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JORGE LUIS BORGES EN UN MANO A MANO FRESCO Y ESPONTANEO CON SU
PUBLICO
"ME TEMO QUE TENDRAN ALGO QUE PREGUNTARME»
Ante la nutrida audiencia convocada por el centro de Artes y
Comunicaciones (CAYC), el escritor señaló —entre otros comentarios no
menos polémicos—, que Rubén Darío escribía versos malísimos, y que no
existen los plagios. Además, evocó su infancia, sus crisis de
insomnio, y se quejó de que la gente lo toma demasiado en serio
Pocos días atrás concluyó en el Centro de Artes y Comunicaciones
(CAYC) una de las más insólitas y comentadas experiencias que congregó
al mundillo intelectual porteño en los últimos tiempos. Efectivamente,
el emprendedor instituto —una de las más activas instituciones locales
de investigación y experimentación en materia de medios de
comunicación— desafió al escritor Jorge Luis Borges a presentarse,
durante tres charlas consecutivas, ante un nutrido público dispuesto a
plantearle, con entera libertad, las más diversas preguntas. Cuando
Borges aceptó el reto, se suscitó un singular reportaje masivo que,
por espacio de tres semanas, tuvo en jaque a todos los asistentes a
los cursos y nutrió la comidilla diaria de los círculos literarios
capitalinos: dueño de un refinado sentido del humor, el escritor
divirtió a su platea con las más desopilantes salidas, evocó fases
poco conocidas de su pasado y desparramó pensamientos que fueron
objeto de acaloradas polémicas.
Gracias a la colaboración de Jorge Glusberg —director del CAYC— Siete
Días pudo obtener las cintas grabadas de todo el ciclo de
diálogos-conferencias protagonizado por Borges; un documento hasta
ahora inédito, cuyos párrafos más ilustrativos se ofrecen a
continuación.
—Señoras y señores: Estamos aquí reunidos para llevar a cabo un nuevo
sistema de conferencias y que, como ustedes verán, debe ser estimulado
por preguntas a las que yo iré contestando sucesivamente. Yo me jacto
de ser más tímido que todos ustedes juntos; de manera que les pediría
que hagan todo lo posible para que esto no sea un diálogo entre
tímidos (risas).
—Quizás estos diálogos nos puedan servir, precisamente, para sacarnos
la timidez. Empecemos entonces por allí: ¿usted no empezó a escribir
para sacarse la timidez?
—No, comencé a escribir por necesidad de comenzar a escribir. Cuando
empecé a hacerlo no pensé en publicar nada. Mi padre me había
aconsejado que leyera mucho, que escribiera mucho, que rompiera aún
más de lo que había escrito, y que sólo publicara un libro cuando lo
juzgara conveniente. Yo seguí su consejo y rompí, creo, cuatro libros.
Publiqué recién el quinto, en 1923. Se llamaba Fervor de Buenos Aires.
Recuerdo que le di el manuscrito a mi padre para que lo corrigiera, y
que él se negó: me dijo que yo debía ser mi propio juez, aunque eso me
costara romper infinidad de páginas. Y eso fue lo que hice,
abundantemente, a través de los años. A tal punto que la editorial
Emecé ha publicado mis obras completas sin incluir los textos de los
que yo me arrepiento. El verdadero fin de esa colección, supongo, ha
sido la omisión de algunos libros míos especialmente débiles o
francamente intolerables. No voy a mencionar esos libros porque —como
ustedes comprenderán— me resulta muy desagradable (risas). Lo mejor
que hay en mis obras completas es, indudablemente, la omisión de esos
libros que me niego a mencionar (nuevas risas).
—En ese sentido su actitud se asemeja a la de Macedonio Fernández a
quien no le importaba olvidar muchos de sus escritos...
—Pero Macedonio tenía una gran facilidad para escribir. En cambio a mí
siempre me ha costado mucho hacerlo. Macedonio pensaba que no le
importaba perder las cosas porque se le ocurrirían otras más. En lo
que a mí respecta, se me ocurren mucho menos cosas que a él, y
entonces no puedo darme el lujo de perder tantas. Lo que sí siempre he
hecho es corregir al máximo mis cosas. Eso lo saben mis editores: aun
cuando una página está lista para entrar en máquinas, yo les llamo
imprevistamente por teléfono y les pido cambiar alguna palabra o
frase. O, simplemente, que reemplacen un punto por una coma. De modo
que estoy constantemente revisando. Esta costumbre se ha acentuado aún
más con mi ceguera: como no tengo nada que hacer, salvo pensar y
escribir, nada me ocupa más que esa tarea. Es que ya las tentaciones
se han alejado mucho de mí: la tentación de leer, la tentación de
caminar, de concurrir a reuniones, de ir al cinematógrafo... Todo eso
ya es imposible para mí. O sea, que no me queda más refugio que la
escritura y la preparación de la escritura: prepararme para dictar
todo lo que escribo. Esto último, quizás, me ha llevado a cierta
sencillez en mi estilo. Cuando le dicto algo a otra persona debo
prescindir de ciertos arcaísmos, neologismos y sorpresas, por la
sencilla razón de que la otra persona me va a mirar con cierto
asombro, y yo no voy a poder percibir ese asombro. Entonces, tomo
expresiones más sencillas.
—¿Por qué dicta en vez de utilizar un grabador?
—La contestación es fácil: lo que pasa es que me desagrada
profundamente mi propia voz, No me gusta oírme. Y cuando lo hago, me
parece escuchar una voz impropia, dantesca, que yo no alcanzo a
interpretar. (Se produce un silencio largo, expectante. De la platea
no surgen preguntas, y Borges retoma el hilo de la conversación.) A
ver, quien era la señorita que me había prometido preguntarme algo, y
que hasta ahora se ha abstenido.
—(La imputada contesta, tímidamente.) No me animo, todavía.
—¿No? Bueno, como yo tampoco me animo, podríamos hablar los dos
desanimadamente. ¿Qué le parece? Aunque, en rigor, yo pienso que las
mujeres siempre se animan ...
—Hay un cuento suyo, Borges...
—¿Ah, sí? Gracias. Les agradezco que recuerden tanto los cuentos míos.
Entonces, aceptemos esa hipótesis, de que hay un cuento mío y no
plagiado. ¡En buena hora!
—Como le decía, hay un cuento suyo que aprecio especialmente y que es
algo ceremonioso. En él usted habla del fantástico mundo interior de
Funes, el memorioso...
—Si me permite, recuerdo en este momento con mucha claridad las
circunstancias en que escribí ese cuento: fue durante una crisis de
insomnio. En esa época, pasé una temporada en un hotel y durante los
días temía terriblemente la llegada de las noches, porque adivinaba
que serían noches de insomnio o, en todo caso, interrumpidas
atrozmente por pesadillas. Yo conocía muy bien el hotel en que
trascurre el cuento. Me había criado de chico allí. Es un edificio que
ha desaparecido. Recuerdo los diversos patios, los corredores, las
estatuas, la verja, las grandes salas desiertas, el portón, las
diversas entradas, la cochera, los eucaliptos, y hasta un pequeño
laberinto. Y muy especialmente recuerdo un reloj que servía para
marcar el insomnio, porque marcaba la hora, la media hora, el cuarto
de hora, la otra hora, y así sucesivamente. De modo que yo no podía
engañarme. Es decir, allí estaba el reloj de testigo y su golpeteo de
bronce. Recuerdo que me acostaba y hacía que me acordara de todo.
Imaginaba exactamente los libros en los anaqueles, la ropa en la silla
... Entonces, como no podía olvidarme, seguía pensando en esas cosas.
Pensaba: si yo pudiera olvidarme, entonces podría dormir. Luego
comprobé que mientras uno duerme, uno es todos o, mejor dicho, no es
nadie. O, si es uno mismo, uno se ve en tercera persona: uno es, como
dijo Adison, el teatro, los espectadores, los actores, el autor de la
trama, el escenario, todo al mismo tiempo. Entonces, yo pensé: si yo
pudiera olvidarme de todo, podría dormirme, y también: mi memoria es
falible; que terrible sería, si mi memoria fuera infinita. En ese
caso, yo recordaría cada una de las circunstancias de cada día de mi
vida, que son naturalmente miles, según lo ha demostrado Joyce en el
Ulises. Cada día nos ocurren miles de cosas, pero felizmente las
olvidamos y, por lo demás, hay muchas que son repeticiones. Entonces,
de allí, inventé la idea de un individuo que sólo tuviera memoria: así
llegué a la idea de aquel desdichado compadrito Funes, el memorioso. Y
me ocurrió con él un hecho que acaso interese a los psicólogos: una
vez escrito el cuento, una vez descrita esa horrible perfección de la
memoria que acaba matando a su dueño, el insomnio terminó por
desaparecer en mí. De modo que este cuento, que parece un cuento
fantástico, y que lo es, es también una suerte de hipérbole de un
estado mental mío. Esto es algo autobiográfico, sólo que en lugar de
decir Borges, dije Funes. Claro, Funes nunca hubiera podido escribir
el cuento como yo. En cambio, yo he podido hacerlo, y también he
podido olvidarme de Funes y, aunque no siempre, del insomnio.
—(La misma persona de la pregunta anterior.) Borges, ya que usted me
puso en el compromiso de animarme, voy a tener que hacerle otra
pregunta.
—Por supuesto. Espero que su decisión no cambie (risas).
—Últimamente, y en especial en El oro de los tigres, usted suele
mencionar a tigres en varias de sus obras. ¿Por qué habla tan a menudo
de ese animal, y describe tantas veces sus garras?
—Bueno, Chesterton dijo una vez que el tigre era un símbolo de
terrible elegancia. Linda frase, ¿no? ¡Terrible elegancia la del
tigre! Ocurre que cuando yo era chico y me llevaban al zoológico, me
demoraba horas viendo ir y venir a los tigres. Me gustaba,
naturalmente, su belleza, sus rayas negras y las otras de color oro. Y
ahora que estoy casi ciego, me ha quedado un solo color, que es
precisamente el color del tigre: el amarillo. Para mí, las cosas
coloradas pueden ser azules, y las azules pueden ser verdes, pero el
amarillo es el único color que distingo. Por eso, por ser el color más
nítido para mí, lo he usado muchas veces. Y lo asociaba al tigre y lo
he asociado también a otro tema muy frecuente en mis textos, las
puestas de sol, amarillas también. En todo caso, a mí me parecen
amarillas. Por esa razón, en casa se asombran de que yo use corbatas
amarillas. Esas corbatas, en realidad, no son chillonas para mí, sino
apenas visibles. Me acuerdo de aquella broma de Oscar Wilde que le
decía a un amigo suyo que tenía una corbata muy chillona: Sólo un
sordo puede usar impunemente una corbata tan chillona (risas). Y, lo
que es más raro aún, es que yo le conté esa historia a una señora y
ella me dijo: Y, claro, porque no oye lo que la gente dice de esa
corbata (risas). Sin duda, la señora resultó ser mucho más
extravagante que Wilde.
—Leyendo sus obras, a veces da la impresión de que a usted no le
interesa tanto conocer la realidad, sino describirla estéticamente...
—Lo cual es una verdadera suerte, ya que permite que el hecho estético
continúe. No sé hasta qué punto la gente se da cuenta de lo misterioso
y fantástico del hecho estético. Y de cómo todo puede depender de una
simple palabra. Muchas veces he citado aquellos versos que todos
sabemos de memoria: Yo soy aquel que ayer no más decía, el verso azul
y la canción profana... No sé cuantos repararon en que la palabra azul
allí es rarísima: por lo general, no se dice que una canción es
violeta o que una prosa es colorada. Sin embargo, uno no puede sino
sentir que la palabra azul, en ese lugar, es justa. Es que Rubén
Darío, que escribió tantos versos malos, escribió también algunos que
son irreemplazables, que sin duda ni él mismo se dio cuenta de lo
buenos que eran.
—Borges, de acuerdo con las cosas que acaba de decir, pareciera que
usted es de aquellos que creen que el escritor no siempre es
consciente de lo que escribe. ¿Podría fijar la exacta relación entre
la voluntad del escritor y el resultado de su obra?
—Yo diría que si el escritor es del todo consciente de lo que escribe,
su obra no tiene valor. Tiene que haber una parte de misterio: uno de
los errores de la literatura comprometida es suponer que el autor sabe
cuál es la moraleja. Por ejemplo, actualmente el Martin Fierro nos
interesa; pero el objeto de Hernández fue censurar los hábitos del
Ministerio de Guerra en su tiempo. Sin embargo, ahora nos interesa el
destino personal del Martín Fierro. Creo que siempre tiene que haber
algo más, algo que se sume a la intención consciente del autor. Si no
existe ese algo más, si se cumple simplemente con lo establecido, si
el cuento, el poema o la novela se parecen mucho al argumento
anterior, el plan que se trazó el autor, creo que tienen escaso valor.
El caso clásico puede ser el de Cervantes y el del Quijote. ¿Por qué
recordamos actualmente las novelas de caballería? Porque Cervantes se
rió de ellas. Y se rió de ellas, posiblemente, porque él mismo sintió
que su afición a ese género literario era errónea.
—En El Hacedor hay una página donde usted se refiere a su relación con
el propio Borges. Yo quisiera saber en qué se ha modificado esa
relación. Es decir, si ha variado en algo a través de los años.
—Mire, yo necesitaría quizá un año o varios volúmenes para contestarle
(risas). Lo que sigue asombrándome, es que me tomen tan en serio. Pero
es un error tan compartido que van a terminar por convencerme. Me
parece tan raro que lo que yo escriba pueda interesar a otras
personas, que a veces ese hecho me desconcierta. Cuando yo publiqué mi
primer libro, Fervor de Buenos Aires, en el año 1923, recuerdo que el
impresor me mandó los 300 ejemplares, y yo no los mandé a ningún
escritor ni tampoco los puse en venta. Fui pasándoselo tímidamente a
mis amigos y el libro fue abriéndose camino solo. Ahora, en general,
en cuanto publico algo, ya no me interesa. Hace algunos años, el gran
escritor mexicano Alfonso Reyes me dijo: Publicamos para no pasarnos
la vida corrigiendo lo que uno ya ha escrito. En fin, eso podría
decirse también de esta otra forma: publicamos para cambiar de tema
(risas).
—¿Por qué, entre sus muchos cuentos, usted eligió El muerto para ser
llevado al cine?
—Bueno, yo en realidad no lo elegí, fueron los directores quienes me
ofrecieron esa posibilidad y yo no podía desdeñarla. Yo escribí muchos
guiones cinematográficos que han sido rechazados. Ahora, por ejemplo,
se está filmando también un libro que yo escribí en colaboración con
Adolfo Bioy Casares: Los orilleros. En su momento lo rechazaron: eso
explica por qué ahora, cuando espontáneamente me proponen hacer un
film sobre un cuento mío, acepto.
—(Una joven con aspecto de estudiante.) Hay una cosa que siempre me
intrigó: usted, ¿cómo se autodefiniría? ¿Es un agnóstico o un
metafísico?
—Y, agnóstico. Pero tan agnóstico que creo que todo es posible
(risas). Recuerdo que mi padre decía: Es tan raro el mundo que a lo
mejor existe la Santísima Trinidad. Y yo completo: ya que existimos
nosotros; ¿por qué no ha de existir también la Santísima Trinidad, que
no es mucho más rara que nosotros?
—Usted, más que nada, es un escéptico, ¿verdad?
—Si, más bien, ¿no? Pero nunca he sentido, digamos, el deseo que
sentía ese gran escritor llamado Unamuno, el deseo de ser inmortal,
esa idea de que Dios es proveedor de inmortalidad. Yo, en cambio,
pienso lo contrario: Dios es proveedor de muerte, de mortalidad (si es
que, en realidad, existe). Cuando yo digo que no creo en la otra vida,
que no creo en Dios, no lo digo como una queja; al contrario, y eso lo
he expresado en muchos poemas míos, lo digo como una esperanza. Muchas
veces pienso: ¿pero qué importa lo que suceda con el escritor
sudamericano Jorge Luis Borges, a mediados del siglo XX, si al fin de
cuentas él ha de ser olvidado, ha de ser sepultado totalmente y nada
quedará de lo que él haya escrito? Y eso me ha servido de consuelo en
aquellos momentos de amargura que todos tenemos, y que espero que
otros tengan menos que yo.
—Borges, usted dijo en una oportunidad que la única droga que existía
era la conversación ...
—No, yo cité una vez una frase de Oscar Wilde que dijo que la única
intoxicación es la conversación; pero he buscado otras intoxicaciones
también, desde luego.
—Entonces, dentro de ese marco, ¿cómo le parece que podemos definir
estas conferencias que usted está pronunciando?
—Es que no sé si tenemos necesidad de definiciones, creo que sólo los
diccionarios tienen necesidad de dar definiciones. Pero creo que dos
personas —o muchas personas conversando como ahora— se entienden o no
se entienden directamente. Yo pienso que la idea de que puedan
definirse las cosas es un error al cual nos han llevado los
funcionarios, sobre todo. No hay conversaciones, sino trasmisiones de
ideas ... Incluido, en mi opinión, ningún idioma es traducible a otro.
Cuando me dicen, por ejemplo, que la obra de Shakespeare no es
traducible al español, yo, monótonamente, contesto: no es traducible
al inglés, tampoco. Las cosas tienen que ser dichas con las mismas
palabras del autor: si ponemos otras, estamos haciendo trampa. Por eso
no creo mucho en los plagios: el sólo hecho de cambiar algunas
palabras, ya cambia todo.
—Hay un cuento que se llama Dos reyes y dos laberintos, que aparece en
una recopilación de cuento fantástico y que, aunque su estilo se
parece enormemente al suyo está atribuido a otro autor. Sin embargo,
me parece que ese cuento es suyo, ¿me equivoco?
—Caramba, creo que, desgraciadamente, es mío no más. Pero posiblemente
ese cuento sea mejor si se lo piensa como proveniente de un autor de
un país y de un siglo remotos. Les confieso a ustedes, de cualquier
manera, y espero que sepan guardar el secreto, que ese cuento lo
inventé yo, o quizás lo inventé yo de algún otro. Valga mi teoría
sobre el plagio ... Bueno, señores, creo que esto es suficiente por
hoy. Muchas gracias a todos.
Revista Siete Días Ilustrados
16.05.1975
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