Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

expedición argentina al himalaya
LA EXPEDICION ARGENTINA AL HIMALAYA
LA HAZAÑA DE ESCALAR EL DHALANGIRI, CONSIDERADO EL PICO MAS DIFICIL DE LA GIGANTESCA, CADENA, SOLO HA SIDO INTENTADA UNA SOLA VEZ

DENTRO de pocas semanas el cable vibrará llevando a todo el mundo los detalles de la proeza que intentará un grupo de andinistas argentinos de escalar el Dhaulayiri, cuya altura es de 8.200 metros y que forma parte de la gigantesca cadena de montañas del Himalaya.
De todos los grandes picos que alcanzan mayor altura, sólo han podido ser conquistados hasta ahora el Everest, de 8.800 metros, por la expedición británica del coronel Hunt, realizada el pasado año, y de la cual uno de sus miembros, E. P. Hillary, y el “sherpa” (guía) Bothia Tensig pudieron llegar, el 29 de mayo último, hasta la cumbre, donde por primera vez ondeó la bandera de un país; el Ohankamba, de 7.138 metros, objetivo de la expedición francesa en 1952; el Kamet, de 7.775 metros, que fue conquistado por los ingleses que dirigía Smythe en 1931; el Annapurna, jue los franceses Herzog y Lachenal escalaron en 1950; el Nanda Devi, vencido por los británicos Tilman y Odell en 1936 al llegar a su cumbre de 7.820 metros; y el Nanga-Parbat, de 8.116 metros, escalado en 1953 por una expedición austro-alemana. Todos los demás picos no han sido escalados hasta el final, pese a las numerosas tentativas, como las realizadas en el Kangchenjunga por los expedicionarios alemanes, dirigidos por Rauer y Dyhren-Furt, y las que más tarde se sucedieron.

La ley de la montaña
Desde el siglo IV de nuestra era, en que un peregrino chino, llamado Fa-Hian, logró atravesar la gigantesca cadena del Himalaya, hasta que el naturalista francés Víctor Jacquemont, fallecido en Bombay en 1832, después de haber realizado exploraciones en las m atañas, en las que llegó a 5.000 metros de altitud, jamás los colosos del Himalaya han despertado en el hombre tanta atracción como en los últimos años.
Varias naciones intentaron colocar en las altas cimas su pabellón. Sucediéronse las expediciones. Todas fueron abriendo el camino y recogiendo datos de alto valor científico y aumentando también la nómina de los que pagaron con su vida la osadía de querer llegar hasta las heladas cimas.
De todos los picos que forman el Himalaya, el Everest es el que tiene mayor altura. La mayoría de las expediciones lo han elegido para sus ascensiones. Pero si es el de mayor altura, no es el más difícil para escalarlo.

La tentativa de R. Lambert
Hasta hoy, sólo el inglés Hillary y el “sherpa” Tensing han dominado el Everest. Anteriormente, la expedición inglesa dirigida por Norton, alcanzó, el 4 de junio de 1924, una altitud de 8.573 metros. El año pasado la segunda expedición suiza, a cargo del doctor Gabriel Chevalley e integrada por Raymond Lambert, Gustavo Gros, Arthur Spohel, Jean Buzio, Norman Dyrenfurt y Ernes Reiss, lograba un señalado éxito al llegar Raymond Lambert y el “sherpa” Bothia Tensing, el único guía que ha puesto pie en la cumbre, a 8.600 metros, donde instalaban el noveno campamento, preparándose para el asalto final, que no pudo realizarse por el estado de agotamiento en que ambos se encontraban.
Pero, hasta esa altura, todas las expediciones conocen ahora las dificultades que tienen que vencer. Los campamentos que han establecido todos los que intentaron la proeza, están debidamente señalados. El primero a 5.250 metros, el segundo a 5.600, el tercero a 5.850, el cuarto a 6.450, el quinto a 6.730, el sexto a 6.900, el
séptimo a 7.600, el octavo a 7.880 y el noveno a 8.600 metros.

Punto crítico
Los “sherpas” Tensing, Pasang, Danamgyal, Phu-Tarky, Ang Nabur, Nagma Dorie y Ayiba, para no citar sino los más famosos, han recorrido varias veces los caminos del Everest y alcanzado los distintos campamentos. Hasta el séptimo se puede decir que los principales accesos son todos conocidos. El explorador británico Eric Shipton, que intentó la ascensión por la vertiente sur, comprobó que las estribaciones de la gigantesca mole forman un inmenso circulo dominado por el Everest a la izquierda y el Lhotse a la derecha y declaró que, si se llegaba a franquear la inmensa garganta y alcanzar uno de los flancos del Lhotse, sería posible ganar suelo firme y seguir la ascensión hasta ganar la cima del Everest
El objetivo argentino
La expedición argentina que dirige el teniente Francisco Ibáñez, se ha fijado como objetivo uno de los picos más altos del Himalaya: el Dhaulayiri, que con sus 8.200 metros no pudo aún ser vencido por el hombre; sólo se registró una tentativa, qué rápidamente fué abandonada.
Para poder tener una idea aproximada de lo que la aventura argentina significa, bastará saber que los franceses Maurice Herzog y Louis Lachenal, que formaron parte de la expedición de su país en 1950, resolvieron poco después lanzarse a la conquista del Dhaulayiri, para lo cual reunieron un equipo integrado por Lional Terray, Gastón Rebuffat, Jean Couzy y Marcel Schatz, a quienes acompañaban el doctor Jacques Oudot, el fotógrafo Marcel Ichac y Francis de Noyelle como encargado de la organización de los transportes. Todos ellos poseían una gran experiencia de montaña y habían participado en otras expediciones realizadas en Europa.

Intento fracasado
Las primeras dificultades que debieron afrontar fueron las de obtener la colaboración de los “sherpas”. Cuando iniciaron su aventura, comprobaron en las primeras exploraciones que la ascensión era tan difícil, que resultaba casi imposible. En vista de ello, y después de una consulta que realizaron los expedicionarios, se decidió cambiar de meta, eligiendo al Annapurna, por considerarlo más accesible que el Dhaulayiri, cuya cumbre conquistan al fin, en medio de atroces sacrificios, Herzog y Lachenal, quienes perdieron las falanges de sus manos el primero y todos los dedos de los pies ambos, que se les debió amputar por habérseles congelado. Y bien, como dijimos, el Annapurna, que se eleva a 8.078 metros, está considerado más fácil de escalar que el pico en el que intentarán poner la enseña patria los expedicionarios argentinos.

Minuciosa organización
La aventura de llegar a la cumbre de cualquiera de los colosos del Himalaya requiere una minuciosa preparación, que comprende múltiples aspectos. Desde los equipos de montaña que utilizan los expedicionarios hasta la clase de alimentos que deben llevar, todo es objeto de prolijo examen. Esto se comprende, porque, a medida que los escaladores ascienden, deben consumir determinados alimentos, de acuerdo con las reacciones que va experimentando el organismo. Uno de los aspectos más importantes de la organización es aquella referente al transporte de carpas, ropas, materiales y botiquines médicos y quirúrgicos de urgencia, así como los equipos de radiocomunicación, destinados a establecer contacto con las estaciones de Nepal y de la India. Ambos países mantienen un servicio especial por el que anuncian a las expediciones el avance de los monzones conforme a los datos metereológicos.
Las expediciones sólo tienen un breve paréntesis en el año para realizar sus ascensiones, que es el que media entre las grandes nevadas de invierno y la aparición de los terribles monzones que se producen más temprano o más tarde, pero siempre entre fines de mayo y de junio, lo que equivale a decir que la expedición argentina tendrá, para cumplir sus propósitos, poco más de sesenta días.

Los “sherpas”, héroes anónimos
En todas las ascensiones que hasta ahora se han realizado para vencer las más altas cumbres del Himalaya, existen unos héroes anónimos de los cuales depende, en gran parte, el buen o mal éxito de la aventura.
Los “sherpas”, o guías, de los que se lanzan a la gigantesca proeza de intentar poner pie en el “techo del mundo”, venciendo dificultades que aumentan a medida que se acercan a las cumbres, desde las que se contempla en pleno día, y con un sol radiante, un cielo estrellado con la misma nitidez con que nosotros lo contemplamos en las noches claras, tienen un código ético que observan y cumplen con toda minuciosidad.
El “sherpa” no es, como podría pensarse, un simple guía que las expediciones tienen la libertad de contratar. Los que asumen la terrible responsabilidad de conducir a los expedicionarios por los lugares más accesibles, y, por lo tanto, tienen en sus manos la vida de esos hombres tentados por la aventura, forman un cuerpo oficializado regido por un severo reglamento y cuya sede está en Darieeling. Su jefe es Bothia Tensing, que ha acompañado a las más famosas expediciones de los últimos años.
Su salario está establecido por tarifa, que respetan escrupulosamente. En la actualidad, un “sherpa” gana un equivalente de $1300 argentinos mensuales, siéndole permitido aceptar la “bakshish” o gratificación suplementaria.
Toda expedición debe contratar a un determinado número de “sherpas” y a un jefe, que cobra un equivalente de $ 2000 argentinos mensuales. Además, el reglamento fija una suma diaria para gastos de alimentación, ya que muy raramente los “sherpas” aceptan una dieta similar a la de los expedicionarios. Bothia Tensing constituye una excepción entre los que acompañan a una expedición. Sus servicios tienen un precio que ha sido fijado a un promedio de $ 7500 argentinos por mes. Esto se explica porque está considerado como el hombre que, por dominar la montaña, puede facilitar el triunfo a los que exponen a cada momento sus vidas para llegar a las más altas cumbres.
Todos los “sherpas” disponen de un equipo de montaña, por el que cobran un suplemento que oscila en los veinte pesos argentinos diarios. Los riesgos que corren también han sido contemplados. Desde la pérdida de una falange de la mano o el pie, pasando por la pérdida parcial de un miembro o de un ojo, hasta la muerte, según sea casado o soltero, todo tiene fijada su correspondiente indemnización, siendo la más alta de $107.000 de nuestra moneda, que se paga por la vida de un “sherpa” casado.
Los jefes de cada expedición que intenta la conquista del Himalaya deben firmar los respectivos contratos en que se garantiza el pago de los salarios e indemnizaciones.

El “nirvana” de la altura
El jefe de la segunda expedición suiza que intentó llegar a la cumbre del Everest, doctor Gabriel Schevalley, ha resumido así sus impresiones de orden fisiológico:
“Hasta los 7000 o los 7300 metros de altitud, el hombre experimenta reacciones normales. Al seguir ascendiendo, de 100 en 100 metros, sus facultades disminuyen sensiblemente. La circulación de la sangre se hace más difícil y el cerebro no funciona en forma normal. Los movimientos se tornan más torpes y la voluntad disminuye. Sin embargo, el hombre aun tiene posibilidades de adaptación.
”A 8600 metros, los aparatos de oxígeno no pueden ser utilizados a fondo por las condiciones que reinan. Los expedicionarios ya no pueden caminar y comienzan a hacer eses como si estuvieran embriagados. La cabeza parece que fuera a estallar, al ser azotada por las violentas ráfagas de viento helado que cortan como afilados cuchillos y por la nieve. Una lenta laxitud se va apoderando del organismo. Las botellas de oxígeno ya no surten sino un pasajero efecto. La voluntad disminuye rápidamente, para dar lugar a un deseo de postrarse, renunciando a todo.
"Entonces —afirma el doctor Schevalley— se siente lo que ha sido considerado como la terrible pesadilla de todos los expedicionarios a medida que ganan altitud: el “nirvana” de la altura, que va sumergiendo al hombre en un bienestar precursor de la muerte, impidiéndole todo movimiento para intentar su salvación.”

El “hombre de las nieves”
Recientemente, la gigantesca cadena del Himalaya ha planteado a los hombres de ciencia la incógnita de un nuevo misterio. En esas cimas que parecen tocar el firmamento, y a las cuales el hombre ha tratado de llegar a costa de todos los sacrificios, existiría una especie animal desconocida hasta ahora.
El mismo doctor Gabriel Schevalley ha traído de su aventura también una abundante información sobre lo que podría llamar el filósofo “el Everest y sus formas de vida”. En la documentación resaltan los datos sobre “el hombre de las nieves”, monstruo fabuloso que vigila los accesos a la montaña. Según el doctor Schevalley, “el hombre de las nieves” no es sino un cuadrúpedo, cuyo peso oscilaría en los ochenta kilogramos y cuya conformación semejaría la de un oso.
La expedición suiza lo persiguió en uno de sus reconocimientos, antes de acampar, pero una intensa niebla impidió distinguirlo con toda claridad. Sus huellas, de treinta a sesenta centímetros, en las que se observa, según la documentación fotográfica obtenida, tres dedos y un pulgar, provistos de garras, han permitido una somera identificación.
La seriedad y la responsabilidad científica del doctor Schevalley, con el que se ha entrevistado el jefe de la expedición argentina, teniente Francisco Ibáñez, abre un nuevo interrogante a la aventura de nuestros escaladores.
¿Será la Argentina la que podrá aclarar el misterio del “hombre de las nieves” que desde hace tiempo apasiona a los hombres de ciencia?
Arnaldo V. RIVAS

-pie de fotos-
-Llegan a Nueva Delhi el teniente Francisco Ibáñez, jefe de la expedición argentina al Dhaulayiri y los señores Alfredo R. Magnani, Antonio Ruiz Beramendi y Jorge Ibarra que participarán también en la arriesgada empresa.
-Los "sherpas", estos héroes anónimos de tantas expediciones del Himalaya, constituyen la base de toda ascensión. Se les paga a ratón de 30 rupias a la semana, que deben recibir puntualmente, para cumplir con su compromiso.
-Lachenal llega a París después del dramático escalamiento del Annapurna, con los dedos de los pies amputados.
-Del pie de los gigantescos picos que forman la cadena del Himalaya, entre los que se levanta el Dhaulagiri parten las expediciones a la conquista de las grandes alturas. No todas, claro está, alcanzan los objetivos propuestos.
-E. P. Hillary, de la expedición inglesa que dirigía el coronel Hunt, logró escalar el año último el monte Everest.

Revista Esto Es
16.03.1954
expedición argentina al himalaya

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba