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Las series de TV corrompen la mentalidad de la niñez
argentina
DIJIMOS en la nota anterior que el niño argentino se ha creado hoy su
galería de héroes, galería en la que, por rara coincidencia, predomina
el apelativo sajón. ¿Quiénes integran esta galería? ¿Príncipes
encantadores, vestidos con ropas de la Edad Media, gentiles, dulces,
amables? ¿Trovadores, gnomos/ hadas graciosas y encantadoras? ¿Sabios
de luengas y pluviales barbas, niños que sacrifican sus vidas por
salvar la de un semejante? Nada de eso. La televisión, dirigida por
señores publicitarios que dicen conocer los gustos del público, se ha
encargado de reducir ese fulgurante mundo heroico, lleno de magia y
encanto, a su expresión mínima. Para la televisión criolla (calco,
repetimos, de la que se ofrece en los Estados Unidos) sólo hay dos
clases de héroes, mejor dicho, dos únicos tipos: el cowboy y el
detective. Vayamos al primero.
Quien piensa en el cow-boy, piensa en la pradera, en el bíblico
trabajo de obtener los jugos de la tierra, de apacentar cientos de
mansas vacas y corderos. Pero el cow-boy y el medio que la TV ofrece
al niño no son ésos. No. No hay bonancible canto rural. La tierra sólo
sirve como parche para que en él golpeen los cascos de las bandas dé
los “malos”. Tiene rocas, lomadas y ríos, para que los Maverick. los
Masterson, los Cheyennes y otros pintorescos señores de imponente
presencia (botas de tacones altos, Stetsons aludos, cananas repletas
de proyectiles, cartucheras bien bajas, atadas a los muslos, camisa de
seda, pañuelo atado al cuello) se protejan en ellos y anden a los
tiros con los “malos”.
El niño no ve el fondo campestre, no oye el cantarino sonar del
manantial, no observa a quien trabaja la tierra. Todo desaparece, se
esfuma, y sus ojos sólo se iluminan cuando hay lucha, cuando las balas
rebotan en las rocas, cuando el héroe voltea a los “malos” que caen y
se retuercen por el dolor, en escenas captadas con fruición por las
cámaras inútiles por otra parte para registrar todo lo que no sea
violencia, asesinato.
Pero el niño no sólo sigue a su héroe. La cámara también se solaza en
poner ante su vista a los “malos” (barbudos, sucios, brutales,
borrachos, jugadores, etcétera) en plena acción. Minuciosa y
escrupulosa, le muestra al niño, casi con delectación, cómo un “malo”
castiga a una mujer, aporrea brutalmente a un chicuelo, abofetea a un
anciano, quema una casa, asalta un banco, rapta, mata, escala,
atropella. La cámara se cuela en el “saloon” y espía, regocijada, al
tahúr en tren de hacer trampa: sigue su brazo, su mano, va hasta su
bota donde esconde la carta. En fin, todo el proceso lo registra
fielmente para que el niño no pierda* una sola partícula de tanto
.refinamiento pedagógico aplicado al juego...
La TV criolla ofrece al niño argentino ese truculento panorama acunado
en una estética primaria y con ausencia total de ética. De aquí a
deducir que los tales . héroes son falsos de punta a punta, no hay más
que un paso. En realidad, todo es falso: héroe, clima, medio. Pero
esta falsedad, este absurdo, resulta el veneno más peligroso para la
niñez argentina. Ha llegado la hora de que desaparezcan los Cheyennes,
los Maverick, los Masterson y su secuela, o, por lo menos, de que
estos supuestos héroes se reduzcan al mínimo. Y si se piensa que deben
subsistir esos nombres, porque razones comerciales así lo exigen, lo
menos que se puede pedir es que se ahorre tanta violencia, tanta
nauseabunda exposición de hechos delictuosos detallados con un
espíritu morboso.
Esos ridículos héroes de pacotilla no fueron los que edificaron la
gesta del Oeste americano, sino los buenos padres de familia que, con
su prole, en un carretón, se lanzaron a la aventura por un territorio
desconocido y lleno de acechanzas. Esos buenos padres de familia no
tenían tiempo para afeitarse pulcramente ni tenían lujosa camisa ni
sedoso pañuelo que ponerse. Pero sabían manejar la azada y, llegado el
caso, sabían empuñar el Winchester. Hablaban poco y hacían mucho.
-pie de fotos-
Mediante cortaplumas, navajas o revólveres la agresión está a la orden
del día en las series criminales que nuestros niños devoran a través
de las pantallas de la televisión. Aquí vemos, arriba y a la derecha
una escena de “Ajedrez fatal” y a Hitchcock notable realizador volcado
por entero al cine menor de la TV,
-Maverick. Su atracción es fabulosa, ¿y que devuelve? ... Sus poco
ejemplificantes andanzas entre malandrines.
-El detective Marlowe es como lo era Mike Hammer, hombre de perfil
arrebatador ante el cual sucumben buenas y malas.
-Los pintorescos héroes del Far-West inculcan en la audiencia menuda
sus gestos y vestimentas insólitas.
Revista Platea
28/7/1961
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