Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

hay habitantes en otros planetas?
Las investigaciones de “ARGENTINA"
¿HAY HABITANTES EN OTROS PLANETAS ?
por Mario A. Gigena
ILUSTRACIONES DE SOLONEWITSCH

hay habitantes en otros planetas?I. UNA CARTA INTERESANTE
La chicharra del teléfono interno puso un paréntesis en mi trabajo.
—Ha llegado la correspondencia —telefoneó el ordenanza.
—La espero.
Un telegrama del observatorio del Ebro, una carta certificada desde Monte Wilson, otra del Secretario del observatorio de Juvisy... dos boletines meteorológicos y varias cartas simples.
Una de ellas dice así: "He visitado varios planetas. Mi viaje es de gran interés para los científicos. He estado a pocos metros del Sol. Vengo maravillado. En dos años, pude familiarizarme con los planetas y sus habitantes. Fuí a buscar de ellos normas para gobernar el mundo. Las guerras actuales se terminarán, pues todas provienen de la falta de espacio vital. Para ordenar mis ideas desearía un puestito. Tengo planeada una empresa de transporte extraterrestre. Solicito el brazo y el apoyo de la ciencia”.
Sin perder tiempo, le telegrafié: "Aplaudo idea. Concedo puesto. Apoyo ciencia y empresa”.
No es éste un caso único ni original. Los pergaminos egipcios, los papiros asirios, los sagrados libros de los bracmanes, nos facilitan datos a granel. El primero en sostener que la luna y las estrellas estaban habitadas fué Orfeo, hace más de 3.350 años. El orador romano Cicerón pone en boca de Xenófanes: "La luna tiene ciudades y montañas; está habitada por seres humanos".
Cada siglo ha tenido un pensador que defendiese este punto. “No nos encontramos solos en el universo. Existen otros mundos, otros seres, otros hombres”. Nada tiene de singular el autor de la carta. Epicuro, Platón, Lucrecio, Demócrito, lo apoyan. Sostienen la tesis de la existencia de habitantes en otros mundos. Los libros sobre este tema se multiplican hacia ambos polos. Es un asunto inquietante, y más si leemos la descripción dinámica de la maravillosa república de los penates, por Cristián Huyghens.
Ninguna religión ha puesto cerco a sus hijos en este tema. John Wilkins, pastor protestante, supone habitada la Luna y se dispone a viajar a ella por el aire. Es éste un asunto no conectado directamente con la Fe. Hay sacerdotes católicos que defienden la pluralidad de mundos habitados y no por esto se les acusa de herejes. Ni siquiera para el misterio de la Redención resulta un problema. La Sangre derramada es Divina. Infinitos sus méritos. Existe la verdadera libertad de palabra.

II. LOS SABIOS SE RASGUÑAN
La Humanidad pensante ha reflexionado más de un minuto al hacer incidir su mirada en los Cuerpos Celestes, sobre la respuesta a este interrogante: ¿Existen otros planetas habitados? Si los hay, ¿qué parte tiene el elemento “antropos”? (ἄνθρωπος).
Los sabios de la tierra suelen remontarse con sus estudios más allá de la visión humana. Al volver a nuestro mundo, narran las maravillas vistas, pero a veces, por las inconmensurables posiciones contradictorias entre sí, que asientan, han obligado a exclamar a más de un hombre cuerdo: "¡Estos sabios se rasguñan porque se han olvidado de la cabeza en sus mundos!”
La ciudad de Köenisberg vió un día jugar en sus calles a un niño travieso que cuando grande trabajó de filósofo. El siglo XVII lo tuvo unos años en su seno, y a pesar de algunos principios errados que difundía, lo trasmitió a la posteridad con el cartel luminoso de "Filósofo célebre”.
"En Marte, se dijo Kant, hay habitantes y se equiparan a los hombres de la Tierra. Son más perfectos intelectualmente y la organización de su sociedad, más adelantada”. Leyó este comentario el famoso Flammarión y lo juzgó apresurado en sus dictámenes. “No tenemos, dice, base suficiente para sentenciar del estado intelectual de los habitantes planetarios”. Pero... él también opina, y esta vez se rasguña a sí mismo. Aduce argumentos para que veamos en los otros planetas seres vivos, más o menos diferentes de nosotros por su forma; pero al fin y al cabo, seres que se mueven, piensan y raciocinan como nosotros. Seres que viven en sociedad. Forman naciones, ciudades, aldeas. Cultivan las artes y las letras".
Los sabios ven cosas no permitidas al común de los mortales. No sé cómo llegó uno de ellos a enterarse de que aquellos seres existían ya antes de quedar nosotros aprisionados en la Tierra. “Nuestro planeta, errante algún día, desaparecerá, y ellos continuarán existiendo sin interrupción”.
Gracias a los telescopios poderosísimos, les ha sido posible ponerse en relación con los países extraterrenos. El espectroscopio ha llevado a ciertos idóneos segundones, con vocación de biólogos, hasta poder analizar el aliento de aquellos seres planetarios.
En los aerolitos llegados a la Tierra leen mensajes y deseos de comunicación. "¡No, no sois desconocidos; os conocemos, os vemos, os amamos, y vosotros, sin duda, nos contempláis desde vuestros mundos!”, exclama Flammarión en un agudo ataque de subjetivo lirismo científico.

III. ¿TELEGRAMA SIN ÉXITO?
“Seis... siete... ocho... nueve... ¡las diez de la noche!” El doctor Mansfield Robinson descolgó su paraguas. Su avanzar elástico, sereno, fué dejando atrás las calles del barrio. Sin despegar los labios depositó en el Post Office Britanic un mensaje para el vecino Planeta Marte. El empleado contó las palabras. Consultó el libro de precios:
—¡Un chelín y seis peniques, míster!
A las dos horas, quince minutos de la madrugada del 25 de octubre de 1928, por medio de la emisora Rugby, fué despachado el mensaje.
Las emisoras de Marte no han contestado aún. Sin duda, estarán tratando de penetrar nuestro idioma.
Esta fiebre de comunicación con los habitantes planetarios se ha venido reanudando periódicamente. El planeta más solicitado ha sido Marte por las grandes semejanzas con la Tierra.
Astrónomos eminentes como Faye, Gauzit y Angel Secchi S. J. se han remontado hasta las miríadas de estrellas, y cabalgando en sus telescopios han asentado tesis, los unos favorables y los otros negativas, de la habitabilidad de esos mundos celestes. Todos apoyan sus argumentos en la astronomía y filosofía. No obstante, llegan a conclusiones diferentes. Esto pone de manifiesto el abismo dantesco que media entre las enseñanzas de la verdadera ciencia de los astros y aquella que barajan los hombres sabios, sí, pero miopes a veces por la realidad.
La ciencia ha dividido a los planetas del sistema solar en interiores y exteriores. Sólo citaremos los principales. Mercurio y Venus, por más cercanos al Sol, los encarpetamos entre los primeros. Júpiter, Saturno. Urano y Neptuno, forman el cuarteto del segundo grupo.
Mercurio, el más próximo al Sol. Su temperatura es superior a los 200° sobre cero, debido a la tenue atmósfera que lo rodea, consecuencia lógica de su débil masa. “Cada Planeta, dice Puig, fija una velocidad mínima relacionada con su masa, para los objetos que pretenden alejarse de él. Un cuerpo para poder escapar de la Fierra debe poseer una velocidad parabólica de 11 Kms. 118 mts. por segundo. Los astros de débil masa no poseen atmósfera, o la tienen enrarecida".
Ni siquiera en los polos sería posible la vida, pues el calor excede al de nuestra zona ecuatorial.
La distancia existente desde Venus a la Tierra es de 40 a 280.000.000 de Kms. Las últimas investigaciones espectroscópicas nos dan pie para tener como dudosa toda vida vegetal o animal. La cantidad de agua y oxígeno es pequeña en comparación del anhídrido carbónico. La temperatura media se calcula arriba de los 70°. Uno de sus hemisferios, en caso de que su rotación y revolución alrededor del Sol sean en igual tiempo, se hallaría iluminado constantemente y una densa noche entristecería al opuesto.
Júpiter fué llamado con acierto el Padre de los dioses. Lodos los planetas del sistema solar juntos no llegan a igualarlo. En caso de existir seres racionales y ponerse en comunicación, nos resultaría risible preguntarles su edad. Un hombre de 60 años terrestres nos diría; “Tengo 5 años”.
Mucho más desproporcionado es el año Saturniano. Equivale a 29 terrestres. Un día cuenta sólo 10 hs. No está plenamente condensado. Existe imposibilidad física para mantener organismos vivientes. En caso contrario, llegarían a habituarse a los 190° bajo cero. El anillo no es sino el producto de millones de asteroides, independientes unos de otros., que giran a su alrededor.
Urano y Neptuno distan 1868 y 4500 millones de Kms. del Sol. Ya se ve que el calor solar es en Urano tres milésimas menor y en Neptuno mil trescientas veces inferior al de la Tierra. Su corteza es pastosa, hirviente. Los análisis espectrales nos ponen en comunicación con gigantescas masas de compuestos carbónicos, nitrógenos e hidrogenados. Su atmósfera se presenta rica en amoníaco y metano. Este conocimiento nos afirma en que no puede existir vida.
Los elementos de juicio que poseemos nos permiten pensar con probabilidades de éxito que en los planetas arriba citados no existen habitantes. Si existiesen, serían hombres muy diferentes de nosotros, acomodados a las condiciones más inverosímiles, pues según dice Fontenelle, los ríos v arroyos consisten en corrientes de metales fundidos comunes para los habitantes.
Se habrá extrañado algún científico de no encontrar entre los planetas a los asteroides cercanos a Marte y a Júpiter. Ya dijimos que citaríamos solamente los principales. El común pensar los considera, por su pequeñez, ineptos para sustentar seres humanos. De Plutón, descubierto hace algunos lustros, todo lo que se diga se apoya en fluctuaciones.

IV. MIS VACACIONES EN MARTE
Ningún estudioso que trate de averiguar si existen seres racionales en otros planetas puede dejar de lado a Marte.
Así me sucedió en diciembre de 1946, después de recorrer otros planetas. No tenía posibilidades de veranear ni en Mar del Plata, ni en los Lagos del Sur, ni en Córdoba. Decidí trasladarme a Marte, guiado por varias decenas de libros: Mis guías.
Desde antiguo, israelitas, griegos, hindúes, romanos, persas y egipcios lo tratan familiarmente en sus escritos y poesías. Es el planeta guerrero. El dios enamorado de las batallas. El adolescente de cutis rojizo. Seis veces y media inferior a la Tierra. Las horas del día alcanzan a 24, pero el año marciano dura el doble que el nuestro.
Los telescopios me acercaron bastante al planeta. Según lo observado, creo que el tinte rojizo se debe a las materias constitutivas: ocres, sílices rojas, sobre las que se refleja la luz solar. Presenta la superficie veteada por diferentes matices: ya grises con tintes azulados o amarillentos, ya granates lindantes del anaranjado o bien blanco plateado. Estas manchas sombrías corresponden a una precaria vegetación, resistente a las más extremas variaciones térmicas.
Schiaparelli, en el observatorio de Milán dedicó más de 15 años al estudio del planeta. Nos trazó canales, islas, mares, montañas, cordilleras y desiertos. No coincide en cuanto a la vegetación el célebre padre Chevalier: “Ningún astrónomo puede asegurar con seriedad haber visto vegetación en Marte. Conviene ser muy cauto en la interpretación de estas variaciones de tinte. No siempre resulta tarea fácil deslindar bien lo que depende de un defecto de acromatismo del instrumento o del ojo del observador, y lo que pertenece al mismo astro”
El descubrimiento de los famosos canales marcianos movilizó a curiosos y sabios. Se pensó en que eran obras de ingeniería desconocidas para nosotros. Se propusieron mil medios de comunicación, algunos de ellos bastante acertados. Hombres concienzudos publicaron estudios con ponderable fundamento científico. El padre Rodés, en “El Firmamento", dice: “. . . los habitantes de Marte, si los hay, deben estar más hechos al frío que nosotros, sobre todo durante la noche, con temperatura de 100° bajo cero; durante el día pueden disfrutar de unos 15º”.
Estas aseveraciones y el descubrimiento, según algunos, de grandes corrientes de agua, de selvas y animales, tuvieron a la gente en un nerviosismo continuo.

V. PIENSE LO QUE QUIERA
Las pruebas acumuladas por los astrónomos y la astronomía nos hacen pensar en una negación de la pluralidad de mundos habitados. Pero, ¿en esa miríada de astros incontables, sólo nosotros somos los seres preferidos? ¿El Creador de esas inmensidades no ha determinado a los astros otro fin, que el de deleitar, servir y hacer estudiar a los hombres? ¿Tendría esto algo de particular?
No podemos juzgar con ciencia humana los planes de la Ciencia Infinita. Todo artista tiene derecho a disponer de su obra. Le señala el fin que desea. ¿Por qué no podría el Artífice del Universo haber creado las miríadas de astros, tan sólo para que el hombre penetrase y admirase mejor sus perfecciones?
Las pruebas filosóficas se hermanan con las astronómicas. No hay un argumento sólido que pueda inclinarnos a la existencia de planetas habitados.
Usted puede pensar lo que le parezca más conveniente y acertado, pues los sabios se rasguñan y el doctor Mansfield Robinson espera respuesta.
Revista Argentina
1/10/1949

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