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DANZA
Iris Scaccheri:
Un ave que migra
"¿Cómo, usted existía?’’, se rindió a sus pies un admirador durante
las ceremonias previas al besamanos. En el sosiego de su camarín, con
la imagen aún viva de esa multitud apiñada en el Espace Pierre Cardin
(la sala parisiense que satisface la pasión del modista ítalo-francés,
su dueño, por Talía y Terpsícore), Iris Scaccheri pudo así corroborar
que quienes la ven trajinar todos los gestos de la danza —el amor, la
furia, la ternura, el dolor, la locura, la alegría— no hallan cabida
para la indiferencia: "Se meten, están conmigo, o me odian”.
La gran bailarina platense retornó fugazmente, casi como los pájaros,
tras una larga —seis meses— y triunfal gira europea (París, Roma, Bonn
y las islas británicas, de costa a costa). La trajo el cariño por su
madre; también, la preparación de Oye humanidad II, su próximo
estreno, en abril de 1972, en la Sala Martín Coronado del Teatro San
Martín. Es, quizá, su indestructible, cordón umbilical. Mientras sopla
hacia arriba para quitar de sus ojos unos mechones de pelo colorado,
revela esta curiosa atadura, los misteriosos lazos que jamás la alejan
definitivamente de Buenos Aires. "Afuera puedo estudiar —susurra—,
pero los frutos los sazono aquí y aquí también afronto la prueba de
fuego.” Es una repetida costumbre que en 1965, tras más de quince años
en los que nadie bailaba solo sobre el escenario del Colón, extasió a
los porteños con Carmina Burana. Justamente los diáfanos cantos de
Carl Orff, más Oye humanidad y Se hizo carne, esas dos memorables
liturgias celebradas una en el Di Tella y la otra en el San
Martín, trajeron los ecos de sus triunfales correrías por el Viejo
Mundo.
"He bailado en las calles, a suelo raso, viendo a la gente pasar o
comer, indiferentes, procurando agarrarla para que se quedara”, se
ufana con las pruebas fotográficas de semejante hazaña en la mano.
Este verdadero tour de forcé le significó, en Gran Bretaña, vencer la
inveterada desconfianza del público inglés hacia la danza moderna. Y,
de paso, agotar las localidades en cuanto tablado se agitó o reptó con
su simple vestido blanco, el pañuelo al cuello y esos extraños zapatos
como sandalias con plataforma que hace tiempo le obsequió la eximia
maestra alemana Dore Hoyer, su madrina artística.
En las islas, sin duda, vivió las experiencias más insólitas de su
carrera: trasfigurarse al compás de las gaitas —para estímulo de los
clanes escoceses—, al pie del musgoso castillo de Edimburgo, o
erizársele la piel al oír a un ciego explicarle lo que había visto
durante uno de sus aplaudidos recitales. También hubo lugar para el
asombro: ser llevada —para esas inéditas guerrillas promocionales—
hasta el jardín de un cementerio. “La gente me esperaba sentada sobre
tumbas de los siglos XVII y XVIII —memora—, y bailé la música de
Carmina Burana —para los vivos y los muertos— en un círculo de pasto
verde. De pronto comenzó a llover y todo el mundo abrió sus paraguas.”
El final de la aventura estuvo signado por el buen humor: como
arreciaba el chaparrón, Iris aclaró: "Bueno, si me cuido de abrir la
heladera, más me atemoriza mojarme con frío. Así que a la noche los
espero a todos en el teatro”. Obviamente nadie faltó a la cita: ni el
perro de unos seráficos viejecitos que, posado en su butaca,
acompañaba con extraños ruidos las zapatetas hispánicas de Se hizo
carne. "Tardé en descubrirlo —aclara Iris— pero, mientras tanto, creía
ingenuamente que esos gruñidos eran el olé de los escoceses.” ♦
Revista Panorama
05.10.1971
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