Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

negro falucho


La estatua de la plaza Falucho
por JOSE LUIS LANUZA
Falucho, más popularmente conocido por “el negro Falucho”, tiene una breve calle por el barrio de Nueva Pompeya, cerca de la Avenida Sáenz. entre Beazley y Río Cuarto. Pero también da nombre a una plaza en Palermo, en el ángulo que forman al separarse las avenidas Santa Fe y Luis María Campos, frente al cuartel del primero de infantería. Y en la plaza tiene una estatua. El escultor lo ha reproducido a pura imaginación. ya que ningún documento gráfico nos permite saber con certeza cómo era en realidad Falucho.
Basta saber que era un soldado negro. En la estatua empuña con aire fiero el asta de la bandera argentina. Una cantidad de placas sujetas al pedestal recuerdan el heroísmo del soldado negro. Son recuerdos de sociedades históricas o de sociedades de gente de color, que celebran en él todo el heroísmo de los soldados de raza africana. Y es bueno que lo recuerden, porque que hubo negros entre nosotros es cosa de la que ya nos vamos olvidando. (Otra callecita perdida en Buenos Aires recuerda al coronel Barcala, otro hombre de color, que tendremos que conmemorar alguna vez).
Los textos escolares suelen olvidarse muchas veces de los batallones de negros que actuaron valientemente en nuestras guerras de la independencia. Los batallones de negros estuvieron con el general Belgrano en el Paraguay y en el Alto Perú; con Soler y otros jefes en la Banda Oriental (y se recordó durante mucho tiempo una famosa carga de los negros en el Cerrito de Montevideo). Estuvieron con San Martín en Chacabuco y en Maipú. Subieron con él para rescatar a Lima del dominio español. Después actuaron muchas veces en las guerras civiles. El general Paz elogió los batallones de negros que mandaba Barcala. Todavía Rosas y Urquiza movilizaron extensos batallones de morenos.
Pudo haber, entre tantos, muchos héroes anónimos. Falucho, en cierto modo, les simboliza a todos. Fué el protagonista de una oscura historia ocurrida entre los restos del ejército libertador del Perú (del que ya se había retirado el general San Martín), en 1824. La cosa ocurrió en la fortaleza del Callao, cerca de Lima. Tal vez hubiera quedado olvidada, como las hazañas de muchos héroes anónimos, si no la recoge, en una traducción publicada en 1852, el coronel D. Juan Espinosa, de quien la tomó —rectificándola y completándola— el general Mitre. El trabajo de Mitre "Falucho y el sorteo de Matucana", apareció bajo la forma de folletín periodístico en 1857 y volvió a aparecer, con nuevas ediciones en 1875. Mitre se había hecho el deber de reivindicar varios héroes anónimos o populares. El nombre de Falucho, no registrado entonces en ninguna historia argentina, debía pasar, según Mitre, “del periódico al libro”. El no se olvidó de ese propósito, cuando redactó, años después, la Historia de San Martín. Allí Falucho ocupa su lugar en el episodio de la sublevación del Callao. Después, el poeta Rafael Obligado escribió un poema sobre la heroica muerte del negro, episodio muy recitado en las fiestas escolares.

¡Duerme el Callao...
La verdad escueta, sin poema, nos habla de un triste episodio militar. Las tropas que San Martín había llevado a través del continente en una marcha sacrificada y heroica estaban viviendo, después del alejamiento de su jefe, días de pobreza y de humillación. Ellas, que habían constituido la vanguardia de los ejércitos libertadores, ahora se veían pospuestas. A ratos, miradas con hostilidad. Hacía muchos años que habían salido de su país y la añoranza les roía con fuerza el corazón. Desgraciadamente; las antiguas Provincias Unidas estaban desunidas, desorganizadas. Casi podría afirmarse que en ese momento no tenían patria. Se acogieron, en una proclama, a la protección del gobierno de Buenos Aires. Pero esa declaración no contribuyó mucho a remediar su angustiosa situación. Para colmo de males, los soldados estaban impagos desde hacía muchos meses.
En la noche del 4 de febrero de 1824 las tropas que estaban de guarnición en la frontera del Callao se sublevaron contra sus je fes. El general Rudecindo Alvarado, gobernador del Callao, quedó prisionero. Dos sargentos del regimiento del Río de la Plata, llamados Moyano y Oliva, dirigían el motín. Podían alegar el vehemente deseo de volver a la patria, o de cobrar sus haberes, o de recobrar su dignidad, pero, de todos modos, el movimientos era descabellado. “El motín —dice Mitre en la Historia de San Martín— no tenía un objetivo declarado que pudiese mantener unidos 1.500 soldados mandados por dos sargentos sin cabeza.” La indisciplina empezó a causar estragos en la tropa, que los sargentos ya no se atrevían a conducir. Ya se veían perdidos, derrotados y castigados como rebeldes. El peligro los impulsó a agrandar el delito. Parlamentaron con algunos prisioneros realistas —primero con el coronel D. José María Casaniego— que los indujeron a entregarles la fortaleza y a enarbolar el pabellón español. Era el único medio, ya desesperado, de escapar con vida (si no con honra) del Perú.
En la noche del 6 los sublevados, mandados ya por el español Casa-niego, debían enarbolar el estandarte real. La ceremonia debía cumplirse un momento antes del amanecer y sería rubricada con las salvas de los cañones de todas las baterías. Esa noche estaba de guardia, junto al mástil, el negro Falucho. Hacía años —como catorce años— que peleaba contra esa bandera. El había asistido, junto con el general Belgrano, a las retiradas de Vilcapugio y de Ayohuma y después, con San Martín a las victorias de Chacabuco y  de Maipú. Falucho tenía arraigado el sentido de los símbolos. La bandera argentina era para él una cosa viviente. No podía consentir en verla substituida por otra.
Falucho se llamaba en realidad Antonio Ruiz. El sobrenombre le venía por la manera de usar —ostensiblemente y orgullosamente— el falucho o gorro de cuartel. Era un negro de Buenos Aires y sin duda orgulloso y valiente.
Cuando le ordenaron que saludara, rindiendo armas, al pabellón extraño que enarbolaban, Falucho contestó, indignado:
—Yo no puedo hacer honores a la bandera contra la que he peleado siempre...
Los amotinados le gritaron, furiosos:
—¡Revolucionario! ¡Revolucionario!...
—Peor es ser traidor — dijo Falucho. Y con su fusil, empuñado por el cañón, golpeó con fuerza sobre el asta de la bandera.
Lo tomaron preso y le dispusieron una ejecución sumaria.
Lo subieron al murallón que daba al mar, donde quedó de rodillas, y cuatro fusileros le hicieron fuego casi a quemarropa. El negro alcanzó a proferir un grito entrañable, que expresaba, sin duda, todo su amor hacia la ciudad lejana:
—¡Viva Buenos Aires!
Después su cuerpo cayó al agua desde lo alto de las murallas.

-pie de foto-
La estatua representa a Falucho abrazado al mástil de la bandera que amaba. Un instante después, ya en la muerte, gritaría ¡Viva Buenos Aires!, grito entrañable que expresaba, sin duda, todo su amor a la ciudad lejana.

Mundo Argentino
18.01.1956

 

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