Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| La carga de los coreanos 500 familias coreanas compraron propiedades y trabajan en el barrio Norte. Hace un par de años, los pioneros comenzaron a mudar sus desprolijos negocios del Once para tentar suerte en otro mercado. Algunos pusieron rotiserías, otros un restaurante chino, otros se asociaron con algún japonés en una tintorería y otros recurrieron al buenaventurado quiosco de cigarrillos y golosinas. Hoy, los coreanos —que de ellos se trata— suman más de 500 familias instaladas en el barrio Norte. Haciendo cuentas rápidas, 2.000, de los casi 7.000 coreanos que hay en Capital Federal, compraron propiedades y trabajan en el antaño barrio paquete de la ciudad, ahora cada vez más cosmopolita. Estos coreanos llegaron al barrio buscando un mercado con mayor capacidad adquisitiva y, también, un buen lugar para vivir mejor. Pero algo los distingue de los naturales del lugar: no les interesa el status, ni las tarjetas de crédito ni los relucientes autos importados, ni pasar algunas horas por semana sentados en el café de onda tratando de arreglar el mundo o, simplemente, viendo cómo pasa por la vereda. Kim Jung Hyung fabrica ropa femenina en un taller de Villa del Parque, pero tiene su boutique de venta en Arenales y Uriburu. Como casi todos sus compatriotas, proviene de Corea del Sur. También compró un departamento en el barrio. “Alquilamos la boutique —dijo al cronista—, pero somos propietarios del departamento donde vivimos aquí y del auto. Mi mujer también es coreana y los que más se adaptan al país son los chicos. Vivo a cuatro cuadras de aquí y elegimos este barrio porque es donde vive gente mas pudiente, buena zona para vender ropa.’' Jung Hyung es católico y los domingos, invariablemente, va a misa a una iglesia de Villa del Parque, donde el párroco es también coreano. Los nuevos inmigrantes del barrio Norte —que suelen quejarse de la inflación y de la forma en que se pierde el tiempo haciendo colas en bancos y dependencias estatales— están dispuestos a incursionar en cualquier rubro donde haya oportunidad de comerciar o vender. Muy raramente se inclinan por los servicios, y según afirman los naturales del barrio, captan a la perfección el lenguaje y los tics propios del lugar. Aunque no tienen problemas de integración —al menos graves —, un coreano rara vez se casa con una argentina y las nuevas parejas suelen armarse entre hijos de coreanos, primera generación de argentinos. Según suelen decir, el 50 por ciento de ellos es protestante, el 40 por ciento católico y el resto profesa el budismo o alguna secta menor. En la esquina de Peña y Junín, un quiosco de diarios es atendido por un robusto y aporteñado coreano, que dice conocer a medio mundo. “Hace ya algunos años que estoy aquí y me tratan bien. Mis tradiciones? La tradición se llama comer todos los días, y estoy acá porque es un lugar donde está la guita, como suelen decir ustedes..." Los coreanos del barrio Norte juran no tener diferencias raciales ni económicas con otros compatriotas radicados fuera de la zona y también dicen no creerse superiores a los que siguen con sus tiendas instaladas en el Once o más allá del Camino de Cintura. Suelen mandar sus hijos a colegios del estado —raramente recurren a una escuela privada— y tiene un objetivo que los unifica: comprar su vivienda propia antes de pasar 10 años de casados. Ese motivo, el de la vivienda, es uno de los principales factores que impulsa la emigración de Corea del Sur. Los jóvenes que parten hacia el nuevo mundo lo hacen con la expectativa de encontrar mejores formas de vida, de trabajo y, sobre todo, vivienda. Los primeros inmigrantes de Corea del Sur comenzaron a llegar a la Argentina hacia finales de 1965, con la idea de dedicarse a la agricultura en Río Negro, Santiago del Estero y el norte de Santa Fe. Por ese entonces, el gobierno coreano impulsó un plan de emigración seleccionado para disminuir las carencias de oportunidades de trabajo, vivienda y desarrollo social que existían en el país. En ese plan, la Argentina, Brasil y Estados Unidos eran mercados apetecibles. Hoy hay en la Argentina unos 12.000 coreanos, que en su mayoría no volvieron a su tierra de origen. Muchos de ellos, instalados primero en el interior, resolvieron buscar horizontes menos duros en Buenos Aires, cambiando la actividad agrícola por el comercio. El 40 por ciento de los que viven en los alrededores de la gran ciudad se dedica a la actividad textil y un porcentaje algo menor intentó la aventura de competir en ese rubro —lencería incluida— con los armenios e israelíes, cuasi monopolistas de la actividad en el Once. Hoy, otros acometen la aventura de penetrar en un barrio con otras características, en busca de un mercado más rico y sin el trauma de pelear por el status. © T. A. Investigación: Alejandro Schang Viton -recuadro en la crónica- Lo que piensan invertir Deuk Woo Park es el cónsul de la República de Corea en Buenos Aires. Aprendió el castellano mientras estuvo en Ecuador y es un admirador de la carne vacuna argentina, a la que considera la mejor del mundo. Tuvo este diálogo con el cronista. -¿Tienen problemas de convivencia los coreanos aquí? —Ninguno, todos tienen buena relación con los vecinos argentinos, hasta festejan juntos. En cambio, los coreanos en Estados Unidos tienen problemas, viven aislados, como si fueran ciudadanos de segunda. Aquí no pasa eso. —¿Cómo se llevan con otras comunidades orientales? —Mire, con los chinos muy bien. También con los japoneses, aunque ellos hace ya más de 100 años que tienen colonia aquí. —¿Cómo llegaron los primeros coreanos aquí? —El gobierno mismo tenía interés en fomentar la emigración y se armaron planes para eso. Hace 20 años de esta decisión y muchos llegaron a la Argentina. Hoy hay unos 12.000 en este país. —¿Hay capitales de su país aquí? —No muchos. Algunos campos pequeños en Río Negro, Santa Fe y Santiago del Estero fueron comprados por coreanos que contaron con ayuda crediticia del gobierno coreano. —¿Seguirán invirtiendo? —Para este año esperamos una radicación de capitales de Puerto Deseado, de unos 14 millones de dólares. Se construirá una factoría para procesar carne de pescado y también haremos un plan de viviendas para 120 familias. También en Santa Fe construiremos una fábrica de bicicletas. Revista Somos 18.1.1985 |
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