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MOREA EN LA RUTA DE WIMBLEDON
EN el instante mismo en que una de las 2160 “balls” empleadas en t el Vigesimoquinto Campeonato de Tenis de la República Argentina, quedó fuera del alcance de Jaroslav Drobny y ascendía en el tablero el 6 - 0 del set final, veinte mil manos hicieron estallar el aplauso más cerrado que haya saludado jamás un triunfo de Enrique Morea. Pero cerrado ya el court central, de San Benito de Palermo, apagado el eco de los aplausos que rubricaron la excelente victoria de Enrique Morea sobre Jaroslav Drobny, esta es la hora de hacer el balance, una estimación del estado en que se encuentra actualmente el tenis argentino.
Ya se sabe que en el país juegan al tenis algo más de 100.000 seres de
todas las edades. Pero cuesta trabajo comprender cómo entre todos ellos sólo un hombre —Enrique Morea— posee las calidades definidoras del jugador internacional. Entre éste y quienes ocupan lugares en el “ranking” nacional o tienen activa participación en los campeonatos más importantes, hay una distancia difícil de recorrer en estos momentos. Precisamente, en este reciente Campeonato de la República se ha visto el borroso perfil del tenis argentino de los días actuales. La actuación de los jugadores extranjeros sirvió como punto de referencia para juzgar la calidad de los nuestros, y la conclusión que de ello se extrajo no pudo ser más desconsoladora.
Hay que pensar, pues, que el deporte blanco atraviesa una crisis de valores. Deben admitirlo los propios jugadores de la hora, despojarse de ciertas formas de vanidad y no creer en la sobreestimación de sus condiciones. Desde luego, el aficionado librado a su propia decisión no puede hacer mucho para alcanzar la ansiada meta. Porque hay que admitir que en nuestro país el tenis carece de estímulo y no ejerce todavía verdadera atracción sobre los grandes sectores populares.
Hecho el examen de conciencia, visto el rendimiento individual y de conjunto en el reciente Campeonato de la República, dirigentes y aficionados deben procurar el hallazgo de fórmulas que permitan revitalizar el tenis argentino. Acaso lo imperioso es mejorar el nivel técnico de juego, y esto se aprende asimilando buenas enseñanzas. Pero, ¿quién puede en nuestro país ejercer esa docencia del tenis? Uno, dos o tres profesores, a lo sumo, son insuficientes para formar nuevos valores o perfeccionar a los de mejores posibilidades. Pensamos que la contratación de profesionales extranjeros constituiría un medio eficaz, la solución adecuada del problema de fondo. La Asociación Argentina de Tenis, en consorcio con los clubes, podría gestionar la entrada en el país de profesores —¿el fútbol no ha contratado, acaso, árbitros británicos?— para que actúen entre nosotros por periodos de
seis meses? Al país llegan constantemente, invitados oficialmente o por entidades privadas, boxeadores, automovilistas, artistas, hombres de ciencia, conferenciantes. Su paso por el país tiene el sentido de una siembra fecunda. ¿Por qué no puede hacerse otro tanto en el sector del tenis? ...
En otro orden, hay que abaratar, hacer accesible la práctica del tenis a los grandes sectores populares. Raquetas y “balls” cuestan mucho, y cuesta, también, el aprendizaje con profesores. Se anuncia, por lo demás, que en fecha próxima se cobrará tres pesos por hora el uso de las canchas municipales de San Benito de Palermo. En esa forma, si la información es exacta, no se fomentaría la práctica del deporte.
Volvamos ahora sobre el torneo mismo. Hacemos silencio sobre la actuación particular de los jugadores argentinos, para centrar esta nota en la sola participación saliente de Enrique Morea, consagrado campeón en el torneo de la República.
Digamos, por ejemplo, que en cinco matches sostenidos contra S. Lucero, O. Tossutti, G. Merlo (italiano), Larsen (norteamericano) y Drobny, Enrique Morea obtuvo 101 games a su favor y registró 45 en contra. En cuatro encuentros, Fausto Gardini, campeón de Italia, anotó 76 games en su cuenta y 52 en contra. En tres matches, Drobny logró 69 games en su favor y 70 en contra.
De todos modos, el torneo de San Benito de Palermo exhibió a Morea en la plenitud de sus medios y en aptitud de reiniciar campañas que podrían culminar este año con su actuación en Wimbledon. No tiene planes al respecto, pero mientras tanto procurará mantenerse en estado. Para ello —según propias manifestaciones— se hace necesario un equilibrado régimen dietético y jugar tenis diariamente, por lo menos, durante dos horas.
Morea sabe que se cuenta entre los primeros jugadores del mundo, mas no olvida que el tenis es una deidad que exige consagración absoluta y una fidelidad sin desvíos. En el match final contra Drobny fué agresivo y jugó casi sin errores. Empleó todos los recursos que le conocemos, pero con la adición de una precisión, una estrategia de juego y un nivel técnico que lo elevan con justicia a los primeros planos del tenis mundial. En última instancia, cerramos esta nota con la rápida mención de los restantes jugadores extranjeros —Jaroslav Drobny figura en lugar aparte—, que dieron con su presencia, categoría y brillo a nuestro torneo mayor. Fausto Gardini —el “antitenis”, algo así como una tromba en el court —dió a su labor una vibración, un nervio latino que el público celebró ruidosamente. G. Merlo, segundo en el ránking de Italia, se fué a Montevideo en la víspera del match final, algo amostazado con su compañero de equipo. Pietrángeli, a quien le gusta mucho el fútbol, hizo un discreto papel. De los norteamericanos, Larsen dió la impresión de estar fuera de estado y en la parte superior del tobogán, en trance de abandonar su tercer puesto en el ránking de los Estados Unidos. Y Stewart —presencia de un bonachón vaquero en vacaciones—, ganó el campeonato de la simpatía, por su sentido del humor, su corrección deportiva y hasta por sus mismas inclinaciones amistosas o sentimentales. A. Mottran, el británico, expresó su calidad de estilista y de gran señor del court.
Finalmente, Silvana Lazzarino, la campeona de Italia, vencedora de Edda Buding en el match final del reciente campeonato de la República, desplegó un vasto repertorio de recursos y una vivaz inteligencia en el juego. Quizá la mejor definición sobre ella lar hizo una excelente jugadora argentina, la señora Nora B. Somoza —entre todas las oponentes ésta fué la que le ofreció mayor resistencia—, cuando dijo que Silvana Lazzarino lleva su juego escondida en el bolsillo y lo emplea según las circunstancias y las características de sus ocasionales adversarias.
Dejamos caer el telón, con la esperanza de que en el próximo campeonato de la República muestren sus progresos y su clase los nuevos, la juvenil promoción de tenistas que integran Edda Buding, June Han-son, Graciela Lombardi, Mabel Bove y Eduardo Soriano, Oscar Valdivieso y otros, en cuyas manos está la llave del buen éxito.
Mario CHAZARRETA

-recuadro en la crónica-
—DROBNY, El PACIENTE CAMPEON DE WIMBLEDON
EL hombre de los anteojos ahumados y de la larga paciencia, vió dos veces postergado el anhelo de ceñir la corona del tenis mundial. En 1949 y en 1952, Frederich R. Schroeder y Frank A. Sedgman, respectivamente, lo derrotaron en los matches finales, en Wimbledon. Después, al promediar este año, el viejo court central del All England Club —tribunas pobladas, la familia real británica en primera fila— asistió a la suprema consagración de Jaroslav Drobny, el tenista checo, egipcio por adopción, que repitió, con algunos años menos, la hazaña cumplida en el mismo escenario, en 1930, por William T. Tilden, cuando éste ya había cumplido 37 años de edad. El campeón de Wimbledon —visitante de la Argentina por tercera vez, ya estuvo entre nosotros en 1947 y 1952 —exhibió en Palermo su calidad de tenista excepcional y su caballerosa conducta deportiva.
Jaroslav Drobny —ausencia de gestos espectaculares, sobriedad— ha demostrado a los jugadores y aficionados reunidos en la cancha central de San Benito de Palermo que el tenis, además de reciedumbre y otras aptitudes indispensables, exige la contribución de esa rara sustancia llamada inteligencia. Precisión, saques velocísimos, smashes oportunos y definitivos, colocaciones al centímetro, definen las fundamentales características del juego de este hombre, frente al cual perder bien es honroso, y hasta un lujo.

Pie de fotos
-Antes del match decisivo, Enrique Morea sonríe y está bien, porque frente a -Drobny desplegó una vasta gama de recursos y jugó como nunca.
-Aquí está  Arthur D. Larsen, tercer jugador en el ranquing de los EE.UU. que demostró su gran calidad y su avición por la Coca-Cola
-En esta escena del match final, Morea ha afirmado su victoria sobre el campeón de Wimbledon, Drobny, en medio de la adhesión de las tribunas.
-María Luisa Terán de Feiss, es mejor tenista qué fotógrafo, pero de todos modos procuró obtener esta nota del general Perón, junto al presidente de la Asociación Argentina de Tenis, señor R. Dodds.
-No hay que confundirse. Edda Buding no ingiere helados en la pausa del match, sino glucolin, dispensador de energías, algo así como las espinacas que consume Spaguetti.
-La campeona italiana, Silvana Lazzarino, movediza y rápida en sus desplazamientos, consume, en cambio, agua mineral, mientras la observa uno de los jueces del torneo, Sr. Ocampo.
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