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Una banda de neuróticos
Convertida en la mejor orquesta argentina de la especialidad, la
Porteña Jazz Band acaba de cumplir cinco años de vida: un lapso
fructífero en éxitos que además sirvió -y sirve- a sus diez
integrantes de insólita psicoterapia para superar conflictos
personales
Llegan a algún sótano de Buenos Aires, se saludan, lánguidos, cruzan
algunas frases y cuando uno de ellos hace una seña inician un rito que
los entusiasma, los justifica: la música. Después, los diez
integrantes de la Porteña Jazz Band trajinan las dos lo tres horas que
dura el ensayo enancados en un clima cálido, frenético, y, al terminar
la sesión, las mitradas tienen otro brillo, los diálogos otra fuerza,
el ánimo es distinto. No es casual: para ellos, internarse en la
estructura de su lenguaje musical —el hot jazz—, desgajarla y
recomponerla es una esgrima rítmica que les permite quitarse todas las
trabas, ser libres. Una sensación que también experimentan —con más
vehemencia, claro— cada vez que enfrentan al público y logran
envolverlo con su estridente swing.
Tal vez por eso la Porteña haya podido capear los avatares que la
fatigaron —por motivos muy diversos. Sufrió muchas deserciones y
cambios en su staff; en la actualidad sólo dos de sus músicos
pertenecen al conjunto original— y ahora, al cumplir cinco años de
labor —el 28 de marzo de 1966 debutó la Porteña Banda de Jazz, tal su
nombre primitivo, en el subsuelo de Gotán, un boliche regenteado en
esa época por el Tata Cedrón— ufanarse con un currículum que opaca a
cualquier otro grupo jazzístico de la Argentina: desde la aparición de
su primer disco en 1967 la banda contabiliza cuatro long-plays (una
cifra insólita, pues ninguna orquesta nacional de jazz logró editar
más de una placa), realizó varias giras por el interior del país (con
exitosas presentaciones en Tucumán, Mendoza, Santa Fe, Córdoba y toda
la provincia de Buenos Aires), conoció los halagos de un público
habitué que colmó religiosamente el Cine Arte y el Cine Acassuso,
donde la Porteña ofreció una serie de recitales en el 68 y 69, llegó a
trepar al escenario del teatro San Martín para ofrecer, de riguroso
smoking, un concierto serio, deambuló por muchos cafés concert
(Michelángelo, por ejemplo) y hasta vio a sus integrantes disfrazados
con sacos a rayas y rancho para un corto comercial.
Esa historia le permite ahora a la PJB ser un número de cartel en dos
locales de moda, La Cebolla y el Almacén de San José, en La Plata, y
deleitarse con los escozores de la fama internacional: en enero último
sus discos fueron editados en Europa por el sello EMI. Ahora,
eufóricos, hacen sus valijas, pues tienen una oferta para actuar en
Italia y Francia.
Cuando eso suceda los miembros de la banda deberán realizar un difícil
malabarismo que les permita conciliar esa gira con sus actividades
profesionales, pues todos ellos tienen un trabajo del que viven, más
allá de su labor de músicos. Esa situación hizo creer, en un
principio, que la Porteña era algo así como un grupo de aficionados
que se juntaban para tocar un rato, pero no es así: “No somos unos
bohemios que se dan el gusto de tener una orquestita —se atajó frente
a SIETE DIAS el trombonista Sergio Tamburri (31, una hija, junto al
pianista Ignacio Romero, los únicos sobrevivientes del primitivo
conjunto)—. Nos propusimos una meta, profesionalizar la Porteña sin
comercializarla, es decir, sin crear dependencia con los que nos
contratan, de manera que nadie nos pueda imponer un tema que no nos
gusta o un estilo que no nos interesa. Ahora lo hemos logrado.
Cualquiera de nosotros podría vivir con el dinero que da la banda —de
hecho alguno lo hace—, pero la mayoría prefiere mantener su trabajo.
Es una forma —se ufana— de asegurar nuestra libertad creativa y de
poder hacer con la Porteña lo que se nos dé la gana”. Seguramente, ese
afán de independencia artística permite que en la orquesta convivan un
fabricante de pantalones, un cobrador, un médico, un dibujante, un
director de cine y un comerciante, un decorador y hasta un ex bombero.
Eso hace, por supuesto, que la relación entre los integrantes del
grupo sea muy particular: "A veces nos odiamos a muerte por una pavada
—exagera el cornetista Martín Muller, 32—, pero en cinco minutos se
nos pasa. Está comprobado que las broncas más grandes se disipan
siempre de la misma manera: tocando. Obviamente resulta muy difícil
—justifica— aglutinar a diez jóvenes —la edad promedio de los músicos
araña los 30 años— que comparten solamente un añejo gusto por el
jazz".
Sin embargo esa pasión es suficiente para que Fernando Grano Cortínez
(trompeta), Ubaldo González Lanuza (clarinete y saxo tenor), José
Ignacio Mazzautti (clarinete y saxo alto), Ricardo Martín (clarinete y
saxo tenor), Raúl Grano Cortínez (banjo), Saúl Lotenberg (tuba) y
Norberto Méndez (batería y washboard) puedan —junto a Tamburri, Romero
y Muller— dialogar el lenguaje del hot jazz y evolucionar, como lo
hicieron, desde las interpretaciones que, en los primeros balbuceos de
la Porteña, tenían puestos los ojos en los conjuntos chicos de Jelly
Roll Morton, Joe King Oliver o Louis Armstrong, hasta una forma
peculiar que ellos gustan definir como el estilo Porteña. “Nosotros
recreamos el jazz de 40 años atrás, no lo copiamos sino que lo
adaptamos, lo modificamos —se defienden—. Lo que hacemos no pasa por
el cerebro, va de cuore a cuore, por eso no aceptamos las etiquetas,
no nos importa mucho si esto es jazz tradicional o moderno. La
realidad —interpretan— es que somos blancos, vivimos en Buenos Aires
en 1971, y si tocamos la música que hacían los negros en Estados
Unidos en la década del 30 no podemos imitarlos: debemos
reconstruirlos, rehacer su música con las cosas que sentimos nosotros,
que les pasan a los porteños. Así surge nuestro estilo y ésa es la
manera en que hacemos nuestro jazz sin rótulos, con calor y pensando
sólo en que el resultado sea bueno."
Y aunque muchas veces el público lo siente así, en algunas ocasiones
los juicios sobre la Porteña no pasaron, exclusivamente, por el
meridiano musical: "En una gira la Secretaría de Cultura de la
Municipalidad de Córdoba —memora Martín Muller— se enojó muchísimo
porque fumábamos en el escenario; cuando en un momento la cosa estaba
caliente y yo me saqué el saco se enfureció. Otra vez escandalizamos
al crítico musical de La Gaceta de Tucumán porque uno de los muchachos
tenía medias rojas. Lo que pasa es que alguna gente no puede creer que
diez tipos empilchados de distinta manera puedan ser una orquesta. Por
eso, cuando algunas exigencias del contrato nos imponen aparecer
uniformados, usamos smoking. Además, presentamos un programa con los
temas que vamos a hacer, pues nunca faltan quienes creen que un
concierto sin programa no es un concierto; pero después, arriba del
escenario, hacemos lo que se nos ocurre; de acuerdo con el estado
anímico del momento y la recepción que nos brinda el público".
Sin embargo, aunque los miembros de la PJB generalmente se sienten
cómodos con los espectadores y palpan en el aire esa comunicación
básica, epitelial que se establece con el público y que les permite
arribar a los climax, suelen quejarse, a veces, de algún disconforme:
en la contratapa de su último longplay, los músicos bromean, con la
historia de un aficionado para quien la orquesta responde a su nombre
sólo cuando suena en conjunto: “Seguramente aludía a La Porteña,
primera locomotora argentina".
Más allá de los accidentes que depara el contacto con su público, los
integrantes de la Porteña han logrado comunicarse entre ellos,
alentarse, entenderse. Esa cualidad les permite conseguir un nivel
medio de interpretaciones que los exime de cualquier riesgo: “Por muy
mal que suene la orquesta —se pavonea el banjoista Raúl Grano
Cortínez—, al público siempre le gusta mucho, porque ya tenemos un
standard muy bueno. Pero como nosotros somos demasiado exigentes, a
veces no nos conformamos”. El rigor con que los intérpretes se juzgan
a sí mismos los llevó, en algún momento, a refunfuñar cuando los
espectadores : aplaudían un solo que no entusiasmaba a sus ejecutante;
ahora, en cambio, se muestran más condescendientes: "En este momento
puedo entender cuando la platea gusta de algo que a mí no me llena
—concede el trompetista Muller—.
Sucede que los solos y las improvisaciones son intuitivos, yo estoy
tocando y a veces no sé las notas que salen, el ritmo se siente en la
piel y uno lo saca afuera. Y eso puede deleitar a los demás, aunque a
mí no me parezca perfecto". Ese aprendizaje fue posible porque La
Porteña es, además de una orquesta de jazz, un grupo humano que ha
enriquecido a sus integrantes y que les ha proporcionado un cómodo
método terapéutico: “Para mí la Porteña es un submundo —confiesa el
trombonista Tamburri— en el que aprendí muchas cosas, no sólo
musicalmente sino también como forma de vida. Tal vez sea porque casi
todas las veces que tengo un concierto estoy con bronca pues al otro
día tengo que levantar un pagaré o debido a que me enojé con un amigo
—rezonga— y empiezo a tocar con mufa; entonces se produce el
milagro: cuando hacemos el segundo tema ya estoy mejor, y cuando
terminamos la actuación me siento bárbaro. Creo que todos somos una
banda de neuróticos —filosofa—; pero encontramos algo que nos cura:
nuestro jazz”.
Siete Días Ilustrados
5/4/1971
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