Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| CUENTOS DE BORGES Hace poco tiempo terminó insólitamente una conferencia cantando algunas de las milongas que había compuesto. Como fin de fiesta alguien saltó, pidiendo: “¿Por qué no dice ese poema de Yeats que recita siempre. Así asistimos de paso a su prodigiosa memoria.” El requerido contestó tartamudeando: “Bueno, creo que esta vez van a tener que asistir a mi prodigioso olvido". Anécdotas parecidas, verdaderas o fraguadas, proliferan alrededor de Jorge Luis Borges, un escritor argentino alternativamente exaltado y denostado, varias veces candidato al Premio Nobel de literatura, idolatrado por los franceses que lo llaman “el matemático soñador”. “Háganme decir lo que quieran”, se desinteresó ante el grabador que le estiró SIETE DIAS en el salón del primer piso de la Biblioteca Nacional. Ejercitando su propia contradicción -ciego y rodeado por millares de libros- pregunta: “¿Simulo existir?", para averiguar si conviene reír o no cuando se dispare el obturador de la máquina fotográfica. Después propuso que la conversación se fuera deslizando mientras daba su perezosa, infaltable vuelta por el barrio de San Telmo “Recuerdo algo que me había contado Santiago Dabove. Decía que los cuchilleros no tenían absolutamente ningún escrúpulo. Si tenían un rival se le iban encima bruscamente y lo acuchillaban. Con Adolfo Bioy hemos llegado a la conclusión de que posiblemente el duelo criollo fuera una invención de .Eduardo Gutiérrez y de José Hernández; que no se hubiera dado nunca. Quizás sea cierto: Ascasubi dedica tres volúmenes a la vida gauchesca; hay volúmenes políticos y una novela, Santos Vega o Los mellizos de la flor, bastante mala. ¿Por qué no se habla en ningún momento del duelo criollo? ¿Por qué se habla del duelo criollo sólo después del Martín Fierro y sobre todo después de las novelas de Eduardo Gutiérrez? Entonces recordé una frase de Eduardo Rossi que dice: «El duelo criollo, a solas, sin testigo, a cuchillo y a muerte». Podríamos agregar: «Sin testigo, y sin actores, además». Quizás después de Martín Fierro y de Eduardo Gutiérrez hubo duelos criollos porque la gente ya había leído tos libros; ¿o no?... La naturaleza imita al arte." * "Conozco una divertida historia de guapos. El hecho sucedió hace cuatro o cinco años. Un señor tuvo un altercado con un grupo de muchachones en la esquina del bar de Bolívar y Venezuela (que, por supuesto, tenía que llamarse «La Flor de Asturias» para arruinar la historia). Uno de los muchachos lo mató de una puñalada. Esto habrá ocurrido a las 7 o a las 8 de la mañana. En cuanto el comisario lo supo (la comisara está aquí a la vuelta, en México y Chile), fue a un conventillo de la calle Chile y arrestó al homicida, que tenía menos de 25 años. Encontraron el arma: no había lugar a error. El muchacho quedó atónito pensando que lo habían delatado. La explicación se debe al hecho de que la policía sabía que entre la gente maleante de ese barrio —que no ha de ser mucha—el único que todavía usaba arma blanca era él. Si hubiera usado un revólver, como usaban los otros, el disparo hubiera sido más silencioso, en el sentido de que no lo hubiera delatado: en cambio el uso del cuchillo lo traicionó, y ahora el hombre está en la cárcel. Yo veo ahí un ejemplo de los muchos peligros de la tradición. Si el muchacho no hubiera querido ser Juan Moreira, Hormiga Negra, Martín Fierro o alguno de ésos, no le hubiera pasado nada.” * “Hay curiosas historias con cuchillos. Yo he oído decir a alguien, en el bajo de Belgrano, «Cayetano buen amigo», refiriéndose a la cuchilla. Es una frase tomada del truco y se dice cuando uno no declara qué juego tiene. Recuerdo al hombre que sacó un cuchillo envuelto en papel de seda, me lo mostró y dijo: «Cayetano buen amigo». En cuanto al caso anterior, parece que Cayetano lo traicionó al muchacho de la calle Chile.” * De regreso en la Biblioteca, luego de la caminata por San Teímo, Borges señala un entrepiso de techo bajo, horadado por dos claraboyas y dos extrañas perforaciones en el piso, rodeadas de barandas. Dice: “Desde este entrepiso se ve la puerta de mi despacho. Fíjense: un arquitecto se dio cuenta a última hora de que el piso de abajo estaba muy oscuro y entonces abrió estas dos claraboyas y luego estos dos cráteres aquí. Antes no tenían barandas, ¿qué raro, no? Es que éste es un edificio misterioso. Claro que hasta ahora nadie ha notado fantasmas en él, aunque tal vez, como dijo Carlyle, los seamos nosotros, espíritus que hemos tomado por breve espacio de tiempo una forma corporal. Una amiga me dijo que había hecho tantos laberintos que por fin había venido a vivir en uno de ellos.” * “El día que me nombraron director de la Biblioteca vine aquí con Ester Zemborain. Yo le debo a ella y a Victoria Ocampo mi nombramiento. Primero me lo propusieron, y yo les dije que «el que mucho abarca, poco aprieta» (no sé si al decirlo parezco español) y que pidieran algo más accesible. Yo quería ser director dé la Biblioteca de Lomas, de Temperley o de la de Boedo. Entonces Victoria me dijo: «No sea idiota». Así pidieron esto y lo consiguieron. El primer día pronuncié un pequeño discurso; se habían reunido los empleados; estaban mis sobrinos, mi madre; había venido Fernández Latour, Ester Zemborain, naturalmente. . . Cuando hablé estaba tan emocionado que quedé como una especie de loco. Dije: «Yo estoy aquí, yo, Borges, el increíble director de esta Biblioteca». Y todos me miraron con un muy justificado estupor.” * El humor de Borges es el humor inglés de un Chesterton, de un Shaw, de cierto Stevenson. Se basa por lo general en el understatement, la narración de un hecho restándole énfasis, dándole mucha menos importancia que la real. Los ejemplos son muchísimos: “Tan ineptas me parecieron estas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía” (El Aleph). O esta otra, de Historia universal de la infanmia: “En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”. Borges explícita: “Entiendo que el humor inglés o digamos, británico, procede de la intuición de una verdad o, si no tememos a las palabras altisonantes, de una sabiduría. En cambio el ingenio francés suele ser verbal; o eso que se llama «ingenio español», que es una forma del retruécano; procede de azares fonéticos. Así Gracián habló del «alígero Dante» y del «culto pero no oculto Góngora». Horrible, ¿no?" * Cuando se le pregunta a Borges qué opina de la nueva novela, en especial del nouveau román francés, sonríe maliciosamente. “Me han leído páginas del «nouveau román». Recuerdo lo que dijo el doctor Johnson de alguien: He was a dull man, but he was dull in a new way («era un hombre aburrido, pero aburrido de un modo nuevo»), Eso conviene exactamente al nouveau román. Mi opinión, por lo demás, está dada en uno de los ensayos de las Crónicas de Bustos Domecq, escrito conjuntamente con Adolfo Bioy Casares, y se titula Una tarde con Bonavena. Bonavena es un escritor, no sé si podríamos llamarlo un percursor (creo que sí) del nouveau román. Pero no lo hicimos con intención satírica; más bien adivinamos esa tediosa posibilidad de la literatura. No sé qué pensarán los franceses cuando se traduzca. Por ahora las Crónicas están siendo traducidas al inglés, para una editorial de Estados Unidos. Habrá algunos cuentos, por ejemplo uno que se titula Ese polifacético ... y luego viene un apellidó que he olvidado, que habrá que reescribir, ya que está lleno de alusiones locales. Se trata de la historia de un hombre que escribe un solo poema y a lo largo de su vida publica ese poema bajo distintos títulos, cuya obra es estudiada por H. Bustos Domecq. Este autor señala en esa obra diversas influencias de escritores mediocres; digamos que se habla del influjo de Núñez de Arce, de Evaristo Carriego, etc.; y luego las obras tienen diversos títulos que van siguiendo los cambios de la política. Por ejemplo, hay una oda que se titula ¡Evita, capitana!; otra Oda a la integración; luego hay sin duda algún poema dedicado a la Revolución Libertadora; luego a las diversas e incruentas revoluciones que siguieron. Toda esta obra ostenta diversos títulos: por ejemplo, el primer libro se titula Abrojos del alma, el otro tiene un título cuidadosamente incoherente; y esa obra es analizada y editada por Bustos Domecq. Luego un factótum que lleva los originales a la imprenta descubre que se trata de un solo poema publicado bajo diversos títulos, y que este hecho había eludido la perspicacia de quien lo edita, quien entonces afirma que desde luego, «esto carece de toda importancia». Queda naturalmente el disparate de que alguien haya leído catorce veces el mismo poema sin darse cuenta de que es el mismo, y haya descubierto en él las más diversas influencias. Para que este cuento tenga sentido en inglés, vamos a tener que buscar escritores norteamericanos mediocres (felizmente para nosotros y desdichadamente para el mundo, los escritores mediocres abundan en todas partes); y también le vamos a tener que atribuir al autor las más diversas tendencias políticas.” * ‘‘Hace ya mucho tiempo que comenzamos a escribir juntos, Bioy Casares y yo. En 1935 ó 36 fuimos a pasar una semana en una estancia en Pardo, con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos. Creo que intentamos un soneto enumerativo, en cuyos tercetos no recuerdo cómo justificamos el verso «los molinos, los ángeles, las eles» y proyectamos un cuento policial que trataba de un doctor Praetorius, un alemán vasto y suave, director de un colegio, donde por medios hedónicos (juegos obligatorios, música a todas horas), torturaba y mataba niños. Este argumento, nunca escrito, es el punto de partida de toda la obra de Bustos Domecq y Suárez Lynch. Cuando escribimos las Crónicas de Bustos Domecq, las dedicamos «a esos tres grandes olvidados: Picasso, Joyce, Le Corbusier». Creo que queríamos decir (posiblemente fuimos injustos, sobre todo en el caso de Joyce) a «esos demasiado recordados». Una escritora que fue a casa de Bioy abrió el libro, vio el prólogo, vio la dedicatoria y dijo cortésmente: «Es verdad, ya nadie se acuerda de Joyce, de Picasso y de Le Corbusier», ' con lo cual resultó superior a nosotros en ironía. Recuerdo una broma de Macedonio Fernández. Dijo que quienes llamaban ironista a Anatole France se mostraban superiores en ironía.” * ¿Qué piensa, Borges, de la literatura contemporánea? “En cualquier momento cumplo setenta años. Sospecho que la literatura contemporánea de cualquier país no es menos deleznable que su pintura, su arquitectura, sus deportes y su política.” * Suena el teléfono en la Biblioteca y Borges se levanta a atender. “¡Pero, cómo! ¿A almorzar? ¿Televisión?” Vuelve algo sorprendido y pregunta: , “¿Quién es Mirta Legrand? Me han invitado a comer por televisión, delante de las cámaras, con esta señora. Me ha llamado su secretaria. Pero yo no puedo almorzar con una persona a la que no conozco." Entonces se ríe, imaginando una frase. La dice al despedirse: “Gracias. . . por permitir.. . la inclusión... en su revista... de un posible... comensal. . . (y aquí usa un deliberado acento francés)... de Mirta Le. . .grand.” Revista Siete Días Ilustrados 10/02/1969 |
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