorsales: no sólo culminaba así la carrera espacial —tácitamente, el ganador sería quien se anticipara, llegando al satélite de la Tierra—, sino que amanecía un nuevo ciclo que, desde tiempos inmemoriales, ejerció sobre el hombre una fascinación casi mística. Hoy, el pueblo norteamericano y sus dirigentes se abren paso entre una enmarañada dualidad de intenciones y sentimientos: cientificismo y religiosidad son las claves del dilema.
Por un lado, el american way of life alardea con su tránsito espacial, y esgrime esa primacía, no sólo como un factor de progreso: también como un bastón de poder. Paralelamente, su sentimiento religioso necesita, imprescindiblemente, de justificaciones para la cotidiana búsqueda de Dios: muchas veces indefenso ante una realidad sobrecogedora, el creyente reclama seres superiores, hombres o dioses, para que lo consuelen, lo aprueben, lo orienten e identifiquen. Y Dios o su vestigio real se ubica en el cielo, aún más allá. La búsqueda, ahora cauta, casi recelosa, no puede extinguirse. La oficina de vuelos especiales de USA conoce, inobjetablemente, su misión: mientras acepta la internacionalidad del cosmos, se esmera en apabullar a futuros rivales de correrías. Lógicamente, los funcionarios intuyen que el suministro de material para estudio de países amigos, promoverá nuevas fuentes recelosas. “¡Vasallaje informativo!”, sería el clamor. ©
7/111/72 • PRIMERA PLANA Nº 475
 

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