Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

josé basso

JOSE BASSO
CUANDO FUNCIONA EL DE LA ZURDA
De vuelta de una gira de ocho meses por Japón, en donde fue considerado protagonista de la expresión musical extranjera más importante del año, el veterano hombre de tango cuenta esa inestimable experiencia, evoca a sus maestros y traza algunas reflexiones sobre Astor Piazzolla.
Cuando se acallan los aplausos retorna su puesto frente al piano, sacándose el sudor con un pañuelo prolijamente doblado. Sus dedos se tienden sobre las teclas, alza la mano derecha, la agita rítmicamente acompañando el movimiento con la cabeza: entonces la orquesta arranca con los primeros compases de Rosicler. Aunque José Hipólito Pepe Basso (51, 3 hijos) parece olvidarse de todos, una señal, un gesto le bastan para marcar un crescendo a los bandoneones o un solo al primer violín. Desde el bar, Oscar Alonso —todavía cantor y propietario de Mano a Mano, una de las últimas tanguerías inauguradas en el barrio Sur de Buenos Aires— repite por lo bajo la letra que Luis Correa recita en el escenario.

Después, cerca ya de las dos de la mañana, una compulsiva, vibrante, inevitable versión de La cumparsita marca el final de la primera entrada de la orquesta; eludiendo las palmadas afectuosas de la gente, don Pepe busca el rincón donde lo espera un whisky con jugo de pomelo. Fue el martes último —a tres semanas de su arribo, luego de ocho meses de presentaciones en Japón— que SIETE DIAS mantuvo con él una charla, frecuentemente interrumpida por amigos y fanáticos, pero que le sirvió para hilvanar recuerdos de 38 años de actividad tanguera y referirse, obviamente, a su experiencia japonesa. Una incursión que, aparte de rendirle jugosos dividendos, le valió ser considerado por el periodismo nipón como la expresión musical extranjera más importante del período 69-70. Basso es el primer músico de América latina que desplaza al movimiento orquestal europeo y norteamericano.

EL CONTRAPUNTO LO INVENTO BACH

"En serio, cuando yo empecé a trabajar como profesional tenía pantalones cortos —se enternece—. El hijo del dueño me prestaba los largos antes de subir al escenario. Hablo que aparezco, solo. Fue por 1932, en El Espigón, un boliche del balneario de Olivos, al lado de la Prefectura." Desde entonces, los trajines vaivenes tangueros lo hicieron deambular por conjuntos que recordaba: "estuve trabajando con Alberto Sima, Anselmo Aieta y la orquesta dirigida por José y Alberto De Caro, en la que cantaban el joven Edmundo Rivero y su hermano. "Después, en 1947, formé mi orquesta —memora—, aunque el único integrante de aquella época que todavía está conmigo es el primer bandoneón." Los sucesivos cambios de músicos no impidieron, sin embargo, que J.B. fuera delineando la personalidad de su conjunto hasta encontrar un estilo en el que conviven sin fricciones una armonización moderna con el riguroso respeto de la melodía. "Busco que el público reconozca lo que escribió el autor —aclara—. Por eso yo no desvirtúo, hago contrapunto sobre la línea melódica, pero dando siempre lugar al tema."

La referencia de Astor Piazzolla es inevitable y no la elude. Cuando se lo acepta como creador de un estilo al que respeta mucho pero que no tiene nada que ver con su forma de sentir y con la concepción del tango que sustenta. "No es lo que a mí me gusta —se suelta—. Él dice que no hace tango sino música. Bueno, a mí me gusta como músico, lo suyo no es tango. ¿Por qué? Porque Piazzolla hace contrapunto de entrada. El contrapunto lo inventó Bach, ¿no es cierto? Pero primero hacía una línea melódica y después, sobre esa línea iba contrapunteando, haciendo variaciones de un tema que, así, se hacía reconocible. Con Piazzolla no pasa eso. Si todos tocáramos de esa manera y naciera en estos momentos La cumparsita, ¿cuánto tiempo tardaríamos en saber cómo es la melodía?" De allí a que, en su concepto, sea Horacio Salgán quien ha conseguido la síntesis ideal en este terreno, jardín en el que, seguramente, interviene la admiración casi incondicional que demuestra por el pianista. "Salgán llegó al límite —exalta—. Está en la justa porque es moderno pero con la melodía aflorando siempre." Y sus dedos repiquetean en la mesa, como si en silencio reviviera A fuego lento.

Sin entusiasmo, como si la mención del polémico bandoneonista hubiera agotado la cuota de lo que rechaza y se impusiera la obligación de afirmar una línea tradicional del tango, Basso enumera músicos y directores cuya indiscutida vigencia para la mayoría lo exime de todo compromiso. Así desfilan las imágenes casi sagradas de Roberto Firpo, Juan Maglio (Pacho), Roccatagliata, Francisco Canaro, Julio De Caro; sin olvidar, por supuesto, a Aníbal Troilo. No obstante, algunos nombres le devuelven la euforia: "En compositores no hay dudas —dogmatiza—. Aunque tendríamos que establecer dos épocas, que se llaman Agustín Bardi y Juan Carlos Cobián. Y por ahí es un empate. Es que Bardi es un músico moderno, tiene contemporaneidad... Me hubiera gustado escribir como ellos, pero no estoy ni remotamente cerca."

AHI VA EL DULCE

El primero fue Juan Canaro. Después, Florindo Sassone, Armando Pontier, Osvaldo Pugliese, Canaro, el Quinteto Real y la orquesta de Juan D'Arienzo aprovecharon para redondear sus menguados ingresos con el entusiasmo despertado por el tango en Japón. "Es que a pesar de sus ojos oblicuos y su piel amarilla, cuando uno conoce al japonés comprende que es igual a nosotros —se sorprende—. Gente que tiene la misma melancolía, la misma capacidad de entrega espiritual. De eso uno se da cuenta cuando vive, como lo hice yo, ocho meses con ellos; entro a un boliche, igual que acá, y entre señas, un poco de inglés, un poco de castellano o japonés, acaba haciéndose de amigos entrañables." No es, por supuesto, el único saldo positivo que su expedición japonesa permite contabilizar a José Basso. Contratado por setenta días, acabó quedándose ocho meses y convirtiéndose en el centro de interés del pabellón argentino en la Expo 70. "No era yo sino el tango —confiesa—. Cuando la gente veía el nombre de Argentina en el pabellón, venía prácticamente corriendo. Argentina-tango, decían. No buscaban una palabra sin la otra." Antes, las salas teatrales de 58 ciudades japonesas ("Estuve a media hora de Corea, en una punta, y a media hora de Siberia, en la otra") le permitieron tomar contacto con una pasión insólita y hasta incomprensible por la música argentina. "Es increíble, viejo —se exalta—. En cada una de las ciudades a las que fui hay dos o tres clubes de tango; hacen conciertos con discos, dan conferencias, bailan y bastante bien están en el tango de salón. No hay caso. Yo siempre digo que hay una sola cosa en la vida que importa. Cuando no funciona el de la zurda lo demás no sirve para nada, y en Japón caminan los sentimientos."

Sin embargo, no sólo factores emocionales manejó J.B. durante sus presentaciones en Oriente. Supersticioso en extremo ("Yo por debajo de una escalera no paso y si me dicen que hay un reptil cuyo nombre empieza con c digo siete veces lagarto"), el primer tango que interpretó en Japón fue Ahí va el dulce, todo un amuleto para una de sus actuaciones desde hace años. "El empresario tenía miedo, pero a mí ese tango siempre me dio suerte —justifica—. Como si fuera poco, me empeñé en tocar mi repertorio, en ser José Basso, cuando todos me aconsejaban que hiciera un repertorio conocido, Adiós muchachos, A media luz, esas cosas... Por eso sentí el aplauso por primera vez en mi vida. Cuando acabó ese concierto, en el teatro más grande de Tokio, la gente aplaudió durante siete minutos. Nunca me había pasado algo así. ¡Hay que estar a 35 mil kilómetros de Buenos Aires con seis mil personas aplaudiendo de pie! Me parecieron setenta años."

Todos los esfuerzos para arrancarle de tango, su tema, su obsesión, resultan infructuosos. Solo la mención de una de las ciudades visitadas es capaz de provocar su reacción: Hiroshima. "Sí, estuve. Vi el museo, que queda para memoria... No me gusta hablar de eso, aunque los japoneses no lo olvidan. Hay que ver lo que debe ser eso, una cosa de locos. Han hecho una ciudad modernísima pero un pedazo lo dejaron como estaba. Donde cayó la bomba. Debió ser terrible." El desconsuelo, sin embargo, no dura y J.B. retorna fácilmente a la faceta de su viaje que ha dejado en él recuerdos más perdurables. "La gente es genial, viejo —se entusiasma—. La cordialidad, el respeto por el extranjero. Cualquiera se siente obligado a ser más que de llegar se me ocurrió comprarme un cepillo de dientes porque el que llevaba era una porquería. Paseando por las calles me meto en uno de esos negocios que venden de todo: son farmacia, bazar, ferretería, almacén. Viene un vendedor y le hago el ademán común de cuando uno se lava los dientes, pero el tipo dice que no entiende. Entonces yo vuelvo a hacerle la misma seña diciéndole 'clink' —limpieza, en inglés—. El vendedor dice que sí y sale corriendo. ¿Sabe con qué se apareció? Con una escoba. Pero la traía con tanto entusiasmo, con esa alegría en los ojos... ¡Cómo le iba a decir que estaba equivocado! Se la compré." ■
Siete Días Ilustrados
14/12/1970

 

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