Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

cafe de los angelitos

Se borró el Café de los Angelitos: PANORAMA le dio el adiós llevando a Troilo y Julio De Caro

Miraban. Con las narices aplastadas contra la vidriera del Café de los Angelitos (como cuando eran chicos) los que en 1900 eran chicos, miraban. Mesas patas arriba, unas inútiles sillas apiladas, las rojas insignias del remate. Banderas teñidas en sangre de utilería se arrinconaban después de haber flameado anunciando la liquidación de existencias.

—... A ver, señores, ¿cuánto vale este lote de platería fechada en 1914 y con la inscripción del célebre Café? ¡Oferten, señores! Algunas piezas están un poquito abolladas pero pueden ser una pichincha teniendo en cuenta...
Los martillazos habían encajonado todo. Los que eran chicos en 1900 miraban detrás de la vidriera. Aníbal Troilo con rictus religioso y el rostro de Julio De Caro, melancólicamente porteño, (bandoneón y violín) les daban la última visión de lo que, a fines de 1966, acababa para siempre: liquidación de existencias.
—No vamos a demoler — prometen sonriendo Luis Gómez, Juan Noya, Pablo Domínguez, socios del grupo que compró el local en septiembre por 17 millones y medio—. Haremos un restaurante tipo “Munich”. Planes: bajar techos, revestir paredes, cambiar luces, mostrador nuevo, subir a la terraza 80 mesas, brindar a nuestra gentil clientela un aire de parrilla. En dos palabras: remodelar modernizando. Bajamos los techos, revestimos paredes cambiamos las luces...
—La ciudad tendría que convertirlo en museo —susurra De Caro, y Troilo crea su Réquiem tocando el bandoneón como si despertara a un animal perezoso.
Arriba, en la ochava rosada, los angelitos que ahora parecen menos gorditos y barrocos por la dureza, en gótico, de la palabra Munich. Afuera, pegados al vidrio, las caras de los que eran chicos en 1900 con la fragilidad, el desamparo, que las caras vuelven a tener con los años. Y mirándolos desde adentro, Gardel. Cautivo en su sonrisa del que las sabe todas. Con la galera de felpa, con su arrogancia sobradora. El, diciendo (sin hablar) a cualquiera de ellos, de nosotros: “Ché, pibe, no es pa’tanto...
Por eso, de pronto, los de atrás del vidrio sonríen como sonríen los niños y los viejos al sentirse comprendidos. Por eso o porque el cronista sale y les pregunta:
—¿Cómo era este barrio?...
Y entonces responden con la mirada segura, sin desamparo:

El barrio era así
—¡Qué me dice, vecina, ¿sabe la novedad? Ahora empezaron a hacer el “subte”. Se terminará en pocos meses y para no molestarnos de noche trabajan con picos. Dicen que uno va a viajar bajo tierra, como los gusanos...
—Lo que es yo no dejaré el “tranguay” por nada y, si no, a “patita” m’hija. ¿Cuánto costará andar en ese engendro?
—Va a llegar a Caballito y el capataz de la cuadrilla me dijo que los gringos resolvieron que los primeros meses la gente viaje gratis así se acostumbra. ..
¿Para qué viajar? Ahí estaban las tiendas, las confiterías, los cinematógrafos. En Rincón 32 el “Park Magnific” pasaba cintas para que las señoras lloraran: “Nobleza Gaucha”. En Rivadavia 2181, el “Radium” (muros con reproducciones de Utrillo) era la sala “familiar”. El Club Policial de Cultura Física —donde se entrenaba Firpo— encuadraba combates de box de la época en que La Prensa se resistía a comentarios porque estaba contra las “prácticas bárbaras”.
A cien metros del lugar, el enjambre del Mercado Spinetto que todo el mundo llamaba así aunque su chimenea proclamara “Mercado Ciudad de Buenos Aires”. Y cuando, después de tanto soponcio, los chicos hacían la primera comunión, o los abuelos cumplían las bodas de oro, había que ir a fotografiarse en el “estudio” de Zuretti Fiorini, con el telón de fondo de balaustradas desvaídas y parques fantasmales...
Los chicos se arremolinaban al paso de las carrozas de bomberos —cerca estaba el cuartel—; los caballos sacaban chispas al empedrado, la autobomba de bronce brillaba igual que un clarín y, en primera línea, el jefe famoso tantas veces dibujado en “Caras y Caretas”, el coronel Calaza (tras las alas de sus bigotazos) que abría la ruta indicativo y heroico como un monumento. Cuando el fuego no era el del incendio sino el de la pampa que llega a la ciudad (Martínez Estrada) y el del río juntos hasta la noche del verano, entonces desde las azoteas (—¡Nene, no vayás a pisar la lata de los malvones!) se espiaban las visiones pantomímicas de las películas mudas o, en las calles de carnaval, uno se aglomeraba con los orfeones, las comparsas, el “Oso Carolina” y los carruajes que estiraban el corso de la Avenida de Mayo entre el claro olor de nardos o la rosada anatomía de la sándia calada.
Junto a tanta vida, la contraseña, la muerte, como para hacer de ése el seguro lugar natal de tango. Ahí —en “Victoria” y Paso— a metros apenas del Congreso, un cementerio ahora convertido en plaza cuyo paredón se saltaba por la tentación de las magnolias. Y que cantó un misterioso caminante de ese barrio, un poeta (el Sur, Boedo, Corrientes y Palermo tenían los suyos). A pocos años de aquella conversión —1938— Fernández Moreno aún veía bajo tierra: “Inútilmente, plaza, verdean tus canteros, / se yerguen tus farolas, / te ponen bancos nuevos. / En vano soñadores / hilan en ti sus sueños, / corretean los niños / y descansan los viejos. / Para mi has sido siempre / y serás cementerio. ..”
Y en la esquina, el Café. Recinto de cantos y risotadas que inquietaban el sueño de los buenos vecinos.
—Al principio, se llamó Bar Rivadavia. Pero el comisario de Balvanera, cuando se disponía a echar un vistazo por aquí, empezó a decir guiñando un ojo: “Vamos muchachos a ver si nadie se salió de la vaina en el Café de esos angelitos...”
—¿Por qué? ¿Venía gente del hampa?
Hay que entenderse en la lengua de todos los días:
—Malandras, no. Pero parece que sí muchos caferatas. ..

... Y ahí estaba el café
—Yo le puse los angelitos de yeso, le cambié las chapas de zinc que si llovía metían tanto batifondo y dejaban pasar el agua hasta tener que abrir los paraguas adentro. Lo compré en 1919, me hice cargo en el 20 y pagué 75 mil pesos al tan -contán —evoca don Angel Salgueiro, gallego recio (77 abriles) al que le brillan los ojos y el solitario de brillante en el dedo.
El bar del italiano Batista Fazio, el primer dueño, era un galpón con billares y en su piso de tierra se marcaban huellas famosas. Había pasado la presencia, solemne como diputado de la época, del morocho trompudo y canoso que era entonces don Gabino Ezeiza, siempre en yunta con Higinio Cazón. Había pasado Betinotti. Don Gabino ya tenía sus laureles bien ganados. Cuando las patotas dejaron las esquinas para pelear por Buenos Aires, en Barracas y los Corrales, Gabino no podía faltar. Su juego era la libertad y a su juego lo llamaron. Entre los fusilazos del 80 siguió indivisible a la guitarra y conoció, por aquel entonces, la admiración de José Hernández. Al fundarse la Unión Cívica, Leandro Alem lo llamó para que le hiciera la “campaña” y desde entonces el morocho le dio su guitarra con corazón y todo. Así nació el octosílabo vano: “A la lucha radicales / acudamos sin demora...”
En el 93 entrevió al caudillo silencioso, a don Hipólito: también lo acompañó. Y una sola vez le falló a la cita: fue, justamente, el 12 de octubre de 1916, cuando Yrigoyen iba a sentarse en el sillón
presidencial y, en esos momentos, Gabino agonizaba...

Después vino la barra nueva.
Hable usté, don Domingo Ostone...
— ¡Eh, ¿para qué quiere que hable? Ya grité bastante en esta esquina voceando lo' diario con las hazañas de Newbery, cuando estalló la Guerra Mundial, al llegar el príncipe de Gales, cuando murió Carlitos. Déjeme de embromar...
Domingo Ostone es el “canillita” de Rivadavia y Rincón, desde 1909. La vieja guardia lo llama “Caruso” porque, de joven, soltaba, cada tanto, un do de pecho que redondeaba su alegría de vivir. El hermano menor, Pepe, con ternura de hermano mayor, justifica: —Lo emociona hablar de Carlitos. Yo lo conocí cuando le tiraron un tiro al salir del Armenonville. Venía aquí después de las 2 de la mañana con una francesa macanuda. Dicen que aquel balazo no era para él, sino para Alippi...
—... Y yo me acuerdo — añade Pascual Di Marzo— cuando una noche volvía del Colón y, entusiasmado con lo que acababa de oír, se mandó acá mismo “Una furtiva lágrima” ...
Se apretujan para hablar los que eran chicos en 1900. Todos son testimonios vivos, latentes:
—Aquí —recuerda Carlos Enrique Cecchetti, pionero de la radio—, el director artístico de Odeón, Mauricio Godard, conoció a Gardel y a Razzano, antes del Centenario. Así empezó la amistad que fijaría las voces del “Dúo Argentino”: apenas lanzados, se vendían de 20 a 30 mil discos para los fonógrafos que, fíjese en este aviso de la revista “Fray Mocho”, costaban 26 pesos, con 12 discos de obsequio... La primera grabación, urdida en este Café, fue “Cantar eterno” de Villoldo. Gardel se resistía a meterse de cabeza en el tango hasta que el teatro lo llevó a aquellas dos pegadas sensacionales: “Mi noche triste” y “Mano a mano”.
Este fue el barrio de la contextura porteña de la voz inolvidable. Vivió en Rincón 83, luego en Rincón 137. Entre esas tímidas mudanzas, el Café alojó sus rasgos inconfundibles:
—Vino un sábado. Mirá, Angel, te voy a hacer un regalo —cuenta Salgueiro—. Mañana debuta mi caballo “Lunático”. Jugate 100 boletos. Si ganás, ganás. Si perdés, no perdés nada... No acepté: él se fue sin decir nada. “Lunático” ganó. Llegaron todos, hasta Leguisamo. Y él me confió: Ché, gallego, me hice una ponchada de mangos: 26.500. ¡Arroz a la valenciana y buen vino para todos!... ¡Ah, hombres buenos como él, no debieran morirse!...
Todos asienten. Y Pascual Lavalle, cabeceando, sentencia:
—Acá adéntrono desfilárono lo tipo ma crande de Buenos Aires...

Así es la vida
El esplendor de los años 20 borró el galpón de fin de siglo. La terraza se iluminó con guirnaldas insinuando los colores argentinos, españoles y franceses. Las glorietas confidenciales podían quedar a media luz, como a media luz se bailaba hasta el amanecer. Todo eso era el recinto, más que de tango, del alma de una ciudad. Con el brillo, ahora fantasmal, de mujeres imperdonablemente hermosas y hombres como ases de basto.
El Café de los Angelitos fue la transición de los payadores al tango. Unió lo rural y lo urbano. Se erigió en testigo del acontecer de Buenos Aires: —Pasen, pasen, señor Casaux y Parravicini ¿cómo fue ese estreno? (Avise a don Lázaro que prepare esta noche el plato que le gusta al doctor Justo.) ¡Ahí vienen el diputado Palacios y los doctores Repetto, Ingenieros! Por aquí, por aquí... (Cerca, hoy, la Casa del Pueblo es también un esqueleto).
Se bajó la persiana. Al final, sólo recuerdos. Pero vale la pena jugarlos haciéndose eco de las palabras, generosas y senequistas, anchas como esta tierra, de quien las dijo en ese ámbito:
—Si ganás, ganás. Si perdés, no perdés nada...
Pedro Larralde.

Pie de fotos
-Entre ruinas del remate. Aníbal Troilo y Julio De Caro cambian recuerdos y tributan su homenaje al ámbito que fue verdadera reliquia de los porteños
-Un cigarrillo antes de irse. ¡Y ese humo que hace lagrimear!..
-Para el Café: Las voces que ayer pasaron y pasaron, ¿dónde están? ¿Por qué calles volverán?
-Ostone, Di Marzo, Lavalle... Nacieron en el barrio protagonista del acontecer de la ciudad. Desde su esquina, vieron pasar la vida porteña.
-Escudrinando lo que pasa; el abuelo lo hizo en la misma vidriera.
-¿Qué me decís, hermano? Se acabó.
-Cuánto vale? Hay cosas sin precio
-La terraza: se bailaba tango y vals.
-Aníbal Troilo hace hablar al bandoneón; las sombras lo escuchan.
-Él: Barrio plateado por la luna..
-Compartidas noches, recuerdos sin exclusiones: el mozo hace 30 años que es amigo de los artistas.

Revista Panorama
01/1967


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