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Juntos son dinamita
Carlos Perciavalle y Tato Bores abrieron con éxito La jaula de las
locas.
Dos y cincuenta de la madrugada del domingo 23. En el escenario del
teatro Metropolitan cae el telón, mientras dos personajes de blanco
-Albin y Renato- tomados de la mano se pierden en un haz de luz. Entre
bambalinas, leñazo (Tato Bores) y Albín / Zazá (Carlos Perciavalle) se
abrazan y lloran: final de la primera noche de La cage aux folies en
Buenos Aires. Dos mil personas, entre las dos funciones, los
ovacionaron. “Un público de pie gritando, parado —le dice Tato a
SOMOS—; hace mucho tiempo que no veo una cosa así’’. En los pasillos,
mientras aún retumban los aplausos, 20 técnicos, 11 músicos, 20
bailarines y 10 actores se mezclan con peinadoras y maquilladores en
un emotivo abrazo. ¡Al fin dimos a luz la criatura!, grita Baltasar,
mucamo o doncella (según se lo mire) de Albin. Perciavalle lo corrige:
"No, ¡fueron mellizos!" Atrás quedaron tres meses de intenso trabajo
en los que se invirtieron 380.000 dólares (en Broadway costó 4.000.000
de dólares). Pese a la diferencia numérica, la puesta local es
magnífica. “El escenógrafo Luis Pedreira trabajó mucho —cuenta
Carlos—. Tuvimos que modificar el escenario. Lamentablemente sus
dimensiones no son las ideales y tampoco es giratorio,
como en los Estados Unidos, pero el resultado final es óptimo”. La
escenografía, armada en base a boxes, resulta práctica y adecuada, las
luces realzan el trabajo actoral y el vestuario de Guma Zorrilla es de
primera “y no tiene nada que ver con el de Broadway —dice el
actor-productor Perciavalle—. Estoy muy emocionado. Yo no tenía miedo
de lo que pudiera pasar hoy; no tengo miedo nunca”. Sobre el escenario
Carlos cambia de vestuario 14 veces y Tato 10. Los apuros del debut:
Carlos se quedó sin micrófono en medio de una canción, pero salió
adelante cantando a todo pulmón. Además, algún decorado que no llegó a
tiempo y el público algo disgustado por la demora (de una hora y
media) para comenzar la segunda función. El mismo público que tras dos
horas espléndidas deliró aplaudiendo. "Hace tres años que estoy detrás
de esta obra. En 1983 la vi y quise comprar los derechos pero no
llegamos a un acuerdo. Tato también andaba detrás de ella —cuenta
Carlos— al fin la compré en 15.000 dólares”.
"Estoy en esto porque es una obra importante —aclara Tato—. A esta
altura de mi vida sólo quiero hacer cosas importantes y la Jaula lo
es. Trabajar con Carlos es muy agradable".
"Trabajar con Tato es hermoso —dice Carlos—. Sólo puedo decir cosas
buenas de él. Tiene fama de chinchudo, pero acá colaboró y se entregó
de lleno al trabajo. El me decía: soy viejo, tengo dinero, ya me puedo
retirar. Pero cuando le propuse hacer La Cage me dijo, ¡sí!”. La obra,
basada en el libro de Jean Poret —adaptada para comedia musical por
Harvey Fierstein con música de Jerry Hermán— cuenta la vida de dos
gays (Renato y Albin /Zazá), que regentean un local donde el show lo
hacen travestis. Todo va bien hasta que Michel (hijo de Renato) le
informa a su padre que se casa y que sus futuros suegros quieren
conocerlos a él y a su esposa: principio de una comedia brillante. “No
es un tema conflictivo —afirma Perciavalle—. Mi personaje resume la
obra en la canción, Soy como soy, al decir que no pide perdón ni
aprobación: sólo respeto para un tema que los argentinos durante mucho
tiempo no tratamos bien. Si hablamos de dinero, quiero agradecer a
Lococo, que me apoyó, y que la última semana, cuando necesitábamos más
gente y había que poner dinero, lo hizo' ’. Sobre las cuatro de la
madrugada los actores abandonan el teatro. “¿Mañana hay función?”,
bromea Tato. “Sí, claro. Vení a las seis —contesta Carlos—. Mientras
haya público hay jaula para rato”.
Walter Sequeira
Fotos: Luis Pozzi y Fabián Mauri
Somos 26/02/1986
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