Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
![]() |
||
| De Indonesia con amor Para consolarse de su futuro exilio, Ahmed Sukarno, el más novelesco personaje de la política mundial, confía en una japonesita de 26 años, Ratna Sari Dewi, con la que se casó en 1959 después de enamorarse por fotografía: la muchacha era modelo de publicidad. Tiene otras cuatro esposas, pues su país es musulmán y tolera la poligamia; pero la semana pasada, cuando el Presidente de 110 millones de indonesios transfirió sus últimos poderes, bajo presión militar, al Primer Ministro Suharto, pensó que, al menos, así podría reunirse con ella en el Japón. Hijo de un maestro de Java y una bailarina de Balí, Sukarno, que nació el 16 de junio de 1901, lo debe todo a su elocuencia patriótica y a su desbordante júbilo vital. Millones de indonesios —que lo llaman Bung, “Hermano”— lo aman todavía, y no es seguro que acepten con indiferencia su alejamiento. Fue Presidente durante 22 años y el Congreso del Pueblo lo había declarado vitalicio. Había recorrido todo el mundo, siempre alegre y espléndido; insaciable amador, las actrices de cine y las esposas de los diplomáticos extranjeros debían ingeniárselas para mantenerlo a raya. Durante la II Guerra Mundial negoció con los ocupantes japoneses la independencia de su patria —un millar de islas en el Pacífico Sur— y luego inspiró la guerra de liberación contra Holanda. La antigua potencia colonizadora se rindió, en definitiva, a la presión que ejercieron los Estados Unidos; sin embargo, la política exterior de Sukarno fue tenazmente pro rusa y, en los últimos tiempos, pro china. Un grupo militar ejerce el poder efectivo en Indonesia desde el 1º de octubre de 1965. Otra fracción, en aquella fecha, intentó un golpe de Estado, acusando a un misterioso Consejo de Generales de conspirar para poner a Sukarno bajo su tutela y, finalmente, despojarlo del poder. Después de un año y medio de forzada asociación, el Presidente ha debido ceder: así se confirman las suposiciones de los jefes derrotados, varios de los cuales fueron llevados ante los pelotones de ejecución. En cambio, el grupo vencedor continúa insistiendo en que tiene pruebas de que fue un golpe “comunista” y de que Sukarno estaba al corriente. Hasta hoy, los tribunales militares siguen “purgando” a las Fuerzas Armadas indonesias. El jueves pasado, el brigadier general Sharif Supardjo, de 44 años —quien será, ciertamente, condenado a muerte—, repitió ante sus jueces que él y sus compañeros entraron en acción para adelantarse al Consejo de Generales. Admitió que los insurrectos habían dado muerte a seis generales; pero el grupo adversario, con el pretexto del anticomunismo, habría ejecutado a “medio millón de personas inocentes”. A su vez, un profesor holandés, a quien Le Monde presenta como “uno de los mejores especialistas en asuntos indonesios”, confirma esta versión en declaraciones que ese diario francés publica en su edición de febrero 18. Para Wertheim, historiador y sociólogo, ‘‘había (en 1965) un gran conflicto en el Ejército”. En el centro de Java, especialmente, “un grupo de oficiales profesaba un ideal de incorruptibilidad, ligado al misticismo javanés tradicional. Estos hombres criticaban a los generales en el poder, pero no a Suharto, cuya vida personal era irreprochable; tal vez confiaban en que los acompañaría y por esa razón lo dejaron con vida; pero él supo maniobrar inteligentemente, tomar el poder y volverse contra ellos”. El verdadero jefe del Consejo era el general Nasution, quien, según parece, sigue aspirando a la Presidencia. No seria difícil que, en el futuro, los dos generales se vengan a las manos. Wertheim conocía antes de 1965 las intenciones del Consejo de Generales. Un mes antes del golpe —o de los dos golpes—, Nasution y sus amigos “habían entrado en contacto con círculos religiosos holandeses, cuyo apoyo material y moral procuraban”. También estaban al corriente los otros oficiales; sobre todo los de Aviación “tenían algo de nasseristas”; si triunfaban, no se hubieran lanzado al anticomunismo, “por lo menos al principio”. Pero, “si bien algunos jóvenes comunistas fueron atraídos a la base aérea de Halim, no es evidente, ni mucho menos, que su partido haya intervenido realmente en la conjura”. Emite la hipótesis de que los militares trataban de comprometer a los comunistas, y que Aidit, su jefe, quizá se dejó tentar. Pero no hubo llamado a las masas, y la lista del Consejo Revolucionario, que se transmitió por radio, incluía a pocos elementos de izquierda, junto a representantes de todos los partidos. El tribunal militar pretende que, durante la acción, dos civiles, Pomo y Sjam, estaban presentes; asegura que eran comunistas, pero aún no fueron procesados. “Nasution publicó una lista de musulmanes, católicos y protestantes que, según él, los comunistas iban a ejecutar; era un documento falso, porque los nacionalistas se quejaron de haber sido omitidos y entonces se los incluyó”, dice Wertheim. “La matanza comenzó a principios de octubre y los comunistas no empezaron a reaccionar hasta el día 20, en Java central, cuando llegaron unos comandos de birrete verde; lo hicieron, además, para defender sus vidas y sin orden de sus dirigentes; dos de ellos, Lukman y Njoto, estaban en el palacio de Bogor, cerca del Presidente; no era un indicio de que estuvieran por lanzarse a la resistencia.” Desde 1960 se sucedían las invasiones de tierras, puesto que los propietarios, con argucias legales, obstruían la reforma agraria votada por el Congreso. Según Wertheim, los comunistas trataban de frenar el movimiento, para no verse obligados a romper su coalición con el PNI (Partido Nacionalista Independiente) y con el Nahdatul Ulama (grupo disidente del partido islámico Masjumi. prohibido). En particular, no querían enemistarse con el demagogo Sukarno, que lo había corrompido como a los demás. El 7 de marzo, cuando se reúna el Congreso —ahora presidido por Nasution—, tomará nota de la transferencia de poderes a Suharto y seguramente destituirá a Sukarno, si no renuncia antes; el Primer Ministro desearía mantenerlo como figura decorativa, hasta las próximas elecciones; pero el Consejo de Generales parece decidido a todo, aunque no a enjuiciarlo. El riesgo estriba en la popularidad de Sukarno, que aún es grande, incluso entre las Fuerzas Armadas. La desgracia de Sukarno aparece como una consecuencia de su exceso de habilidad. Es plausible la idea de que jugaba doble: incitó a los oficiales jóvenes contra Nasution, para librarse de él; derrotado el golpe del coronel Un-tung —que era jefe de la custodia presidencial—, se puso al lado del Consejo de Generales y consintió la matanza. Nasution no podrá, tal vez, probar que Untung estuviera asociado con el Partido Comunista, pero sí con Sukarno. La tradición indonesia quiere que, a la terminación del mes de ayuno, o Ramadán, cada persona presente excusas al prójimo por sus errores del pasado. El Presidente pidió perdón al pueblo de su patria, y al mundo entero, por los que él hubiera cometido, intencionadamente o no. Es difícil que logre apiadar a Nasution o a Suharto. ¿Y a su esposa japonesa? Anticomunista acérrima, recelaba de la confusa política de su marido y alguna vez lo dijo a la prensa: por eso había regresado a la casa paterna. Pero ahora que Sukarno marcha al exilio, sólo las níveas manos de Dewi refrescarán su frente. ♦ N° 218-28 de febrero de 1967 PRIMERA PLANA |
||
|