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la selva misionera
Misiones: La dura ley de la selva
Hace poco más de 15 días el corresponsal de Panorama en Rosario viajó ¡a la selva misionera con el objeto de conocer el estado actual de la población indígena en esa zona. Frecuentó allí a los indios cainguás —últimos guaraníes argentinos— y advirtió que esta singular rama aborigen conserva intactas las características culturales de sus ancestros. Al borde de la desaparición, ya que los diezma la miseria en todos los sentidos, los cainguás —como muchas otras tribus del país— simbolizan un tipo de genocidio cultural llevado a cabo de un modo casi placentero e inconsciente La siguientes páginas constituyen su informe.

Dionisio Duarte, cacique de los cainguás, decidió romper con el Alter —una institución privada de asistencia al aborigen— cuando se trató de resolver un importante asunto de jurisdicción. Un indígena borracho había matado a dos congéneres en una gresca, durante una fiesta de la tribu. Reclamado por el Alter para ser entregado a la justicia, Duarte insistió en someterlo a la propia, establecida por él mismo: no beber, no robar, no matar.
Para el código cainguá, todo acontecimiento generado en el seno de la comunidad y entre los miembros de ésta, es un asunto de su exclusiva competencia. Ya aprendieron, a fuerza de dolorosas experiencias, que no pueden aplicar su propia y antigua justicia con los no cainguás, pero no están tan sometidos aún como para aceptar que a un "Mbuá” lo juzgue un extranjero.
La miseria, el hambre, las enfermedades y él alcoholismo han diezmado durante siglos a estos últimos guaraníes que, a pesar de todo, aún conservan lo más valioso: su propia identidad.
A partir de esa denominación de “Mbuá” que se dan a sí mismos y que quiere decir, sugestivamente, gentes —en contraposición a la de cainguás que sería algo así como "monteses”, o a la más genérica de guaraníes (guerreros)—, este grupo étnico es el único de los que aún habitan el territorio argentino que conserva la característica esencial para el mantenimiento de la vida humana: la autovaloración y la confianza en sus formas de vida.
El hábitat de los cainguás se extiende por casi toda la .provincia de Misiones, parte dé los estados brasileños de Río Grande, Santa Catalina y Paraná, y el sector oriental del Paraguay. Las fronteras de estos tres países carecen de significado para ellos: las cruzan por aquellos pasos que siempre usaron y que son absolutamente desconocidos para los encargados de custodiar esos límites. Para un Mbuá, un gendarme es sólo uno más de los obstáculos que le presenta el vivir y que aprendió a evitar del mismo modo que a otras dificultades.
Rastrear el origen de este grupo, es ir mucho más allá de la Conquista. A partir de ésta, y en los primeros tiempos, lo indio prevaleció sobre ro europeo y en esa época se conformó el grupo de los tupí-guaraníes, un conglomerado de lenguas con características afines, habladas por diferentes grupos étnicos, pero configurando una unidad. El legado cultural —casi totalmente desaprovechado— que dejaron estas naciones es inmenso. La familia tupí-guaraní era, a la llegada de, los españoles, una de las más difundidas por todo el territorio de la América Meridional. Los diferentes grupos étnicos que la componían —y que aún la integran— conservan, salvo unas pocas excepciones, una gran uniformidad lingüística y cultural. Dentro de esta familia los guaraníes ocupan un lugar realmente importante. En la Argentina habitan actualmente dos tenias guaraníes: los chiriguanos —unos catorce mil indígenas esparcidos por las provincias de Salta y Jujuy— y los cainguás.

LAS VIDAS PARALELAS. Hay tres mundos en Misiones que requieren el conocimiento profundo de la geografía de la región y de su realidad social para visualizarlos en conjunto. Uno, el claro, límpido y levemente contradictorio de las ciudades. Posadas, El Dorado, Oberá, la zona de las cataratas: las arterias rojas y fulgurantes de la provincia, los canales por donde hasta ahora ha fluido levemente el turismo y por donde, en poco tiempo, circulará el bullicio y el conglomerado idiomático de las visitas internacionales. Otro, el heterogéneo de los criollos de diverso origen europeo que componen una clase compartida por quienes se dedican al intento de explotación de muy pequeñas parcelas de tierra que no les pertenecen —un espejismo que al ir diluyéndose generó las Ligas Agrarias—, y los obreros rurales.
Estos dos mundos serían uno en realidad, pues sus diferencias son de clase. A ningún individuo de cualquiera de ellos se le ocurriría suponer que aprender a leer y escribir no tiene sentido, que no está sujeto a las leyes del país, que el castellano no es la lengua común. Todos comparten, en diferente medida, los derechos y deberes que hacen al funcionamiento de un grupo nacional.
Pero en lo más profundo de la selva, por senderos que hubo mucho antes que Alvar Núñez Cabeza de Vaca viera por primera vez las cataratas, peleando aún con los animales por la supervivencia, se extingue otro mundo, que tiene otros códigos, otros dioses, otra cultura: el de los cainguás. Otros pueblos guaraníes —timbúes, carcarañaes, corondaes— pertenecen ya a los dominios remotos de la arqueología. Se extinguieron, diezmados militarmente, o por las enfermedades, o absorbidos por la nueva cultura. Sin embargo, la guaraní es la cultura que, juntamente con la de los grupos del Noroeste argentino (los extinguidos diaguitas, humahuaqueños y atacameños), más vestigios ha dejado de su existencia. Esa cultura, aunque amputada y modificada, subsiste e impregna al hombre de hoy que habita la región. Los collas y los criollos guaraníes son la prolongación actual de ese mundo anterior. Paraguay es más guaraní que hispánica, y la casi totalidad de la población rural criolla de Misiones habla el guaraní.

LA SOLEDAD DE LA MUERTE. Victorino Benítez podría narrar muy bien, con la suya propia, las experiencias de aproximación de sus hermanos de raza a la civilización. Contratado por un colono alemán que no le pagaba siquiera el miserable sueldo de los peones rurales "golondrina", en la absoluta ignorancia de lo que establece la "ley blanca” para esos casos —o quizá muy consciente, por anteriores experiencias propias o ajenas, de su absoluta ineficacia—, no encontró mejor manera que aplicar su propia justicia: lo molió a palos con el "tacacé”, una especie de garrote que usan desde muy antiguo para resolver en la tribu problemas personales.
En la cárcel habrá tenido tiempo de pensar qué clase de código era ése que castigaba a quien no había hecho más que plantarse a su manera ante una situación que le atañía directamente, que lo perjudicaba y que nadie parecía dispuesto a resolver. También en su tribu la violencia injustificada está prohibida; cada jefe tiene facultades para sancionar delitos como ése, cuyo castigo más frecuente consiste en hacer ejecutar al infractor una serie de trabajos desagradables. Pero allí no hay quien pueda prometer algo y no cumplir sin hacerse responsable ante los demás. La jurisprudencia cainguá incluye hasta la pena de muerte, ante faltas consideradas gravísimas. Expulsados a fines del siglo XVIII, los jesuitas que habían utilizado con ellos procedimientos más sutiles —aunque muy cuestionables—, los aborígenes se recluyeron cada vez más en la selva, aferrándose a su estilo y a sus pautas culturales. Antes de eso, en las misiones, habían demostrado hasta qué punto estaban dotados intelectualmente. Ellos crearon, orientados por los jesuitas, la primera imprenta del Cono Sur de América y los tipos adaptables a la fonética guaraní. Los restos de las misiones atestiguan hasta dónde habían participado en esa etapa.
Hoy la nación cainguá se extingue lentamente, diseminada en pequeños grupos por la provincia de Misiones. Se calcula que son alrededor de mil quinientos individuos, diezmados por las enfermedades, el alcoholismo y la desnutrición. Hay unos once “picaderos” (así se llaman los sitios donde se instalan), donde ¡levantan sus chozas de palo a pique con techo de palmeras "pindó”. Cazadores en el tiempo de la Conquista, lo son aún, pero combinando esta actividad con la explotación de reducidísimas parcelas en plena selva (hacen una quemazón para despejar la zona), donde plantan maíz, batatas, porotos y mandioca. Son habilísimos cesteros y buenos braceros temporarios, aunque las reiteradas experiencias del tipo de las de Victorino Benítez no los estimulan precisamente a utilizar este recurso.
Eran más de medio millón en la época de la Conquista. Llegó a haber 120 mil bajo la influencia de los jesuitas. Esos mil quinientos desarrapados, vagando interminablemente por el Nordeste argentino y dejando sus últimos muertos por el camino, son todo lo que queda de la nación guaraní.

EL CRISTAL CON QUE SE MIRA. Basta visitar el Museo Regional de Misiones y detenerse ante el “Marambau” para empezar a entender las razones profundas, las diferencias de estilo y concepción que hay entre un aborigen y un blanco asimilado a la. cultura europea. El "Marambau” es un arco tensado con una liana descortezada, exactamente igual al que se utiliza para arrojar flechas, sólo que mucho más pequeño. Se trata de un instrumento musical que, colocado ante la boca abierta —que hace de caja de resonancia—, se tensa con un palito atravesado entre la madera y la liana y cuyo movimiento da las notas musicales, mientras que con otro se golpea o fricciona la cuerda para producir el sonido. La melodía así lograda llega a los tímpanos por vibración de los huesos temporales.
Un blanco difícilmente podría compartir el insólito placer de esa música rudimentaria, producida para adentro, para exclusivo solaz del ejecutante. También el "Mimbüí”, una flauta que ejecutan las mujeres y de escasísimo sonido, tiene estas características de instrumento de soledad y quietud, no tan inimaginables acaso, en lo más profundo de la selva.
Julio César Sánchez Ratti, director del museo y principal gestor, junto al sacerdote Amoldo Marquard, de la Fundación Alter, sostiene, sin embargo, que es muy poco ya lo que puede rescatarse. "En el Alter, que comenzó hace 4 años, conseguimos que el gobierno provincial adquiriera 1.800 hectáreas cerca de San José, donde creamos una colonia piloto. Allí intentábamos curarlos de sus enfermedades, les dábamos semilla para sembrar e intentábamos registrarlos, porque la mayoría de ellos carece de documentos y suelen ir presos por esa razón. Ellos son muy afectuosos, se visitan entre sí y jamás castigan a los niños, pero eso cuando se los encuentra en estado puro, incontaminado por el alcohol. Nuestra ruptura con Dionisio Duarte sobrevino porque no es posible permitirles que ellos apliquen su propia ley. Viven en este país y deben aprender a someterse a sus leyes.
Lamentablemente, esto es muy difícil obtenerlo. La mayoría de los adultos están totalmente perdidos. Son taimados, ladinos y muy mentirosos, además de vivir filtrados por el alcohol. En el Alter centralizamos la acción sobre los niños, que es lo único posible de rescatar. El gobierno nos retiró su apoyo cuando estábamos en esa tarea."
No es ésa, sin embargo, la perspectiva de Ruth Poujade de Kehoe, una joven antropóloga que está a cargo, desde hace tres años, del Departamento de Asuntos Aborígenes de la provincia de Misiones. “Los blancos han desvalorizado permanentemente las pautas culturales y sociales indígenas. Se les dice haraganes, sin tener en cuenta que su modo de vida es existencia!. Ellos no trabajan para acumular plusvalía, sino para vivir. Se los menosprecia en función de su modo de vivir, lo que hace que se intente educarlos —las poquísimas veces que se ha intentado— a partir de presupuestos éticos y morales que se entienden superiores y que ellos no comparten. Por ejemplo, son polígamos y tienen tantas mujeres como pueden mantener, lo que hace felices tanto a hombres como a mujeres. Ningún cainguá se avergonzaría jamás de ello. No hay una política nacional coherente ni precisa a ese respecto, pero aquí intentamos, a través de unas experiencias piloto, aplicar nuevos conceptos. Tenemos ahora tres colonias-piloto: Tarancó, con tres familias, Andresito Guacurarí, con cuarenta familias, y Lanusse, que reúne unas veinte familias. Allí irán a la escuela los que se hayan convencido de su importancia. No será obligatoria, porque ellos, en principio, rechazan la institución escolar. Acabaremos con el absurdo de enseñar únicamente en castellano, idioma que no dominan y que muchos de ellos ni siquiera entienden. Lo que se imparta en la escuela debe tender a la afirmación de sus propios valores y no a su desnaturalización. Hay que hacer campañas permanentes de profilaxis, pero sin alterar bruscamente sus costumbres. Elaborar junto con ellos un sistema económico que bien puede no tener mucho que ver con nuestro sistema actual, pero que les sirva a ellos, impidiendo la explotación permanente a que se ven sometidos y les permita superar esta etapa del trueque en que se hallan actualmente. Es verdad que son mentirosos. Pero, ¿qué haría usted si lo persiguieran, lo explotaran, lo maltrataran y lo metieran en la cárcel por cosas que no entiende o, en todo caso, de las que se considera absolutamente inocente? No se mienten jamás entre ellos, pues son afectuosos y muy honrados. Usted me pregunta qué haría en una disputa como la que tuvieron Duarte y el Alter, y le contestó: trataría de convencer a Duarte —a quien conozco profundamente y me consta que es honrado, aunque le mienta descaradamente a cualquiera— de que entregara al asesino. Pero si no lograra convencerlo, y entregarlo hiciera peligrar todo un trabajo coherente y sólido de rescate de los valores de esa cultura, de esos hombres a punto de extinguirse, me opondría a que lo juzguen y hasta creo que no vacilaría en ocultar el hecho”.
Entre 1965 y 1968 se llevó a cabo en el país al Censo Indígena Nacional, una gestión trabajosa que se interrumpió bruscamente, a punto de finalizar el relevamiento, sin que llegara a publicarse más del 12 por ciento del valiosísimo material recogido. El gobierno de Onganía determinó su finalización, pero esta tarea, la más seria y valiosa de todas las llevadas a cabo hasta ahora en la Argentina en ese terreno, arrojó valiosas conclusiones. Edelmi Griva, psicólogo especializado en etnopsicología comparada, que actuó como secretario técnico y director de publicaciones del Censo, aporta estas conclusiones: "El doctor Taiana, apenas asumió su ministerio, anunció la implantación de la enseñanza bilingüe en las escuelas aborígenes. Se trata de algo muy auspicioso porque indica una actitud de apertura hacia el problema. Debe considerarse a la cultura indígena como tal, en la aplicación de cualquiera plan de trabajo. Debe aceptarse que habrán de integrarse al país como indígenas y no borrando su identidad. De darse esto, habrá cainguás —y tobas, matacos, etcétera— que se sentirán tales y no se avergonzarán de ello y que participarán como tales en el destino de su tribu y del país.
Sólo se puede llegar a ser plenamente un hombre cuando desde niño se pudo ser plenamente un judío, un negro o un indio. La amputación de la identidad racial o étnica de cualquier ser humano, frustra una parte fundamental de su personalidad. Cualquier futuro programa indigenista debe partir de esta nueva concepción filosófica, y luego discutir sus pautas de acción con cada grupo étnico del país. Ellos deben ser, en última instancia, quienes fijen su propio programa de desarrollo”.
"Todo esto no habrá de lograrse si no se parte de considerarlos diferentes culturalmente del resto del país. La situación colonizante a que estuvieron siempre sujetos los ha degradado como hombres y como integrantes de una realidad cultural particular. Por lo tanto, la revaloración de sus formas de vida, en especial de su lengua, es el primer paso en todo este proceso. La Argentina debe aceptar de una vez por todas su realidad poli-étnica.” ♦

*pie de fotos*
-FAMILIA CAINGUA Una prole diezmada por la miseria
-ANTROPOLOGA RUTH P. DE KEHOE “Una artesanía de subsistencia”
-FRUTO DEL TRABAJO Fina cestería guaraní, mal vendida
-SALTO ELENA, EL DORADO Un paraíso ajeno a la dicha
-Los chicos viven como pueden en la precariedad CHOZA HABITUAL

Revista Panorama
14.06.1973
 

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