Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

madres de famosos
El complejo de la madre de Edipo
La actriz Fanny Navarro, las vedettes Norma y Mimí Pons, el pianista Bruno Gelber, el boxeador Oscar Bonavena y el automovilista Gastón Perkins tuvieron madres, como todo el mundo. Perduran en Buenos Aires y se sienten muy unidas a la fama de sus hijos. Para documentar las consecuencias que tanta celebridad despertó en el hogar y para descorrer el velo de sus infancias, Panorama envió a Kado Kostzer, quien las entrevistó durante diez días. El texto siguiente es la transcripción literal de esos testimonios.

Castex y San Martín de Tours, Palermo Chico; pisos lustradísimos, pocos muebles y una perra juguetona, Preciosa. Lidia Sarcione, viuda de Navarro, pollera negra, saco de punto bordado en mostacillas, es la dueña de casa: la comparte con dos de sus nietos y con su hija Fanny Navarro.
A ambos lados de un largo pasillo se hallan ubicadas innumerables puertas; la segunda a la izquierda es el camarín, en el teatro Maipo, de las hermanas Norma y Mimí Pons. La joven Lucia de Orzi, madre de las vedettes, sonriente, poco locuaz y siempre atenta a las plumas, pulseras y demás accesorios de escena de sus centelleantes hijas, es la que se ocupa de que todo esté en orden. Hay en las paredes un crucifijo, una foto de Gardel, otra de Ceferino Namuncurá y un afiche de El sátiro. En la mesada reposan potes de crema y maquillaje, perfumes y un aparato de televisión portátil.
Moquette gris, sillones de pana, lámparas de porcelana, un piano de cola, innumerables retratos. Sobriedad y buen gusto impera en la casa, también en su dueña, Ana Tosi, rubia, serena y orgullosísima madre del pianista Bruno Gelber.
El comedor de la casa de Doña Dominga, viuda de Bonavena, en la calle Treinta y Tres, da a un patio cubierto con un techado de aluminio. Un espectacular combinado estereofónico preside el ambiente; hay también una cama turca con una funda y tres almohadones, una mesa cubierta con una carpeta de plástico sobre la cual reposa un florero con rosas artificiales; completan la decoración estatuitas, plaquetas y muñecos de felpa. A la entrada, cerca de la puerta de doble hoja con vidrio, descansan los patines para el piso. La madre de Ringo Bonavena es dicharachera, sencilla y rotunda. Su batón negro y blanco, de medio luto, contrasta con los alegres colores del entorno.
Avenida Alvear y Callao; retratos de familia, auténticos Rubens y Miralles. En la biblioteca alternan Sartre con D’Annunzio, Maeterlinck con Rabelais. Las alfombras persas están enrolladas, Carmen Peers, viuda de Perkins, acaba de llegar de viaje: su hijo Gastón la ha traído del campo; es elegante, refinada y afectuosa.
Doña Lidia: "Fanny, Monina para los íntimos, se crió en un ambiente muy cristiano; de ahí que sea una chica de grandes sentimientos. Cuando nuestra
perra cayó enferma ella no descansó hasta verla sana, Su voluntad y el veterinario que le recomendó Sabinita Olmos hicieron el milagro. El dolor humano es lo que más le impacta; lloró tanto cuando murió Aramburu que yo temí por su salud. Mi padre era profesor normal y de él aprendí lo que después les enseñé a mis cuatro hijos; a distinguir el bien del mal".
Doña Lidia: "Vinimos de Rosario hace seis años. Mis dos únicas hijas, Norma y Mimí, se criaron allí. Las eduqué en colegio de monjas, pues a su padre no le gustaban los establecimientos mixtos; se recibieron de maestras y a veces eran abanderadas, no por mejores alumnas, sino por ser las más altas; siempre eran las últimas de la fila. Nunca me dieron trabajo, les gustaba; también son profesoras de piano.
Doña Ana: “Mi esposo fue violinista del Colón durante quince años; yo discípula de Vicente Scaramuzza, gran maestro de piano; así que Muni, le decimos así a Bruno, y su hermana se crearon en un ambiente netamente musical’’.
Doña Dominga: "Mi marido era motorman de tranvía. Tuvimos nueve hijos, todos muy buenos, trabajadores y afectos al deporte especialmente los varones. Ringo siempre se tiraba desde el último trampolín de la pileta, el más alto”.
Doña Carmen: "La formación que da el hogar tiene mucho que ver en cada individuo. Mi padre fue un deportista muy conocido, todos saben de las cacerías de zorro que organizaba el Barón Peers. Mi marido era un hombre de campo, gran jinete y jugador de paleta. Gastón no es la excepción de mis once hijos, todos son deportistas. Dos de mis hijas, la de Busso y la de de Ridder fueron campeonas de equitación. Otro de mis hijos, Johnny, tuvo un accidente que lo postró; el automovilismo es un deporte con riesgos”.
Doña Lidia: "Fanny desde muy chica organizaba funciones teatrales con los chicos del barrio, Ella era la capitana, estaban en el grupo las chicas de la florería La Yoli; cobraban un peso la entrada, que era muchísimo para esa época. Era tan traviesa que el farmacéutico Del Vecchio me pidió una vez que no la mandara más con la mucama, pues cada vez que iba revolucionaba todo. Cuando vivíamos en el edificio de Corrientes y Paraná aceptó un desafío y caminó por la cornisa del techo; abajo los bomberos clamaban por su vida. ¡Qué pilla!".
Doña Lucia: "Una vez en casa haciendo las cosas y con la radio puesta, me pareció escuchar dos voces conocidas: eran Norma y Mimí que se habían hecho la rabona del colegio y participaban en una audición. Siempre tuvieron inclinación artística. A Mimí, cuando estaba en segundo grado, le preguntaron qué era lo que le gustaría ser cuando fuera grande, Ella contestó: Monja o artista".
Doña Ana: "Bruno a los dos o tres años ya quería aprender a tocar el piano; yo de ninguna manera quería enseñarle. No se movía de mi lado cuando yo dictaba clases a mis alumnos; hasta que por fin accedí a enseñarle, pero a manera de juego. A los seis años daba su primer concierto; ya entonces tenía un gran sentido de la responsabilidad. Su carácter siempre fue alegre; le gustaba dibujar, jugar y aprender. Leía todos los días el diario. Siempre fue muy compañero mío, le gustaban los cuentos que yo le narraba; siempre fui muy imaginativa".
Doña Dominga: “Cuando me internaron en el Hospital Penna, Oscar era muy chico y no lo dejaban entrar a verme. Entonces él se trepaba a un árbol que había frente al edificio y me hacía señas por la ventana; yo desde la cama lo veía; se quedaba ahí arriba horas mirándome. Siempre fue muy buen hijo. El boxeo no me gustaba en un principio, pero después me di cuenta de que es un trabajo como cualquier otro”.
Doña Carmen: “No había deporte que a Gastón no le gustara, practicaba la natación, el golf, el tenis, todos. Siempre fue muy voluntarioso y movedizo. No lo podíamos fijar en sus estudios; le fascinaba irse al campo con el padre, eso a mi marido lo halagaba mucho; Gastón comenzó a correr en el 50 y mi marido murió dos años después"..
Doña Lidia: “Cuando Monina estaba en el ballet de Mecha Quintana haciendo La Revista Maravillosa la llamaron para su primera película. A partir de ahí se sucedieron innumerables éxitos en cine y teatro. Cuando mi hija entra en un set o llega a un teatro a lo mejor ni sabe quién es el dueño o empresario, pero conoce por el nombre a cada uno de los técnicos y operarios. Siempre le gustó mitigar el dolor, es una samaritana, y de alma”.
Doña Lucia: “Cada vez que salía con las chicas a pasear nos sacábamos una foto en la Plaza Independencia: íbamos mucho al cine, a Norma le gustaban las películas de Lolita Torres y las de Edward G. Robinson, en cambio a Mimí las de Zully Moreno. Yo nunca había pisado un teatro de revistas como espectadora, no sabía ni siquiera de la existencia del genero, las chicas tampoco. Julio Porter me llamó para preguntarme si las dejaba actuar. Yo no podía impedirlo, era la vocación de mis hijas. A los ocho días de debutar recién fui a verlas y me sorprendieron muy gratamente”.
Doña Ana: “A los siete años Bruno cayó enfermo, atacado por la polio. Nunca se quejó de su desgracia; le arrimábamos un sofá al piano para que pudiese tocar. A los quince años debutó en el Colón; hasta hoy no puedo olvidar mis nervios, él en cambio permanecía sereno".
Doña Dominga: “Guando Oscar recién empezaba a boxear me dijo: Vieja yo te voy a dar mucha plata. Cuando viene a visitarme y me encuentra con un batón viejo, se enoja mucho y me lo arranca a pedazos. Le gusta verme linda. Algunos vecinos, nunca falta gente mala, me dicen al verme con un batón zurcido: ¿Su hijo no le da plata para comprarse uno nuevo? Lo que pasa es que yo estoy cómoda así y si el batoncito todavía sirve, ¿por qué tirarlo? ¿no le parece?”
Doña Carmen: “Nosotros somos estancieros identificados con su campo. El primer coche de Gastón fue un Chevrolet que teníamos en la estancia. Le fue haciendo arreglitos y poco a poco lo trasformó en uno de carrera. Cuando él me trae del campo siento en la ruta una gran seguridad; tiene un exacto sentido del obstáculo; siempre está en competencia. Claro que puede hacerlo pues su coche está siempre al pelo”.
Doña Lidia: “Siempre me entusiasmó acompañar a Fanny al teatro y a las filmaciones. Mi sueño era que fuese artista y Dios me premió. Cuando comenzó a ganar dinero me compró un tapado de astrakán de Alaska y una gargantilla de oro. También le regaló importantes alhajas a la señora Eva Perón; sin embargo todos creen lo contrario; Fanny más que peronista fue evitista; adoraba a la señora. Hace poco, cuando fui a verla en La pulga en la oreja, un señor muy importante se acercó a felicitarla y yo pensé que nunca había visto a mi hija en un papel tan mediocre. Me apena que su carrera se haya cortado de una forma tan cruel e injusta”.
Doña Lucia: “Acompaño todos los días a Norma y a Mimí al teatro, no para
cuidarlas, pues lo saben hacer solas, sino para ayudarlas con el maquillaje y los trajes que son tan complicados. Además cuando están nerviosas a la única persona que pueden retar tranquilamente es a mí".
Doña Ana: "He viajado diez veces a Europa y tres a los Estados Unidos para acompañar a Bruno en todas sus tournees; estamos siempre juntos. El me consulta continuamente con respecto a contratos y repertorio. Los días de concierto no come nada desde temprano; toma su baño de espuma y supervisa su ropa cuidadosamente; le encanta la camisa dura; yo siempre le abrocho el cuello. Antes de salir a escena se queda solo, con su rosario de madera en la mano; es muy creyente; por cébala siempre entra con el pie derecho. Luego del recital vamos a bailar a las boites de moda, le encanta verme feliz. Me mima mucho, me regaló una casa, un auto, un tapado de visón y joyas a montones. En París las vendedoras de tienda ya lo conocen y cuando lo ven llegar tiemblan; es tan exigente en los detalles. .. ”
Doña Dominga: “Nunca estuve en una pelea de Ringo. Me cuesta llamarlo así; para mi es Oscar. Tampoco las escucho por radio a pesar de que aquí la ponen a todo lo que da; entonces me entero de cómo va sin quererlo. Después de ganar o perder siempre me llama por teléfono. La hijita de él tampoco es muy afecta a verlo boxear, pero siempre pregunta: ¿Ganó mi papá? Nosotros siempre lloramos cuando vuelve del Luna Park; si ganó, de alegría; si perdió, de rabia".
Doña Carmen: “Ahora me he acostumbrado, antes me angustiaba tremendamente cada vez que Gastón competía. No me entero, prefiero no hacerlo, tampoco escucho la radio. Sin embargo los recibimientos que le hacen después de haber ganado son emocionantes y la satisfacción es también para mi”.
Doña Lidia: "Siendo muy jovencita Fanny se casó con José Cíchiti. Se conocieron cuando ella ensayaba Mis amadas hijas; a los dos meses se habían casado. El era estanciero pero se hizo empresario teatral para estar cerca suyo y conquistarla. Estaban de luna de miel y yo les escribí una carta pidiéndoles que fuesen a la iglesia a rezar, que Dios de esa forma los iba a bendecir. Lamentablemente esa unión no duró. Me gustaría que Fanny se casara nuevamente, con un buen cristiano; de esa forma yo podría morirme tranquila, pues la sabría protegida, ella me necesita tanto”.
Doña Lucia: “El día que las chicas se casen yo dejaré de acompañarlas, pero por el momento ... A veces me asombra pensar en la carrera que han hecho; sus más fervientes admiradores son los jovencitos”.
Doña Ana: “A veces le digo a Bruno: Voy a terminar enferma del corazón, cada presentación tuya me acelera los latidos. Yo me doy cuenta cuando ha estado más brillante o no. A él le gusta vivir bien, mimarse, es muy despilfarrador. Nunca será rico. Es tan coqueto que tiene diecisiete sobretodos".
Doña Dominga: “Estoy muy contenta con mi nuera, me salió buena. Ella se preocupa mucho por mi hijo. Jamás le reprochó que me regalara cosas. El otro día me dio doscientos mil pesos en su presencia y ella no hizo comentario alguno. Si tienen pequeñas peleítas, como la de la vez pasada y que son tan comunes en los matrimonios, yo siempre le doy la razón a ella y voy en contra de mi hijo, es la mejor política. Yo siempre digo: Soy una artista sin libreto”.
Doña Carmen: “La mujer de Gastón participa ampliamente en su vida deportiva. Lo comprende, lo acompaña, lo alienta. Es una muchacha muy dispuesta, una santa de buena. Admiro su sangre fría para estar en las carreras; yo no podría ser así”.
Doña Lidia: “A veces por Inspiración divina suelo escribir algunas oraciones para Jesús; esta es una de ellas: Jesús mío / He dejado en custodia en tus manos piadosas / Lo que en verdad es mío / ¡Del jardín de mis sueños las más fragantes rosas! / ¡Protégelas señor! / ¡Son de suave fragancia! / ¡Oh! ¡Jesús bienamado! / ¡Pueden sahumar sus pétalos tu refugio sagrado! / ¡Mí divino señor!!! / ¡Por ellas solo clamo! / ¡Por ellas sólo clamo! / ¡Por ellas, son mis noches vigilias y mis días amargos! / ¡Acaricien tus manos las rosas del milagro, Jesús misericordioso! / ¡Que se colmen sus vidas de días venturosos! / ¡Y me estaré por siempre ante tus píes, postrada palpitante en mis labios esta humilde plegaría!”.
Doña Lucía: “Mis hijas y mi hogar han sido siempre mi preocupación. Con Norma y Mimí siempre fuimos muy compañeras; mi marido viaja mucho, por su trabajo, lo cual me permite estar siempre acompañándolas. El nunca las vio en escena; no es que no le guste lo que hacen, sino que aún las ve como a niñas y la imagen de mujeres que son realmente lo desubicaría. A veces nos viene a buscar a la salida de la función. Ellas se divierten haciendo lo suyo; nunca me opuse a la vocación de mis hijas, pienso que el genero frívolo es muy difícil y exige respeto".
Doña Ana: “Toda mi vida me he dedicado a la enseñanza de piano, tengo muchos alumnos. No los cuento por cébala, pero deben de ser más de treinta. Mi paciencia para la pedagogía es inagotable, tengo la escuela de ese gran maestro que fue Don Vicente Scaramuzza y no me es difícil adivinar el talento de mis discípulos; adoro mis clases, también hacer gimnasia, salir a pasear y tomar aire”.
Doña Dominga: “Cuando termino de hacer las cosas de la casa veo la tele; los artistas son buenos, me gustan todos. En el barrio la critican a Mirtha Legrand porque dicen que todos los días repite lo mismo en su programa. Yo la defiendo: pienso que cada uno hace su trabajo como puede, ¿no le parece? Soy famosa por mis pastas: ravioles, canelones, tallarines, tortellettís. Hay diferencia entre los que yo hago y los comprados; ésos son un masacote relleno con pan rallado y paté de foie que se abren en cuanto se los echa en el agua hirviendo; yo en cambio les pongo verduras, seso y queso, a la pasta los huevos suficientes para que tenga buen color. Yo solamente compro huevos de campo, a mi no me engañan, los reconozco con sólo mirarlos. Me gusta comprar donde es más barato, ¿por qué le voy a regalar mi plata al almacenero? ¿No le parece? Me gustaba mucho hacer el programa de televisión con los artistas; era todo muy familiar, pero cuando se les ocurrió hacerlo allá en el Canal y no en casa, dije que no. Allí mandan ellos y a mi me gusta atender personalmente a mis invitados, yo hacía de cuenta que cada uno de ellos era un hijo más que venía a comer. ¿No le parece?”.
Doña Carmen: “Guardo todo lo que me interesa; recortes, cartas, programas de teatro y de fiestas; los archivo por temas y fechas. Es así como pude escribir mi libro Eramos jóvenes el siglo y yo. Lo hice para que quedara un documento de lo que eran las estancias, sobre todo hace cuarenta años; no tiene ninguna pretensión literaria. A mí me interesa todo, no me canso de repetirlo, me muevo entre gente de todo tipo, no solamente entre las viejas como yo; estar todo el día con ellas sería un horror”.
PANORAMA. NOVIEMBRE 3, 1970

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