Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

libertad leblanc

FESTIVAL LEBLANC
Una actriz efervescente (Libertad Leblanc), un artista plástico alineado en la corriente pop (Edgardo Giménez) y dos fotógrafos de SIETE DIAS (Osvaldo Dubini y Oscar Burriel) urdieron una idea casi descabellada: asociarse en una explosión de luces y formas, a fin de contribuir a los festejos de Carnaval. El resultado —salta a la vista— tiene poco que ver con Momo, pero igualmente constituye un exuberante estallido de buen humor, una muestra de frenesí sólo para espectadores proclives al delirio.

Hace 15 días, dos fotógrafos de SIETE DIAS descubrieron los divertidos planes que albergaban el plástico argentino Edgardo Giménez (25, diploma de honor en Polonia por su exposición de posters) y la opulenta vedette Libertad Leblanc. Al parecer, el dúo pretendía montar una suerte de happening de laboratorio, alusivo al Carnaval, y no terminaba de dar formas finales a la idea rectora. Fue entonces cuando los fotógrafos entraron en acción: "Les propusimos reunirnos a puertas cerradas en el estudio fotográfico de la revista y confeccionar entre los cuatro una experiencia visual que sume elementos fijos, pero que no deseche los que surjan al paso". Luego de analizar la sugerencia, Giménez y la Leblanc consideraron que la idea era lo suficientemente estrafalaria como para embarcarse en ella. "Yo —advirtió la ondulante vedette— no voy a quedar conforme hasta tirar la casa por la ventana". Pero no fue necesario: la semana pasada se consumó la experiencia y en su transcurso 450 disparos fotográficos registraron escenas que acaso integren ahora una muestra audiovisual.

COMIENZA LA FUNCIÓN

"Quiero formalizar un hecho plástico", opinó Giménez al ingresar al estudio fotográfico—. Juntar los elementos que aporten un clima propicio a los juegos eróticos de Libertad Leblanc. Ella participará como un elemento más, como un objeto de la composición". Así comenzaron a amontonarse junto a las cámaras y a los bastidores montañas de algodón y espuma de goma, tres metros de cadenas de acero, diez cachos de bananas verdes, varios kilos de nieve artificial, fondos de satén negro, plumas, boas de tul, bikinis de raso y lamé, pedrerías surtidas...
Libertad Leblanc contemplaba los elementos que rodeaban el decorado y su vestuario sin cesar de advertir: "A mí no me interesan las cosas en sí, sino el brillo que poseen...". Sus abundantes comentarios flotaban en el aire, mientras Giménez y los fotógrafos decidían los últimos detalles antes de comenzar a gatillar las cámaras. Cuando L.L. intentó demostrar que era la primera "vamp transgresora de la raza rubia", llegó la orden de ¡Acción!
A medida que se gastaban películas, la idea básica de Giménez se fue concretando en imágenes: fundir la silueta de la Leblanc con los objetos que la rodeaban. Cuando la última foto fue disparada, L.L. soltó un gritito de satisfacción: "Muchachos, me he divertido endemoniadamente. ¿Vieron cómo me soltaba al comienzo, lentamente con serenidad? ¿Y luego con furia, ferozmente? Soy la libido desatada, ¿no creen?". Giménez compartía la alegría de la Leblanc: "Esta mujer es una explosión de vitalidad, es una copa de champagne —metaforizó—; es la vida, la belleza, el erotismo que se desembaraza de la mediocridad, la tristeza, la mufa de los argentinos...". Los argentinos, precisamente, constituyen el público más cercano de que dispone Giménez para presentar sus trabajos. "Y ellos —asegura el plástico—, deben interpretar a placer las imágenes que surgen de estos juegos visuales".

CAPRICHOS EN EL LABORATORIO
La diversión no concluyó allí. Bajo la tenue luz del laboratorio, los fotógrafos Oscar Burriel y Osvaldo Dubini continuaron durante varias horas realizando todo tipo de trucos para hacer aún más insólito el resultado final.
"No fue tarea fácil, cada costado de Libertad Leblanc ha sido fotografiado millares de veces; cada una de las curvas de su cuerpo ha sido contemplada con más minuciosidad (y precaución) que la ruta 2 a la altura de Chascomús", fantaseó Dubini. El laboratorio cobijó durante seis horas la sed de originalidad de los fotógrafos. Entre los muchos trucos empleados, uno, el más sencillo, permitió obtener una L.L. desconocida: delgada donde nunca lo fue y con aristas en lugar de curvas. En suma, una Libertad Leblanc que desilusionaría a los ávidos consumidores de sus formas. Sin embargo, estas visiones que parecen escapadas de una pesadilla litúrgica, están atemperadas por el buen humor que campea en las tomas.
Burriel explica cómo lo consiguió: "Sencillamente recordé las infinitas visitas que efectué a un parque de diversiones, en Bahía Blanca, mi ciudad natal. Esas imágenes infantiles y las impresiones que recogí en la reciente exposición de Le Parc, me inspiraron a repetir la experiencia de los espejos curvos sobre un negativo fotográfico. El uso de tales elementos permite enfocar con humor cualquier imagen, a pesar de que no en todos los parques de diversiones se refleje Libertad Leblanc".
Dubini, por su parte, prefiere afirmar que su técnica se limitó a "saber jugar con toda Libertad".

-pie de fotos-
- Enfrentada a sí misma (arriba, izquierda), distorsionada por una lente fuera de quicio y en aparente equilibrio, con Giménez, LL participa del happening fotográfico de Burriel y Dubini.
- Para los protagonistas del juego resultó una experiencia no imaginada: 450 fotos para un estudio sobre el delirio óptico

Revista Siete Días Ilustrados
17/2/1969

libertad leblanc
libertad leblanc

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba