Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| UNIVERSIDAD ¿Es actual la reforma de 1918? El 13 de diciembre de 1871 el suicidio de Roberto Sánchez, un estudiante sanjuanino que se quitó la vida luego de ser aplazado en sus exámenes de la carrera de abogacía, provocó la primera reacción del estudiantado en contra de la estructura universitaria. Esa tarde calurosa, al grito de "¡Abajo los inquisidores universitarios!”, un grupo de jóvenes que horas antes habían acompañado al cortejo fúnebre, rodearon el edificio de la Universidad y los alrededores del Mercado del Centro, a lo largo de Perú y Potosí, para hacer oír su descontento. Consiguieron mucho más que eso: minutos después, y cuando la efervescencia de los estudiantes hacía prever una rebelión, un almidonado funcionario arriesgó su integridad física para leer las renuncias que minutos antes habían presentado los profesores responsables del aplazo a Sánchez. Fue el primer hito de la larga lista de reclamos, huelgas estudiantiles y manifestaciones que culminan el 15 de junio de 1918, cuando profesores y decanos son expulsados del aula magna de la Universidad de Córdoba por los alumnos, quienes proclaman —con el apoyo del gobierno radical— la modificación de las estructuras imperantes en las altas casas de estudio: es decir la Reforma Universitaria. "Nuestro régimen universitario —remarcaba un manifiesto de la época— está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho divino del profesorado. Se crea a si mismo. En él nace y en él muere. Los estudiantes se rebelan contra ese régimen. Las Universidades han sido, hasta aquí, el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes y el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron las cátedras que la dictaran”. Una Universidad que estaba en manos de grupos de profesores que se perpetuaban aferrados por afinidades ideológicas, religiosas o de parentesco; de cátedras heredadas de padres a hijos; de impedimentos reglamentarios que impedían el libre ejercicio de la docencia, quedó pulverizada luego de este movimiento que pronto se extendería por Latinoamérica. Sus principios básicos implantaban la autonomía universitaria, la coparticipación estudiantil y de graduados en el gobierno de las altas casas de estudio, docencia libre, periodicidad o rotación de las cátedras y prestación de servicios a la comunidad. Herederos de esta gesta, los movimientos universitarios reformistas agitaron sus banderas durante los siete años de un régimen militar que avasalló los principios universitarios el 29 de julio de 1966 en la recordada noche de los bastones largos. Sin embargo, esos mismos sectores han avalado ahora la intervención decretada por el peronismo a las altas casas de estudio y han aceptado, en principio, la discusión de todos los aspectos de su compleja estructura en vistas a una nueva ley que podría convertirse en la nueva Reforma. Este año se conmemorará el 55° aniversario de ese manifiesto que modificó el panorama universitario argentino y sentó las bases de un monolítico movimiento estudiantil que llega hasta nuestros días y del que surgieron la mayor parte de los líderes políticos de actuación relevante en los últimos treinta años. Por este motivo, Panorama elevó un cuestionario a tres importantes personalidades de la cultura argentina y vinculados al quehacer universitario por distintas razones. La encuesta consta de tres preguntas que son respondidas a continuación por los entrevistados: 1. ¿Es actual la Reforma Universitaria? 2. ¿Sirve o no sirve? 3. ¿Hay que actualizarla? Rodolfo Puiggrós, actual interventor en la Universidad Nacional de Buenos Aires. 1. Yo creo que la Reforma Universitaria, considerada como un todo, ha perdido su vigencia. Esto no significa que algunos de sus postulados generales deban ser recogidos, desarrollados y sobre todo llevados a la práctica. Nosotros creemos que el advenimiento del peronismo al gobierno y su marcha hacia la conquista del poder, le otorga a la Universidad una función junto y con el pueblo, en particular con los trabajadores, que, si bien, estuvo en los proyectos de los reformistas de 1918 nunca se convirtió en plena realidad. 2. Yo no digo que no sirva la Reforma Universitaria, pero, por ejemplo, los estudiantes reformistas no comprendieron a los dos grandes movimientos nacionales y populares de nuestro siglo, el peronismo y el yrigoyenismo. Ahora, en cambio, la mayoría de los estudiantes están inmersos en el proceso de trasformaciones sociales y creación de una cultura nacional. Lo que los ubica en una línea clara y con objetivos que no son los levantados como bandera en otras épocas. 3. Ya dije que los principios de la Reforma hay que desarrollarlos, hay que aplicarlos sobre todo en lo que se refiere a sacar a la Universidad de su aislamiento para convertirla en parte activa del pueblo. Los reformistas levantan sus banderas como nosotros levantamos las reivindicaciones a las montoneras del siglo pasado. Pero ahora lo importante es ver la realidad, una realidad que nos impone actitudes concretas ante las nuevas situaciones. Ingeniero Hilario Fernández Long, rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires hasta la caída del gobierno radical de Arturo Ilia, el 28 de junio de 1966. 1. El hecho histórico de la Reforma Universitaria tiene la actualidad de los hechos históricos. Dejó su huella, inició un proceso. Pero después de cincuenta años, ahora, la Universidad plantea sus problemas en un contexto diferente. 2. Sirvió. Ahora debe ser actualizada. 3. Debe ser actualizada sobre las necesidades reales y actuales del país en materia de tecnología y, sobre todo, en cuanto al tipo de profesional que el país requiere. La Universidad debe formar hombres completos, y esos hombres deben tener la mentalidad adecuada a la clase de sociedad que nos propongamos construir. Aunque mejor se podría decir esto: la sociedad que debemos construir debería adaptarse al tipo de hombre que queremos ser. Yo, personalmente, deseo hombres que practiquen la justicia y vivan en libertad. La Universidad debiera, entonces, formar hombres así. Ernesto Giudici, miembro del Comité Central del partido Comunista Argentino. 1. En 1918 la juventud universitaria —y aquí evoco en primer lugar a Deodoro Roca— se proyectó a la revolución latinoamericana que presentía y hoy estamos viviendo aceleradamente esa revolución latinoamericana que es parte importante de un mundo nuevo en revolución. Esto es lo que importa en una visión histórica de 55 años. Esta es la línea que perdura y se concreta. Lo otro puede ser retórica doctoral o pequeñez de hormiga. Aquí agonizan los que todavía se resisten a comprender que hace ya tiempo que también la Argentina se debate en un proceso revolucionario hacia el socialismo. Es nuestra Revolución Latinoamericana. La verdadera línea de 1918 se integra en esta revolución. Por supuesto que esto significó una lucha interna dentro del propio movimiento. A un lado quedaron el formalismo vacío y un supuesto doctrinarismo dogmático que desde los textos encuadernados desdeñó los procesos revolucionarios porque no encajaban en formas puras y clásicas. Unos y otros siguen todavía perdidos en tareas o reivindicaciones aisladas sin comprender que, políticamente, lo central es hoy encauzar o apresurar las etapas del poder para la revolución. Y en la Universidad se está librando hoy una batalla trascendental por ese poder. Los protagonistas de esa batalla son los jóvenes reformistas que sienten a ese movimiento como revolucionario y la juventud peronista que, audazmente, enfrenta desde la izquierda a la propia derecha del Frejuli. De la unidad de ambas y de esta juventud nueva con la clase obrera y el pueblo dependerá el desenlace de un conflicto ya planteado entre el gorilaje oligárquico y proimperialista y la fuerza popular y nacional de la revolución. Yo, como actor, he vivido estos conflictos desde la época en que la Universidad y especialmente desde la Facultad de Derecho de Buenos Aires se conspiraba contra el gobierno de Yrigoyen. El nuevo foco de hoy debe ser aplastado sin contemplaciones. 2. Sirve porque es la vigencia del principio esencial de la participación estudiantil en el proceso social y pedagógico. En esto se basa el otro principio del gobierno propio de la Universidad que. lejos de ser aislamiento de élite, es integración activa y revolucionaria en la sociedad. Es el fundamento de la llamada autonomía universitaria, que no. debe confundirse con la “libertad” de enseñanza clerical monopolista. Lo clerical tampoco debe confundirse con creencia religiosa que, en franca disidencia, respetamos buscando también la unidad revolucionaria. Los recientes episodios de asambleas masivas de estudiantes, profesores, no docentes y autoridades son la nueva expresión del principio de participación proclamado en 1918. 3. En 1966, en mi libro Educación, revolución científico técnica y reorganización universitaria sostuve que superada la etapa general abierta en 1918, comenzaba lo que se denominó Segunda Reforma, concretada en una Universidad más integrada en el proceso social revolucionario y en la elevación científica, pedagógica, formativa en la línea del estudiante y el maestro que se proyectan impetuosamente en el mundo de la más intrépida aventura del genio creador del hombre. Esto es hoy lo actual: en la reconstrucción nacional hay que reorganizar la Universidad social y científicamente pana que lo latinoamericano sea también nueva expresión del universalismo del hombre. La liberación económico-social frente al imperialismo rige también en lo científico y tecnológico y ello se traducirá en una cultura nacional más propia, y más universal. Por eso el movimiento reformista no puede negarse en bloque. Ni afirmación formal ni negación total: vigencia actualizada, revolucionaria y creadora. Y unidad para el poder revolucionario más allá de los rótulos, las siglas y las consignas muertas. ♦ PANORAMA, JUNIO 14, 1973 |
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