Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

gato barbieri
Leandro Barbieri
Blues para Gato y orquesta

Después de 9 años de residencia en los Estados Unidos, el excepcional saxofonista argentino -de paso por su país, al que volvió acompañado de su esposa Michelle-, brindó a SIETE DIAS la explicación de cien dudas, desde el origen de su felino apodo hasta los motivos de su devoción sin límites para con los jazzmen aferrados a un estilo purísimo.
—¿Por qué te llaman Gato?
—Yo trabajaba en dos locales. A la noche iba de un lado a otro, corría con el saxofón. Y además porque hago cara de gato, dicen.
—¿Lo haces?
—Sí. Uno ve las películas de Tom y Jerry, esas cómicas... Se contagia.. .
Calla y dibuja apenas una sonrisa. Echa para atrás el largo pelo que le cae sobre la cara y espera. "Yo diría que a vos te llaman Gato porque no tenés casa.” La que habla es Michelle, su esposa desde hace ocho o nueve años, no recuerdan. Tímido, introvertido, Leandro José Gato Barbieri (38) asiente en silencio. Para este rosarino que desde hace veinticinco años no quita la embocadura del saxo de sus labios, lidiar con palabras es una trabajosa empresa que intenta muy pocas veces; una costumbre que lo persigue desde que, a los 18 años, se iniciara como profesional con la jazz Casablanca. “Creo que era sólo concentrarse, buscar su expresión, su identidad”, justifica Michelle. Lo cierto es que así lo recuerdan los fanáticos que asistían a las reuniones que, en la Asociación Cristiana de Jóvenes, organizaba el Bop Club. Los mismos que lo vieron con la orquesta de Lalo Schiffrin —recién llegado de Europa, en 1957— y con un legendario grupo de músicos, hoy disperso. Fueron cinco años de intenso aprendizaje hasta que en 1962 se fue a Italia, donde los pueblos pequeños le ofrecieron su indiferencia. Después Milán, Roma y un providencial encuentro con Don Cherry que, en 1955, lo depositó definitivamente en los Estados Unidos, después de pasearlo por Europa. Vuelto a la Argentina tras una ausencia de nueve años —hace unos meses también recaló en Buenos Aires, muy fugazmente—, embarcado en un intento de abarcar a toda América latina en una experiencia musical inédita, Gato Barbieri conversó con SIETE DIAS a mediados de esta semana (el 11 deja la Argentina). Un diálogo difícil, entrecortado y en el que la ocasional presencia de Michelle contribuyó a llenar los largos, expresivos silencios.
—¿Cómo definirías lo que hacés?
—Yo hago música. Música tocada por un músico de jazz. Dándole colores nuevos a ciertas cosas, tratando de dar un poco más de vida al folklore.
—¿En Estados Unidos también hacés esto?
—Sí. Pero es más libre, menos esquematizado. Aquéllos son músicos con los que uno toca con más libertad.
—¿Qué diferencia hay?
—Ellos nacieron en el jazz, aquí están tratando. Eso no quiere decir que sean malos, pero lo de allá es vivido. ¿Entendiste?
—¿Es importante vivirlo?
—Claro, es importante estar.
—No es tanto estar, sino tocar. (Michelle).
—Estar, para mí, es tocar. Uno está porque toca. Además esa música fue inventada por los negros y los negros que la inventaron están allá. (Gato).
—Vos tuviste un problema de conciencia a propósito de eso, ¿no?
—Sí. En un momento dado, en una crisis que yo tuve —estaba muy mal—, pensé que les robaba todo lo que ellos hacían. Hasta que un día vino Glauber Rocha, el director de cine brasileño, y me hizo entender que yo, como subdesarrollado, tenia los mismos problemas, que yo también tenia mis raíces musicales y no había razón para hacerme problemas.
—¿Dejaste de hacértelos?
—Hice ese disco (señala un mueble), que no
está allí porque lo presté y no me lo devolvieron. Se llama Tercer Mundo y toco música latinoamericana. Temas de Anastasio Quiroga, tango, música brasileña, un tema mío...
—¿No tocas jazz en Estados Unidos?
Yo toco. Si me llaman, toco. Yo me considero un hombre de jazz.
—Lo que vos tocás es jazz. La única diferencia es que no tocás los temas tradicionales. (Michelle).
—Los buenos músicos de jazz blanco, ¿no se plantearon ese problema?
—En general, los buenos son negros. Hay algunos blancos y creo que se lo habrán planteado.
—Hay que aclarar que eso es el producto de una crisis individual tuya. Por ahí, otra persona con otro carácter no siente lo mismo. (Michelle).
—Stan Getz intentó algo parecido cuando empezó a interpretar bossa nova.
—Su actitud fue puramente comercial.
—Lo que está haciendo Gato no es tratar de vender más discos. Getz aprovechó un momento en que la bossa estaba de moda; lo de Gato es otra cosa, una necesidad de aclararse a sí mismo. (Michelle).
—¿Vos estás de acuerdo con lo que dice Michelle?
—Sí, sí, sí.
—Pero, ¿vendes muchos discos?
—No sé. Lo único que sé es que el disco mío salió entre los mejores del año. No primero, ni segundo o tercero, sino entre los mejores, dicen. La cantidad que vendí no la sé.
—¿Cuántos discos grabaste en el exterior?
—Cuatro. Dos en Italia y dos en Estados Unidos. Tampoco supe nada de eso.
—¿No cobrás derechos?
—No. Ese es un problema que tienen los músicos, aparte.
—¿De qué vivís?
—De los conciertos, de las cosas que yo hago. . .
—¿Ganan mucho dinero los músicos de jazz?
—No. Muy pocos ganan dinero.
—Te lo pregunto porque aquí la gente que tocaba con vos tuvo que dedicarse a otra cosa.
—Lo que pasa es que hay que elegir. Si vos querés ser rico no vas a tocar jazz. Duke Ellington, que es el más rico, es pobre al lado de Los Beatles. El problema es saber lo que uno quiere. Hablar del sistema, decir que “la vida lo ha empujado" es justificar la mala conciencia. (Michelle).
—Es que acá los músicos, por hacer muchas cosas, acabaron deteriorándose. Coleman Hawkins tocó como él quería, hasta la muerte. (Gato).
—Hace seis o siete meses fuimos a comprar un saxo. A Gato le gustó uno dorado a fuego, que costaba 800 dólares. ¿Por qué cuesta tanto?, preguntó. Y el vendedor le dijo que porque era de Coleman Hawkins. Estaba allí porque lo había empeñado. (Michelle).
—¿Por qué viniste?
—Quería salir un poco de Nueva York. Ir a Brasil, conocer un poco más de música, tener contacto con la gente. Y salió esta cosa que para mi es importante. (Los conciertos del teatro Regina, en Buenos Aires). Tocar con Domingo Cura. . .
—¿Sentís algo especial por Buenos Aires?
—Ahora, en este momento, no estoy muy identificado.
—¿Pensás volver para quedarte alguna vez?
—En realidad no sé nada. Dónde voy a ir, donde voy a estar, si voy a estar siempre así, de un lado a otro. Vos me preguntás si volveré: ¿chi lo sa?
—¿Cómo encontraste Buenos Aires?
—Los porteños tienen una manera de ser: son piolas. Y esa piolada, si tenés un poco de sensibilidad, te hincha, te hincha mucho.
—¿Pensás seguir experimentando con música latinoamericana?
—No sé. Lo principal es que yo hago esto porque creo en ello y me siento más tranquilo. Ese es un problema que yo tengo: quiero tocar sin angustiarme, sin amasijarme, como se dice. Sólo tocar, lo mejor posible.
—Michelle, ¿cómo es el Gato?
—No sé. Gato es tranquilo pero muy angustiado, con muchos problemas, mucha necesidad de ser auténtico. Tiene una gran vitalidad para captar las cosas casi antes de que sucedan. Y un poco de eso se siente en la música. Es la de un tipo que vive con angustias pero que se da con mucha generosidad, sobre todo cuando toca, que es cuando se descubre.
—Gato, ¿cómo sos vos?
—Qué sé yo. Muy confuso en cuanto a la vida. Quisiera tener una casa y no la quisiera tener, quisiera tener éxito y no lo quisiera tener. Soy muy problemático. Aparte tengo una úlcera. Ahora, cómo soy . . . No sé. Con estos silencios que hago te podés dar cuenta más o menos. Yo quisiera que la cosa fuera tranquila, que la gente fuera menos agresiva. La gente es agresiva y eso me hace muy mal.
—¿Qué buscas con la. música?
—Tampoco lo sé. Hace unos años grabé un disco que se llamaba En busca del misterio. Después, con un pianista africano, grabamos un disco mucho más lindo. Después éste, Tercer Mundo. De golpe, la búsqueda del misterio era la búsqueda de lo simple, de las raíces.
Revista Siete Días Ilustrados
05/04/1971
 

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