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LAS ARTES
Televisión: Las armas de la ternura
Los actores duchos tienen sus reservas cuando les piden que trabajen
con chicos o con perros, porque éstos terminan siempre por robarse la
escena. Y es que la ternura resulta una de las armas más eficaces para
vender cualquier producto, ya fuere un lavarropas o un film. O un
teleteatro. En los últimos meses la decadente televisión local recurre
con insistencia a las gracias infantiles para obtener la adhesión del
público. El fenómeno más obvio es Andrea del Boca, a la cual se
insiste en rotular, anacrónicamente, como "la Shirley Temple
argentina” (ver recuadro página 51). Pero hay otros, y no solamente
actúan sino que también cantan, hacen morisquetas, se embarran la cana
con chocolate o mermelada, o simplemente aparecen con una sonrisa
picara y vocecita taladrante. Se supone que son infalibles. Y parece
que es cierto, por lo menos hasta que llegue la saturación.
MEDITACIONES DEL ANGELITO. Fue el año pasado. Las iras infantiles
culminaron en una descomunal pedrea contra el frente de una apacible
casa de Gerli. Los pequeños, cuyo arsenal incluía también frutas y
hortalizas, actuaron convencidos de ser ejecutores de la justicia
divina. Es que el morador de la vivienda se había ganado el odio
unánime de la chiquillería. Bastó que apareciese en un corto
publicitario de televisión, en cuyo transcurso disparaba un fusil
contra un angelito negro. La lenta caída de las plumas que cubrían las
alas de éste.
anunciaba una muerte segura a la entristecida, espantada platea
infantil. Todo esto para promover una golosina. La campaña prosigue
hasta hoy, dentro de las mismas pautas. El angelito negro, por su
parte, no sólo conquistó así una promoción personal indiscutible: este
año, Abel Santa Cruz lo ubicó en el papel de Tachín, un huérfano
(naturalmente), en el teleteatro Me llaman gorrión (Canal 9).
Javier Díaz (7) cursa el segundo grado en el colegio 31 de San Isidro,
y no consigue del todo despegarse de la ficción. "No lo quiero nada a
Raúl Ricuti [el actor que lo persigue en los cortos publicitarios]
—declara—. Es malo, quiere matarme.” Si se le pregunta cómo hizo para
llorar con tanta convicción en un capítulo de Gorrión, cuando se
suponía que la madre de Tachín había muerto, Javier mira a la tía que
hace las veces de madre y enuncia, candorosamente: "Y bueno, no sé,
hice de cuenta que te habías muerto vos".
Como subproducto de su fama, los chicos, en el colegio, "me tienen
loco”. "Pese a ser un buen alumno —acota a tía— tiene una maestra
particular. Además, acaban de llamarlo de los Estados Unidos para
hacer films publicitarios." “Tanto como actor, quiero ser médico
—anuncia Javier—, o las dos cosas a la vez, como Alberto Castillo.”
Según su tutora, María Julia de Foressi, el chiquilín gana unos 450
mil pesos viejos por mes, que él piensa destinar a la compra "de una
casa rodante y un coche”.
Hace poco trabajó en un stand de golosinas vestido con sus angélicos
ropajes (plumas incluidas), durante tres sábados y tres domingos. "Su
presencia en el lugar —dicen sus tutores— hizo que momentáneamente se
agotara la mercadería.” Y en un programa de Horangel, en 1972, donde
se cuestionaba "la explotación de niños por medio de la televisión y
la publicidad”, Javier reflexionó espontáneamente, con palabras que
sus mayores juzgan demasiado sabias para su edad: "¿No sería mejor que
hablaran de los chicos que lustran zapatos en Retiro y ni siquiera
tienen pañuelo para limpiarse la nariz?”
UN CHICO COMO OTRO CUALQUIERA. En la ficción del claudicante Rolando
Rivas, taxista (Canal 13), su misión es, por lo general, la de
exasperar al protagonista y a casi todos los demás personajes, con sus
travesuras. Pero el supuesto Quique (en la realidad Marcelo Marcote,
de 7 años) sería capaz de sacar de sus casillas a un santo, aunque su
intérprete reconozca que "yo no entiendo nada de todo eso, a mí me
gusta ser amigo de Rolando; en los descansos de los ensayos siempre
jugamos, y a veces hacemos un lío bárbaro”.
Lanzado a la popularidad con la promoción publicitaria de diversos
productos alimentarios que basaron su atractivo en un rostro pícaro y
tierno a la vez (las pecas le han valido, por semejanza con un
personaje mítico, el mote de Pibe Billiken), Marcelo fue llevado de la
mano de Alberto Migré al teleteatro, al principio en el papel de un
lustrabotas. A diferencia de otros chicos actores, Marcelito está
divorciado de la solemnidad, es muy alegre y le cuesta cambiar de
humor: “A mí, para que llore, me tienen que poner agua con glicerina.
No me lo puedo tomar tan en serio”, dice. Por lo mismo, es difícil
dialogar con él (algo perfectamente natural, por otra parte). Más
preocupado por el fútbol o por inventar juegos, no presta demasiada
atención al periodismo. Sus travesuras de la ficción son equiparables,
según dicen sus padres, con las de realidad. No quieren decir cuánto
gana, "para evitarle problemas con otro-chicos”. Por fin, ante la
insistencia arriesgan un vago: "No vaya a creer que es mucho, calcule
un sueldo”.
LAS AREAS COMPETENTES. Para ubicar las normas legales que rigen el
trabajo de los niños, Panorama recurrió al Ministerio de Bienestar
Social, donde, en la subsecretaría del Menor y la Familia, entrevistó
a la doctora Graciela Borzane, responsable del área de Asesoría e
Investigación Jurídica. La funcionaría explicó que, si bien "no se
descarta que surjan iniciativas en esa materia”, actualmente está en
vigencia el decreto 4.364 del año 1966, cuya esencia se resume en
estos puntos:
• El período de empleo de los menores de 18 años en actividades
artísticas, no podrá exceder de la medianoche.
• Deberá preverse una estricta garantía a fin de resguardar la salud y
la moralidad de estos niños o adolescentes, asegurándoles un buen
trato y evitando que el empleo nocturno perjudique su instrucción.
• Estos niños y adolescentes deben gozar de un período de reposo de,
por lo menos, 14 horas consecutivas.
• No podrá otorgarse ningún permiso de trabajo cuando, en razón de la
naturaleza del espectáculo o filmación, o de las condiciones en que se
ejecute, la participación en aquéllos sea peligrosa para la vida,
la salud o la moralidad de un niño o adolescente.
EN OTRO TIEMPO. Es un próspero pequeño comerciante de San Telmo, muy
popular en el barrio. No hay quién no lo conozca, ni deje de saludarlo
con afecto. José Guillermo Fernández sabe, sin embargo, que esa
popularidad le corresponde a él, solo, nada más que en parte. Lo
cierto es que los vecinos ven en él al padre de un jovencísimo cantor
de tangos, Guillermito Fernández, quien a los 15 años entona, con
buena voz y sentimiento convincente, las letras aquellas que hablaban
de malevos, cuchillos, percantas y farolitos, o sea, un tiempo que el
adolescente no ha conocido sino —valga la redundancia— "de oído”.
En los últimos tiempos, la televisión ha frecuentado estas
anacronismos. El caso más penoso es el de El tango del millón (Canal
11), donde se obliga a criaturas —carentes, las más de las veces, de
dones— a entonar endechas cuyo sentido se les escapa por completo. No
es éste, por cierto, el caso de Guillermito, en quien —además de su
mayor edad y, por ende, mayor entendimiento, ya que no experiencia— se
da una suerte de curiosa reencarnación. El mismo lo dice: "Canto
encarnándome desde el pasado. Revivo lo que vi en películas, o conozco
por referencias. Me gusta vivir en esta época, pero una de mis
pasiones es ver films de los de antes: Luis Sandrini, el de Mateo
[evidentemente, quiere referirse a Luis Arata], y prefiero interpretar
piezas de Manzi, Le Pera y Discepolín”.
Ya en el 3er. año del curso industrial de SEGBA, el reminiscente
muchacho figura en el elenco del Canal 9, donde en el programa Grandes
valores del tango, comparte el cartel con figuras consagradas como
Floreal Ruiz y Enrique Dumas. "Canto desde chico —proclama Guillermito
(o sea, desde hace muy poco)— y me gusta el tango, tango.” Su
ortodoxia va aún más lejos, cuando explica que le disgustan los
hippies: "Nunca vi en ellos la paz que proclaman. Le digo no a las
melenas, y para trabajar visto ropa oscura, de noche, con corbata
moñito. En materia musical, le escapo a todo lo que sea ruido y a la
percusión. Piazzolla es un músico de gran talento, pero lo que hace no
es exactamente tango”.
El tango obedece a una ética, a un estadio socialeconómico (y
político) de Buenos Aires donde el amor, la relación de pareja se
practicaba y expresaba en una forma que hoy resulta arcaica. Una de
las razones por las cuales la gente joven no puede sentir el tango, es
ese predominio, en sus letras, de un machismo ambivalente, que se
arrastra detrás de la mujer y después le vaticina toda clase de
calamidades, cuando la relación se rompe. ¿Comparte Guillermito esa
posición? "Bueno, hay de todo —reflexiona—. También está Qué me
importa tu pasado, que habla de otro modo. No, no comparto ese
criterio. Por eso mis favoritos son Barrio de tango y Una piba como
vos.
NADA DE PRODIGIOS. En su despacho del Hospital Nacional
Infantojuve-nil Carolina García de Tobar, su director, Rodolfo Agustín
Cerutti (46), médico psiquiatra con 21 años de experiencia en el trato
con niños, es cauteloso al abordar el problema: "Es imprevisible'
acertar con una respuesta estrictamente médica en un tema tan
controvertido como el trabajo de chicos en espectáculos y en
publicidad”. En lo que sí se muestra más firme (previa reserva de que,
no habiendo tratado a los protagonistas de esta nota, sus palabras son
condicionales) es en el rechazo de la noción de niños prodigio. "Todo
hace suponer que disfrutan de un nivel de inteligencia normal o
superior, pues de otro modo no podrían actuar como lo hacen. Pero
habría que desterrar lo de prodigio, que es más un recurso
publicitario que una realidad. Mozart, Rimbaud, son prodigios y, por
lo tanto, incomparables. Otra cosa, muy distinta, es lo que
llamaríamos «niño con éxito en televisión o publicidad». Porque debe
observarse que el triunfo escénico no es consecuencia estricta de la
inteligencia; puede derivar de otro tipo de valores, como la capacidad
histriónica, la simpatía, eso indefinible que se llama ángel.
Naturalmente, estos chicos merecen un trato especial, acorde con el
desenvolvimiento de sus vidas.”
Pero donde Cerutti llega a la severidad es al juzgar el tipo de
exigencias dramáticas a las que se somete a los chicos, en algunos
teleteatros, especialmente. "Esas exigencias generan situaciones de
angustia, que inciden negativamente sobre su personalidad y
desarrollo. Mi opinión apriorística es que se debe evitar a los niños
las situaciones dramáticas, reales o de ficción. Los más fantásticos
sueños y juegos, ellos los viven con el mayor realismo. Sí, como
afirman opiniones autorizadas, nuestra televisión no cumple aún el
papel educativo que debiera sino más bien todo lo contrario, y no es
por lo tanto recomendable que los chicos la vean asiduamente, menos
aún lo es que trabajen en ella.” ♦
(Informe de Luis Alberto Frontera)
PANORAMA, JULIO 5, 1973
-recorte en la crónica-
Andrea, un caso aparte
El encanto personal es indudable y la capacidad histriónica,
sorprendente. Con estas cualidades, Andrea del Boca (7) se ha
convertido en la figura infantil- más notoria de la televisión
argentina. “A diferencia de otros chicos, Andrea comenzó y proseguirá
su carrera sin hacer jingles ni avisos. Por eso mismo, pensamos que su
caso no es para nada el de un producto publicitario”. La advertencia
del director de cámaras Nicolás del Boca concreta lo que él piensa del
fenómeno de popularidad de su hija: es una, cosa aparte. Andrea (en el
segundo grado del Colegio de la Santa Unión) inició su actividad
artística a los 4 años, encarnando a una niña sordomuda en el
teleteatro de Abel Santa Cruz Nuestra galleguita. Ella misma lo evoca:
“A veces se caía una moneda o algo detrás de mí, y yo estaba tan
atenta a mi personaje que no oía nada, podían llamarme que no me daba
vuelta”.
Andrea del Boca ha desplegado su talento en las facetas más diversas:
teleteatro, cine y hasta discos. Es dueña de un Martín Fierro de
APTRA, de un diploma de honor de la Asociación de Cronistas
Cinematográficos de la Argentina, y de un premio Bamba. Actualmente —a
raíz de un ofrecimiento de Ulyses Petit de Murat, que escribió el
guión— ha finalizado su segundo film, Andrea, con Angel Magaña, Raúl
Aubel y otros. El argumento no innova en absoluto: una huérfana que se
niega a abandonar las tierras de sus padres, allá en el Sur. Fue hace
pocos días, sin embargo, que la pequeña recibió la que es,
seguramente, su más insólita consagración. “En el Festival Infantil de
Catamarca —explica—, mucha gente me decía que yo era una santa,
algunas señoras me llamaban virgencita”.
La marea de popularidad, llevada al paroxismo por su personaje de
Pinina, en Papá Corazón (Abel Santa Cruz, Canal 13) tiene sus
inconvenientes. “A veces, me empujan y me hacen doler; en la puerta
del canal me tiran del pelo para ver si es mío”.
Hace un tiempo, trabajando con Narciso Ibáñez Menta, temerosa del
monstruo a quien éste caracterizaba, en principio se negó a
participar. Finalmente, al verlo morir en la ficción, espontáneamente
“entró” en el drama y hasta accedió a besarlo.
La vida cotidiana de la menuda actriz es por demás sencilla. Por la
mañana, colegio (tiene asueto los miércoles), después almuerzo, siesta
y dos veces por semana ensayos. Su padre explica que la niña cuenta
con el permiso precario de la Subsecretaría del Menor, “repartición
que entiende que el trabajo de un chico con condiciones —prosigue
Nicolás— no tiene por qué ser coartado. Demás está decir que nosotros
nunca soñaríamos en bloquearla”. Y adelanta una primicia: Andrea acaba
de recibir una oferta de Producciones Walt Disney, vía Metro Goldwyn
Mayer, para filmar series en los Estados ¡Unidos. Mientras, la
interesada aborda un tema que le interesa en especial: “Si tuviera que
elegir al animal más inteligente, diría que Nicolasa (su cocker de
pelo negro) tendría que ser presidente de los animales. Es buena e
inteligente”. O improvisa variaciones sobre otros asuntos importantes:
“Los Reyes Magos son Dios, papá y mamá”; "Mi color favorito es el
rojo”; “En el verano tendré tres meses completos de vacaciones".
Los espectadores más atentos disciernen ya una punta de amaneramiento
en la labor de Andrea, que ahora sobreabunda en mohines, ojos al cielo
y vacilaciones ficticias. Nicolás del Boca no lo admite del todo: “Hay
que tener en cuenta que los libretos llegan a veces tarde. Además,
suelen no estar al nivel de un chico, y eso se nota”. Andrea, con su
natural desparpajo, informa: "Cuando no me acuerdo del libreto,
invento”. En verdad, ni se nota. ♦
Revista Panorama
5/7/1973
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