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Con la música a todas partes

Algunos, los menos, creen ya que el municipio de La Falda, Córdoba, exageró un poco al decidir que la calle Dante Alighieri pase a llamarse Calle de los Ausentes, sólo porque desemboca en un descomunal anfiteatro (erigido en 45 días, con 104 toneladas de cemento), que sirvió de altar a la Fiesta Nacional del Tango, maratón que congregó a millares de feligreses entre el sábado 18 y el domingo pasado. La mayoría, en cambio, opinó que valía la pena reemplazar de la memoria al poeta toscano, y homenajear globalmente a tanto prócer tanguístico (desde Gardel hasta Julio Sosa), sobre todo si se trata de conseguir para La Falda el exótico mote de la capital de la música canyengue. Hace tres años que La Falda se empecina en lograrlo, y el anfiteatro es la prueba más firme de que no cejará así no más: el estadio fue construido para reemplazar al enclenque tablado que una tormenta, en marzo pasado, se llevó por delante.
Para los organizadores, el tercer Festival consolidó ese propósito: 13 radios argentinas, una uruguaya y otra chilena, multiplicaron ad infinitum la audiencia, extasiada por la presencia de Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Astor Piazzolla, Edmundo Rivero y una docena de cultores menos ilustres, limitados a repetir sus viejos éxitos. El cónclave de La Falda fue a medias financiado por el Fondo Nacional de las Artes (prestó 10 millones de pesos), lo suficiente para encarrilar sin sobresaltos la contratación de artistas. Sólo desertaron Libertad Lamarque, afónica, y Osvaldo Fresedo, obligado a permanecer junto a los 20 gatos que aloja en su casa de Buenos Aires y que ningún voluntario se animó a custodiar. En cambio, sorpresivamente, concursó el piloso juglar Jorge Cafrune, aparentemente con la intención de reavivar la vieja guerra entre folkloristas, tangueros y adictos al nuevaolerismo. De otra manera no se explica su presencia casi simultánea en Río Ceballos, cuya comuna propició una saturnalia apodada Festirama, y en donde zambas y cielitos alternaron con cumbias y tangos.
En rigor, ninguna semana fue tan pródiga en festivales de música como la que pasó: los de La Falda y Rio Ceballos alternaron con el de Baradero, provincia de Buenos Aires, y los tres capitalizaron la gloria del de Cosquín, la Capital del Folklore, como quedó establecido en la segunda edición. Van por la séptima.

Polémica con variaciones
En todas partes, el eco popular sobrepasó las previsiones, tal vez porque los mecanismos promocionales fueron calibrados prolijamente: en La Falda, los tangos fueron casi una excusa para resucitar fragmentos de los sainetes más famosos de la dramaturgia autóctona, representados por actores locales y con bastante entusiasmo. Hasta el frívolo duelo entre adictos y detractores de Piazzolla, aplaudido y silbado al mismo tiempo, demostró que una de las fórmulas del éxito consiste en empujar a la polémica. En el Festirama, ese tipo de magnetismo se logró mediante una programación más bien dislocada: a veces, las suaves voces del Coro Polifónico de Río Ceballos, dirigido por el presbítero Mariani, empalmaban con los chillidos de la ondulante vedette Dolores de Cicco; otras, a los acordes de una marcha ejecutada por la banda de la Guarnición Aérea de Córdoba sucedían los menos marciales de una horda de cumbancheros.
La melange incluyó, además, a una orquesta importada de Japón —la típica Sakamoto— y a Palito Ortega, que monopolizó todos los delirios cuando entonó una zamba acompañado por el conjunto Los de Salta, más un bombo. Río Ceballos inauguró una cortina de agua con luces cambiantes, que flanqueaba el escenario; La Falda, para no ser menos, habilitó el Huellero de los Inmortales del Tango, un remedo del piso de cemento del Teatro Chino de Hollywood. Allí, el domingo pasado, Pichuco Troilo hundió sus regordetas manos en la pasta fresca y después escribió, a dedo, su firma.
En Baradero, en donde se perpetró el Tercer Festival de Música Popular Argentina, el paquete artístico —compuesto por Pugliese, Ariel Ramírez, Alberto Castillo, El Chúcaro y Los Huanca Hua— no desató tantos arrebatos como una payada entre verseadores locales y uruguayos. El domingo, sobre una tarima improvisada en la cancha de fútbol de Plaza Colón, 20 mil personas sufrían la expectativa de la selección final, y daban la espalda a otro torneo —el de pesca, a orillas del Paraná—, que hasta entonces había sido el orgullo de la ciudad.
En general, todos los certámenes rezumaron olor a carne asada y el clima ingenuo de una fiesta de cumpleaños. Los ecos, en cambio, difieren. En Cosquín, los balidos pastoriles se transformaron en torvas protestas cuando el jurado del Festival Nacional del Folklore desdeñó a la representación de la Capital Federal. Ya en 1966, a pesar de que esa delegación había cosechado los más fuertes aplausos, los jueces la obliteraron del ranking de posibles victoriosos cuando, de pronto, hicieron el peregrino descubrimiento de que “la Capital no tiene folklore”. Esta vez, con idéntica arbitrariedad, se rectificó aquella decisión, pero los músicos porteños fueron condenados a la indiferencia.
Alberto Barrientos (31 años), director de un conjunto de danzas de 24 miembros (oficialmente enviado por la Municipalidad de Buenos Aires), no atina a comprender cómo “se olvidan que, antes de ser cabeza de la República, la Capital lo fue de una provincia y, prácticamente, de toda la zona pampeana, con folklore propio”. El pianista Jorge Tagliani admite que “no podemos competir en riqueza folklórica con provincias como Santiago del Estero, por ejemplo, pero nuestro grupo se comportó con dignidad y no hubo un solo paso, ni una sola nota, ni un detalle de vestimenta que no se ajustara a la exactitud histórica”.
Los primeros rumores sobre la labor del jurado les hicieron perder toda esperanza de recompensa; y, en efecto, no la hubo. Pero las extrañezas más molestas comenzaron a florecer cuando el jurado se negó a dar a publicidad la fundamentación de los votos, una obligación expresamente estipulada en el reglamento del concurso. El artículo 18 establece que cada jurado debe calificar diariamente, de 1 a 10, a los participantes, y que “todo voto que no respete estas normas será anulado”. El número 20 dice que el voto debe fundamentarse y que, a requerimiento de la delegación interesada, debe hacerse “la crítica constructiva de su actuación”.
El presidente, Lázaro Flury, explico a quien quisiera oírlo que un miembro del jurado, por celos profesionales o personales, se había opuesto —ya en el 66— a toda promoción del equipo capitalino. “Sin embargo, nada hizo para que la maniobra no volviera a consumarse; tanto él como el jurado segregacionista fueron nuevamente designados este año”, denunció el profesor Bruno Jacovella, asesor de los jueces. con voz pero sin voto.
Dirigió su protesta al doctor Santos Sarmiento, presidente del Ateneo Folklórico de Cosquín. En un párrafo dice: “Al juzgarse al conjunto de baile de la Capital (...) no hubo ni un principio de deliberación”.
El cantante Mario Alberto Costa (22 años) tampoco se explica las razones que determinaron que, en la noche de la clausura, cuando fue a recibir una mención, se le impidió subir al proscenio “porque la plaqueta se extravió, o no hubo tiempo para grabarla”. “¿Que intereses se mueven aquí?”, inquiere Jacovella. Y su pregunta queda flotando, como un desafinado acorde final. ♦
PRIMERA PLANA
Nº 218 - 28 de febrero de 1967

 

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